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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Reseña: El encuentro


El encuentro.

Ángel Sucasas Fernández.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

NGCficción!. Col. Pequeña NGC. Madrid, 2011. 167 páginas.

Con esta novela corta se inicia la nueva colección Pequeña NGC de la editorial NGCficción!  destinada a acoger obras de una extensión breve envueltas en una presentación de “bolsilibro” a un precio asequible que retrotrae la memoria enseguida a ciertos tiempos pasados dentro de la edición del género fantástico [Editado: nos informan desde la editorial de que en realidad este es el número 2 de la colección, que el primero fue Los viejos papeles de David G. Panadero. Nuestras disculpas por el error]. La historia elegida para inaugurar la colección es, precisa y muy adecuadamente, una obra perteneciente a una ciencia ficción algo peculiar y alejada de lo que hoy es más «popular», una ciencia ficción que en un principio se podría enmarcar dentro del subgénero del “primer contacto” o abducción alienígena, pero que en cuanto se profundiza un poco en su lectura se hace obvio que ofrece mucho más que lo que el inicial y simple envoltorio de una historia de «OVNIs» pudiera hacer suponer. Viaje espiritual, historia de amor, homenaje a obras de ciertos escritores y cineastas del siglo pasado (que todavía siguen produciendo en este), remembranza de la infancia, acercamiento a lo desconocido...

jueves, 1 de septiembre de 2011

Reseña: Cuerpos descosidos

Cuerpos descosidos.

Javier Quevedo Puchal.

Reseña de: Alb Oliver.

NGC Ficción! Colección Terror. Madrid, 2011. 226 págs.

Nos encontramos con una novela bastante curiosa. El autor, Javier Quevedo, nos muestra una mezcla de realidad con una ligera dosis de elementos fantásticos. Realmente nos cuenta tres historias, que sin que el lector lo sepa acabarán mezclándose conforme nos acercamos al final.

Se podría decir que el protagonista es Lucio, un joven con una pasado algo misterioso, que llegó a Amsterdam cargado de culpas y dedicándose a la prostitución masculina para sobrevivir. Con el tiempo descubre a “la papisa”, una joven mujer tatuada con la que acabará teniendo una relación sentimental. Ésta posee un espectáculo, el Cabaret de los Pecados. Renée, “la papisa”, es la poseedora de un don extraño, purgar los pecados de los demás asimilándolos en su interior, pero con una pega, éstos acaban exteriorizándose en su cuerpo en forma de heridas que se abren de forma natural.

martes, 5 de julio de 2011

Reseña: Fieramente humano

Fieramente humano. 

Rodolfo Martínez.

Reseña: Santiago Gª Soláns.

NGCficción! Col. Fantasía # 1. Madrid, 2011. 556 páginas. 

Si algo negativo pudiera tener el hecho de que a un autor le publiquen dos novelas prácticamente al mismo tiempo es que va a resultar inevitable, al menos en la mente de este reseñador, compararlas entre sí, y en ese ejercicio sin duda fútil e injusto, dado que cada obra es un mundo y sus valores debieran ser juzgados por si solos, cabe decir que, siendo la que nos ocupa muy buena novela, Sondela me ha parecido un libro superior.

Fieramente humano ha sido el título acertadamente elegido para inaugurar la colección de fantasía de la editorial NGCficcion!, y a pesar de las ideas preconcebidas que tal elección podrían hacer recaer sobre la novela, no hay que esperar aquí recreaciones medievales o similares, sino algo mucho más contemporáneo. Lo cierto es que son muchos los géneros que se podrían aplicar a esta novela, desde la llamada fantasía urbana, con su toque de magia y seres sobrenaturales e incluso una pincelada de romance ―si es que se le puede llamar así― hasta el horror cósmico, con una especie de maligno dios ancestral acechando desde la oscura profundidad del desierto, pasando por el relato mitológico, la novela negra o el thriller de aventuras e intriga.

