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jueves, 14 de noviembre de 2013

Reseña: Alif el invisible

Alif el invisible.

G. Willow Wilson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Fantascy. Barcelona, 2013. Título original: Alif the Unseen. Traducción: Gemma Rovira. 429 páginas.

Con la única referencia previa de la autora de la serie de comics Air, que no es que me hubiera dejado una grata impresión y más bien poco «poso» en las sombras de mi mente, este libro venía avalado por una serie de positivas críticas y una promoción intrigante —«mezcla la emoción de una rocambolesca aventura de fantasía urbana y la frescura del ciberthriller con el encanto de la mitología de Oriente Próximo»— que invitaban a su lectura. En Alif el invisible Wilson ofrece una exótica historia de ambientación oriental moderna que tiene mucho de metáfora y mucho de pura aventura, mezclando hábilmente unos elementos narrativos aparentemente irreconciliables y que, sin embargo, terminan funcionando muy bien juntos. Un romance imposible, el mundillo de los hackers informáticos, la primavera árabe, el poder de las redes sociales y de la libre circulación de la información, la visión crítica y no reduccionista de la religión musulmana, la existencia de seres sobrenaturales que conviven desde tiempos inmemoriales con la humanidad, el poder de las palabras y de los cuentos… Y una visión diferente, y esclarecedora, de la habitual perspectiva occidental de la sociedad islámica y sus mitos.

En la Ciudad, un pequeño emirato de algún punto indeterminado del Golfo Pérsico gobernado por el tirano de curso, vive un joven hacker con el seudónimo de Alif —el primer carácter del alfabeto árabe—. Hijo de la segunda esposa, de origen hindú, de un árabe de cierto estatus, su mestizaje hace que madre e hijo tengan que vivir en una zona residencial de clase media de la urbe, desde donde Alif da soporte informático, protección principalmente, a todo aquel que pueda pagárselo sin importarle ideas políticas, raciales, sexuales o religiosas. Pero su verdadera obsesión es Intisar, una muchacha procedente de una familia aristocrática y conservadora, muy por encima de su posición social, con la que mantiene una secreta relación amorosa, y quien va a poner su mundo patas arriba al comunicarle la decisión de su padre de concertar su boda con un importante miembro de la oligarquía reinante.

Alif es muy bueno en su «trabajo», un auténtico genio de la computación, pero no deja de ser alguien recién salido de la adolescencia, y, enfadado y desesperado, va a cometer un terrible error al escribir un programa cuyo código borrará de la red cualquier rastro suyo a ojos de Intisar. Lo que no sabe es que dicho programa va a poner sobre él la atención menos deseada, la de ciertos elementos del poder, y a desencadenar unos hechos inesperados que se volverán más raros todavía cuando el joven reciba, procedente de su amada, un viejo libro titulado Alf Yeom wa Yeom, Los mil y un días. El velo entre la «realidad» y el mundo invisible empieza a desvanecerse, revelando una existencia inesperada más allá, el reino de los genios, djinns y effrits.

Así, la novela comienza como una aventura de conspiraciones en la que el dotado joven hacker descubre sin desearlo un complot dentro del organismo o la persona del gobierno encargado de la represión, conocido como la Mano. Su reacción le llevará a ser perseguido por unos supuestos crímenes contra el estado, llevándole de un lado a otro de la Ciudad y más allá, hasta rincones tan fantásticos como el Callejón Inamovible, y a relacionarse con seres que nunca hubiera imaginado. Pues es esta desesperada y peligrosa huida precisamente la que va a imbuir de un nuevo rumbo a la narración, sumergiéndola en un torrente de fantasía con algo de ciencia ficción ante el choque entre la tradición y la modernidad, entre la magia de los djinns y su mundo etéreo y la computación cuántica. Y es que el mismo Corán habla de la existencia de estos seres intermedios entre los ángeles y los humanos, unos genios invisibles para la mayoría, pero que conviven bajo diversas formas con estos últimos, y cuyos conocimientos aplicados a la tecnología moderna podrían causar un mal de proporciones desmesuradas..

Wilson juega hábilmente con la mexcla de contrastes, sociales y culturales, del escenario presentado. El propio Alif comienza como un personaje bastante «amoral», sin principios definidos, bajo la única bandera de la libertad de internet, en realidad más parece un hedonista en busca únicamente de su propio bien, para irse luego definiendo como un pequeño luchador un tanto anarquista en busca de la libertad global dentro de un estado totalitario y opresor. En su huida y búsqueda del significado del libro que le ha sido entregado, contará con el renuente apoyo de su vecina Dina, una inteligente y decidida joven que esconde muchas virtudes bajo su velo islámico, y de la ayuda de una profesora occidental conversa al Islam —de hecho sólo se la conocerá como «la conversa»— y que, según se puede leer en su biografía, bien podría ser un alter ego de la propia autora, algo que le permite ofrecer una curiosa visión del Islam, navegando a medias entre la alabanza a sus enseñanzas y la crítica a su aplicación. La conversa tratará de traducir el libro, viéndose así envuelta en la peligrosa aventura emprendida inopinadamente por Alif y su amiga Dina, uno de los personajes más «fuertes» e interesantes de la novela.

