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lunes, 18 de octubre de 2010

Reseña: Fin

Fin.

David Monteagudo.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Acantilado. Col. Narrativa # 162. Barcelona, 2009. 350 páginas.

Esta es una novela que, sin duda, levanta o ha levantado pasiones. Una obra que provoca inquebrantables adhesiones de entusiasmo y terribles decepciones. Desde luego, no es una obra destinada a dejar a nadie indiferente; puede que con un sentimiento de cierta ambivalencia entre la admiración y el rechazo sí, pero no indiferencia. Es un libro que se puede disfrutar muy a gusto mientras se está desarrollando ―a pesar de algunos pequeños fallos que hubiera sido fácil evitar―, y odiar profundamente cuando se produce el mazazo ―para el lector― final de encontrarse con que la novela no tiene ningún «fin» al misterio en su última página. Es un libro con tantas opiniones radicalmente enfrentadas que es imprescindible leerlo uno mismo para poder sacar sus propias conclusiones.

Veinticinco años después de que la pandilla se reuniera para pasar un fin de semana maravilloso en un refugio de montaña que todos recordarían, los antiguos amigos deciden cumplir la vieja promesa y volver a reunirse en el mismo lugar para ver cómo les ha ido en sus vidas. Con el contacto prácticamente roto durante muchos años, al principio todo resulta un tanto incómodo y tirante. Algunos van en solitario y un par llevan a sus parejas, y uno de ellos, al que pusieran el mote de El Profeta y al que parece que antaño gastaran una broma cruel y de mal gusto, ni siquiera aparece. Durante la noche, nubosa y tormentosa, empiezan a conocerse de nuevo, aunque parece evidente que se guardan muchos secretos los unos a los otros, y de repente a medianoche un apagón, que deja inertes no solo las luces, sino los móviles y cualquier otro aparato con componentes eléctricos como sus propios vehículos, los saca al exterior y pueden contemplar un cielo despejado donde lucen grandiosas una miriada de estrellas, más brillantes de lo que ninguno pudiera recordar. Tras ciertas agrias discusiones y encontronazos, el grupo se va a dormir; por la mañana, sin ninguna explicación, uno de ellos ha desaparecido, aunque todos asumen que, enfadado por los hechos de la velada anterior, se ha marchado por su propia voluntad. Como el apagón persiste, el resto del grupo decide volver andando a la «civilización», esperando encontrar al desaparecido por el camino. Y así empieza su aventura.

Quien haya estudiado o conozca algo de teoría literaria sabe que lo «ideal» es que todo relato conste de tres partes: presentación, nudo y desenlace. Obviamente, cualquier autor puede eludir cualquiera de ellas en beneficio de la trama o la narración; el problema surge, como sucede aquí, cuando el autor decide no ofrecer al lector una explicación para resolver todo el misterio que había ido planteando anteriormente. Podría argumentarse que Monteagudo deja un final abierto para que cada lector decida a su gusto las causas del suceso; pero entonces el autor debería haber sugerido muchas más claves o pistas para poder hacerse una visión del conjunto y poder especular con cierta base que aquí no existe.

La recurrente situación de inicio, tantas veces utilizada en la literatura apocalíptica, guarda en este sentido cierto paralelismo con la reciente Algo más oscuro que la noche, partiendo de un punto prácticamente igual, salvo que allí es un único individuo y aquí es un grupo, y es que después de viajes y paranoias diversas, no existe ninguna explicación o justificación de las causas que han llevado a esa situación anómala, dejándolo todo en manos de la imaginación del lector.

Tiene también reminiscencias de ciertas obras de Stephen King, sobre todo en su atmósfera, donde partiendo de lo más cotidiano, la reunión de un grupo de amigos después de mucho tiempo sin verse, pronto da paso a una historia de cariz fantástico con el trillado planteamiento de la posible desaparición de la humanidad y de las reacciones de los únicos que, aparentemente, permanecen sobre el planeta.

La narración se sustenta sobre la psicología y el retrato emocional de los protagonistas a través de sus diálogos e interacciones, mientras las rencillas del pasado van aflorando y cada uno tiene que afrontar, desde la crisis existencial de aquellos bien adentrados en la cuarentena, lo que ha hecho de su vida respecto a sus sueños y esperanzas juveniles. Así, el autor crea a lo largo de la narración la necesaria tensión, manteniendo el interés dosificando los golpes de efecto y con algunas escenas llenas de emoción; pero la duda sobre la posible resolución va minando los pensamientos del lector mientras crecen sus, justificados, temores. Monteagudo consigue contagiar al «espectador» la incertidumbre de no saber lo que está pasando que sienten los personajes, manteniendo en todo momento el suspense sobre lo que está sucediendo y sobre lo que ocurrió en el pasado, un pasado que se va desgranando muy lentamente mientras los protagonistas se van recriminando actuaciones pretéritas los unos a los otros.

