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martes, 23 de febrero de 2021

Reseña: Las puertas de la Casa de la Muerte

Las puertas de la Casa de la Muerte.
Malaz: El Libro de los Caídos 2.

Steven Erikson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nova. Barcelona, 2017. Título original: Deadhouse Gates. Traducción: Enric Tremps Lladó / Miguel Antón Rodríguez. Revisión de la traducción: Alexander Páez. Ilustración de cubierta: Alejandro Colucci. 880  páginas.

[Esta reseña, correspondiente a la nueva edición de Nova, es una versión revisada y corregida de la subida a Sagacomic el 13 de septiembre de 2010 tras la lectura de la edición de La Factoría].

Las puertas de la Casa de la Muerte ofrece una historia de sacrificio y entrega, de un heroísmo que trasciende el valor, de grandes batallas y pequeños enfrentamientos, de victorias y derrotas, de locos entrañables y de guerreros llevados más allá del honor y de sus convicciones, de traiciones esperadas e inesperadas, de luchas que dejan a un lado la esperanza, de amistades inquebrantables, de brutalidad y sangre derramada, de revanchas, de razas inmortales y enormemente poderosas que aún así buscan más poder a cualquier precio, de intriga y misterios, de amistades imperecederas, de personajes que enamoran y personajes que se hacen odiar, de maldad y altruismo, de desatadas magias exóticas, de cobardía y felonía sin redención, de épica, de lágrimas, de giros sorpresivos y revelaciones inesperadas, de dioses y de quienes pretender serlo, de lealtades variables, de perfidia, de sueños y anhelos... Emoción y épica, desde luego, no le falta.

Antes que nada cabe decir, como en la anterior entrega, que la corrección de la traducción le ha sentado pero que muy bien al texto, corrigiendo errores flagrantes y haciendo mucho más agradable la lectura, aún con algunos gazapos que inevitablemente se hayan escapado.

La acción en esta ocasión se traslada desde Genabackis hacia Raraku y Siete Ciudades, retomando a algunos de los personajes de la anterior novela casi donde se quedara aquella. Con una peligrosa misión en mente, Kalam, Violín, Azafrán y Apsalar se embarcan en un periplo que les llevará por caminos muy alejados de los que ellos hubieran elegido conscientemente para llevar a cabo su tarea. Separados por las circunstancias, todos intentarán cumplir unos objetivos que muy bien pueden cambiar con las circunstancias en las que se vean envueltos.

Mientras tanto, el Imperio está, aparentemente, desmoronándose, sufriendo una serie de alzamientos que ponen en peligro su integridad. En el sagrado desierto de Raraku las tribus están esperando a que la vidente Sha'ik desate el Torbellino y dé paso con él a la profetizada rebelión que liberará sus tierras de la presencia malazana. Ante la innegable amenaza, Laseen pondrá al frente de sus tropas a Coltaine, un señor de la guerra wickano que antaño se rebelará contra el propio Imperio antes de ser «absorbido» por el mismo y alcanzar el estatus de Puño imperial. A un tiempo, en la capital del Imperio, Laseen ha emprendido una purga de la nobleza local, condenando a la odiosa Felisin Paran, hermana del capitán Ganoes y de Tavore, convertida en la consejera principal de la emperatriz, a una existencia de esclavitud y depravación en las minas de otaral, donde encontrará un reticente apoyo en sus compañeros de cautiverio, el bárbaro Baudin y el antiguo historiador y sacerdote expulsado de la orden de Fenner, el dios jabalí, Heboric.

Nuevos personajes, como los misteriosos Icarium —un inmortal Jaghut en busca de su memoria perdida— y su compañero Mappo —un trell de poderes extraordinarios embarcado en la misión de impedir que su compañero logre su objetivo—, y quienes guardan aparentemente unos terribles secretos que los atan el uno al otro, cruzarán sus caminos con alguno de los anteriores y con un buen número de los cambiadores de formas Soletaken y D'ivers que vagan por el desierto en busca de la Senda de Manos que les permita alcanzar la ascendencia, interfiriendo en sus respectivas búsquedas, enfrentándose entre ellos y llevando la desolación allá por donde pasan.

