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miércoles, 19 de agosto de 2015

Reseña: Quasar. Antología Hard SF - 2015

Quasar.
Antología Hard SF - 2015.

VV.AA.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nowevolution. Col. Volution. Guadalajara, 2015. 211 páginas.

La ciencia ficción hard —o dura— suele definirse como aquella en la que los aspectos científicos y técnicos mantienen el máximo rigor y cierta preponderancia dentro de la narración. Teorías y conceptos actuales son extrapolados hacia el futuro explorando sus límites sin perder sus posibilidades de convertirse en realidad. Así, debe ser tan precisa como lógica y, sobre todo, verosímil como pueda serlo. Cabe decir que pocos de los relatos presentados en esta antología se ciñen a tal definición, lo cual, más allá del aviso a los que vayan buscando ese contenido de ciencia futura de máximo realismo, no resta calidad al grueso de las propuestas en absoluto, pero debe ser advertido. Lo cierto es que no basta llenar la trama de tecnojerga, de gadgets sorprendentes o de teorías de imposible aplicación para pertenecer a la ciencia ficción hard, pero no cabe duda de que son elementos que también pueden dar una buena base para aventuras extraordinarias. Algunos de los relatos se acercan, otros lo rozan y unos cuantos tan sólo ocultan tras cierta cantidad de «barniz» un tipo de propuesta muy diferente, pero no por eso menos atractiva, entrando de lleno en especulaciones sociales y políticas que se acercan sin rubor a la tan de moda distopía , bajando a las profundidades de la especulación antropológica o echando mano de otros de los muchos géneros, o subgéneros, de la que hace gala la inmensamente amplia —y poco dada a acuerdos— definición de ciencia ficción.

martes, 24 de noviembre de 2009

Reseña: El último hombre mortal

El último hombre mortal.

Syne Mitchell.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Solaris ficción # 112. Madrid, 2008. Título original: The Last Mortal Man. Traducción: Álvaro Sánchez-Elvira Carrillo. 346 páginas.

¿Puede una obra eminentemente de acción mover también a la reflexión? A la vista de la lectura de El último hombre mortal parece evidente que sí. La novela es un trepidante thriller de ciencia ficción en el que el lector va a encontrarse con el muy tecnificado mundo del siglo XXIV, un lugar donde la nanotecnología ha poblado la Tierra a todos los niveles, desde el interior de los cuerpos de los seres humanos hasta la construcción de las ciudades que habitan o el crecimiento de los alimentos que comen; se puede decir que la nanotecnología es algo que está en el aire, como lo más natural del mundo, aunque solo los muy ricos pueden permitirse el tratamiento que erradica cualquier enfermedad, evita la degeneración provocada por el paso del tiempo y fortalece los cuerpos concediéndoles prácticamente la inmortalidad.

Alexa Dubois, enferma de un cáncer terminal y que no puede permitirse pagar la nanorregeneración de sus células, siente que Lucius Sterling, el dueño de la patente de la nanotecnología, es el culpable de que la cura de su enfermedad no esté disponible para el público en general, por lo que aceptará participar en una conspiración para acabar con la vida del empresario. Años después, convertida en la inmortal e implacable guardaespaldas de Lucius, recibirá el encargo de formar equipo con el bisnieto de este, Jack, un hombre alérgico a la nanotecnología y que vive apartado del mundo en una comunidad religiosa menonita, para que entre ambos hagan frente a la amenaza de los desensambladores, una nueva generación de nanos que amenazan con acabar con la civilización. Jack, el único ser humano que parece inmune a la amenaza, y Alexa, tendrán que unir fuerzas para encontrar al creador de la nueva tecnología, hacerle frente y ponerle freno.

Empieza así una frenética carrera contrarreloj en la que cada segundo perdido, cada pista falsa seguida puede llevar a la muerte de miles de personas e, incluso, a la aniquilación de la mayor parte de la raza humana. Pronto se verán inmersos en el juego de la política de los poderosos, donde las personas no son sino peones sacrificables y donde el balance económico es más importante que cualquier otra consideración. Y dentro de esta narración que no da respiro, plagada de «cliffhangers» —no en vano fue publicada originalmente en forma serializada—, Syne Mitchell se permite ir introduciendo de forma casi inadvertida un buen número de cuestiones que terminan llenando la mente del lector, empujándole a la reflexión. Empezando por la muy evidente denuncia del control capitalista de los avances científicos —sobre todo médicos—, donde solo los muy ricos tienen acceso a ciertos adelantos que les convierten de facto en los auténticos gobernantes del mundo, con poder de vida y muerte sobre los menos favorecidos por el simple hecho de poseer la capacidad de dar o negar el tratamiento a aquellos sin los debidos recursos económicos.

