Hablamos de todo aquello que nos interesa, sobre todo Literatura y sobre todo Fantástica. Lo nuestro son reseñas, no crítica literaria. Sólo razonamos nuestras opiniones, subjetivas y particulares, de lo que nos gusta y de lo que no.
jueves, 28 de enero de 2021
Reseña: Las diez mil Puertas de Enero
sábado, 15 de septiembre de 2018
Reseña: El secreto del orfebre
viernes, 10 de agosto de 2018
Reseña: The peripheral
jueves, 5 de abril de 2018
Reseña : El Terror
martes, 8 de agosto de 2017
Reseña: El color del silencio
martes, 8 de abril de 2014
Reseña: El galáctico, pirático y alienígena viaje de mi padre
domingo, 20 de octubre de 2013
Reseña: El océano al final del camino
martes, 21 de agosto de 2012
Reseña: Puro
martes, 2 de noviembre de 2010
Reseña: El cementerio sin lápidas y otras historias negras
El cementerio sin lápidas y otras historias negras. Neil Gaiman.
Reseña: Santiago Gª Soláns.
Roca editorial. Col. Roca Junior. Barcelona, 2010. Título original: M Is for Magic. Traducción: Mónica Faerna. 214 páginas.
Suelo disfrutar mucho la obra de Gaiman, al que reconozco que en distancias cortas es un maestro; por eso no dudé en hacerme con este libro casi en cuanto salió a la venta. Y reconociendo que la mayoría de los cuentos incluidos en el volumen son pequeñas joyas, la decepción se ha apoderado de mí tras su lectura ―y parece que, como bien se puede leer aquí no he sido el único―. ¿Por qué? Pues porque de las once obras incluidas tan solo dos eran «inéditas» para mí ―El caso de los veinticuatro mirlos y Cómo vender el puente de Ponti―, todas las demás habían sido publicadas ya en otras antologías o novelas del autor; a saber: En Humo y espejos ―El precio, El puente del trol, No le preguntes a Jack, Caballería―, en Objetos frágiles ―La presidencia de octubre, Instrucciones, Cómo hablar con las chicas en las fiestas, El pájaro del sol― y en El libro del cementerio ―La lápida de la bruja―. Y sí, sé perfectamente que ha sido solo culpa mía por no haberme informado o por no haberlo comprobado antes, pero la frustración no me la quita nadie. Dicho esto, para los que tengan la suerte de no haberlos leído todavía y poder disfrutar de ellos por primera vez es la siguiente reseña.
Al parecer la intención del autor ―o de sus editores― al recopilar estas historias, además de ofrecer una homenaje a Ray Bradbury ―el título original, M is for Magic, hace referencia a sus antologías S is for Space y R is for Rocket y uno de los relatos, el muy evocador y bradburiano La presidencia de octubre, está directamente dedicado a él―, es acercar sus relatos a un público joven que quizá no hubiera tenido acceso, por lo menos es su edición original, a ese material. La recopilación es, entonces, una especie de Lo mejor de Gaiman destinado a lectores adolescentes ―sin negar su atrativo para los «mayores»―. Eso sí, la línea entre el público juvenil y el adulto es en este caso muy, muy difusa, con cuentos muy intensos e incluso tenebrosos, como El precio, que arañan el alma dejando una sensación de profundo desasosiego, y otros, como en El puente del trol, con personajes entre aterradores ―el trol― y profundamente amorales ―Jack, el joven protagonista― y que ofrece una melancólica historia sobre el crecimiento, el desarrollo urbanístico, la pérdida de la inocencia y las oportunidades desaprovechadas.
Hay en El cementerio sin lápidas y otras historias negras una mezcla absoluta de géneros, siendo partícipes todos ellos en cierta forma de la Literatura fantástica con tendencia al terror, el lector va a encontrar aquí también género negro o de detectives, ciencia ficción, historias de fantasmas o cuentos de hadas, humor y las necesarias Instrucciones que siempre deben tenerse en cuenta cuando uno se adentra en los territorios de la fantasía.
