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viernes, 19 de diciembre de 2014

Reseña: La prueba de hierro

La prueba de hierro.
Magisterium, libro 1.

Holly Black / Cassandra Clare.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Destino juvenil. Barcelona, 2014. Título original: Magisterium. The Iron Trial. Traducción: Patricia Nunes. 301 páginas.

La prueba de hierro es una novela destinada eminentemente a un público entre pre adolescente y juvenil —no es Young Adults ni distopía ni romántica—, en la línea de Harry Potter, con la que es inevitable comparar, y que inicia una nueva serie que en principio se compondrá —según está anunciado— de cinco volúmenes correspondientes a cada uno de los cinco «cursos» que deben seguir un grupo de adolescentes en una peculiar escuela de magia: el Magisterium. La autoría se debe a dos escritoras de reconocido éxito como son Cassandra Clare, conocida sobre todo por la saga Cazadores de sombras, y Holly Black, creadora junto a Tony DiTerlizzi de Las Crónicas de Spiderwick y de otras series de fantasía urbana. A cuatro manos facturan una fantasía contemporánea de corte bastante tradicional pero que también guarda algunas sorpresas con una interesante variante de la prototípica historia del «Elegido». Magia, compañerismo, rencores, profecías, secretos, enfrentamientos, aventuras, seres elementales… Un comienzo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Reseña: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Millennium II.

Stieg Larsson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Destino. Col. Áncora y Delfín vol. 1137. Barcelona, 2008. Título original: Flickan som lekte med elden. Millennium 2. Traducción: Martin Lexell y Juan José Ortega Román. 751 páginas.

Muy posiblemente esta va a ser otra de esas reseñas en la que prima más lo subjetivo que lo objetivo. De hecho, me ha costado mucho tiempo ponerme a escribir hasta decidirme si la hacía o no, ya que hace bastante que leí la novela y, ante las sensaciones tan negativas que su lectura me provocó, lo he ido dejando macerar en mi mente para ver si se me aclaraba algo, y sí, algo sí lo ha hecho, más que nada confirmando la impresión que ya tenía. Entre todos esos sentimientos que la lectura ha dejado en mi cabeza en torno a La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina el predominante es sobre todo el de incredulidad; y es que durante la mayor parte de la novela la sensación dominante era la de tomadura de pelo. Todo aquel que se haya leído mi reseña de Los hombres que no amaban a las mujeres puede hacerse buena idea de que esa primera entrega de la saga de Millennium me gustó bastante, por eso supongo que la enorme decepción y desencanto que ha supuesto para mí esta segunda ha sido todavía mayor.

Y es que uno al menos lo que pide es que haya una coherencia mínima entre un libro y otro, que los personajes sean fieles a sí mismos y que el argumento se mantenga dentro de unos límites realistas conforme había establecido en la primera entrega. Nada de ello sucede.

Larsson factura de nuevo en esta ocasión una novela en torno a una investigación criminal por parte del staff de la revista Millennium, esta vez sobre la trata de blancas (aquí llamada por el más “culto” termino técnico «trafficking») destinadas al mercado de la prostitución procedentes de los países del este; y lo hace con las mismas armas literarias con las que ya lo hizo en su anterior novela; es decir, escasos recursos narrativos y una escritura plana y directa, que en la primera se sustentaba en una trama francamente interesante en la que sumergirse, con una intriga perfectamente mantenida, y con una línea de investigación clara, fluida, coherente, con el número justo de pruebas, de sospechosos y de giros. El problema surge cuando el entramado creado para la que ahora nos ocupa no tiene ni punto de comparación con el de aquella. La acumulación de tramas, confusas la mayor parte de las veces, de personajes sacados de la chistera, de malos de opereta, de casualidades acumulándose una encima de otra sin justificación pausible, no colaboran a hacer precisamente atractivo el libro. De buenas a primeras el autor, no se sabe si intentando potenciar aún más lo que sin duda era uno de los puntos fuertes de la primera entrega, convierte a Lisbeth Salander en una especie de superheroina capaz de enfrentarse a un huracán para rescatar a una indefensa dama de su maltratador ―y el tema de los “superpoderes” ocultos va a más casi al final de la novela, después de haber mantenido al personaje escondido durante gran parte de la misma, y donde la incredulidad del lector no puede ser puesta más a prueba, fracasando por lo que me han comentado otros lectores en muchísimos casos―.