Pero también plantea los dilemas morales que supondría que el ser humano consiguiese la inmortalidad —gracias a parte de esa nanotecnología el cuerpo se convierte en virtualmente indestructible, al punto de poder sobrevivir incluso a los mayores cataclismos—, y lo que eso significaría para el futuro evolutivo, tanto físico como social, de la humanidad. Cuando se puede transformar los cuerpos, añadiéndoles apéndices, alas, branquias para respirar bajo el agua o cualquier cosa que se imagine, ¿no cambiaría eso incluso la forma de pensar del sujeto transformado?, ¿en qué momento se deja de ser humano? Cuando no es necesaria la descendencia ¿no se está abocado al estancamiento y a la cerrazón mental de aquellos que, precisamente, debían de tirar del carro? Cuando la sociedad se divide entre mortales e inmortales, ¿tardará mucho en producirse la ruptura y la revuelta de los desfavorecidos, de los que sienten que les están robando el futuro?…

Otra cuestión realmente importante es la del autocontrol de los científicos. ¿Es lícito probar cualquier tecnología nueva por el simple hecho de que es posible hacerlo? ¿Dónde se encuentra y, sobre todo, quién marca la línea que no debería ser cruzada bajo ningún concepto? ¿Quién controla todas esas investigaciones privadas llevadas muchas veces en secreto y que solo buscan el beneficio económico de los implicados sin preocuparse en realidad del bienestar común o de las fatídicas consecuencias que también puede producir su uso descontrolado?

Para plantear estas, y otras muchas, cuestiones, Mitchell crea todo un elenco de personajes curiosos, extremos a veces, demasiado arquetípicos casi siempre, que cubren todos los nichos necesarios: Lucius Sterling, el magnate despiadado, que oculta un pequeño corazón hacia los suyos; Alexa Dubois, la sexy guardaespaldas carente, en apariencia, de sentimientos; Jack Sterling, el hijo prodigo, que después de abandonar el seno familiar renunciará a su paz duramente alcanzada, jugándose incluso su propia vida, por los de sus sangre; Sarah, la hija del patriarca menonita de la comunidad en la que vive Jack, que buscará vencer los prejuicios de la fanática comunidad religiosa (y aquí habría tema para hacer otra reseña completa) para ayudar al hombre del que cree estar enamorada; sin olvidar al prototipo de científico loco, en la figura de Leonardo Fontesca, auténtico descubridor de la biología artificial y que vive prácticamente recluido en Elysium, la isla-estado creada de la nada con nanotecnología desde donde reina su mentor, Lucius, y que se ha dedicado desde entonces a perfeccionar y probar nuevos caminos de sus inventos; ni a Isobel, la niña encantadora e inquietante, llamada a producir empatía y repelús a un tiempo.

La dicotomía entre el mundo, evidentemente injusto, que Jack y Alexa tratan de salvar y la consecuencia peor, con la muerte de millones, que sucedería de no hacerlo, produce una extraña desazón en el lector, impidiéndole en ocasiones tomar partido claro por ninguno de los dos bandos, ya que todos aparentan la misma crueldad y desprecio por la vida del común de los mortales; el egoísmo parece ser el motor de la mayoría de las decisiones —¿es justo que Jack para salvar a una persona sacrifique la vida de otra docena?— y tan malos se muestran finalmente tanto unos como otros. ¿El fin justifica todos los medios? ¿La búsqueda del supuesto bien de muchos redime del fracaso que lleva al genocidio?

Mientras las ciudades se desmoronan en polvo, sus elementos básicos desensamblados, ¿quién puede justificar la invasión nanobiológica incontrolada de todos los seres vivos y de todo aquello que conforma sus vidas? ¿Quién puede justificar todas las muertes solo para castigar a la élite empresarial que se ha beneficiado hasta el momento de la tecnología? ¿Qué pasa con los inocentes que se limitan a vivir sus vidas sin interferir en los designios de los poderosos? No hay héroes cuando todos los implicados parecen igual de desalmados en busca de perpetuar sus beneficiosas prerrogativas.