Así, por ejemplo, El caso de los veinticuatro mirlos sería una historia de detectives de corte clásico si no fuera porque se encuentra protagonizada por personajes de los cuentos populares británicos ―cosa que, a pesar de las acertadas notas de la traductora, le hace perder cierta gracia para el público no anglosajón―; un detalle que sin duda llamará la atención de los lectores de la serie de cómic Fábulas, con la que comparte, con muy diferente visión, ciertos personajes ―sin ir más lejos, el protagonista es una versión radicalmente distinta del conocido Jack Horner―. La pena en este caso es que en el trabajo de unir todas esas pequeñas historias clásicas, Gaiman partiendo de un interesante planteamiento se «olvida» de construir una trama consistente para el resto, limitándose a engarzar las anécdotas en un relato simpático pero con poco contenido auténtico.
Y en No le preguntes a Jack el lector se va a encontrar con una historia de «atmósfera», de amenaza latente y de cierta melancolía por el abandono de la infancia y sus juegos y juguetes; mientras en Caballería asistirá a una muy curiosa, y humana, historia sobre la búsqueda del Grial, un relato amable, simpático y divertido, con una doble lectura en torno a cómo las cosas más importantes pueden estar esperando en los sitios más inesperados y de cómo las buenas obras siempre tienen su recompensa.
En Cómo vender el puente de Ponti el lector se encuentra justo con la tesis contraria, asistiendo a cómo se puede realizar el timo perfecto, aquel que incluso los timadores profesionales encuentran fuera de lugar, aprovechándose de los fraudulentos. A pesar de ser una historia divertida, peca de previsible, con un final que se ve venir y un timador que, como suele ser habitual en este tipo de historias, se aprovecha de la ambición desmedida y la ingenuidad algo obtusa del individuo que creyendo estar haciendo el negocio, ilegal por supuesto, de su vida sale en realidad trasquilado. Un «mensaje» similar comparte también El pájaro del sol, donde Gaiman presenta un club de hedonistas gourmets cuyos miembros se lamentan de que ya no les queda ningún tipo de manjar o de comida en general por probar, cuando les surge la posibilidad de degustar el «pájaro del sol»; enormemente ilusionados preparan rápidamente la expedición para hacerse con el ansiado bocado, pero, sin embargo y aunque ninguno parezca darse cuenta, pronto se intuye que hay gato encerrado, y tanto que lo hay, con un inesperado final para el banquete ―al menos para los comensales―.
La ternura y el tono poético, casi mágico tienen lugar en Cómo hablar con las chicas en las fiestas, donde la ineptitud social de un adolescente sufre un curioso vuelco cuando el mismo es arrastrado a la fiesta equivocada con unas anfitrionas «extranjeras» o en La lápida de la bruja, un fragmento de El libro del cementerio, una conmovedora historia de fantasmas, con el simpático relato de la amistad que surge entre el niño, Nadie Owens, que vive en el cementerio y uno de los espíritus atados al lugar.
Ambiguos, desconcertantes, evocadores, espeluznantes, imaginativos, divertidos, poéticos, esperanzadores, trágicos, misteriosos, sugerentes, encantadores, nostálgicos y melancólicos, inspiradores, mágicos, sorprendentes... Cuentos que invitan a reflexionar y a ser paladeados con tranquilidad, imbuidos de cierta locura genial, una puerta a la fantasía del autor que quizá sirva como preparativo para algunas de sus obras más adultas. Recomendable, sin duda, sobre todo para quien no haya accedido ya a las anteriores antologías de Gaiman que cubren casi todo el contenido de ésta y que, por tanto, no haya degustado todavía estos relatos en particular; y para los completistas acérrimos. Para los demás, tal y como me ha sucedido a mí, aunque haya sido un placer de relectura, puede conllevar una cierta desilusión al saber que se ha pagado una segunda vez por un material del que ya se disponía. Es bueno estar advertidos.
