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miércoles, 9 de junio de 2021

Reseña: Los cazahuesos

Los Cazahuesos.
Malaz: el libro de los caídos 6.

Steven Erikson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nova.Barcelona, 2020. Título original: The Bonehunters. Traducción: Marta García Martínez. Revisión de la traducción: Alexander Páez. Ilustración de cubierta: Noah Bradley. 1120 páginas.

[Esta reseña es una versión revisada y corregida de la subida a Sagacomic el 13 de septiembre de 2014 correspondiente a la lectura de la edición de La Factoría].

Superado ya el ecuador de la serie, Los Cazahuesos «inicia» la senda hacia el final de la misma con una especie de convergencia de las tramas de todos los libros anteriores —incluido La noche de los cuchillos entre ellos—. Continuación más o menos directa, dos meses después, de los sucesos del cuarto volumen, La Casa de Cadenas, retoma también algunas líneas de la inmediata Mareas de medianoche, y, en general, se convierte en el punto de reunión de todo lo que se ha venido narrando hasta ahora, con lo que la lectura de la presente reseña muy posiblemente —más bien seguro— pudiera desvelar por deducción eventos sucedidos con anterioridad y que no debieran ser conocidos por aquellos que no hayan leído las novelas precedentes y deseen mantener la sorpresa. Para deleite de sus aficionados Erikson sigue retorciendo las múltiples tramas, añadiendo nuevas capas, gran cantidad de información y toda clase de detalles por muy minúsculos que sean, a veces a costa de casi «perder» al lector entre crípticas referencias a personajes y eventos pasados y venideros, convirtiendo la novela en un auténtico punto de inflexión dentro de la saga. Debo decir que la relectura ha sido un auténtico disfrute, haciendo salir a la luz detalles que en la primera vez habían quedado en las sombras.

De inicio la acción vuelve a centrarse, principalmente, en el continente de Siete Ciudades, donde el Decimocuarto Ejército de Malaz ha destruido la rebelión del Apocalipsis, y la consejera Tavore ha ejecutado a la Sha’ik, pero las tropas bajo su mando debe emprender la persecución de algunas fuerzas enemigas supervivientes y decididas a seguir luchando reunidas bajo el mando de Leoman de los Mayales. En el horizonte se encuentra la ciudad de Y’Gathan, donde de forma harto traumática «nacerán» los Cazahuesos. Y mientras tanto, los Sin Nombre han desatado una «nueva» amenaza que Ganoes Paran, señor de la Baraja de los Dragones, intentará detener, en un territorio que Poliel, diosa de la pestilencia, ha contaminado con su devastadora enfermedad. Lo cierto es que la sobreabundancia de tramas hace que Erikson tarde en entrar en materia —sin sobrar exactamente nada, pues ya es parte del encanto de la saga, una pequeña «poda» de páginas en un volumen que es de los más largos hasta el momento y algo de concreción en el texto tampoco le hubiera venido mal— y no es hasta el segundo cuarto de la novela cuando las cosas empiezan a rodar y tomar una velocidad imparable.

Sin un tronco central definido la novela sigue diversos arcos, muchos sin aparente relación, que vienen a dar continuación a un gran número de líneas iniciadas en anteriores entregas. Las consecuencias de las campañas de Genabackis y Siete Ciudades con la persecución de las fuerzas de Leoman de los Mayales hasta la ciudad de Y’Ghatan; la toma del Imperio Letherii por los Tiste Edur y la fuerza expedicionaria que busca oponentes a su emperador; las maquinaciones de Tronosombrío y Cotillion; los embrollados planes de la Emperatriz Laseen; los movimientos de dioses y ascendentes; las andanzas de Apsalar; los tejemanejes del dios Tullido; el periplo de Heboric, Navaja, Scillara y Felisin la Menor para alcanzar el desierto de Otataral; la presencia de Dejim Nebrahl y todos los eventos que desencadena; el errabundo deambular de Icarium y Mappo, y la intervención de Taralack Veed; Ganoes Paran y la nueva Baraja; el misterio de los K'Chain Che'Malle —y la aparición de ciertos restos de su tecnología, aparentemente muy avanzada para los estándares de lo conocido hasta el momento—; la desesperada defensa del primer trono; la búsqueda de Karsa Orlong y su nueva acompañante; la convergencia imparable de sucesos y actores principales en la ciudad imperial de Malaz… Todo lo que parecían eventos dispersos, con escasa repercusión unos sobre otros, empieza a relacionarse y toda la novela se siente como un punto de inflexión en la historia general, donde todo comienza a rodar acelerando y sin frenos.