Tras esta tropelía, se empeña a arrastrar por los suelos el personaje de Mikael Blomkvist, un magnífico y metódico investigador en Los hombres que no amaban a las mujeres y un patético patea avisperos en la que nos ocupa: tras demostrar que sabía perfectamente construir una línea de investigación llena de interés y coherencia, aquí la “estupenda” forma de investigar se limita a encontrar por casualidad una pista y entonces ir de puerta en puerta a ver si suena la flauta y el caso se le resuelve solo. Es muy triste ver como unos personajes llenos de posibilidades ―ya demostradas, de hecho, con anterioridad― se desperdician de esta manera.

La trama de la trata de blancas queda pronto ―es un decir, tras una “introducción” que se antoja interminable― diluida en un segundo plano en favor de la supuesta implicación de Lisbeth en unos asesinatos que amenazan con complicarle hasta el extremo su ya de por sí complicada vida ―ahora algo menos complicada, gracias a los millones estafados al malo en la anterior novela―, con algunos vistazos a su pasado que intentan hacer comprender al lector porqué es cómo es; y de una serie de subtramas francamente obviables, que no aportan nada interesante al relato y que distraen en exceso de lo que sí debería ser importante.

La acumulación irrelevante de detalles que ocupan páginas y páginas, no hace sino torpedear la línea de flotación de la novela: las continuas listas de compra en IKEA ―detallando los nombres de cada mueble elegido o descartado― o en H&M, las múltiples ocasiones en que Mikael baja a hacer la compra diaria, las enormes cantidades de veces en que se toma su café latte, todas las visitas al 7-eleven... dan ganas de lanzar el libro por la ventana como desahogo. Decir que sobran páginas, muchas, es quedarse corto.

Pero todo hubiera sido perdonable si la trama hubiera sido tan interesante y hubiera estado tan bien construida como la anterior, cosa que en absoluto sucede. Por un lado Larsson en momento alguno consigue que el lector empatice con los implicados en la investigación y por otro el cúmulo de casualidades forzadas, de personajes cruzados que resultan ser parientes, las relaciones cogidas con pinzas, el que todo parezca estar relacionado con o girar en torno a los protagonistas ―sobre todo Lisbeth― y ese final... fuerza en exceso la credibilidad de un lector que después de todo no está dispuesto a que lo hagan comulgar con ruedas de molino. Todo es excesivamente superficial, vanal; un tema tan importante como el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual queda prácticamente en nada, eclipsada por el total protagonismo de los problemas, actuales y pasados, de Lisbeth. Y lo peor es que todo es inverosímil, increíble, exagerado hasta decir basta.

Además, para poner un último clavo en el ataud, donde en la anterior todos los hilos quedaban perfectamente atados, en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina no sucede. Es cierto que la trama “principal” de la trata de blancas se cierra, pero quedan demasiadas cuestiones personales en el aire para, supongo, ser retomadas en La reina en el palacio de las corrientes de aire. Terminé el libro por puro esfuerzo de voluntad y puedo prometer que aunque me quede con la duda ―que no me corroe en absoluto― de ciertas cuestiones que quedan en el aire NO me voy a leer la tercera parte ni aunque me la regalen. Decepción es decir poco, además que viene a dar la razón a los que abominan de este tipo de libros éxito de masas. Qué lástima.


lunes, 12 de enero de 2009

Reseña: Los hombres que no amaban a las mujeres

Los hombres que no amaban a las mujeres. Millennium I.

Stieg Larsson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Destino. Col. Áncora y Delfín vol. 1124. Barcelona, 2008. Título original: Män som hatar kvinnor. Millennium I. Traducción: Martin Lexell y Juan José Ortega Román. 665 páginas.

Convertida en un éxito de ventas gracias al boca a boca y a la historia trágica de su autor, quien murió antes de ver publicada ninguna de las tres entregas de las que se compone esta serie de Millennium, cabe preguntarse: ¿Es Los hombres que no amaban a las mujeres la novela destinada a renovar y dar un giro radical al género negro, como ya se ha podido leer por ahí? Mi respuesta es que no. Pero, ¿se trata de un libro magnífico? Rotundamente sí.

Estilísticamente, Los hombres que no amaban a las mujeres, no es que sea gran cosa; su prosa es directa como un disparo entre ceja y ceja, sin apenas recursos literarias, con un lenguaje básico e incluso plano, sin bellas metáforas, sin grandes imágenes, con una narración totalmente pegada a la historia, casi desnuda, sin distracciones. Pero es ese un estilo que se adapta perfectamente a lo que se está narrando, dando importancia a la trama muy por encima de la prosa. Y la trama (las tramas, más bien) es realmente interesante, atrapa la atención y no la suelta hasta la última página. Es verdad que la cosa empieza un tanto titubeante, indecisa; le cuesta entrar en materia, llegando incluso a asustar al lector con algunas lecciones de economía a la sueca que pueden llevar a engaño sobre cuál va a ser el contenido del libro. Pero pronto, antes de que surjan demasiadas dudas, la trama se impone, se presentan los personajes y la investigación que debe llevarse a cabo. Y a partir de entonces la historia se embarca en un crescendo de interés, incluidos un par de buenos sobresaltos, que no cesará hasta su final.