Como no podía ser de otra manera en el particular ciclo en el que se inscribe Fieramente humano dentro de la bibliografía del autor, el principal protagonista de la narración no es otro que la Ciudad, esa urbe trasunto distorsionado del actual Gijón donde también transcurriera la acción de Los sicarios del cielo y de El abismo en el espejo ―además de un buen puñado de relatos sueltos―; un lugar que parece atraer a los  individuos, fenómenos y poderes extraños como un vórtice plagado de cantos de sirenas para oídos sobrenaturales. Con una estructura absolutamente coral, por ella pululan una buena cantidad de personajes con diferente peso en la acción, pero todos importantes, como el policía Gabriel Márquez que parece haber quedado unido al destino del doctor Zanzaborna, dotado hechicero con un ego tan grande como sus poderes, después de que el mismo le salvara la vida meses antes, aunque tal vez tuviera alguna motivación oculta para hacerlo; o como la joven, y misteriosa, Eva, ayudante del mago y algo más, mucho más, que simple desahogo sexual de Márquez; o cierto Tuerto, cocinero extraordinario y buen degustador de licores, que no llega a verse nombrado pero al que cualquier lector avispado podrá poner nombre; o Laura Piedra, echadora de cartas, amiga, confidente y punto débil del corazoncito del detective... Todos ellos, o casi todos, tienen sus propios planes que no siempre van a coincidir con los de los demás, agendas ocultas sin más intereses que los propios.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Reseña: Necróparis

Necróparis.

Fernando Cámara.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

NGCficción! Col. Terror # 1. Madrid, 2010. 191 páginas.

Dani y Eva son un matrimonio español que todavía permanecen enamoradas tras años de convivencia y que han decidido celebrar su aniversario realizando un viaje a París dejando a sus hijos en casa; una nueva luna de miel, una oportunidad de redescubrirse, de recuperar viejas sensaciones y celebrar su amor. Sin embargo, a lo largo de tres días y, sobre todo, dos noches y pico su sueño parisino pronto ha de trocarse en pesadilla, sumergiéndolos en un universo de locura donde lo más inocente esconde una cruel amenaza, haciéndoles enfrentarse en medio de la irrealidad de la situación a aquellos secretos que incluso se ocultan a sí mismos. Desde la llegada al hotel, donde la habitación que les dan parece estar todavía ocupada, hasta los primeros paseos por las calles parisinas, con la presencia palpable de misteriosos personajes como la cambiante novia abandonada, el mago Mandrake en todo momento intuido aunque nunca presentado en primer plano y que domina los secretos de la hipnosis, el ilusionismo y el manejo de las marionetas, o ese ciclista que no cesa de aparecer ante su mirada de forma inopinada, la recepcionista con su inexplicada cicatriz o la limpiadora de rostro avejentado y cuerpo de infarto, los estudiantes revolucionarios o los mendigos que «vigilan» su deambular... una atmósfera de irreal amenaza se apodera del viaje.

Junto a todo ello destacan los escenarios, habitaciones fantasmales que parecen cambiar de visita en visita, pasillos ominosos, guardarropas interminables, maniquís en inquietantes exposiciones y la propia ciudad, con su recodos tantas veces retratados en el cine y la literatura y que de pronto adquieren una nueva dimensión, mucho más oscura del habitual retrato de la Ciudad de la Luz. Y es que precisamente, proviniendo el autor de donde proviene, las referencias cinematográficas son continuas e inevitables, desde las más evidentes hasta las más crípticas y el juego de guiños que se establece entre el autor y el lector es realmente otro de los atractivos de la novela, aunque algunos ―como esos maniquís que se mueven cuando nadie los mira y que recuerdan a ciertos «ángeles» del Doctor Who― se antoja quizá que rebasan el «homenaje» y entran de lleno en la polémica «intertextualidad».

Poco a poco, la pareja protagonista van a ir perdiendo sus propias referencias para adentrarse en un mundo con reglas nuevas, absurdas en muchos casos, inexplicables en otros, pero siempre inquietantes. El mapa de París ha cambiado, sus calles parecen moverse, el hotel en que se alojan no está siempre en su sitio; los vagabundos en sus esquinas son figuras ominosas y amenazantes que ocultan terribles secretos bajo sus andrajosas mantas; los paseantes se pierden siempre en barrios de mala fama, bajo la roja luz de los prostíbulos y su comercio de carne. La noche extiende sus sombras hasta el borde de la luz de las farolas y ni siquiera en el refugio de su habitación puede la pareja sentirse a salvo. El acierto de Cámara es la creación de la atmósfera general del relato, una tensión creciente que se ve interrumpida por breves momentos de descanso, de aparente felicidad que tan solo augura nuevas profundidades de desdichas; una sensación opresiva, de catástrofe inminente, de cruel inevitabilidad ante el desastre que se intuye cercano en el futuro.