Ilustración de Noah Bradley
Además de los antes citados, Iskaral Pust y Mogora, Ben el Rápido, Kalam Mekhar, Perla, Lostara Yil, Nada y Menos, Botella, Hellian —¡qué gran adición al
corpus de personajes!—, Cuerdas, los escasos supervivientes de los Abrasapuentes, diversos Puños, Karsa Orlong, Onrack el Fracturado, Trull Sengar, Corabb Bhilan Thenu’alas, Telorast y Cuajo —y su imprescindible nota de humor en esos maravillosos diálogos—…, el elenco de personajes, antiguos y nuevos —y algunos que parecen nuevos, pero son antiguos; y otros en Ciudad de Malaz que proceden de la narrativa de Esslemont; y otros de los que queda la impresión de que se deberían «reconocer», pero que en medio de la vorágine y lo críptico de la prosa del autor y de sus breves intervenciones, quedan demasiado en sombras— y, sobre todo, puntos de vista narrativos que pululan por las diversas líneas es inmenso —excesivo incluso—, lo que hace que el lector deba implicar gran atención en la lectura a riesgo de perderse en ciertas ocasiones. El escenario es tan descomunal como siempre, favoreciendo la espectacularidad, pero también la citada dispersión de tramas. El nivel de detalle es altísimo, y el autor juega a dejar caer minúsculas referencias y pistas que deben ser rastreadas muy hacia atrás en los libros ya publicados y que sólo mucho después adquieren significado, exigiendo por parte del lector un grado de implicación máximo. Además continúa el habitual batiburrillo de dioses y ascendentes, de sendas, de razas y de individuos singulares.

Ilustración de Noah Bradley
Y a pesar de todo perdura una sensación de que por fin se está llegando a algún sitio, diversas tramas y personajes van confluyendo en cierta forma, personajes se reúnen, se van desvelando destinos…, aunque, por supuesto, todavía queda mucho, muchísimo por conocer. Y aunque hay una sensación de dispersión narrativa, de cierta desestructuración argumental, saltando de una línea a otra, de un evento a otro sin aparente relación, con aparición de gran número de personajes ya conocidos, la existencia de ciertos clímax, la resolución de ciertos temas, hacen pensar en que la historia empieza a concretarse y tomar un rumbo más decidido. Eso no es impedimento para que la cantidad de nuevas cuestiones planteadas superen ampliamente a las resueltas.

Con un tono que ve derivando decididamente —todavía más— hacia lo sombrío, aunque con sus habituales salidas humorísticas, el autor sigue siendo un maestro para la épica y las grandes escenas de combate, como demuestra en esta ocasión en el «sitio» de Y’Ghatan, la ordalía del decimocuarto, y su claustrofóbico «desenlace», aunque al situarlo en el centro del libro, resta algo de espectacularidad al enfrentamiento final en la isla de Malaz, algo contrarrestado al focalizar la acción de ese último tercio en un único escenario contribuyendo mucho a mantener la atención. Es de remarcar la habitual inclusión, en esta ocasión de forma machaconamente insistente y pesimista, de ramalazos filosóficos, provenientes de labios de varios de los personajes principales y, supuestamente, más sabios, que vienen a incidir en el tema del buen salvaje y los males de la civilización —de hecho, el corolario que se extrae de la lectura es que la consecuencia inevitable del establecimiento de comunidades estables y de cualquier civilización medianamente avanzada es la guerra—. Incluso el más humilde de los personajes de Erikson tiene sus profundas convicciones y opiniones personales sobre la vida y la muerte, la guerra, la civilización, la religión, la economía, los dioses y cualquier otra cuestión mayor o menor. No deja de ser una marca de su tipo de escritura y como tal hay que aceptarlo para poder disfrutar de todo lo demás.
Ilustración de Noah Bradley
Cargado, pues, de emoción y de sombría épica, Los Cazahuesos es un libro ciertamente denso, plagado de capas y niveles, colosal en más de un sentido. Un libro que, quizá, peca de querer abarcar demasiado y que se hace algo pesado en momentos puntuales —exceso de divagaciones, de filosofía y de descripciones demasiado exhaustivas—, pero que despega en sus pasajes más épicos, y que ofrece un buen montón de información sobre el mundo y los eventos que están teniendo lugar, dando unas cuantas pistas sobre lo que se puede esperar para el futuro. Aparta un tanto el velo del misterio y empieza a avanzar hacia un posible final —aunque falten cuatro libros, más los de Esslemont, para alcanzarlo—, pero la cantidad de preguntas sigue siendo inmensa. En definitiva, una novela que se antoja una desmesurada, pero muy emocionante, recapitulación de tramas y personajes para, despejado el camino, emprender la decidida marcha hacia el final de la saga, al que habrá que ver quién entre todos los protagonistas llega vivo.
Ilustración de Todd Lockwood
Reseñas de otras novelas de la serie.

Malaz, el libro de los caídos:

Los jardines de la luna.

Las puertas de la Casa de la Muerte.

Memorias de hielo.

La casa de cadenas.

Mareas de medianoche.

 

Malaz: el Imperio:

La noche de los cuchillos.

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