Hablamos de todo aquello que nos interesa, sobre todo Literatura y sobre todo Fantástica. Lo nuestro son reseñas, no crítica literaria. Sólo razonamos nuestras opiniones, subjetivas y particulares, de lo que nos gusta y de lo que no.
lunes, 23 de mayo de 2016
Reseña: La gran batalla naval
lunes, 11 de enero de 2016
Reseña: La guerra contra Nobunaga
lunes, 16 de marzo de 2015
Reseña: Un gran descubrimiento
domingo, 24 de noviembre de 2013
Reseña: Brave Story 2. La Torre del Destino
lunes, 7 de octubre de 2013
Reseña: Las piedras de Chihaya 1. El hilo del karma
Sergio Vega.
Reseña de: Jamie M.
Quaterni. Madrid, 2013. 458 páginas.
Ediciones Quaterni amplía su oferta de literatura histórica sobre Japón y lo hace publicando a su primer autor español, Sergio Vega, quien, después de autoeditar este monumental libro, ve como su obra sobre la era Kamakura (siglo XIV) recibe edición en papel, eso sí, dividida en tres volúmenes. Siendo éste que nos ocupa el primero, le seguirán más adelante La nube rasgada y El dragón y el crisantemo.
El autor construye, con el trasfondo del periodo de la guerra Genko No Ran, una densa narración que profundiza en la compleja y subyugante sociedad feudal japonesa, estrictamente estructurada y regida por unas reglas quizá extrañas para un lector occidental, pero perfectamente retratadas, a través de los personajes creados para la novela que se van a cruzar con otros de carácter histórico.
martes, 2 de julio de 2013
Reseña. Fantasmas y samuráis
lunes, 8 de abril de 2013
Reseña: Brave Story 1. Un nuevo viajero
lunes, 27 de agosto de 2012
Reseña: El dragón, Rashômon y otros relatos
miércoles, 13 de junio de 2012
Reseña: R.P.G. (Juego de rol)
jueves, 14 de abril de 2011
Reseña: Fuego cruzado (Crossfire)
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Quaterni. Madrid, 2011. Título original: クロス ファイア (Crossfire). Traducción: Purificación Meseguer. 459 páginas.
A través de un thriller policíaco con ciertos toques paranormales, la autora se dedica a diseccionar los aspectos más oscuros de la sociedad japonesa actual ―o de la de 1998, año de publicación original de la novela―. Junko Aoki es una joven con un poder piroquinético, la capacidad de iniciar incendios controlados con su simple fuerza de voluntad; un poder que ha decidido utilizar para perseguir y castigar crímenes no resueltos o donde la Justicia no llega. Una noche, mientras acude a una fábrica abandona a disipar en un contenedor de agua el exceso calórico que se almacena en su cuerpo, se cruza en el camino de unos jóvenes que intentan deshacer de un cuerpo aparentemente muerto; sin otra posibilidad, se enfrentará a ellos con el resultado de varios cadáveres chamuscados, un misterio a resolver depositado en sus manos y una joven secuestrada a la que se promete encontrar.
Chikako Ishizu es una policía de 47 años, una oficial de la Brigada de Incendios de la División de Investigación de la policía de Tokio que inesperadamente se verá envuelta en el caso de las misteriosas muertes de personas incineradas sin que lo que les rodea haya ardido a su vez. Procedente del departamento de tráfico y ascendida a su actual cargo por una cuestión de cuotas femeninas, Chikako sin embargo es una investigadora concienzuda y decidida que, a pesar de todos los callejones sin salida a los que parece llevarles cada pista que encuentran junto con su compañero, no va a cejar en su empeño de resolver el misterio, aunque tal vez no esté en absoluto preparada para creer y aceptar lo que sus descubrimientos parecen indicar. Se trata de una mujer madura, segura de sí misma, casada y con hijos, con toda una vida a sus espaldas, poco impresionable y acostumbrada a nadar muchas veces contracorriente, inmune a los sarcasmos de sus compañeros, que ve cómo debe cuestionarse todo lo que daba por «real», abriéndose a posibilidades más «fantásticas».