Utiliza para ello el autor una prosa casi telegráfica, con frases breves, sin apenas sitio para las descripciones, directa, muy visual, tensa, a veces atropellada y acelerada, entrecortada, como las ráfagas de una réflex. Fotograma tras fotograma, clic, clic, imagen, imagen. Muy escueta, ágil y rápida, casi minimalista. Mezclando acción y reflexión, los recuerdos de lo que han dejado en España con los planes futuros, los anhelos con los desengaños, cambiando de protagonista cuando la escena lo requiere, con los diálogos integrados en los textos, sin guiones de apertura ―un recurso ya utilizado por McCarthy en La carretera― fundiendo lo que sucede y lo que se dice, un disparo más del obturador. Y mientras los protagonistas buscan impotentes una explicación para las cosas imposibles que les están sucediendo ―y el autor ofrece tentativamente varias para que sea el lector el que elija la que más le satisfaga o, incluso, se invente la que desee―, la historia adquiere una crescendo de tensión conforme las proporciones de los sucesos van adquiriendo una dimensión inesperada.

Página a página el lector no puede evitar contagiarse del desasosiego de Dani y Eva, compartir sus dudas y sus miedos, ante una situación que no terminan en momento alguno de entender. Son una pareja totalmente normal de turistas prototipo, con sus carencias y defectos, con sus formas de compenetrarse después de años de matrimonio, con el cariño adquirido por el roce, llenando cada uno los huecos del otro, perfectamente complementarios y muy humanos en el retrato que de ellos hace el autor. No pueden explicarse que les esté sucediendo todo aquello que están viviendo precisamente a ellos, que nunca han sacado un pie del tiesto, y se aferran a las cosas más mundanas para intentar no perder su asidero al mundo: las medicinas para la acidez, una figurita de Mazinguer Z, los billetes del avión...

Necróparis no es una novela de terror al uso, sino más bien una obra de tensión al estilo Hitchcock o Polanski con un toque kafkiano ―y es que aquí se encuentran muchos más elementos «fantásticos» que en las películas de aquellos―, donde prima la incertidumbre sobre el susto jugando con la psique de los protagonistas, con sus incertidumbres, temores y miedos para llevarlos hasta el límite y forzarlos a cruzarlo; con un París travestido que cambia por la noche, que se transforma en el monstruo de la película, que oculta sus tenebrosos secretos en una onírica atmósfera de misterio creando un temor en protagonistas y lectores de cara a lo que ha de venir. Donde los conocidos monumentos y atracciones se pervierten conforme la luz del día se retira y avanza el crepúsculo, y pasan de la diversión a la amenaza, donde todo el supuesto romanticismo de la capital francesa se troca en visceral repulsión, en frenética huida hacia adelante para tratar por todos los medios de volver a la «realidad» cotidiana lejos de la grotesca pesadilla en que el viaje ha convertido sus vidas.

Y mientras la locura se apodera del mundo el final se cierne con su batería de preguntas que tan solo el lector podrá contestarse a sí mismo. Las posibilidades son varias y ningún camino parece descartado. Adentrarse en las páginas de Necróparis es sumergirse en el mundo de la paranoia y la demencia, unas sensaciones de las que es difícil desprenderse al pasar la última página. Es inevitable mirar de otra manera a los transeúntes que se cruzan por la calle, a las novias que aparecen en lugares inesperados, a los ciclistas que se cruzan en las aceras... El desasosiego y la inquietud se instalan dentro del lector mientras dura la breve aventura ―son apenas 190 páginas que se leen en un inquieto visto y no visto― y permanece ahí una vez terminada. Además, como viene siendo habitual en los primeros títulos de esta muy joven editorial, la presentación del libro es muy agradable y atrayente, y acompaña en todo momento gratamente la experiencia lectora. Una buena elección para presentar su colección de Terror.


sábado, 8 de mayo de 2010

Reseña: Fragmentos de burbuja

Fragmentos de burbuja.

Juan Antonio Fernández Madrigal.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

NGC ficción! Col. ciencia-ficción # 1. Madrid, 2010. 333 páginas.