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Reseña de otras obras del autor:
jueves, 14 de enero de 2010
El libro del cementerio
Neil Gaiman.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Roca editorial. Col. Rocajunior. Barcelona, 2009. Título original: The Graveyard Book. Traducción: Mónica Faerna. Ilustraciones: Chris Riddell. 293 páginas.
Neil Gaiman vuelve a navegar con acierto dentro de la Literatura Juvenil y, como ya hiciera en Coraline, lo hace sin renunciar ni un ápice de su particular cosmogonía y estilo temático. Así, El libro del cementerio pertenece abiertamente al género del terror ─aunque beba a su vez de muchos otros─ desde el mismo principio en que un niño pequeño, apenas un bebé, huye de su casa perseguido por un brutal personaje que acaba de asesinar a sus padres y a su hermana mayor, y se refugia en un cementerio donde será adoptado por los fantasmas que lo habitan. Un curioso morador del lugar, Silas, un individuo que no está vivo pero tampoco muerto, poseedor de ciertos poderes psíquicos y que solo sale de noche, se convertirá en su tutor y le dará nombre: Nadie, porque es un niño que “no se parece a nadie”. Nadie Owens, apellido del matrimonio fantasma que lo adopta como hijo, crecerá en el antiguo cementerio ─que ya hace bastante tiempo se convirtiera en una reserva natural en detrimento de su función original, pero sin retirar las tumbas─ rodeado del mundo paranormal, de espectros a cada cual más extraño y ansiando en ocasiones salir a un exterior idealizado que le está vedado mientras la amenaza del asesino de su familia, el Hombre Jack, permanezca activa.
El autor, como ya ha demostrado en numerosas ocasiones, es un maestro en la creación de atmósferas. Mediante un lenguaje y una narración algo más sencillas que en sus novelas «adultas», consigue impregnar cada página de un sabor especial, de una fascinación por lo que está sucediendo y por dónde está sucediendo que hace que se devore el libro, capítulo tras capítulo hasta el agridulce final, sin apenas reposo. Y eso que su estructura interna, que convierte cada uno de esos capítulos en un cuento casi independiente dedicado a un periodo concreto del crecimiento de «Nad», invita a una lectura más reposada de cada uno de ellos, paladeando cada historia con tranquilidad y disfrutando de cada aventura por separado; aunque, confieso, es difícil esperar tanto, dejar pasar el tiempo entre uno y otro, y así la lectura dura un suspiro ─de satisfacción, eso sí─. Como libro infantil-juvenil lo que Gaiman narra no deja de ser bastante previsible (desde una óptica adulta, por supuesto), pero la forma de narrarlo, el cariño que destila cada página y cada personaje, lo aleja de otros libros similares de esta categoría. La imaginación desborda en cada situación y descripción, y Gaiman consigue con una apariencia de increíble sencillez unir el mito antiguo con lo nuevo ofreciendo al lector una experiencia francamente interesante.
El autor pa
rece, no obstante, muy consciente del público al que se dirige en esta ocasión y factura una historia sin excesivas complicaciones ni giros rompedores. El libro del cementerio se encuentra narrado mucho más en “blanco y negro” que otras de sus obras anteriores; el bien y el mal se encuentran perfectamente definidos a pesar de que la forma de actuar de las criaturas que se encuentran a uno y otro lado de la línea no siempre se corresponden con la naturaleza habitualmente aceptada en su versión más clásica ─los fantasmas son, mayoritariamente, encantadores. Los ghouls, a pesar de provocar escalofríos de miedo, tienen algunas de las escenas más hilarantes del libro. Los licántropos no son en absoluto lo que parecen en un primer vistazo…─. El caso más evidente es el del propio Nadie; Gaiman se sirve de la excusa de su infancia en el cementerio, de su falta de contacto con el exterior, para dotarlo de una personalidad que se antoja demasiado plana: el chico siempre es bueno, carece de cualquier tipo de malicia, siempre busca hacer lo correcto y su inmensa curiosidad tan solo busca iluminación, conocimiento sobre el mundo que le rodea, y nunca causar daño. Siempre es amable y reflexivo, siempre está lleno de esperanza y no se deja llevar por el desánimo, siempre hay una luz para él brillando en lo más oscuro para mostrarle el camino correcto. Y en el caso de que sus acciones involuntariamente lleguen a provocar algún perjuicio, siempre está dispuesto a reconocer su culpa e intenta reparar el fallo. No hay doblez, no hay malicia, no hay doble juego, ni engaño, ni segundas intenciones, ni falsedad en Nad. Es, quizá, demasiado virtuoso y, aunque supongo que la intención era presentar al joven lector una figura ejemplarizante, tal vez ese lector lo pueda encontrar con un puntito de ñoñería, siendo sin embargo este el único defecto «grave» que se puede achacar a la novela.