Junto a ellos, un djinn un tanto irónico y aterrador, un viejo imán con suficiente independencia como para cuestionar al poder establecido, y un joven príncipe entre aburrido y concienciado, les ayudarán a hacer frente a la Mano, el censor al servicio de la élite reinante que llevará su guerra en la red a la calle con una brutal represión, mientras persigue el libro porque piensa que sus conocimientos le otorgarán poder sobre toda la realidad.

En una sociedad totalitaria, dominada por la estricta interpretación de la ley islámica al servicio del gobierno, pero donde conviven sin problema McDonalds y mezquitas, los presión social está presta a estallar, Wilson consigue fusionar esta realidad a la perfección con la parte «fantástica» de la narración. El thriller político se enreda con un trasfondo religioso, metafísico y filosófico desde un punto de vista autocrítico, ya que la autora lanza sus consideraciones desde la visión de una conversa occidental, parte de ambos extremos. Lo mundano se confunde con lo mágico, lo sacro con lo científico, demostrando que quizá las separaciones son sólo fronteras establecidas por los propios humanos, muy lejos de ser reales, y desatando una lucha que podría poner el mundo de rodillas ante la ambición del poder sin cortapisas otorgado por una herramienta informática con la tarea de doblegar la realidad misma.

La novela es como un retorcido cuento nacido de Las mil y una noche —incluido genio de la lámpara—, con todos sus elementos sobrenaturales, sus aventuras mágicas y una fuerte carga socio-política y religiosa. Presenta un ritmo rápido, aunque quizá algo entrecortado en ocasiones, con abundantes explicaciones por medio de diálogos unidos a escenas muy descriptivas, alternando acción frenética —sobre todo cuando se acerca el final— con momentos más reposados, jugando demasiado al juego de las casualidades para hacer avanzar la trama. Sin embargo, aunque pudiera parecerlo, eso no va contra el interés o el entretenimiento de lo narrado.

Es una obra, como los ogros, con muchas capas: la aventura, por supuesto, y el thriller socio-político, la computación cuántica, el activismo hacker, la primavera árabe, la revolución social, el valor de las creencias, la moral, el misticismo y la religión, los prejuicios innatos… y, con gran importancia, la mutabilidad del lenguaje y su evolución conforme el paso del tiempo modifica la sociedad en que el mismo se utiliza, cambiando con el uso el significado de muchas de sus palabras. Un lenguaje que, no obstante, mantiene unido el presente con el pasado, condicionando la construcción del futuro, ya que también moldea lo que define, adaptándose a lo que cada nueva situación requiere

Al final, las peripecias de Alif y sus acompañantes no esconden sino una nueva, y muy interesante, versión del viaje de autoconocimiento y superación; la constatación de lo que uno desea hacer con su propia vida y lo que está dispuesto a sacrificar para conseguirlo. Un mensaje sobre aprender a «ver» lo invisible para poder avanzar en la dirección correcta, dado que en la sociedad actual hay muchas formas, demasiadas, de convertir a algo o a alguien en invisible. Hay en la obra un camino hacia la tolerancia y hacia aceptarse a uno mismo en sus limitaciones; y muchas cuestiones en torno a qué se está dispuesto a renunciar para ganar al final del día, sobre la ceguera autoinducida y el valor de hacerse visible para bien de los demás. Alif, como los protagonistas del primer cyberpunk, las pasa canutas, recibiendo bofetadas por todos lados, y tiene que decidir si merece la pena pagar el precio del sacrificio o limitarse al anonimato. De la respuesta podría depender el futuro del mundo entero.

Alif el invisible es una obra que se mueve a las mil maravillas entre acción y reflexión, que presenta un Islam «distinto» —al menos desde la óptica occidental— y que se deja leer con mucho agrado, se esté o no de acuerdo con sus planteamientos más religioso-filosóficos —y hay cosas que a nuestros ojos y mentalidaad chirrían, la verdad—. Como toda buena ciencia ficción, entretiene mientras hace pensar y cuestionarse ciertos temas que se daban por inamovibles. Refrescante.

[Las ilustraciones de los djinns son obra de Lisa Brown].

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