Y mientras Junko se enreda cada vez más en su solitaria misión vengadora, dejando un reguero de cadáveres tras de sí, la investigación va a ir sacando a luz sucesos del pasado que habían permanecido sin explicación durante largos años marcando la existencia de los que tenían conocimiento de ellos. Junko es una mujer con una misión justiciera autoimpuesta, que se ve a si misma como un arma con una conciencia social que le hace sentir la obligación de castigar a los criminales. A través de sus ojos el lector va a contemplar muchas de las paradojas en las que se encuentra inmersa la sociedad japonesa debido a la ruptura producida entre la tradición ancestral y los tiempos modernos, con jóvenes que no encuentran su sitio y que se dejan llevar por una vida más fácil, hedonista y destructiva como la delictiva. El sistema judicial japonés, cuestionado en diversos momentos de la novela, que permite salir impunes de terribles delitos a los menores de edad, dará lugar de cierta manera a la lucha de Junko. Se van a juzgar cierto tipo de valores, que no debieran ser nunca cuestionados y que sin embargo son repetidamente pisoteados.
Hay mucho contenido de dilema ético en la narración, tanto en las acciones de la protagonista como en la situación de los investigadores y en la aparición de cierta sociedad de Guardianes que harán replantearse a la joven ciertos aspectos de su vida que ya daba por superados. Ambas protagonistas se encuentran comprometidas de alguna forma en la misma lucha para combatir el crimen; pero sus formas de enfocar la metodología para hacerlo son radicalmente diferentes. El siempre candente tema de las «víctimas colaterales» cobra especial importancia en la trama, porque ¿es lícito «eliminar» a un inocente con la excusa de erradicar a los criminales que se encuentran a su alrededor? ¿Se puede tomar uno la Justicia por su mano cuando el crimen sin castigo es patente y no se ve otra salida para dejar atrás el pasado? ¿Puede salir el Bien de hacer el Mal por muy buenas intenciones que se tengan? ¿Se puede justificar un asesinato preventivo para evitar posibles crímenes futuros, para salvar una vida a costa de otras?
Miyabe ofrece un relato detectivesco de creciente complejidad, donde la pareja investigadora irá siguiendo las pistas, a través de diversos requiebros muchas veces desconcertantes ―para los investigadores― que les han de abrir los ojos a nuevas posibilidades. Una investigación a la «antigua», pateándose las calles e interrogando a testigos y sospechosos, atentos a las revelaciones más inesperadas, a los pequeños detalles que demuestran tener enorme importancia.
La autora juega en todo momento con la incredulidad de Chikako ante lo que va descubriendo, una incredulidad que en cierta manera entorpece su propia investigación al cerrarle los caminos que le podrían haber dado la respuesta al misterio de los cuerpos calcinados aparentemente desde su interior. Y si finalmente decide aceptar renuentemente la posibilidad de la existencia de personas con extraños poderes quizá ya sea demasiado tarde para muchos de los implicados. Como en muchas narraciones del género la investigación necesita de algunas coincidencias demasiado afortunadas para seguir avanzando ante la amenaza de ciertos callejones sin salida, y en este caso parece que hay una mano invisible tirando de ciertos hilos para que todo se dirija hacia una dirección determinada.
Tema importante también es el de la soledad de Junko, su autoimpuesto aislamiento del resto de la sociedad, que se empieza a desmoronar cuando comprende que hay otros como ella y otras personas que podrían compartir su forma de pensar. Entre el recelo de toda una vida viviendo por su cuenta, y la necesidad tan humana de sentir el contacto cercano de otras personas, su armadura puede empezar a resquebrajarse. Es en ciudades inmensas, con millones de habitantes, donde un individuo más fácil tiene perderse en el anonimato, vivir sin dejar rastro ni huella, sin relacionarse, sin tener que poner nada de su parte en un intercambio social. Cuando surge la posibilidad del romance, es la propia intensidad del sentimiento de soledad arrastrado durante años, la necesidad de sentir un contacto humano, la que hará que todo sea de alguna manera precipitado, brusco incluso.
