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martes, 7 de abril de 2020

Reseña: Ángeles rotos

Ángeles rotos.
Takeshi Kovacs /2.

Richard Morgan.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh Ficción # 68. Barcelona, 2020. Título original: Broken Angels. Traducción: Juanma  Barranquero y Andrea M. Cusset. Ilustración de portada: Alejandro Terán. 688 páginas.

Morgan cambia la investigación noir hardboiled de Carbono modificado por una exploración arqueológica en medio de una zona de conflicto bélico en el que Kovacs se ha visto envuelto. Una aventura que mantiene, e incluso multiplica, el cinismo del protagonista conforme avanza por un camino de violencia y traición, en el que él mismo no sale demasiado precisamente bien librado en cuanto a sus decisiones morales. Ángeles rotos es una obra que trae a la memoria las novelas de grandes escenarios galácticos y fuerte sentido de la maravilla del Clarke de Cita con Rama o las de civilizaciones alienígenas que han abandonado nuestro sector estelar dejando atrás fascinantes artefactos de Jack McDevitt, si las mismas hubiesen sido escritas al dictado de la violenta y sórdida óptica de Sam Peckinpah, dejando a su paso un buen número de cadáveres. En esta segunda entrega de la trilogía no se puede hablar de una continuación directa de lo anterior, sino de una nueva aventura, posterior y prácticamente independiente de aquella, del protagonista con una nueva funda luchando como mercenario corporativo, y que se puede leer y comprender sin necesidad de haber leído aquella —aunque no deja de ser algo muy recomendable haber hecho—.

Takeshi Kovacs ha sido destinado, sin mandato de la ONU y como parte de los mercenarios del Cuño de Carrera, a Sanción IV, un planeta en guerra civil sobre el que el Protectorado no tiene jurisdicción y por lo tanto no puede intervenir de forma directa. El planeta se encuentra envuelto en un sangriento alzamiento popular liderado por el carismático Kemp, quien se rebela contra la situación socio-económica impuesta en el sistema por las megacorporaciones, aunque no parece llevar todas las de ganar. En un hospital orbital, donde ambos reciben cuidados tras los violentos combates, conocerá a Jan Schneider, quien le pondrá tras la pista de un posible descubrimiento arqueológico de origen marciano —una desaparecida civilización extraterrestre de origen desconocido cuyos primeros restos fueron encontrados en Marte, por lo que les quedó adjudicado tal patronímico— de singular importancia. Ahí, cuando se implique en la puesta en marcha de una expedición que reclame la posesión del artefacto al que parecen llevar las investigaciones y haga ricos a quienes participen en la misma, por si no tuviera ya pocos, empezarán sus problemas.

Morgan, en una aventura prácticamente sin conexión alguna con la anterior, devuelve al personaje a sus orígenes, al propósito para el que fue forjado: ejercer como soldado. Kovacs disfruta —es un decir— de una nueva vida en una nueva funda mejorada con amplias capacidades de combate, y ejerce en un puesto de responsabilidad en una compañía de mercenarios en el que hace buen uso del entrenamiento como Emisario recibido en su pasado. Pero en el futuro las guerras, y sus motivaciones, no son sino la forma más sucia de hacer negocios —¿no lo han sido siempre?—. Los intereses económicos, los tratados comerciales, las expansiones corporativas se financian y dirimen en el campo de batalla. Y cuando alguna voz se alza contra el sistema capitalista no tarda en ser ahogada por las ofertas de los competidores que quieren ascender en la pirámide de las grandes compañías. Los idealistas no tienen cabida en la ecuación. Y los soldados, Kovacs incluido, no dejan de ser instrumentos y peones en las maniobras de un mercado de escala estelar. Las voces disidentes, o las de los competidores, se acallan con las armas.

El universo un tanto cerrado, incluso claustrofóbico, de la anterior se abre a un escenario mayor, o cuando menos más lejano, apartándose de los sórdidos ambientes de los bajos fondos de la Tierra para trasladarse a los sórdidos campos de batalla de Sanción IV y a una localización que mejor descubra el lector por sí mismo. La presencia en Marte de los restos dejados atrás por la, al menos en apariencia y hasta donde saben los humanos, extinta civilización cobran una importancia central en la trama. Las exploraciones e investigaciones de los ruinas y tecnologías que dejaron atrás dieron a la humanidad los principios para el viaje interestelar y una serie de mapas estelares con destinos donde encontrar planetas receptivos a una posible colonización humana. La presencia en estos mundos de nuevos restos, el misterio de su abandono de este sector de la galaxia, la verdadera función de unos objetos recuperados apenas comprendidos, el comercio y tráfico establecido entorno a sus ruinas y restos tecnológicos…, han propiciado desde corrientes filosóficas a prósperos negocios. Kovacs se va a encontrar en medio de todo ello, a bordo de una misión quizá no tan secreta, en busca de un artefacto marciano que demasiados codician.

