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jueves, 19 de noviembre de 2020

Reseña: La era de la supernova

La era de la supernova.

Cixin Liu.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.Nova. Barce

Nova. Barcelona, 2020. Título original: 超新星纪元. Traducción: Javier Altayó. Ilustración de cubierta: Stephan Martiniere. 491 páginas.

Un mundo sin adultos no es precisamente una idea del todo original en la literatura, el cómic o la cinematografía, ya sean especulativas o generalistas. El propio Liu, por ejemplo, nombra en la novela a El señor de las moscas, referente indiscutible para el comportamiento de unos niños librados del control de sus mayores. Entonces lo importante no es la idea en sí, sino lo que cada autor hace con ella. La era de la supernova fue la obra de debut —escrita en 1989, publicada originalmente en 2003— del actualmente reputado y aclamado escritor. Repescar obras primerizas de autores que han cosechado con posterioridad enorme éxito, como es el caso, invita por un lado a conocer la carrera literaria del escritor en cuestión, algo muy importante para los completistas, pero por otro encierra el peligro de que no esté a la misma altura que sus obras posteriores, con las que ha cosechado su fama. Algo de eso hay aquí. En esta novela ya se encuentran presentes toda la originalidad e imaginación desbordantes de planteamientos que luego explotará con espectacularidad en su Trilogía de los Tres Cuerpos, pero también se encuentran ciertos defectos unidos a una bisoñez entrañable. Escrita al estilo de una crónica histórica a ritmo de docudrama, la novela bebe tanto de la tradición post apocalíptica como de la del rito de paso al periodo adulto para ofrecer una historia imbuida de un profundo contenido de sociología especulativa.

Oculta tras una nube de polvo cósmico, una estrella a ocho años luz de la Tierra explota sin que nadie sea consciente de ello. Ahora, ocho años después la radicación y la energía de esta supernova llega a nuestro planeta trayendo una terrible maldición. Una lluvia de partículas que va a dañar irreversiblemente los cromosomas de cualquier persona mayor de trece años, llevando a que en el plazo de doce meses a partir de ese aciago día todas las personas por encima de esa edad morirán. Empieza entonces una cuenta atrás para dejar el mundo lo mejor organizado para los niños que van a sobrevivir librados a su suerte. Los hijos se convierten en aprendices de los padres, intentando asimilar el mayor y más variado número de conocimientos para mantener la civilización en marcha. Muchos son probados para conseguir elegir a la nueva clase dirigente. Se establecen nuevos protocolos para que el mundo se pueda mantener en funcionamiento con el mínimo trastorno posible. Pero en realidad nada puede anticipar ni preparar respuestas adecuadas a las eventualidades que están a punto de producirse. Cuando se queden solos, los niños tendrán que decidir si desean seguir el camino marcado por sus antecesores o elegir sendas totalmente nuevas en un mundo radicalmente diferente al que sus mayores conocieron. Ha llegado la hora de ver cómo será ese futuro sin adultos.

A pesar de la carrera desesperada de los adultos para preparar a los adolescentes para lo que se les viene encima, resulta complicado aceptar que en tan solo doce meses niños de trece años para abajo adquieran conocimientos técnicos avanzados, tanto sea para manejarse en campos tales como la medicina o la ingeniería como para desarrollar actividades con la complejidad de pilotar cazas de combate o mantener en funcionamiento centrales energéticas, por dar algunos ejemplos. Así que, por suerte para los niños chinos, los adultos les legan una supercomputadora recientemente puesta en funcionamiento, el China Quantum construida en el Centro Informático Nacional, edificio convertido en el centro neurálgico del Dominio Digital del país, y lugar que será elegido por los niños elegidos para convertirse en la nueva élite dirigente como sede del Gobierno central. El mega ordenador va a resultar imprescindible en los momentos posteriores a que los niños tomen posesión de su nuevo mundo.

La novela se encuentra imbuida de un notable sentimiento de sátira social, un «experimento» tras cuyas fases el autor va desgranando ideas de lo más interesantes, aunque desde nuestra óptica europea, más cínica tal vez, más cercana a obras como la citada
El señor de las moscas, de Willian Golding, o Anna, del italiano Niccolò Ammaniti, haya muchas decisiones, actuaciones y eventos que resultan difíciles de aceptar tanto en escala como en verosimilitud. Centrado inicialmente en el desarrollo de los acontecimientos en China, y abriendo el foco en el tramo medio - final al estado internacional y a las nuevas relaciones entre naciones, peca, como en obras posteriores, de una especie de optimismo humanista que le lleva a pensar una y otra vez que la humanidad enfrentada a una catástrofe de carácter planetario actuaría como un solo ente y de forma coordinada. Quizá se deba a un tema cultural al encontrarse inmerso en una sociedad con influencia del pensamiento oriental más unificado y con un sentimiento de obediencia a los dictados del estado más arraigada que en occidente; quizá sea porque ese es su auténtico e ingenuo sentir.