Nueva iniciativa editorial, NGC ficción!, que nace precisamente con la novela que nos ocupa. Confieso no haber leído anteriormente más que algún relato suelto del autor lo que no deja de ser un handicap para afrontar esta obra, parte central ―aunque manifiestamente independiente― de una especie de «historia del futuro» llamada Saga de las Víboras de las Formas, compuesta como primera parte por la recopilación Magnífica Víbora de las Formas (Grupo AJEC) y como tercera por la novela Umma (Parnaso). Como digo, no las he leído, pero tampoco las he necesitado para disfrutar de esta lectura, si acaso me ha dado ganas de hacerme con ellas para situar mejor el escenario en que se desarrolla, pero sin que su desconocimiento lastre la narración ―tal vez se eche en falta la explicación de algunos términos u objetos, como las “máquinas catalíticas” por ejemplo, o una mayor desarrollo en saber cómo se ha llegado a esa situación, pero se pueden ir entresacando del propio relato con algo de atención―. Cabe advertir, no obstante, que Fragmentos de burbuja es un libro complejo y difícil, que empieza con la historia en marcha y que no da nada mascado, además de cambiar de protagonista y de punto de vista en cada una de las cinco partes en las que se encuentra estructurado. Es pues, una apuesta arriesgada por parte de la nueva editorial, pero la sensación final tras terminar la lectura es sin duda muy satisfactoria.

La narración empieza con una de esas «burbujas», Galavar, vagando por un planeta desolado, entre ruinas, silencio y una paranoia agobiante, cuando las circunstancias le llevarán a recuperar unas memorias que ni siquiera era consciente de haber perdido. El principio es duro, con unos soliloquios de una persona cercana a la esquizofrenia algo áridos con los que cuesta engancharse a la narración; con unas disquisiciones en las que queda clara la locura del protagonista, su adicción al “miedo”, su confusión ante el desolado mundo por el que deambula, sus reacciones sobrehumanas que ya nos hacen sospechar que no se trata de una persona «normal» ―de inicio siquiera se sabe si es una «persona»―: su forma de relacionarse con su entorno, sus dos pieles, sus sentidos aumentados, su fuerza y velocidad extraordinarias... Cuando de repente un hecho asombroso, la aparición de un inmenso “huevo mecánico” en un valle llama su atención y le pone en contacto con otras burbujas como la suya, la violencia aflora y con ella algunos de sus recuerdos perdidos. Es fácil descubrir que algo extraño le pasa, que su existencia es defectuosa, y surge en su interior la imperiosa necesidad de hacerse con toda su memoria, tarea que solo ve factible alcanzar a través del camino de la violencia. Eso, unido a tantas cosas que desconoce, le llevará por una ruta inesperada en la que corre el riesgo de convertirse en la marioneta de los objetivos de otros.

Una vez que la novela arranca realmente, a partir de la primera muerte, ya no hay forma de dejarla, aunque algunas partes más descriptivas, más tendentes a las explicaciones, se hacen algo cuesta arriba ―es parte del peaje que hay que pagar para hacer la novela totalmente independiente dentro de una «serie», meter casi con calzador algunas explicaciones que ya deberían darse por sabidas por aquellos que hayan leído las otras entregas, pero no por los nuevos lectores; en mi caso agradezco la inclusión, pero creo que se podría haber hecho con algo más de fluidez o amenidad―. El continuo cambio de narrador ―todos ellos en primera persona― consigue dotar de una profundidad insospechada al relato, permitiendo al autor mostrar los diferentes puntos de vista y, por tanto, las diferentes interpretaciones totalmente complementarias de unos mismos hechos para situar la narración. Cuando se profundiza en realidad lo que el lector encuentra es un retrato de la soledad. En verdad, todos los narradores no hacen sino hablar consigo mismos, encerrados en muy diferentes tipos de «burbujas» y aislados de alguna forma, física o psíquica, del mundo a su alrededor, intelectualmente alejados de lo que les rodea. Una idea clara de esto queda plasmada en la casi total ausencia de diálogos o la poca interactuación entre los personajes, que incluso cuando se encuentran cercanos en el espacio parecen muy alejados.

