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viernes, 14 de marzo de 2008

Reseña: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.

J.K. Rowling.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salamandra. 2008. Título original: Harry Potter and the Deathly Hallows. Traducción: Gemma Rovira Ortega. 636 páginas.

Al pasar la última página y cerrar el libro de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte la sensación que le viene a la mente a uno es la de “¡por fin ha terminado!”; y es que tras la pendiente descendente en que se había embarcado la serie en sus últimas entregas y después de observar cómo algo que te había gustado mucho en su origen iba perdiendo lentamente toda su credibilidad, es un alivio que se acabe y deje de hacernos sufrir. Lástima que la entrega final no consiga levantar el vuelo sobre las dos anteriores y deje un muy amargo sabor de boca en el paladar de este lector.

Desde luego, esta reseña está realizada desde la visión de un lector adulto, con un poso de lecturas a sus espaldas, y supongo que muy diferente de las impresiones que sacará un adolescente del mismo texto. Para el lector avezado esta novela está llena de agujeros, de trampas, de soluciones inesperadas sacadas de la chistera y de deux ex machina difícilmente digeribles. El máximo exponente de todo ello lo podemos encontrar en la creación de personajes nuevos (y mira que ha tenido páginas antes para hacerlo) según lo va requiriendo el nuevo giro de la trama, o en el exceso de “casualidades” sin venir a cuento que se producen: “alguien” que no había aparecido hasta el momento en ningún libro lleva un símbolo que tampoco había aparecido en toda la serie y ya sabes que el tal símbolo tendrá posteriormente una vital importancia; o Harry le pide a otro alguien como “última salvaguarda inspirada sobre la marcha” que realice una acción y ya sabes que ese alguien resolverá todo el embrollo aunque sea algo cogido por los pelos.

El tema principal de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, como se podría ya aventurar viendo el título es, precisamente, la Muerte. Y la pena es que pudiendo haber realizado una inteligente reflexión sobre la misma, Rowling lo que ha hecho es convertir la novela en una triste defensa de la eutanasia y, casi, del suicidio; rompiendo, además, por el camino muchas de las premisas que había establecido hasta el momento. Con su controvertida acción, convierte de paso el recuerdo de Dumbledore en el de un cobarde, egoísta y totalitario, mezquino manipulador y mentiroso: podría parecer que la acción que solicita Dumbledore fuera la de un sacrificio altruista en pos del bien común, pero a mí tan sólo se me antoja como la salida fácil de quien tiene mucho miedo al dolor y prefiere la muerte al sufrimiento, arrastrando además en su cobardía a los que le rodean y aprecian. Me gustaría saber dónde sitúa Rowling la línea entre el sacrificio y el suicidio, entre entregar la vida por los demás y el entregarse a la muerte sin más.

El lector juvenil-adolescente, sin duda, se pierde muchas de estas lecturas, lo que convierte el “adoctrinamiento” en algo mucho más grave. Si sus “héroes” ven el tema como algo normal y perfectamente asumible, incluso deseable, cómo no va a parecérselo a ellos.

Hay, además, tantas muertes de personajes secundarios más o menos “importantes” que al final se pierde la emoción y la tristeza; el lector se inmuniza ante la carnicería y la cosa casi se convierte en un concurso de “¿a ver quién cae ahora?”. Eran desde luego de esperar las defunciones en el enfrentamiento definitivo entre Harry y Voldemort, pero falta mucha, mucha implicación emocional en lo que se está narrando.

De todas maneras, si dos pecados imperdonables tiene esta novela es, por un lado, que tiene trozos auténticamente aburridos, sobre todo en el eterno (al menos a mí así me lo pareció) periplo dando saltos mágicos por Gran Bretaña y las largas e infructuosas discusiones sobre lo qué hacer a continuación. La única manera que tiene Rowling de hacer avanzar entonces la trama es sacarse una ayuda externa de las mangas y catapultarlos en una dirección “inesperada” (y es que todo es demasiado predecible en este libro) que no conduce salvo a otro impasse de espera del que de nuevo saldrán con otro truco de prestidigitación literaria; y es que toda la trama avanza a trancas y barrancas, conduciendo a trompicones la acción hacia el final deseado por la autora; final que se hubiera agradecido que llegase un buen montón de páginas antes.

El segundo pecado es el cambio de personalidad de algunos de los personajes principales, incluido Harry, permitiéndose acciones que van mucho más allá de lo que sería lógico por todo lo que se nos había mostrado de ellos hasta el momento. Es cierto que la situación extrema en la que se mueven obliga a comportamientos desesperados, pero hay líneas que el Harry, la Hermione, el Ron y tantos otros personajes que conocemos (o creíamos conocer) jamás habrían cruzado, y aquí lo hacen.