En esta novela de búsquedas, de viajes, de muchos sufrimientos y y muchas emociones, donde todos los personajes se encuentran de alguna forma en tránsito hacia otro sitio, en marcha hacia algún lugar ―que muchas veces no es precisamente al que querían ir―, el primer tercio largo de la novela le sirve a Erikson para situar a todos sus personajes en la posición en que desea tenerlos y para plantear el escenario en que han de moverse. Y entonces, cuando ya los tiene donde quiere, desata el infierno. Cabe decir que ninguno de los protagonistas ―principales o secundarios― tiene la vida garantizada y que unos cuantos caerán por el camino como no podría ser de otra manera vistas las situaciones en las que los sumerge el autor.

Si por momentos la parte de Felisin se hace algo más pesada, árida como las tierras que ella y sus compañeros van a atravesar, la historia de Coltaine resulta inmersiva en todo momento. Junto al historiador Duiker, unos cuantos hechiceros adolescentes con mente antigua, sus guerreros wickanos, los restos del 7º ejército y millares de refugiados malazanos, deberán emprender una marcha sin esperanzas a través del desierto, siempre hostigado por las tropas de las tribus sublevadas de Raraku y Siete Ciudades, en una dramática «carrera» que será conocida como «la cadena de perros». Si el lector lo que busca es épica, no cabe duda que en esta desesperada huida hacia delante marcada por un reguero de sangre y cadáveres la va a encontrar en abundancia ―y cómo se llega a odiar a los nobles que van con ellos―. Como magia, enfrentamientos y muertes encontrará también en las aventuras del grupo de los cuatro protagonistas provenientes de Genebackis que pronto verán sus destinos separados.

No obstante, en el muy largo periplo, con la acción extendiéndose durante meses, es obvio que existen periodos de calma que el autor se ahorra de narrar; sin embargo se producen algunos problemas con las elipsis y el paso del tiempo entre unas escenas y otras. La transición en ocasiones es demasiado brusca, sin ser explicada, saltando hacia adelante sin apenas indicación ―aquí entra en escena de nuevo la atención que el lector debe prestar en todo momento―, habiendo momentos en que pasa un buen periodo de tiempo sin que nada lo haya especificado, más allá del largo camino recorrido.

Ilustración de Marc Simonetti
Se trata de un libro sin duda exigente, donde el autor todavía busca la manera de encontrar el equilibrio entre la ingente cantidad de cosas que quiere relatar y la mejor forma de hacerlo. Mientras adquiere una decida voz propia, todavía intenta meter todos los elementos posibles en la narración: tramas entrecruzadas, personajes nuevos a mansalva, ampliación del escenario... En todo caso, en relación con la anterior novela de la serie, Erikson va tomando el pulso y concretando el número de protagonistas principales a seguir. Y si bien siga habiendo un montón de secundarios que entran y salen, demandando en parte su ración de atención, lo cierto es que el foco se muestra menos disperso, delimitando qué líneas son las más importantes —centrándose principalmente en cuatro de ellas— y cuáles solo sirven al escenario, haciendo la acción más concreta y perdiendo menos al lector por el camino. Las cuatro líneas principales, y otra miríada de líneas menores, van a ir cruzándose, interactuando entre ellas, discurriendo un tiempo juntas, separándose y volviéndose a reunir, dando una sensación de «conexión» que abunda en la idea de que todo está en cierta manera relacionado y que algo sucedido en una de las tramas muy bien puede ser vital para cualquiera de las otras.

Hay veces en que el lector, con cierta confusión, se pregunta qué es exactamente lo que está sucediendo o a dónde quiere llevarlo Erikson, pero en esta ocasión no surge tanto de una enrevesada descripción o de una torpe plasmación de tantas ideas —y la revisión de la traducción para esta edición mejora con mucho la comprensión y la experiencia lectora, insisto—, sino de la intencionalidad del autor de mantener muchos detalles en la sombra para sorprender luego con su revelación ―llegando a reservarse temas, como ya hiciera en Los jardines de la luna, para próximas entregas― e incluso en los momentos de mayor incomprensión la emoción se encuentra garantizada. Falla en momentos puntuales el pulso narrativo, la intensidad, pero sin duda esta es una novela mucho mejor estructurada y desarrollada que la anterior. Intencionadamente compleja, pero no involuntariamente confusa.