¿Es posible la construcción de una personalidad «cuerda» en estas circunstancias? ¿Qué es lo que conforma la identidad de un individuo, qué le hace ser lo que es? La soledad produce monstruos, y por eso el primer protagonista ha creado un enemigo invisible especialmente para que le persiga y pueda sentir en la huida la vida corriendo por sus venas, necesita a alguien más en un mundo que cree poseer, y sin embargo cuando encuentre compañía su reacción será hacerla pedazos, reducirla a fragmentos. Que el efecto secundario ―la recuperación de un recuerdo― tan solo conlleve una condena a una mayor soledad tras un reguero de muerte queda oculto tras la esquizofrenia aparente que muestran sus pensamientos. Es una mente inhumana ―como quedará demostrado y explicada algo más adelante de la narración―, capaz de las mayores crueldades sin ningún tipo de remordimiento, con una justificación fría y aparentemente racional para sus actos más brutales, con unos razonamientos desapasionados y a la vez anhelantes. Una mente creada para la violencia mediante la violencia.

La ambientación de la novela, aún dentro de su extrema sobriedad, está muy conseguida. Un mundo desértico, árido, abandonado, poblado de muy escasas ruinas que se muestran como los esqueletos de animales prehistóricos varados en la arena. La muerte acecha en cada rincón, el mar es una oscura amenaza, en el cielo nocturno brilla el Gran Cultivo, la telaraña artificial que encierra el planeta y oculta la visión de las estrellas reales. No es tan extraño, pues, que la huida sea hacia el interior de uno mismo, y que el contacto con otros individuos tan solo produzca confrontación dado lo difícil de establecer una comunicación coherente con aquel que es básicamente diferente..

Una confrontación que se produce a todos los niveles, donde al lector le es imposible elegir bando visto el antagonismo irreconciliable de las fuerzas inmersas en esta antigua lucha, en la que sin embargo y en apariencia lo que se busca es la supervivencia de los ummanos por aquellas características intrínsecas que solo ellos poseen y que las máquinas anhelan poseer, duplicar y hacer que perviva para poder vencer a su enemigo. Tanto las Víboras de las Formas como los nuhomos se muestran profundamente alienígenas a los ojos de los protagonistas ―y del lector―, difíciles de aceptar, totalmente ajenos y tan reprobables en sus acciones los unos como los otros. Fríos y distantes, carentes de empatía alguna, dispuestos a provocar cualquier sufrimiento en pos de un supuesto bien mayor. Las máquinas han avanzado tanto en su desarrollo y objetivos que son en la práctica imposibles de comprender o interpretar por sus «creadores», los humanos; sus objetivos y acciones, sus razonamientos aparentemente perversos no se pueden aprehender por unas mentes que se han quedado obviamente atrás y que, no obstante, todavía pueden deparar algunas sorpresas.

El que se nos presenta en Fragmentos de burbuja es un futuro realmente descorazonador, triste, oscuro y sin esperanza. Donde los frágiles humanos, apenas una sombra borrosa de lo que fueron, no son más que juguetes de voluntades superiores que los mantienen ignorantes de su propia e insustituible importancia. Todo el juego que se traen entre manos ambos bandos no sería nada sin el componente de la humanidad, mera herramienta en manos extrañas, que debe pervivir a toda costa. Con una prosa escueta, pero muy evocativa, las imágenes se muestran vívidas en la mente del lector. Hay momentos en que las descripciones se llenan de una fuerte carga poética descubriendo a través de ojos que no saben lo que están viendo un mundo fascinante donde la ingeniería genética, la nanotecnología, el viaje espacial, la robótica y otros grandes avances han dejado una huella indeleble que pervive mucho más allá de lo que sus propios creadores lo hicieran. Cada narrador tiene su propia voz, sus matices, su forma de plasmar en frases sus pensamientos. Es apasionante ver cómo el autor ha ido encajándolo todo en un cuadro que solo se puede contemplar en su conjunto. Fernández Madrigal se permite el uso de gran número de recursos y un firme dominio del lenguaje que consigue que incluso en los momentos más introspectivos se lea con fruición, colocando al lector dentro de la piel de personajes que deberían serle ―y le son― totalmente alienígenas.

Como carta de presentación de la nueva editorial este libro es una magnífica apertura. Con una presencia agradable, una buena maquetación, una portada espectacular y ―lo más importante― un contenido atractivo y a la altura de las circunstancias. Fragmentos de burbuja es una narración compleja, ardua en ocasiones, que exige la entrega y atención del lector, pero que resulta muy satisfactoria una vez terminada. La soledad, la identidad, la forma de relacionarse con todo lo exterior, el futuro de la Humanidad y un mundo por descubrir. Suerte a NGC ficción!, con libros como este seguro que hará disfrutar a sus lectores en tiempos venideros.