A lo largo de Fuego cruzado la autora va a ir ofreciendo ambos lados de la historia, el punto de vista, los pensamientos y justificaciones de la «asesina» y los de sus «perseguidores», sin hacer juicios morales evidentes más allá de los que los lectores pueden llegar a entresacar según las propias acciones de unos y otros. Con un estilo de escritura un tanto sencillo, sin grandes altibajos, sin sobresaltos, la autora pasa con suavidad de un escenario a otro, de una pista a la siguiente, de un crimen a otro, todo muy contenido, casi íntimo. Añadiendo en ciertos momentos detalles de la vida familiar japonesa de una forma casi costumbrista, Miyabe ofrece un retrato certero y a la vez sorprendente ―visto las ideas preconcebidas que muchas veces se arrastran en Occidente― del país del sol naciente. Intrigante e interesante, a la par que educativo.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Reseña: La sombra del Kasha
La sombra del Kasha. Miyuki Miyabe.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Quaterni. Madrid, 2010. Título original: Kasha. Traducción: Purificación Meseguer. 352 páginas.
Shunsuke Honma es un policía de Tokyo que se ha tomado un tiempo de excedencia debido a las secuelas causadas al recibir un tiro en la rodilla en acto de servicio. Viudo con un hijo de diez años, su tranquila vida se verá interrumpida por la visita de un familiar lejano ―¿cómo se llama al hijo del primo de la esposa?― al que hace años que no veía y que le pide que investigue la desaparición, al parecer voluntaria, de su prometida, Shoko Sekine. La razón de la «huida» pronto es desvelada: ya que al parecer ella siempre lo pagaba todo en efectivo, el novio, trabajador bancario, había solicitado a su nombre una tarjeta de crédito, destapando al hacerlo un asunto de quiebra personal en su pasado. Al salir a la luz esa información, Shoko se desvanece. Pero, ¿es esa la única razón para su espantada o hay algo más oculto en su vida anterior? Conforme Honma investigue, la historia de la joven irá cubriéndose de detalles inquietantes.
Situada claramente en el conjunto de las historias de detectives, se hace evidente que la novela se posiciona más bien en el misterio o en el suspense. No es exactamente policíaca, ya que no hay una estricta labor policial ―más allá de que el protagonista sea un policía en excedencia y que en algún caso eche mano de la ayuda de algún antiguo compañero―, aunque sí existe una exhaustiva labor detectivesca; y no es estrictamente negra, ya que le faltan muchos de los rasgos característicos del género ―los personajes oscuros, el cinismo, la degradación...―. Se trata más bien de una completa investigación a la vieja usanza, de una forma metódica, paso a paso, sin estridencias, persecuciones, tiroteos, mujeres fatales ―¿o alguna sí?―, huidas desesperadas ni nada parecido. Es una investigación de «despachos», de patearse garitos y preguntar incansablemente a los posibles testigos, de buscar registros y revolver mucho papeleo, de visitar los sitios en los que se desenvolvía la investigada para tratar de reconstruir su pasado y a través de él deducir dónde ha podido ir en el presente.
Así, existe en la novela un importante énfasis en los ambientes sociales en los que se mueven los protagonistas, en la vida del barrio o del pueblo en que crecieron, de las diferencias entre la «gran ciudad» deshumanizadora y la vida «rural», más cercana y tranquila ―aunque también esconda su ración de secretos inconfesables―. La autora sumerge al lector en la realidad de un Japón poco conocido en Occidente, transmitiendo con gran acierto tanto la peculiaridad de los escenarios como la esencia de las personas que por ellos pululan ―las referencias a las diferentes pronunciaciones, las costumbres de cada lugar, las comidas típicas...―. A lo largo de la investigación no hay nada impulsivo, no hay realmente «acción» ―recuperándose de la herida en su rodilla, Honma no podría correr tras un sospechoso ni aunque quisiera―, si no que la narración hace gala de un ritmo pausado que poco a poco va desvelando las claves del misterio. Al final, la autora lo que hace es reconstruir las vidas de unas personas que han sido colocadas entre la espada y la pared por las circunstancias adversas, sin aparente salida, a través de los fragmentos que su paso por la vida ha ido dejando en los intersticios de la sociedad, los rastros que sus lazos familiares han dejado en los registros, ofreciendo pincelada a pincelada su retrato al lector para que este entienda los motivos que las han llevado a hacer lo que hicieron, al tiempo que realiza un no muy amable análisis de ciertas prácticas de la política social japonesa.