Con la guerra entorpeciendo cualquier movimiento, la necesidad de patrocinio corporativo para poder poner en marcha una expedición en condiciones le va a llevar a recorrer el camino en extrañas compañías, con el peligro rondándoles a cada paso. Pero el premio merece la pena. O al menos eso piensan las distintas facciones y sus agentes encubiertos. Un artefacto como el supuestamente descubierto tendría un valor incalculable. Pero primero hay que llegar al mismo e instalar en él una boya que permita reclamarlo como propio. Un camino que va a procurar toda una serie de descubrimientos fascinantes y que va a poner en cuestión la misma colonización humana de los mundos remotos.

En una trama repleta de giros y secretos, todos parecen estar usando a todos, buscando sus propios designios e intereses enfrentados. El aliado que te tiende la mano, que te cubre las espaldas, puede ser el primero en dejarte en la estacada. El amor y el romance no tienen cabida sino en la memoria y en la nostalgia. Junto a la científica descubridora del artefacto y a un alto cargo de la corporación que financia la expedición, Kovacs va a co-liderar un grupo de combatientes excepcionales, cada cual con sus habilidades particulares que le hacen imprescindible para la misión, pero también todos con un pasado que matiza y motiva sus acciones. Saber de quién puede fiarse o no, con quién puede contar en la hora definitiva, a quién entregar su lealtad, va a ser, quizá, de los principales dilemas del protagonista.

Kovacs es un antihéroe en principio bastante típico, duro, cansado y desencantado, harto de su vida y, sobre todo, de sus muertes y reenfundados. Resulta un poco triste constatar una y otra vez que su solución para casi cualquier problema o dilema a los que se enfrenta sea arrasar con todo y salir adelante por la fuerza de las armas —sean estas cuales sean—, lo que por otra parte va a permitir al lector a asistir a unas cuantas escenas tan sangrientas como memorables. Triste porque quizá sea la mejor constatación de que solo así es posible sobrevivir a un futuro tan deshumanizado como en el que vive. Solo cuando la situación se vuelva desesperada y trascendente encontrará dentro de sí una motivación superior a su propia preservación. Entonces saldrá a relucir lo mejor de sí mismo, que no es sino la entrega a aquellos que se encuentran bajo su tutela, y su negativa a asumir los errores de las corporaciones como algo propio. Las revelaciones y conclusiones finales, por mucho que todo lo narrado llevase hasta allí, no dejan de ser sorprendentes.

Ángeles rotos es una novela dura, gráfica y filosóficamente hablando. La guerra es sucia, cruel, inhumana, un mero negocio. La revolución también lo es. El heroísmo y las acciones gloriosas no tienen cabida. Morgan presenta un escenario con una absoluta falta de blanco y negro moral, y donde todo resulta de un gris deslavazado, el lenguaje es grosero y la amenaza de muerte permanente, en una sociedad en que la muerte ha dejado de ser un absoluto necesario, pende sobre cualquiera de los personajes, logrando que se empatice con ellos. Una empatía potenciada por la inclusión de pequeños momentos introspectivos en que las impenetrables corazas de los soldados permean unos sentimientos ocultos que muestran lo que se oculta debajo. Conversaciones nocturnas, escarceos sexuales, una botella de licor compartida, un secreto confesado... Bajo la armadura todos son humanos, con sus conflictos, bajas pasiones y anhelos humanos. Capaces de lo peor, pero también de realizar algún ramalazo de buenas acciones.

Un conflicto militar que, debido a la naturaleza del armamento utilizado, lleva a acciones bélicas de lo más deshumanizadas, rescates al límite, espionaje corporativo, tecnología alienígena más allá de la comprensión humana, complots, carne de cañón enviada al combate una y otra vez tras rescatar su pila y restaurar su funda corporal, la perversión y la avaricia de un capitalismo elevado a potencia estelar, una guerra civil en la que ninguno de los dos bandos parece demasiado cuerdo, sabotajes, enfermedad por radiación, nanobots, lucha por la supervivencia personal con pocas lealtades y menos amistades, sexualidad explícita en ambientes poco habituales, burocracia, artefactos alienígenas, descubrimientos fascinantes... El sentido de la maravilla de un fascinante space opera cyberpunk mestizado con toda la oscuridad y cinismo del más violento y descreído relato bélico a modo de un grimdark de ciencia ficción.

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