Una pena. Yo aún tenía la esperanza de que hubiera un cierre digno para tantas aventuras. En mi personal opinión, no lo tiene, pero reconozco que a otros lectores sí que les ha convencido y hasta han disfrutado con la novela. Quizá es que he perdido la mirada de niño por el camino, o que tanta incongruencia me ha impedido encontrar esa magia que otros sí han visto. A mí, desde luego, me ha defraudado profundamente. Lástima.

Cuando uno cierra el libro, tras ese “emotivo” epílogo, le queda, además de la sensación de alivio porque todo ha terminado, la idea de que Rowling tendría un filón en contar nuevas historias situadas en Hogwarts (no nos engañemos, al fin y al cabo, su mejor creación), en un ambiente similar al que tanto disfrutamos en las primeras entregas de la serie, pero esta vez sin un protagonista titular, sino como novelas corales, con las vivencias y estudios de los alumnos. Pero tal vez lo mejor sea que se dedique a disfrutar de sus millones, pues difícilmente va a encontrar de nuevo un pelotazo como Harry Potter.

Reseñas del resto de la serie:

Harry Potter y la piedra filosofal.

Harry Potter y la cámara secreta.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban.

Harry Potter y el cáliz de fuego.

Harry Potter y la Orden del Fénix.

Harry Potter y el misterio del príncipe.

jueves, 14 de febrero de 2008

Reseña:Harry Potter y el misterio del príncipe

Harry Potter y el misterio del príncipe.

J.K. Rowling.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salamandra. 2006. Título original: Harry Potter and the Half-Blood Prince. Traducción: Gemma Rovira Ortega. 602 páginas.

Sexta entrega de las aventuras, y desventuras, del todavía aprendiz de mago creado por la imaginación de J.K. Rowling. En este libro parece que la autora ha intentado un tímido retorno al ambiente algo más colegial de las primeras entregas, a los entresijos de Hogwarts, a las clases y a las situaciones estudiantiles con las que tanto se disfrutaba en un principio, cuando el tema de Voldemort no se había convertido en el único centro y la vida de Harry era mucho más entretenida; pero desde luego el intento ha sido algo fallido, pues es imposible liberar al personaje de todo lo vivido, el tema está ya demasiado centrado en su archienemigo y ya nadie se podría creer que Harry tuviera alguna posibilidad de volver a una actividad académica “normal”.

Harry Potter y el misterio del príncipe (no voy a entrar en la polémica de la discutible elección del título en español) es, como se venía intuyendo en las entregas inmediatamente anteriores, un libro para adolescentes creciditos, ya casi adultos, tanto temática como estilísticamente, como si la autora quisiera complacer a sus lectores de toda la vida, adecuarse a su edad, en vez de pensar en todos los niños que se han ido sumando a la aventura. Como ya dije en alguna reseña anterior, los libros de Harry Potter hay que irlos leyendo con la edad del protagonista, aunque se haga difícil dejar pasar el tiempo entre uno y otro sabiendo que ya están todos disponibles.

En este caso concreto, un Harry de 16 años dispuesto a afrontar su penúltimo curso en la escuela de magia con algo de más optimismo que en el pasado; al fin y al cabo ya no es el “apestado” del libro anterior, sino que ahora todos saben que tenía razón sobre Voldemort y se ha convertido casi en un héroe para los demás estudiantes (bueno, para muchos de ellos). Su vida es, pues, mucho más fácil en cuanto a la convivencia con el resto de compañeros, pero en absoluto en cuanto a la carga anímica que supone la amenaza del Señor Oscuro y el conocimiento de la profecía que sobre ambos pende. Hay por ello en todo el libro, acrecentándose conforme avanzan las páginas, un ambiente cada vez más opresivo, con una creciente frustración en Harry por no poder convencer a sus amigos ni a Dumbledore de sus sospechas sobre la posible traición del profesor Snape y sobre el extraño comportamiento desarrollado por Draco Malfoy, comportamiento que le traerá de cabeza para tratar de esclarecerlo.