El libro del cementerio navega entre la historia de terror y la aventura del crecimiento del chico en un entorno extraño, plagado de misterios y amenazas, de seres primigenios que aguardan al destino en antiguas criptas, dotándolo con un toque de locura surrealista ─la danza macabré es un capítulo genial, que embarga de nostalgia y rompe los esquemas preconcebidos─ y un humor algo oscuro que termina siendo muy inocente. La novela narra el tránsito de la infancia a la adolescencia de Nad, dedicando cada capítulo a un episodio concreto, casi independiente del resto (de hecho, el propio autor reconoce haberlos escrito desordenadamente, detalle que se nota en algunos momentos en el estilo, desigual en ocasiones) y donde se van presentando nuevos personajes y nuevos retos que superar y con los que ir construyendo la personalidad del muchacho de cara a enfrentarse a la amenaza que oscurece su futuro. Cada vez que Nadie abandona el cementerio se ve abocado a un peligro desconocido, pero siempre presente; sin embargo su voluntad demostrará ser más fuerte que cualquier amenaza, y su deseo de vivir, de conocer, se verá enfrentado a la inmovilidad y a la falta de cambios en la “sociedad” de los fantasmas. Al final, para crecer hay que abandonar la infancia, la seguridad del nido, por mucho que el proceso pueda doler.
Existe en ello una ambivalencia curiosa, por un lado la honestidad con que Gaiman trata a sus lectores más jóvenes, mostrándoles un mundo que puede ser cruel y aterrador, lleno de sombras y amenazas, pero a un tiempo dotándolo de personajes sin apenas matices de gris. De todas maneras, está claro que esta dicotomía no es impedimento para que la novela haya recogido ya un buen número de premios importantes ─el Newbery, el Hugo─ y que se haya confirmado que Neil Jordan la adaptará al medio cinematográfico.
El libro del cementerio es una lectura inquietante a ratos, conmovedora, sugerente, nostálgica, divertida, oscura, dolorosa, amable y hermosa. Y sobre todo muy evocadora gracias a las vívidas imágenes con las que el autor puebla el texto. Un texto que viene acompañado en la edición de Roca de las descriptivas ilustraciones de Chris Riddell, en detrimento de las más inquietantes que Dave McKean hiciera, con un carácter sin duda más adulto, para una de las dos versiones anglosajonas. Quizá esta no sea la mejor o más «redonda» obra de Gaiman, pero sin duda consigue descollar por encima de la gran mayoría de novelas que compiten en su «liga». Recomendable para jóvenes lectores y para los adultos que quieran recuperar o todavía conserven parte de su niñez. Yo la he disfrutado mucho.
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Otras reseñas de obras del autor:
El cementerio sin lápidas y otras historias negras.
miércoles, 6 de mayo de 2009
Reseña: El secreto de la porcelana
Emilio Calderón
Reseña de: Amandil
Roca Editorial de Libros - Círculo de Lectores. Barcelona, 2007. 216 páginas.
No se muy bien que pasa con la novela histórica española actual (o al menos con los libros que he leído de la misma) que es un quiero y no puedo permanente. Encontramos ideas originales que podrían dar para relatos entretenidos y profundos pero que, sin embargo, se quedan cortas y optan por pasar por encima de personajes y tramas que darían mucho más de sí en otras manos.Al menos esa es la sensación que queda al leer un libro como El secreto de la porcelana.