Larsson presenta varias historias paralelas, entre las cuales la principal será la de la investigación de la misteriosa desaparición de la joven Harriet Vanger en una isla propiedad de su familia y que 36 años después sigue sin respuesta. Alrededor de esta investigación se irán entretejiendo las historias de los dos protagonistas principales: Mikael Blomkvist, un maduro periodista de temas económicos y copropietario de la revista Millennium que da título a la trilogía, firme defensor de la legalidad y poseedor de firmes convicciones morales (y que se aleja radicalmente de la imagen del investigador-detective típico y tópico de la novela negra); y Lisbeth Salander, una especie de poco común investigadora privada de 24 años, tatuada y con piercings, inadaptada socialmente, terriblemente individualista, bastante amoral y que gusta hacer “justicia” por su cuenta y según sus propios valores. La intersección de ambas historias con la principal hace de Los hombres que no amaban a las mujeres una novela muy completa y satisfactoria.

Y es que una de las más importantes virtudes del volumen es la de sorprender al lector sin hacerle trampas por el camino. Larsson va entregando las piezas del puzzle conforme los propios protagonistas las van conociendo, sin guardarse cartas en la manga, sin hurtar datos necesarios para la resolución del misterio, pero plasmándolo de tal manera que hace que se cambie continuamente de posible sospechoso conforme los distintos personajes van entrando en escena. No se puede descartar a nadie, ni se ve venir desde cientos de páginas antes la posible solución. Y hay muchos personajes, eso es cierto, pero el autor demuestra la suficiente pericia como para no hacer a nadie perderse entre todos ellos (y eso que muchos de los nombres, al ser suecos, resultan cuanto menos algo difíciles).

Dentro de la acaudalada familia Vanger, que Blomkvist tendrá que investigar como tapadera para su verdadera búsqueda, hay muchos miembros, acarreando cada cual sus secretos y sus miserias. Personajes secundarios que son apenas esbozados en dos pinceladas, justo lo necesario para sustentar sus papeles. Entran y salen, interpretan sus líneas y abandonan la historia. Algo parecido sucede con los lugares por donde se mueven todos ellos, simples esbozos, apenas decorados pintados al aire tras ellos, esquemáticos y poco descritos, tan solo sitios donde situar la acción pero que no llegan a influir en la misma No hay concesiones a “embellecer” el texto, salvo que sea auténticamente necesario para la propia trama.

Una trama por momentos muy cruda, de gran dureza sobre todo en ciertos pasajes dedicados al entorno de la disfuncional investigadora Lisbeth Salander. Una trama que mezcla hábil e inteligentemente muchos elementos para lograr un producto bastante satisfactorio, con buenas dosis de misterio, de secretos ocultos y de gentes que no quieren que los mismos salgan a la luz, de riqueza, política y corrupción, economía de altas finanzas, traiciones, enfrentamientos familiares, envidias, asesinatos sin resolver, ambiciones desmedidas, las justas dosis (parece obligado) de sexo y perversiones sexuales y de algo que parece amor. Es de destacar, por cuanto resulta un tanto aterradora, la imagen que da el autor de la situación de la mujer en Suecia en vista de las estadísticas que va ofreciendo en la entradilla de cada parte del libro, y de los descubrimientos que irá desenterrando laboriosamente Mikael Blomkvist, llegando a poner en peligro incluso su vida.

Como bien descubrirán por las duras, patear un hormiguero puede traer consecuencias inesperadas e indeseadas. Pero dejar en el olvido la memoria tampoco es precisamente la solución. ¿Es mejor el conocimiento, por muy duro que sea, o el velo y el silencio de la ignorancia? La apuesta del autor es clara, pero el lector deberá leer el libro para descubrirla. Desde luego no será tiempo perdido.

Como nota final, decir que resulta también muy interesante, aunque en principio sorprenda y pueda llamar a equívoco antes de la lectura de la novela, la elección del título, que se entiende perfectamente al término de la misma. Sí se puede afirmar que Larsson ama a sus personajes femeninos, tratándolos en la mayoría de las ocasiones mucho mejor que a los masculinos, con una dulzura y una dedicación especial. A la espera de la publicación del tercer volumen, habrá que comprobar si La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina mantiene el nivel; con que sea similar, el disfrute está garantizado.