Al final lo que realmente parece interesar al autor son más bien los conflictos planteados entre los antiguos amigos antes que el propio misterio; los dilemas de una generación bien entrada en la cuarentena que vive navegando entre dos aguas, sin haberse liberado todavía de una herencia algo rancia y sin duda pesada ―las claras diferencias «mentales» de los amigos con María, la acompañante más joven de uno de ellos, es una brillante muestra de ello― que lastra sus formas de pensar y de actuar, sobre todo en torno al concepto de la «culpa». Así los diálogos se llenan de discusiones de carácter social, político o sexual con un alto componente de crítica implícita a formas de pensar algo desfasadas.

El narrador, omnisciente, sobre todo en cuanto al paisaje que los rodea y a las acciones que emprenden, y no tanto a sus motivaciones internas, y que en ocasiones llega incluso a interpelar directamente al lector como si también éste tuviera un ojo indiscreto puesto sobre ellos, rompe el aislamiento que el autor ha impuesto a sus personajes, al tiempo que mantiene una distancia un tanto forzada con sus creaciones, conociéndolos sin juzgarlos ―de eso ya se encargan ellos mismos―. Es éste un narrador demasiado trascendente, demasiado pagado de sí mismo, que acompañando a los protagonistas desde la lejanía deshace la soledad en la que supuestamente caminan. El tipo de descripciones, usando un lenguaje cercano en ocasiones ―sobre todo en los momentos que buscan situar el entorno de la acción, la «escena»― al de un guión cinematográfico, rompe con la linealidad del relato, distanciando la cotidianidad y cercanía del habla coloquial de los personajes, muy bien conseguida por otra parte.

Hay un pasaje en que uno de los protagonistas dice que odia las historias donde después de montar una intrigante trama todo se resuelve con el protagonista despertándose y viendo que todo había sido un sueño. La sensación que provoca el cierre en falso de esta novela es, sin duda, peor. Ofrece el autor una apasionante trama con un «fin» decepcionante que hecha por tierra todo lo anterior. Con personajes bien construidos, con unos diálogos cotidianos, cercanos, muy humanos que sirven para caracterizar a la perfección a cada protagonista, con unas descripciones de paisajes idílicas en ocasiones, agobiantes en otros, con situaciones llenas de interés ―la secuencia de los galgos es realmente taquicárdica―, y con todo el trabajo previo tirado por la borda al no saber o no querer cerrar la trama y dejar al lector ―al menos a este lector― con mil palmos de narices y una sensación de tomadura de pelo realmente exasperante.

Es cierto que las páginas se devoran sin que uno casi se de cuenta, pero también lo es que lo que impulsa esa compulsión lectora, lo que engancha, es la curiosidad sobre descubrir lo que auténticamente está sucediendo, la resolución del misterio... sin ésta, la novela queda coja y el lector, en muchos casos al menos, decepcionado. Es un libro que, sin duda, me atreveré a recomendar con la advertencia de la inexistencia de explicaciones al misterio planteado; de esta forma se puede disfrutar de la historia sin esperar nada de ella y la frustración debiera ser mucho menor. Esperemos que el autor tome nota y próximas obras suyas sí que tengan un «Fin».


domingo, 1 de noviembre de 2009

Reseña: Leonor de Aquitania

Leonor de Aquitania.

Régine Pernoud.

Reseña de: Amandil.

Acantilado. Barcelona, 2009. Título original: Aliénor d'Aquitanie. Traducción: Isabel de Riquer. 332 páginas.

La editorial Acantilado se está caracterizando por traer a nuestras estanterías títulos de gran calidad en ediciones muy cuidadas, recuperando fondos antiguos y casi imposibles de encontrar en la actualidad. Es el caso de esta sucinta y extremadamente recomendable biografía de Leonor de Aquitania (publicada en español por vez primera en 1969 por Espasa Calpe) escrita por la medievalista francesa Régine Pernoud, que cualquier amante de la Edad Media debería leer para conocer a uno de los personajes más influyentes, poderosos y evocadores del siglo XII europeo.