La idea original es sencilla y llamativa: la carrera en que se vio inmersa la Europa del siglo XVIII para conseguir dar con el secreto de la creación de la porcelana, uno de los lujos más preciados de la lejana China y a cuya importación las fortunas occidentales dedicaban unos crecientes recursos económicos.
Pero ¿por qué importar algo que podría fabricarse si se supiese el modo de hacerlo? Movido por este planteamiento, Felipe V, rey de España, acuciado por los gastos de la Guerra de Sucesión contra el Archiduque Carlos, ordena a Damián Ossorio, un comerciante asentado en Filipinas, que se adentre en China y consiga la fórmula de la porcelana. Si lo consigue le hará noble y rico. Si falla, o morirá a manos de los chinos o será condenado en España por un crimen que cometió años atrás.
Así que Ossorio opta por intentar lo imposible por medio de sus socios comerciales, aunque para ello entre en contacto con lo peor de la sociedad china y se vea obligado a hacerse pasar por un asiático para poder penetrar en las ciudades dónde se encuentran los hornos y talleres imperiales. En el proceso conocerá a una bella dama, Jade, que se convertirá en su obsesión sólo superada por su aficción impuesta a las pipas de opio.
Paralelamente se nos cuenta la historia de Johann Frederick Böttger, un alquimista alemán que entró al servicio de Augusto II, Elector de Sajonia, asegurándole que era capaz de convertir plomo en oro. Sin embargo, y pese a sus esfuerzos en ese sentido, no consigue ningún resultado provechoso aunque, poco a poco, comienza a avanzar en el descubrimiento de lo que podría ser la fórmula de la porcelana como "compensación" por sus fracasos con el oro de los tontos.
La novela, por lo tanto, se mueve entre dos líneas paralelas que vienen a complicarse, en parte, porque la historia de Damián Ossorio se nos cuenta a través de otro personaje, el explorador Pablo Solorzano, quien nos cuenta las aventuras de Damián por medio de una lectura que tiene lugar en la Sociedad Geográfica de Madrid.
Por lo tanto, en conjunto, nos encontramos ante tres niveles de acción (Ossorio en China en los primeros años del siglo XVIII, Solorzano en Filipinas y España a finales del siglo XIX, y Böttger en Sajonia también en los inicios del XVIII) que vienen a contarnos de un modo u otro la búsqueda desesperada de la fórmula de la porcelana.Hasta aquí todo correcto.
Lamentablemente la novela no alcanza a cubrir las expectativas y decae muy rápidamente en una sucesión de datos históricos y culturales por los que los protagonistas se limitan a pasar de puntillas. Se podría decir que es una sucesión de "lecciones" (tradiciones chinas, información sobre Augusto II, datos sobre la revuelta de Filipinas, etc.) que son introducidas en la narración con la excusa de los hechos de los personajes, pero comiéndose los débiles trasfondos de estos sin apenas esfuerzo.
Todo muy interesante, cierto, pero como obra literaria muy decepcionante.
Hay capítulos que parecen sacados directamente de una enciclopedia. Los "actores" son una demostración pura de lo que es ser planos y vacios. El argumento es lineal, previsible y ajeno a todo lo que pueda implicar algo de emoción y ritmo. No hay entresijos más allá de los meramente anecdóticos. En definitiva, la historia es entretenida (a su manera) pero pobre. El lector, al terminar, acaba sabiendo curiosidades sobre la porcelana pero olvida inmediatamente a los personajes y la trama. No queda poso, ni rastro, ni recuerdo sobre una historia que podía haber ido más allá en muchos aspectos pero que opta por ceñirse a lo estrictamente necesario para contar lo que el autor ha pretendido desde el primer momento (y que confiesa, abiertamente, en un epílogo muy ilustrativo sobre la levedad de su novela): que la porcelana es muy bonita y que en China ha sido considerada algo así como el cúlmen de su civilización en el pasado.