Destacando el carácter competente y emprendedor, y resignado, de los mayores —en la sociedad china—, decididos a anticipar y prevenir los problemas a los que habrán de enfrentarse los pequeños cuando se queden solos, el autor pronto deja clara la incapacidad de los menores para lidiar de una forma «sana» con las consecuencias de la supernova. La anarquía y los excesos hedonistas, regados de alcohol y dulces, pronto se dejan notar. Pero, frente al caos y la descarnada lucha por la supervivencia, desintegración total de la sociedad y de los medios de producción incluidos, que las circunstancias harían sospechar, Liu muestra unos niños chinos, dentro de lo que cabe, enormemente racionales —teniendo en cuenta la irracionalidad intrínseca de la situación— lógicos, organizados y centrados, capaces de afrontar proyectos inmensos y muy sofisticados para construir tanto su presente como un insospechado futuro. Una vez los adultos desaparecen, tras un periodo de inercia y aunque la mayoría de los planes de aquellos descarrilan, la catástrofe humanitaria no adquiere las dimensiones que cabrían esperar y la sociedad infantil, a trancas y barrancas, sigue funcionando.

En el mundo sin adultos de
Liu los niños lo que primero deciden es que ellos no quieren ser como sus mayores, no quieren emular la sociedad pre Supernova, sino que lo que desean es, simplemente, jugar y divertirse. El trabajo de mantener la nación en funcionamiento es muy duro para ellos, muy aburrido, así que primero desconectarán mediante un gran foro digital, y más tarde, impulsados por los nuevos dirigentes de EE.UU., pondrán en marcha unos peculiares, y cruentos, juegos mundiales. Y mientras tanto, con dificultades claro, el mundo sigue funcionando bastante bien en una visión macro-global: los alimentos siguen produciéndose, la energía sigue fluyendo y, en general, la sociedad, esa nueva y cambiada sociedad, sigue adelante. Incluso enfrentados a la catástrofe ecológica de dimensiones planetarias causada por el evento astronómico, los niños van a conseguir mantener en marcha los medios productivos, encontrando insospechadas válvulas de escape a toda la presión del momento. Las pruebas a las que deben enfrentarse los jóvenes van a ser de dimensiones épicas y las soluciones, por tanto, también. Y es que parece que todas las medidas a tomar han de ser desmesuradamente ambiciosas, tan estrambóticas, que obligan por momentos a conectar al máximo la suspensión de la incredulidad.

Con una traducción que no se hace notar, directa del original chino, algo que permite imaginar la mayor fidelidad posible a la obra, Liu combina en la narración una voz con cierto desapasionamiento de crónica histórica, sobrevolando con cierta distancia los hechos y ofreciendo datos y recortes de futuras publicaciones sobre el periodo —o periodos, más bien—, con una mayor cercanía en determinados momentos al centrarse en unos cuantos niños destacados que resultarán de importancia para el devenir de los acontecimientos. Por un lado ofrece cierta visión generalista, con la situación y el desarrollo de la nueva sociedad en su conjunto, y por otro muestra las respuestas de ciertos individuos seleccionados previamente —tanto en el gobierno como en estamentos menos señalados— mientras lidian con toda la nueva problemática a la que se enfrentan con su lógica infantil, quizá no preparada del todo para mantener el legado del mundo adulto.

El autor, en el tramo dedicado a las «relaciones internacionales», con su retrato del resto de países post Supernova, no hace sino dejar patente la visión que en
China se tiene del resto del mundo, desde los imperialistas y ya de por sí infantilizados Estados Unidos de América a los inoperantes, orgullosos y desunidos países de la Unión Europea, entre otros, incluyendo una mirada más bien poco amable a sus vecinos Japón o Vietnam. La tensión comercial y política entre las dos actuales superpotencias, China y EE.UU., queda también patente en el relato, llevado aquí a unas cotas competitivas realmente cruentas. En el tramo final, con un carácter ciertamente algo hiperbólico, desmesurado, Liu introduce una muy interesante reflexión sobre el peso del bagaje cultural y de la Historia compartida para conformar el espíritu de una nación y el «alma» de sus gentes. Una reflexión que no se queda en la superficie y habla del desarraigo, de la pérdida de raíces, del acervo común como eslabón de unión de una cadena que se extiende en el tiempo, de la pertenencia y de la construcción de una identidad como comunidad. Una reflexión que antoja lo narrado un vehículo para exponer y desarrollar las ideas que el autor desea transmitir.

Y es que, con una propuesta inicial realmente atractiva, que brilla con la luz de una auténtica supernova, y un desarrollo intrigante pero que no termina de materializar todas sus posibilidades, los guiños referenciales y el juego metaliterario con el que se cierra su epílogo invitan a interpretar La era de la supernova en clave alegórica, como una gran metáfora de los tiempos de transición generacional en la que se encuentra inmerso nuestro propio mundo desde una óptica china: los adultos, incapaces de adaptarse a la velocidad del presente en el que están viviendo, obligados a ceder el testigo a una juventud minada por el aburrimiento, con negras perspectivas de futuro, y que, además, desea romper con todo lo que sus antecesores les han legado, reinventado el mundo de una forma mucho más lúdica. Porque de cambiar el mundo, en efecto, se trata.

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