Como digo, el tema de Voldemort ocupa la mayor parte de la trama del libro y gracias a la magia de Dumbledore asistiremos a parte de la historia de su familia y de cómo Tom Ryddle llegó a convertirse en el Señor Oscuro y de las razones de su odio hacia los “sangre sucia”. Harry tendrá que ayudar a su mentor a localizar y recuperar unos objetos, los Horrocruxes, que encierran la clave para la total recuperación de Voldemort, en cuerpo y alma. Pero entre medio deberá seguir con sus estudios, y será precisamente en su “amada” clase de pociones, que en esta ocasión viene con sorpresa, donde nuestro protagonista encontrará un libro de fórmulas, que le ayudarán a destacar en la asignatura, perteneciente a un tal Príncipe Mestizo. Es chocante en esta ocasión que Harry tome por el camino fácil, ya que el que se sirva del susodicho libro de pociones para salvar los obstáculos de la asignatura y destacar entre sus compañeros, no parece ir con su personalidad, no es propio de él, convirtiéndose en otro de los muchos e incongruentes vaivenes que le ha provocado Rowling en sus aventuras. A lo largo de la novela surge la duda sobre quién era el tal Príncipe Mestizo que a la postre da nombre al título del libro, y de cuáles eran sus intenciones al escribir las fórmulas mágicas, si era bueno o malo, y si es lícito que Harry se aproveche de un conocimiento que no se ha ganado.

Aparece, como no podía ser de otra forma, un nuevo profesor: Slughorn; tan peculiar y curioso como todos los que se han ido sucediendo con anterioridad, aunque ya no sorprende en absoluto, y hasta se hace bastante cargante y totalmente superfluo. Parece que a la autora se la han acabado las vueltas de tuerca en torno al profesorado y repite esquemas ya utilizados, al igual que se dedica a repetir situaciones ya vistas en otros libros con el consecuente desinterés.

Y Dumbledore, en el peor momento, demuestra que es tan “humano” como el que más, con los mismos defectos y “cegueras” que cualquier hijo de vecino, y de alguna manera es víctima de la tragedia que él mismo ha propiciado. De nuevo la tragedia se ceba en Harry, y es que este chico debería llevar, en lugar de su famosa cicatriz, un tatuaje en el que se pudiera leer: “nacido para sufrir”.

Pero es en medio de tanto sufrimiento cuando Rowling aprovecha para realizar un nuevo ejercicio de exaltación de la amistad, del apoyo de los compañeros, de la entrega desinteresada, porque por mucho que Harry se empeñe en luchar solo, siempre necesitará y contará con la ayuda de sus amigos. Tal parece el auténtico leiv motiv de la serie, el valor de la amistad por encima de todas las cosas y a pesar de todos los inconvenientes, enfrentamientos y equivocaciones.

Harry Potter y el misterio del príncipe es una novela que se lee por inercia, porque ya conoces a los protagonistas y por ver qué les sucede, que no deja de ser agradable y de fácil lectura, pero que no llega a la altura de las primeras entregas, aun cuando destaca bastante sobre la quinta y anterior a ella, tal vez porque en esta ocasión la autora no se ha permitido tanto exceso y ha limitado su extensión en casi trescientas páginas sobre aquella, cosa que se agradece, quedándose aún así en unas generosas seiscientas, que fácilmente podrían haber sido menos sin perder nada de la trama. No defrauda, pero tampoco encandila como hiciera antaño. Tal vez es que la magia se esté apagando, o es que no daba para más. Y aún falta la última (esperemos, ya que la autora no ha negado la posibilidad de continuar aún más allá).

Reseñas del resto de la serie:

Harry Potter y la piedra filosofal.

Harry Potter y la cámara secreta.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban.

Harry Potter y el cáliz de fuego.

Harry Potter y la Orden del Fénix.

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.

viernes, 10 de agosto de 2007

Reseña: Harry Potter y la Orden del Fénix

Harry Potter y la Orden del Fénix.

J.K. Rowling.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salamandra. 2004. Título original: Harry Potter and the Order of the Phoenix. Traducción: Gemma Rovira Ortega. 893 páginas.

El más largo de todos los libros de Harry Potter y, para mí sin duda, el más flojo hasta el momento. De las casi novecientas páginas de la novela se podrían quitar fácilmente cuatrocientas (y seguramente me quedo corto) y la narración, con un poco de síntesis, no se resentiría demasiado; muy al contrario, casi con seguridad saldría ganando mucho. El exceso es innecesario.