Ilustración de A. Dubovik
Es precisamente en el tratamiento y retrato de los personajes donde se aprecia una mayor mejora. La caracterización es más hábil y profunda en los principales actores del drama que se está desarrollando ―no tanto en los secundarios―, utilizando por un lado a personajes «heredados» de Los jardines de la luna y creando otros muchos nuevos para la ocasión. En ambos casos la profundidad psicológica, las reacciones ante lo que les sucede, su forma de actuar, su humanidad ―o falta de ella― están mucho mejor trabajados, dotándolos de una mayor dimensión e interés. Siguen «sobrando» algunos y al autor le falta todavía algo de pericia para encajarlos todos a la perfección en lo narrado cada uno con su propia voz, pero desde luego ya no se pierde tanto en vericuetos sin sentido ni saca a colación con alboroto a gentes que luego no hayan de participar en la acción subsiguiente.

Y a pesar de todo, o precisamente por ello, esta sigue siendo una novela densa, llena de detalles que no se puede perder de vista a fuerza de pasar por alto hechos de apariencia trivial que serán importantes muchas páginas después. Una historia muy elaborada que no explica dos veces sus intenciones, exigiendo un plus de atención para disfrutar a tope de lo narrado.

Es de agradecer que, dentro del cripticismo del que hace gala Erikson, se empiezan a conocer las respuestas a alguna de las preguntas que quedaban más colgadas en la anterior novela o de detalles que parecían faltos de coherencia, y que demuestran aquí que sí que la tenían. Aprovecha el autor para darle la vuelta a algunas ideas preconcebidas que el lector se podía haber creado con la lectura de la anterior entrega, ofreciendo una nueva visión para sus acciones y modificando simpatías tanto para bien como para mal. Se empieza a ver un esquema bajo ciertas acciones aparentemente absurdas o sin sentido, y algunos hechos cobran otra relevancia bajo una nueva luz. Y es que, como ya sucediera en la precedente, todos los personajes de uno y otro bando parecen estar luchando por nobles valores según la óptica y la moral con la que se miren, y todos son capaces de las más rastreras bajezas para conseguir el «bien» que persiguen.

Las puertas de la Casa de la Muerte
Ilustración de J. K. Drummond
es, ya lo he dicho, una novela intencionadamente compleja y exigente, sin duda, con mucho en lo que fijarse y muchos personajes que seguir.
Erikson sigue «pecando» de ambicioso, de querer abarcar demasiado, de ofrecer una historia tan grande que parece no caber en las páginas de un libro, pero sin duda va concretando, va cohesionando su mundo. Todavía se le nota un ansia por plagar la narración de detalles y datos algo excesivos, pero, al fin y al cabo, la que está narrando es una historia monumental, y eso se nota en el muy rico trasfondo de leyendas e historias, de ciudades en ruinas, de magias ancestrales, de razas y civilizaciones olvidadas que van alzándose al paso de todos los protagonistas. El autor consigue un mejor tratamiento de la prosa para transmitir la inmensidad del escenario y cada uno de sus componentes mediante las propias acciones de los protagonistas y lo que van encontrando a su paso, integrándolo de forma mucho más fluida en las tramas. Por desgracia, dada la importancia dentro de la trama general, y al igual que sucediera en la primera, seguramente lo más decepcionante sigue siendo el uso, la definición y la aplicación práctica de las reglas de la magia. Las sendas y su utilización siguen sonando un tanto confusas, desdibujadas, demasiado «adaptables» a lo que desea el autor en cada momento. Pero que nadie se asuste, está todo pensado y Erikson se guarda muchas sorpresas para las siguientes entregas de la serie. Lo mejor es dejarse llevar por la maravilla y la fascinación, y seguir vadeando la narración sin desfallecer hasta alcanzar la orilla.

Es, pues, una lectura intensa, entretenida, muy emocionante, enervante en ocasiones y cargada de profundidad en todo momento, que requiere mucha atención y cierta perseverancia, pero que a cambio devuelve grandes satisfacciones. El épico, duro, amargo, doloroso y desgarrador final de la novela, repleto no obstante de promesas, con la alusión a una nueva y poderosa amenaza contra el Imperio abre las puertas para la siguiente novela, donde el lector se reencontrará con Whiskeyjack, los abrasapuentes y algún que otro de los protagonistas de estas dos primeras entregas. Ya solo quedan ocho libros —además de los escritos por Ian C. Esselmont — para la conclusión de la historia, mucho mundo por descubrir, mucha historia por conocer. Mucha diversión en perspectiva.

Reseña de otras obras del autor:

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