jueves, 3 de diciembre de 2009

Reseñas: Artrópodos

Artrópodos.

Luis Montero.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo Ajec. Col. Albemuth # 26. Granada, 2009. 152 páginas.

Confieso que si hay unos bichos que me den realmente asco son las cucarachas, las nuestras, esas negras, lustrosas, brillantes, con su crujir tan característico cuando las aplastas. Así que debo reconocer que la lectura de Artrópodos me ha producido picores por todo el cuerpo en un buen par de ocasiones, sobre todo con las partes más “informativas”.

El libro de Luis Montero, «el e-book más descargado de la historia de Sedice.com» según reza la publicidad, es una fantasía de tintes absurdos que roza en ocasiones el esperpento cómico en la tradición del maestro Valle-Inclán —salvando las inabarcables distancias—. Y es que una vez terminada su lectura la novela se antoja un divertimento, un experimento curioso muy bien documentado que no conduce en realidad a parte alguna, pero que hace sonreír y/o estremecerse en variadas ocasiones.

Como en una comedia de enredo, unos personajes duplicados van entrando y saliendo de la escena provocando situaciones ambiguas, equívocas, incómodas y absurdas a partes iguales. Y es precisamente del uso de ese absurdo de donde proviene el humor, un humor delirante que casi roza lo irracional llevando al lector a preguntarse en ocasiones si no se le estará tomando el pelo. El protagonista, Juan Onésimo —cuyo apellido es un simple juego de palabras matemático que el propio autor destripa en el texto como si no se fiase de la inteligencia de su público—, descubre que tiene un doble exacto físicamente que se dedica a llevar a cabo aquellos de sus sueños que él no había conseguido hacer realidad. Las confusiones que pudiera haber dado lugar la situación habrían sido sin duda más interesantes si no fuera por su incomprensible comportamiento, aceptando sin más al “extraño” y tratando de seguir con su vida con apenas unos cuantos lamentos. La aparición de un policía con doble personalidad y que ejerce alternativamente de inspector o de capitán según sea la dominante y sin que, aparentemente, nadie se lo cuestione —el protagonista solo llega a preguntarse si cobrará dos sueldos—, no hace sino alejar todavía más la realidad del relato, sumergiéndose a fondo en lo absurdo y obligando al lector a aceptar las cosas tal y como vengan, rotas todas las reglas del juego y reconstruidas según parámetros más cercanos a la vida de los propios artrópodos en que trata de sustentar el relato que a los de la lógica humana.

Aunque mayoritariamente narrado en tercera persona, siguiendo las andanzas de Juan Onésimo desde el punto de vista de un narrador omnisciente, conocedor de todo lo que sucede, Luis Montero se permite su propia irrupción en el texto interpretándose a sí mismo jugando con la primera persona en algunos momentos en las que se introduce en la historia como personaje clave en la resolución del misterio —aunque en verdad tal resolución ni siquiera exista—. Mientras por un lado se desarrolla el monólogo que Mr Yee, dueño de ProFinal, empresa de exterminio de insectos en la que trabaja Juan, le encasqueta a éste mientras se encuentran sentados en una noria sobre su personal filosofía de vida, en la narración “principal” se asiste a la peculiar investigación sobre el Ptychopariina Hallucigenia robado en la Gran Sala Trilobites del Museo Nacional de Historia Natural y a los esfuerzos de Juan por poner en marcha la Sala Museo de entomología de ProFinal, aparte de cumplir sus tareas en la empresa y lidiar con su especial situación, romances incluidos.

Intercalados en esa narración principal, perfectamente integrados, se encuentran una serie de textos informativos sobre la evolución, la taxonomía, la vida y el crecimiento, y un buen montón de datos curiosos —y a veces repelentes— de las diferentes especies de artrópodos que comparten nuestro mundo —aunque después de leerlos el lector no puede evitar preguntarse si no serán los humanos los que comparten SU mundo—. Unos textos, en cursiva, que deben ser leídos con la debida atención, pues ocultan algunas de las claves de lo que Juan Onésimo y su doble, o dobles, pudieran ser. Además de suponer un caudal de información realmente llamativa, aunque algunas partes sin duda hubiera preferido seguir sin conocerlas.

En esta especie de divertido thriller policíaco, mezcla de fantasía y comedia con algo de acción y un toque filosófico, uno de los principales problemas a los que se enfrenta el lector es estilístico y es que, en una historia en que la diferenciación de los protagonistas debería ser vital dada su peculiar naturaleza duplicada, todos los personajes peroratan de la misma manera: Juan 0 y Juan 1 —lo que hasta sería lógico—, pero también Mr Yee, Luis Montero y hasta un taxista que cubre una carrera hasta ProFinal sueltan el mismo tipo de discurso algo recargado, consiguiendo un desarrollo algo plano y pobre, sin caracterización ni profundidad; aunque supongo que no es lo que el autor buscaba.

Y es que Artrópodos, como ya se comenta más arriba, parece más bien un curioso experimento literario; una apreciación que se agudiza al observar que se incluyen en el mismo hojas de cómic, gráficos, esquemas y estadísticas, o recursos como la repetición de frases y párrafos ante situaciones vividas de forma casi repetida entre los duplicados y los muchos homenajes ocultos. Unido al hecho de que no hay que buscar explicaciones, ni finales —salvo la sugerencia de un socorrido accidente cósmico prácticamente imposible de acaecer— lo mejor es dejarse llevar por el relato, adaptarse lo mejor posible y sobrevivir a la travesía con una sonrisa, buscar las pistas y llevar a cabo unas matemáticas no siempre exactas. En el juego de los absurdos no se puede pedir racionalidad, sino realizar un salto mortal sin red en el que no todos llegarán al segundo trapecio. Los que lo consigan no podrán evitar, seguramente, una sensación de insatisfacción, de cierre en falso, de que queda algo por contar y muchas preguntas sin respuesta, aunque con la debida atención tal vez no sean tantas como aparentan. No obstante, he leído por ahí que el autor ya está trabajando en una continuación. Después de su lectura en mi quedan un redoblado asco hacia las cucarachas y una sana admiración por otro tipo de artrópodos, aunque no muchos. Una lectura divertida, breve, exigente, curiosa e intrascendente.