Harry Potter sigue creciendo, pero ahora en un mundo que parece haberse puesto contra él. Lord Voldemort se ha “recorporizado”, pero pocos son los que parecen creerlo, lo que llena de amargura al joven mago. Para terminar de estropearlo todo, Harry realiza un acto de magia cerca de casa de sus tíos al ser atacado por un dementor y desde el Ministerio deciden hacerle una vista con la intención de expulsarlo de Hogwarts. Además, sus amigos parecen rehuirle y nadie le cuenta nada de todo lo que está sucediendo, con lo que poco a poco su carácter se va agriando todavía más. Finalmente podrá reunirse con sus amigos, quienes le informarán de la existencia de una secreta Orden del Fénix, compuesta por los escasos magos que creen en el retorno de Voldemort y están dispuestos a enfrentarse a su amenaza, defendiendo a Harry en el camino. Es en este ambiente opresivo en el que Harry comienza su quinto curso en el colegio de Magia, en medio de una intensa campaña de desprestigio contra él y contra Dumbledore y el rechazo del común de sus compañeros, cosas que no contribuyen precisamente a mejorar su humor taciturno. Humor que empeora al empezar a sospechar que la extraña unión que le ata a Voldemort y que hace que le duela su cicatriz cuando el mago tenebroso siente algo intensamente se está intensificando.

La vida de Harry no es fácil en absoluto (o eso le parece a él) y el que pocos parezcan creerle no ayuda a mejorarla.

A lo largo del libro, Rowling volverá a ofrecernos un recorrido por casi todos los lugares mágicos que ya habíamos ido conociendo en anteriores novelas (Hogsmeade, el callejón Diagon, el propio Hogwarts...) y nos conduce a otros nuevos que adquirirán una gran importancia en la trama (como el Ministerio de Magia o la casa ancestral de los Black), pero lejos de antojársenos estar ante algo novedoso, la cosa se hace más bien tediosa.

Es en los nuevos personajes, o en la revisitación de algunos antiguos, donde el libro podría haber remontado algo el interés, y sin embargo tampoco aquí lo consigue. Rowling crea unos personajes realmente atractivos en su concepción, pero que no lleva a buen término en la narración de sus acciones.

Interesantes, pero desaprovechados el demencial personaje de Luna Lovegood, una compañera de Hogwarts que podía haber dado mucho más de sí, y la también algo desquiciada Tonk, una joven maga perteneciente a la Orden. Odiosa, como era su cometido, la nueva profesora de Defensa contra las Artes Oscuras, Dolores Umbridge, quien parece estar allí tan sólo para amargar más aún la vida de Harry; lo que sucede es que a fuer de haberla hecho tan despreciable y asquerosa, el personaje es ciertamente repelente para el lector, pero en el sentido de no querer leer más de ella, no en el de un malo odioso que hace sufrir al protagonista y que supongo que era la intención de la autora. Intrascendente la historia del “enamoramiento” con Cho Chang, retrata bien el estado alterado de las hormonas de quince años de Harry y da algún momento interesante (¡Ah, la Navidad!), pero Rowling le ha puesto unas reacciones tan extremas que a veces va más allá incluso del esteriotipo del adolescente enamorado e indeciso. Acertado el nuevo protagonismo, el paso adelante, de Neville Longbotton, uno de los personajes cuya evolución me parece más acertada. Y el resto de secundarios se encuentran dentro de su papel, lo que en esta ocasión no es decir mucho; vuelven algunos como Lupin, Sirius o el auténtico Ojoloco Moody, y siguen los de siempre, como por supuesto Ron y Hermione, Snape o Hagrid (metiéndose en líos, como siempre). Fred y George Weasley volverán a hacer trastadas de las suyas, en alguna escena que quizá sea lo mejor de la novela.

Harry está probando el lado más amargo de la vida, el rechazo, la mentira, y después del fallecimiento de su compañero Cedric Diggory en el libro anterior, en este tendrá que asumir la muerte de alguien mucho más cercano (con una reacción no del todo verosímil, es el problema de llevar las cosas a los extremos, que o lo haces muy bien o no resulta creíble); lo que sucede es que es una muerte tan poco definitiva (como quien dice, no hay cadáver) que mucho me temo que es posible que volvamos a oír hablar del personaje. El carácter de harry se resiente de todo ello, y su estado mental parece instalarse de forma definitiva en el enfado, lo que de alguna manera pagarán los que le rodean.

El problema de Harry Potter y la Orden del Fénix es que todo se está volviendo un tanto repetitivo, todo suena a ya leído, y el abuso del tamaño del libro no contribuye a hacer más atractiva la lectura. Hay multitud de situaciones repetitivas; la reiteración de los sueños o visiones de Harry cansan en vez de crear tensión; la insistencia con los TIMOS llega a aburrir (además para que al final, después de casi novecientas páginas, Rowling no haya podido añadir dos más o quitar paja de otras para decirnos las notas obtenidas por Harry y sus amigos y no dejarnos con la duda de si habrán aprobado o no); las visitas a los lugares conocidos nos suenan a ya conocidas... Y no es que La Orden del Fénix expurgada de un buen número de páginas no fuese un buen libro (de hecho creo que lo sería), porque tiene dosis de emoción, de intriga, de misterio, de tensión amorosa, de odio, de traición y de muchas otras cosas que convertirían la narración, libre del lastre de su excesiva longitud, en una novela interesante y atractiva. Tal y como está el resultado es fallido, y aunque se deja leer con cierto agrado, la sensación final es de decepción, sobre todo al hacer la comparación con las anteriores entregas. Esperemos que en lo que queda por venir Rowling sea capaz de retomar el pulso vibrante de las primeras novelas y cierre con la dignidad que se merece una serie que ya se ha hecho tan querida para tantos lectores.