Lo cierto es que esta biografía, en su momento, fue rompedora con todo lo estipulado hasta ese momento por la historiografía tradicional ya que combatía por igual los prejuicios dominantes que definían la Edad Media como una etapa oscura y decadente, y los que recaían sobre Leonor y la tachaban de frívola, libertina y extremadamente sujeta a bajas pasiones. De hecho, Pernoud, en el prólogo, nos confiesa que hasta que no accedió a las fuentes primarias, siempre había basado sus valoraciones sobre esta reina en función de lo que "decían los demás de ella". En cambio, al investigar y documentarse para esta biografía descubrió (con evidente y placentera sorpresa) que, en realidad, tras la máscara construida sobre Leonor, se ocultaba una mujer de calidad humana excepcional, con la grandeza de una reina sensata y que siempre supo enfrentarse a sus enemigos con tal defender sus derechos y los de sus hijos, además de para preservar el reino levantado junto con Enrique II Plantagenet frente a la codicia de los reyes de Francia.

Como en cualquier biografía de un personaje medieval una parte sustancial de la vida de Leonor quedó reflejada en documentos laterales que, si bien no aportan datos concretos sobre la protagonista, si que permiten conocer sus aparentes motivaciones, sus gustos y costumbres e incluso, en muchos casos, sus sentimientos. Cartas, inventarios, tratados, donaciones, poemas, canciones, anales... en todos ellos ha buscado la autora, y de ellos ha extraído la información con la que elaborar la reconstrucción de una vida. De este modo, la labor de la historiadora es la de verdadera intérprete de los "huecos" que quedan allí dónde por medio de otras fuentes no alcanza el conocimiento objetivo. Pernoud, sin embargo, evita en todo momento convertirse en hagiógrafa (o crítica) de la reina, dejando claro que ella no irá más allá de lo que la documentación exponga (por ejemplo en temas tan pintorescos como la pretendida homosexualidad de Luis VII, primer marido de Leonor, o la relación del mismo género entre su hijo Ricardo y Felipe Augusto, se limita a citar textualmente lo que decían las fuentes coetáneas, sin elucubrar sobre esto aquello).

Al mismo tiempo, y con una maestría propia de una historiadora del elevadísimo nivel de la autora, queda perfectamente insertada la vida de Leonor en su tiempo, mostrándose de un modo sencillo todos aquellos aspectos externos que el lector debe conocer, aunque sea someramente, para entender mejor los acontecimientos que la reina vivió así como los objetivos que se marcó. No queda ceñido el relato a un sólo nivel (la vida en sí) sino que se engarza en los movimientos políticos, religiosos y culturales que agitaban la Cristiandad entre mediados del siglo XII y principios del XIII. Así, vemos a Leonor involucrada en las Cruzadas tras la pérdida de Jerusalén, las tensiones con el Sacro Imperio Romano Germánico, las luchas intestinas entre el rey de Francia y sus vasallos, el surgimiento del "imperio Plantagenet", los problemas conyugales entre Leonor y Enrique II, la guerra entre Enrique y sus hijos, las traiciones entre los hijos de la reina, la muerte de Santo Tomás Becket, las alianzas matrimoniales con Sajonia, Flandes, Navarra y Castilla, el auge de los trovadores del langued'oc, el surgir de la caballería, los primeros y más profundos pasos del mito artúrico... y en todos esos sucesos, la omnipresente figura de Leonor, desde su jovial y casi idílica juventud hasta su madurez como madre y, sobre todo, como reina, ejemplificada en su última cabalgada, con ochenta años, hasta Burgos para llevar a su nieta Blanca de Castilla, hija de su hija Leonor y del rey Alfonso VIII, hasta París para desposarla con el heredero del trono francés, el futuro Luis VIII de Francia (recomendada en este punto la lectura de otra de las grandes biografías realizadas por Régine Pernoud, Blanca de Castilla, la gran reina de la Europa medieval). Por lo tanto, además de conocer a la que fuera reina de Francia e Inglaterra asistimos al despliegue de la mayor parte de los grandes momentos históricos que tuvieron lugar entre los años 1120 y 1200 d.C.

¿Qué más se puede pedir a un libro no muy extenso y espléndidamente armado? Pues hay algo más: la capacidad que la autora muestra desde el principio para dotar al relato de un ritmo intenso que se une a la evocadora manera de contar las cosas. La lectura, que podría ser aburrida o demasiado espesa, es ligera y cercana al estilo novelesco por momento, haciendo que al interés histórico en sí se venga a unir el deseo generado por los giros y "suspenses" de la biografía de Leonor. Utilizando una mezcla de descripciones casi teatrales en lo visual (los paisajes, los ropajes, las viandas, los combates) y en la presentación de los protagonistas del drama (su aspecto, su personalidad, incluso algunos diálogos), parece que asistimos a un representación en la que la autora, como una voz en off, nos va desgranando el argumento en el que se suceden las escenas.