Al menos el libro no cae en el discurso relativamente oficial que exalta lo oriental como netamente superior a lo occidental, más bien pretende poner las cosas en su sitio (en eso Emilio Calderón acierta plenamente) y no duda en centrar su atención sobre aspectos brillantes y oscuros del Imperio chino. Además, tiene el valor de intentar narrar una época y una zona, la Filipinas española durante el siglo XVIII, que parece olvidada de manera constante y consciente del imaginario popular histórico de nuestro país. Así que, aunque no es un libro que vaya a pasar a los anales de la literatura española, si alguien siente curiosidad sobre la porcelana y , en menor medida, sobre la presencia de nuestro país en aquella parte del mundo, que no dude en leerlo. Pero sólo por eso. No hay más cera que la que arde.
martes, 1 de julio de 2008
Reseña: El Terror
Dan Simmons.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Roca editorial. Barcelona, 2008. Título original: The Terror. Traducción: Ana Herrera. 761 páginas.
En 1845 el HMS Erebus y el HMS Terror emprenderían un histórico viaje expedicionario en busca del mítico paso del Noroeste, buscando una ruta para atravesar el Ártico hacia América.
En 1847 ambos barcos permanecen atrapados por el hielo, cercados por un inclemente mar blanco, amenazados por las enfermedades y el aburrimiento, esperando un deshielo que cada vez se antoja más lejano e imposible.
En unas condiciones ya de por sí duras, los expedicionarios tienen que enfrentarse además a los ataques de una brutal criatura que con sanguinaria determinación va acabando con la vida de los tripulantes. Pero, ¿se trata de un enorme oso blanco, magnificado por el miedo y la imaginación de los marineros, o de un ser sobrenatural que busca su castigo? Simmons juega ambas cartas, decantándose conforme avanza la trama por una de ellas, quizá no precisamente la más satisfactoria para el lector.
El Terror está escrita con una estructura literaria de capítulos alternos, saltando entre los protagonistas para seguir sus distintos puntos de vista, con apariciones recurrentes de los principales personajes entre los que se intercalan capítulos únicos dedicados a algún secundario que completan distintas visiones o detalles relevantes de la historia, dando una mayor riqueza y profundidad al conjunto. Al principio estos capítulos se encuentran desordenados cronológicamente, empezando con los barcos ya en el hielo, y saltando atrás y adelante para presentar a los personajes y la preparación y los primeros estadios de la expedición. Más adelante la acción se va haciendo lineal (temporalmente hablando), pero se complementa con flash-backs de la vida anterior de ciertos protagonistas como Sir John Franklin, máximo dirigente de la expedición y al que, al parecer acertadamente, Simmons refleja como bastante incompetente; o como Francis Moria Crozier, capitán del HMS Terror y sobre cuya espalda recaerá la dura tarea de comandar a los supervivientes y tratar de seguir manteniéndolos con vida.
El autor muestra de esta forma al lector un amplio tapiz, lleno de retazos que completan una trágica historia de ambición, entrega, deseo, curiosidad y romanticismo (entendido en la acepción de aquella época).
El título de la novela, El Terror, juega con el nombre del buque comandado por Crozier, y en el que de alguna manera se centra Simmons, y con la siempre palpable presencia de la criatura que acecha en el hielo y que, a pesar de permanecer casi siempre en las “sombras”, cobra un especial protagonismo; pudiendo afirmarse sin dudar que se trata de uno de los más importantes actores de este drama, aunque sus apariciones, siempre veladas, se produzcan en, casi, todo momento a través de ojos ajenos.