El último hombre mortal va acelerando cada vez más conforme avanzan las páginas y la investigación de Jack y Alexa, llegando a un punto, en torno al último cuarto de la novela, en que ya el ritmo es imparable. Se suceden las explosiones, las persecuciones, las peleas entre luchadores de habilidades aumentadas y cuerpos mejorados, las ciudades derrumbándose, las escapadas en el último segundo, mucha acción y un final, cerrado, que sin embargo llamaba a una anunciada continuación. Y es que, en efecto, esta novela había de ser el primer volumen de una trilogía ahora cancelada. Existen rumores de que la autora podría continuarla con otra editorial —en el mercado anglosajón, se sobreentiende—, aunque por el momento nada se sabe de cierto. Una lástima.

El libro contiene acción sin límite, a veces demasiado exagerada (al igual que sucede con sus protagonistas), tensando en contadas ocasiones hasta el exceso la elasticidad de la credulidad del lector, con personajes que se hacen humanos en sus contradictorias reacciones bajo presión (¿salvarías a la persona que conoces o a las miles que no?), que invita a la reflexión en multitud de temas y que provoca una cierta desazón en la conciencia.

El último hombre mortal es una narración autoconclusiva, aunque queden varios hilos que habrían merecido ser explorados en el futuro, y tiene un final satisfactorio a tenor de todo lo narrado, quizá no tanto a nivel de lo que cada lector hubiera decidido de encontrarse en esas circunstancias como en el del desarrollo de los propios protagonistas; y es que Mitchell no juega a enviar un mensaje moral —aunque su toma de partido parece clara—, ni a juzgar a nadie cuando lo “menos malo” es igualmente aterrador. Su prosa, sin ser ninguna maravilla, es más que correcta y comunica la debida emoción. Tal vez peque de abusar de explicaciones redundantes, supongo que debido a su primigenia serialización que le hace volver a exponer periódicamente detalles ya conocidos y, por tanto, innecesarios, pero que no se hacen notar tampoco en exceso ni cortan la narración. En definitiva, es este un libro que habría merecido no pasar tan desapercibido como, me da la impresión, ha pasado en nuestro país. Ojalá la autora consiga publicar sus continuaciones y estas estén a la altura.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Reseña: La plaga

La plaga.

Jeff Carlson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Barcelona, 2008. Título original: Plague Year. Traducción: Ana Guelbenzu. 319 páginas.

Hubo un tiempo, cuando su destino lo regía las manos de Francisco Porrua, en que la “marca” Minotauro era sinónimo de mimo, de apuestas arriesgadas, de autores quizá minoritarios (siempre bajo el paraguas de las “firmas” emblema de la editorial como LeGuin, Tolkien o Bradbury) pero con algo interesante y, normalmente, transgresor que ofrecer. En la actualidad, Minotauro lleva camino de perder a marchas forzadas todo el crédito acumulado de aquellos años “gloriosos” (con honrosas excepciones, casi siempre asociadas a autores hispanos) apostando en sus novedades por libros mucho más digamos supuestamente “comerciales”. Y eso no tiene porque ser algo malo per se, ni La plaga es una mala novela en si misma, sino simplemente algo floja para todo lo que promete.

Amparada bajo una apabullante campaña publicitaria (con sorteo de viaje a Aspen incluido), se ha rodeado a la novela de una aura de best seller de contenido de tecno-thriller en un futuro cercano donde la arrogancia y la estupidez humana causa un desastre de proporciones planetarias. Y parece ser que la jugada le ha salido bien a la editorial y que el éxito de ventas le están acompañando. Sin embargo, ni Carlson tiene la agilidad estilística (entre otras muchas cosas) de los habituales autores de best sellers, ni la trama de investigación nanotecnológica termina por tener un pulso o intensidad que impliquen al lector avezado en lo narrado. Termina La plaga siendo así un relato más post catastrofista con el seguimiento de los sufrimientos y padecimientos de los supervivientes.

Más allá de lo que anticipa la sinopsis de contraportada (y que como es demasiado habitual en este sello adelanta datos y hechos que el lector debería descubrir mediante su lectura bien entrado en la narración, robándole así una buena parte de la satisfacción del descubrimiento y resolución del misterio sobre el origen y causas de la plaga), la novela comienza con un heterogéneo grupo de personas que sobrevive en lo alto de una montaña californiana, y es que pronto se descubrirá que la misteriosa plaga nanotecnológica que ha asolado la Tierra no tiene efecto más allá de los 3000 metros de altura. De improviso, el grupo recibirá la visita de un superviviente de una montaña vecina, que se ha jugado la vida para hacerles una importante proposición. Esta visita, a la par que da al lector idea de la existencia de la plaga de origen desconocido que ha acabado con el grueso de la población del planeta, pondrá en marcha una serie de sucesos que provocarán la desmembración del grupo original y el inicio de un desgraciado periplo para alguno de ellos.