En definitiva, Leonor de Aquitania cumple perfectamente el objetivo de ser una biografía que rompe con los prejuicios anteriores , con el añadido de que puede ser, perfectamente, tomado como una somera introducción a la historia de la Edad Media en el siglo XII desde una perspectiva mucho más luminosa que la tradicional de oscurantismo y podredumbre.

jueves, 29 de marzo de 2007

Reseña: Breve historia de Inglaterra

Breve historia de Inglaterra.
G.K. Chesterton.

Reseña de: Amandil

Acantilado, Barcelona, 2005. Título original: A short History of England. Traducción: Miguel Temprano. 250 páginas.

La muy cuidada y bien presentada edición de la editorial Acantilado vuelve a poner al alcance del lector español una de las más destacadas obras del genial autor inglés G.K. Chesterton. En esta ocasión, y como respuesta a un encargo recibido, el polifacético columnista redactó una breve (no más de 250 páginas) historia de Inglaterra desde su especial y original punto de vista.

Dos de los pilares en que sustenta su ensayo lo enfrentan a la manera clásica de escribir historia. Por un lado apenas hace uso de las fechas para indicar acontecimientos importantes, no hay más de tres o cuatro en todo el libro, y por otro lado abandona la perspectiva política clásica (la que se centra precisamente en la procesión de fechas, reyes, batallas y políticos) en beneficio de la meramente popular. A fin de cuentas lo que nos cuenta es la historia del pueblo de Inglaterra, adelantándose en algunos años (aproximadamente cuarenta) a la eclosión de la historiografía marxista que vendrá de la mano de historiadores comunistas como E.P. Thomson o Eric Hobswaun. Y no deja de ser irónico que existan puntos de coincidencia entre estos y Chesterton, quien escribe desde una perspectiva profundamente cristiana.

Las peripecias del pueblo inglés dan comienzo con el desembarco de los romanos y la inclusión de las islas británicas en el mundo civilizado. Chesterton sostiene que la civilización, el orden, el desarrollo y el progreso son aportados por la romanización de los territorios y su posterior cristianización. Este aspecto, que desarrolla profusamente en los dos primeros capítulos, es vital para comprender las añoranzas medievalistas de que Chesterton hizo gala durante toda su vida. Por ello son los capítulos más poéticos y espirituales, en gran medida, de toda la obra. No perderse en ellos y seguir los razonamientos del autor es imprescindible para comprender posteriormente su decepción como erudito al comprobar (en los capítulos finales, y especialmente en el referido a los puritanos y su república) como el abandono de los beneficios que el cristianismo aportó al pueblo implicó la aparición de la aristocracia oligárquica de los siglos XVIII y XIX.

En una obra histórica, como esta, sin fechas, queda en manos de la habilidad del autor que el lector no se pierda y sea capaz de comprender en qué momento de la Historia se encuentra la narración. Chesterton es un muy buen conocedor de la historia inglesa (y europea), y eso le permite manejar sin problemas todo el proceso creativo que despliega en los dieciocho capítulos del libro. Pero para un lector medio español ahí radica parte del problema para comprender en su totalidad los argumentos del autor en cada capítulo. El desconocimiento de la historia inglesa es un serio problema a la hora de disfrutar de este libro. Si no sabemos situar en un contexto histórico y temporal acontecimientos como la conquista normanda, la guerra de las rosas, la guerra de los cien años o la ejecución de Carlos I nos quedaremos sin entender la mayor parte del libro. Y aunque la prosa desplegada por el autor es genialmente simplificadora toda ella se basa en que el lector sea capaz de ir siguiendo su discurso en el correcto contexto histórico.

De todos modos el libro es sumamente interesante por sus perspectivas singulares enfrentadas a la mayor parte de las escuelas históricas que existen y han existido. Es una humilde llamada de atención para que no olvidemos que más allá de reyes, gobiernos y generales, al final la Historia es la consecuencia de las mutaciones que se dan en los pueblos. Y que muchas veces la propia dinámica de los tiempos, casi siempre consecuencia de las vilezas de los gobernantes de turno, acaba chocando con la realidad de un pueblo afecto a sus costumbres y reacio a dejarse embaucar por argumentos espurios.

Se nota, desde la primera línea, que el libro fue escrito en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, y que buscó azotar inmisericordemente la extraña noción pangermánica que asolaba a la “intelectualidad” inglesa. Pero eso lo desvela el propio Chesterton en el libro.