Simmons en esta ocasión ha decidido utilizar la base de la expedición histórica al Ártico de Sir John Franklin como punto de partida para su historia, rellenando los huecos que los datos reales han dejado, novelando lo conocido y aventurando explicaciones para algunos extraños descubrimientos inexplicables, sobre el viaje en sí y sobre las aparentes acciones de los viajeros, que se han ido conociendo gracias a expediciones posteriores. Así, parece demostrada la citada incompetencia de Franklin o la poca calidad de la comida almacenada en los buques, que debía durarles varios años y que se descubriría mal embasada y conservada. Falta, sin embargo, en una narración de estas características un poquito más de implicación emocional; en ocasiones el relato se torna frío, distante, desapegado, chocando con la crudeza descriptiva del sufrimiento en el hielo. El lector sabe, sin duda, que lo están pasando fatal, que los circunstancias son extremas para la supervivencia, que la muerte acecha detrás de cada carámbano o cada grieta… pero hay veces que es más por lo que pone de su parte el propio lector que por lo que ofrece Simmons.
En ese sentido uno se pregunta si en realidad era necesaria la inclusión del elemento “fantástico” dentro de la narración. Vale que ese suele ser el campo en el que habitualmente se mueve este autor, pero lo cierto es que el relato del fracaso de la expedición ya es apasionante sin necesidad de añadidos: desde lo más heroico del ser humano bajando hasta lo más ruin. En ese contexto la inclusión de la posible amenaza sobrenatural le resta credibilidad a lo narrado, sembrando en la mente del lector la duda sobre la veracidad histórica del resto de hechos. Las condiciones extremas a las que los expedicionarios se enfrentaron, las decisiones que se tomaron (algunas dignas de elogio y otras de desprecio), las reacciones que se suscitaron en la lucha titánica del hombre contra la naturaleza adversa y sin compasión… todo ello era más que suficiente como para conformar un relato subyugante sin necesidad de tener que añadir un elemento externo y ajeno que sirve de distracción más que de atracción. También es cierto, no obstante, que el final ofrecido por Simmons quizá no hubiese sido tan bello (aunque lleno de preguntas sin respuesta) sin la presencia de la bestia.
Simmons ha facturado con El Terror una novela sin duda interesante, planteando la titánica lucha por la supervivencia entre unos hombres que se crecen ante las adversidades, aunque no estén exentos de que la maldad o la deshumanización crezca entre ellos. Quizá la mayor virtud del libro sea precisamente el mostrar al lector cómo en todas circunstancias el alma humana es capaz de lo mejor y de lo peor, que en todo grupo humano siempre hay héroes y siempre hay villanos, y que el destino, quizá, acaba colocando al final a cada uno en su lugar. Otra virtud, desde luego, es la fluida escritura del autor, que consigue que se pasen las páginas con interés a la par que amenidad, y que un libro de este volumen no se haga pesado en momento alguno. Al final, confieso, no he tenido más remedio que acudir a informarme para saber más de la desafortunada expedición del HMS Erebus y el HMS Terror para completar el cuadro ofrecido por Simmons (y saber qué era verídico y qué inventado); lo cierto es que ha merecido la pena, pero eso es algo que debe plantearse descubrir cada lector.
sábado, 27 de enero de 2007
Reseña: Los hijos de Anansi
Neil Gaiman.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Roca editorial. Barcelona, 2006. Título original: Anansi Boys. Traducción: Mónica Faerna. 379 páginas.
No sé si calificarlo como un libro de humor, pero lo cierto es que el lector permanece con una sonrisa en su boca durante, casi, toda su lectura. Me atrevo a decir que me ha parecido el mejor libro de Gaiman, muy por encima del American Gods con el que se supone que comparte universo, aunque no personajes. Los hijos de Anansi es mucho más “redondo”, tiene muchos menos tiempos muertos, si es que tiene alguno, está mejor estructurado y es más contenido, menos dado a los excesos, que aquel. Tal vez en American Gods Gaiman intentó meter demasiado, había mucho material, mucha imaginación, y ello le produjo un exceso de páginas y de secundarios que a veces no aparecían más que para poner en palabras alguna de las fascinantes ideas de Gaiman y que no terminaban de casar a la perfección, produciendo importantes bajones en la narración. En Los hijos de Anansi no se produce este fenómeno, la trama está mucho más centrada en su propia historia y los personajes que aparecen tienen todos su importancia para la misma; no hay nada superfluo. Tal vez, dirán algunos, se debe a que esta es una historia más simple que aquella, pero yo tampoco lo creo; es simplemente que el autor ha encontrado una forma mejor de contarla sin irse tanto por las ramas (que también se va, es cierto. Vamos, ¡es Gaiman! ¿Qué sería de él sin todas esas historias paralelas?).