La autora sumerge a su protagonista en el proceloso mundo de la deuda en Japón a finales del siglo pasado ―el libro está originalmente publicado a principios de la década de los noventa y es en aquel entonces donde se encuentra situada la narración―, donde la proliferación de tarjetas de crédito y las compras con pago aplazado llevan a muchos ciudadanos a acumular deudas con altos intereses y a sumar préstamo sobre préstamo, hasta que la cantidad adeudada se hace imposible de devolver. En una sociedad tan tradicionalista y al tiempo tan modernizada como la japonesa la vergüenza y la obligación de asumir la carga afecta a toda la familia, como muy bien se encarga de hacer saber al lector la autora en boca de un abogado dedicado a tramitar quiebras personales en un capítulo un tanto técnico y árido, pero enormemente ilustrativo, sobre el derecho mercantil japonés o sobre los mecanismos del crédito y los préstamos en el país. Unas explicaciones que, sin embargo, a veces se hacen repetitivas por su insistencia en dejar meridianamente claro el cómo se ha llegado a esa situación general.
Con una fuerte carga social y a pesar de los más de tres lustros pasados desde que fuera publicada originalmente la novela, el tema se encuentra tristemente de actualidad con la crisis que nos azota: El valor de una persona en una sociedad que pone el consumo por encima de todo, sumergiéndolo en la deshumanizada economía de mercado con créditos a nivel de usura. La novela encierra así una feroz crítica a la sociedad del «bienestar», más preocupada por crear «necesidades» artificiales que por las consecuencias que puedan traer; al comprar solo por la sensación gratificante que comporta, el poseer por el poseer o por ser como los demás; a la supuesta búsqueda de la felicidad a través de las posesiones materiales. En un fenómeno que asemeja el guijarro que provoca la avalancha, una compra frenética supone la solicitud de créditos aparentemente pequeños y con facilidades para su devolución a plazos, pero que sumados todos ―los electrodomésticos, el coche, ropa, algún viaje, joyas...― suponen cantidades exorbitantes de los que ya es difícil pagar incluso los intereses. Al final se ha gastado más de lo que se ingresa y la espiral se convierte en una pirámide invertida de deudas difícilmente asumibles y para cuyo cobro empiezan a aparecer oscuros «agentes» con tácticas más que disuasorias. Unas obligaciones financieras que pueden llevar a las personas a caer en prácticas que nunca hubieran soñado, rebajándose a niveles extremos e incluso delictivos. ¿Hasta dónde es capaz de llegar una persona presionada hasta el límite? ¿Cuánto es capaz de soportar? ¿Cuál puede ser su salida? ¿Se puede matar, desaparecer o cambiar de identidad para empezar una nueva vida?
Un segundo tema sería precisamente el de la identidad personal en Japón, sobre la intrigante pregunta de si sería posible, con todas las enormes cortapisas que la burocracia japonesa impone a sus ciudadanos, que un individuo adquiriese la identidad de otro y cómo podría hacerlo. Los registros familiares y laborables en Japón parecen, según deducimos por la lectura, estrictamente controlados, con múltiples redundancias, siendo muy difícil modificarlos en beneficio de la suplantación.
La novela presenta de esta manera un interesante retrato de un Japón reciente, inmerso en una transformación frenética, abandonando muchas de sus tradiciones, ligadas a su burocracia sobre todo en este caso, sustituyéndolas por otra cosa no se sabe si mejor o peor. Se cambia una vida más pausada por la rapidez moderna. La sombra del Kasha es un relato cercano, tranquilo, alejado de estridencias, muy real, con personajes próximos terriblemente verosímiles ―aún salvando la distancia cultural entre Oriente y Occidente―, que puede defraudar a quien busque la truculencia de los asesinatos, las «ensaladas» de tiros o las salpicaduras de sangre, pero que sin duda no carecerá en absoluto de interés para aquellos que busquen un rompecabezas inteligente, coherente y esclarecedor sobre una sociedad muy distinta de la nuestra en su superficie, pero no tanto en lo básico en cuanto se «escarba» un tanto. Una lectura intrigante, didáctica y entretenida con un apasionante misterio, o dos, por resolver.