Es aquí donde el lector conocerá a dos de los principales actores de este drama. Por un lado aparece Cam Najarro, personaje aparentemente destinado a causar la empatía del espectador con sus crisis de conciencia, sus dudas existenciales y sus contradictorias reacciones (a veces rozando lo abiertamente absurdo) ante lo que les va sucediendo. A su lado surge la figura de Albert Sawyer, también lleno de contradicciones, violencia encubierta y un secreto que parece atormentarle e impulsarle a partes iguales; superviviente nato, no tiene dudas ni remordimientos por hacer lo necesario para seguir viviendo un día más.

Un poco más adelante del libro, en paralelo y confluencia con esta trama, el lector asiste a la historia de los habitantes de la Estación Espacial Internacional, en especial a la de la doctora Ruth Goldman, autoridad mundial sobre nanotecnología, persona un tanto maniática y “rarita”, enviada al espacio para preservar su vida al tiempo que busca una cura para la plaga y que cual vedette vanidosa tan sólo sueña con poder volver a pisar la Tierra donde cree que sus esfuerzos se verán mejor recompensados.

En torno a estos dos grupos se construye una historia de aventuras, con ciertos toques (muy leves) de gore (la referencia al canibalismo, supongo que enfocada a epatar ya de inicio al lector, se encuentra en la primera línea del libro), con un marcado carácter militarista, con una mínima reflexión sobre el abuso del poder y de los que hacen mal uso de él y están dispuestos a aferrarse al sillón a cualquier precio, dispuestos a sacrificar al resto de la humanidad incluso en las situaciones más dramáticas, y de aquellos otros cuyo altruismo sin embargo los lleva a arriesgar su propia vida por el bien común. Sin embargo la escasa caracterización sicológica de los personajes protagonistas y secundarios hacen que cualquier reflexión quede muy mermada.

Es de agradecer, sin embargo, que aunque el grueso de la narración se centre en personajes y territorio estadounidense, Carlson se acuerde de que existe todo un mundo fuera de sus fronteras y las continuas referencias a la situación de los supervivientes de otras naciones (Europa, China, Rusia, La India…) creen una visión más global y mucho más interesante que si se hubiera circunscrito tan solo a los EE.UU. Esta circunstancia le sirve, además, para dar sentido a ciertas actuaciones ciertamente reprobables que llevan a cabo algunos de los secundarios y que dan algo de vidilla a la narración.

La plaga, pues, no es un mal libro, dentro de sus características. Ofrece una historia de acción, un pequeño misterio a resolver en el origen de la plaga (menos para los que se hayan leído con anticipación la sinopsis) y una búsqueda un tanto desesperada de una cura para la infección, búsqueda no exenta de persecuciones, enfrentamientos, tiros y explosiones. Sin embargo, el estilo fragmentario, atropellado a veces, con continuos acelerones y bruscos frenazos en la trama, no invita precisamente a su disfrute. Mención especial aparte merece la desastrosa inclusión al inicio del volumen de dos mapas que con sus “anotaciones” no hacen sino anticipar (chafar más bien) algunas de las escasas sorpresas que el lector debiera descubrir conforme avanza la historia sin tener conocimiento de antemano. Dos mapas que en realidad no aportan nada al disfrute de la novela, pero que si era obligatorio haberlos incluido al menos se podrían haber colocado al final del libro, donde la consulta hubiera sido más voluntaria que encontrándoselos de sopetón nada más abrirlo.

No le doy a La plaga un suspenso en absoluto, incluso me atrevo a calificarlo con un aprobado alto por ciertos detalles relacionados con el desarrollo de la nanotecnología, perfecta e interesantemente desarrollada (al menos para un lego como yo mismo), y el escenario que su contagio provoca y que, no obstante, sin duda daba para más (y supongo que es lo que podremos ver en las posteriores entregas, de las que ya está anunciada la tercera, sino me equivoco), pero tampoco es un libro que me vaya a apresurar a recomendar a los amigos. Que cada cual saque sus propias conclusiones…