Nos encontramos en esta novela a un Gaiman amante de los cuentos y se le nota. Contra todo lo que pueda parecer esta es una historia de amor: la del autor por las palabras, por las historias, por el intramundo que contienen. El universo tan sólo es un cuento (o una canción) que se está contando ahora mismo, mientras se desarrolla; una telaraña donde cada hilo se toca con los demás y forma una red perfecta donde todo está relacionado. Y en esa telaraña se mueve el torpe y acomplejado Gordo Charlie Nancy, junto a su no poco confusa novia Rosie, cuando se entera de que su padre, al que no veía por ciertas desavenencias familiares desde hace un montón de años, ha fallecido. Y es en el funeral de su progenitor donde su vida dará un vuelco para, literalmente, no volver a ser jamás la misma. Desde el momento en que se entera de que su padre era Anansi, el dios araña de los mitos africanos y de que tiene un hermano del que no recuerda absolutamente nada, su existencia dará un giro insospechado, al menos para él, del que no habrá vuelta posible.
Gaiman utiliza, a la hora de seguir a Gordo Charlie en sus periplos, abundantes y diversos recursos narrativos, hasta el punto de hablar a veces con el propio lector o de intercalar una serie de cuentos o anécdotas de Anansi que nos permitirán ir comprendiendo mejor la personalidad de los protagonistas, conocer algunos de los motivos que los llevan a actuar como actúan o, simplemente, dar rienda suelta a su imaginación regalándonos algunas de las páginas más bellas y divertidas de la narración.
Lo que nos lleva al tono empleado para contarnos lo que va sucediendo. No es tanto que sea una novela de humor sino de que tiene un corte humorístico. Me ha recordado poderosamente a P.G. Wodehouse en una forma de narrar en que la gracia parte de lo narrado, de la situación en sí, y no de un chiste en concreto. Es, no sé si me explico, más simpático que divertido, que provoca (más allá de que también haya momentos de absoluta tensión que narrados de otra manera podrían haber llevado a una buena novela de terror) que se lea en todo momento con una sonrisa, pero sin impulsar en absoluto a la carcajada (no es ese tipo de humor). Es un humor amable, no explosivo.
La historia de los dos hermanos es, además, una historia de crecimiento personal, de autoconocimiento. Es, de alguna manera, un viaje iniciático, y no sólo para Gordo Charlie, el protagonista principal, sino también para algunos de los que le acompañan (genial el personaje del otro “hermano”, Araña; aunque a veces le den a uno ganas de partirle la cara).
Pero es, sobre todo, una novela del propio Gaiman, en la que da rienda suelta a su particular mundo, mezcla de mitos, historias antiguas y extrañas, magia corriente y oscuras referencias literarias y culturales, y que recuerda de forma poderosa las cotas más altas de su The Sandman, con su particular mundo onírico donde residen los mitos y donde todo es posible. Gaiman agita su personal coctelera y nos sirve una historia que no deja indiferente, mezcla de muchas cosas, muchas referencias, muchos ingredientes que se unen de forma magistral, sin fisuras. Como diría Tolkien: historias como esta crecen del humus de la mente, de todo lo que se ha visto y leído…
Mención aparte merece, y ya sé que a veces soy monotemático, la sinopsis de contraportada. En el caso que nos ocupa la misma parece escrita por alguien que ha oído campanas sobre de qué va el libro o que le han contado por encima el argumento, pero no lo ha leído en absoluto; y comete errores de bulto. Pero bueno, con no leerla (la sinopsis, se entiende) hasta terminado el libro es más que suficiente, ¿no?
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Otras reseñas de obras del autor:
Coraline.El cementerio sin lápidas y otras historias negras.