Reseñas del resto de la serie:

Harry Potter y la piedra filosofal.

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Harry Potter y el cáliz de fuego.

Harry Potter y el misterio del príncipe.

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martes, 17 de julio de 2007

Reseña: Harry Potter y el cáliz de fuego

Harry Potter y el cáliz de fuego.

J.K. Rowling.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salamandra. 2005 (19ª edición). Título original: Harry Potter and the Goblet of Fire. Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín Azofra. 635 páginas.

Ya desde el primer capítulo, como si Rowling quisiera avisar al lector de un cambio en el tono de la serie, en vez de asistir a la habitual descripción del sufrimiento veraniego de Harry en casa de los Dursley la novela se abre con una escena dedicada a Lord Voldemort dando muestras de su vena cruel y sádica. Y en los siguientes capítulos, continuando la tendencia abierta en el libro anterior, la autora se dedica a seguir ampliando el mundo mágico, con Harry y compañía viajando a los Mundiales de Quidditch, donde se mezclarán con multitud de magos y brujas procedentes de todos los puntos cardinales e irán conociendo, al mismo tiempo que el lector, toda una serie de detalles sobre la sociedad oculta que les rodea y sobre los modos y usos de la comunidad mágica con relación al mundo de los muggles; y donde, además, se podrá comprobar que la amenaza del Señor Tenebroso y sus seguidores, los temibles mortífagos, permanece muy presente y en absoluto puede ser dejada de lado.

Ya en Hogwarts, con sus catorce años, Harry tendrá que enfrentarse a las asignaturas de cuarto con una gran sorpresa: compartirán el curso con alumnos de otros dos colegios de magia, y un elegido de cada uno de los tres colegios competirá en el Torneo de los Tres Magos, en el que deberán pasar diversas pruebas superando obstáculos casi infranqueables. ¿Será Harry uno de los elegidos? Mejor que lo lea cada uno.

El mundo de Harry Potter ha alcanzado ya en este El cáliz de fuego una complejidad ciertamente sorprendente, y todo lo que ha perdido en frescura (que no ha sido poco) lo ha ganado en consistencia y cercanía. Son muchas páginas ya y las personalidades de protagonistas y secundarios están ya demasiado definidas como para permitirse excesivas sorpresas. Es, sin duda, en los nuevos personajes (o en los secundarios que han aparecido poco), donde más juego y libertad puede tomarse la autora.

Harry ha crecido, y por el camino ha perdido casi toda su ingenuidad, aunque no su timidez innata, y empieza a descubrir nuevos horizontes acordes con su edad, como las primeras y turbadoras atracciones hacia el sexo opuesto más allá de la simple amistad. No es que haya ningún escarceo amoroso en el libro, sino que Harry parece darse cuenta por primera vez de que las chicas son algo más que molestas compañeras de estudios y lo pasará realmente mal para decidirse a pedir a una que vaya con él al baile de Navidad.

Los personajes nuevos, tanto los profesores (impactante el nuevo ocupante de la vacante de las enseñanzas de defensa contra las Artes Oscuras) como los alumnos de los otros dos colegios dan una nueva visión, mucho más amplia, del hasta el momento bastante Hogwarts-centrista mundo de Harry. Y los secundarios que van apareciendo aportan un importante granito de arena para dar variedad al reparto, como cierta periodista un tanto pagada de si misma que llegará a convertirse en un verdadero incordio, haciéndose odiosa ante los ojos del lector, pero deparando algunas de las mejores páginas del libro.

Harry sigue creciendo, junto con sus lectores, pero no deja de ser un joven que todavía se indigna al descubrir que la vida no es justa, que la verdad no siempre triunfa y que los libelos (incluso aunque al principio sean bienintencionados) sobre las personas pueden hacer mucho daño. Está descubriendo, por las malas, que la vida, y los adultos, tiene muchas caras y que no siempre es la más bonita la que te va a mostrar. Hay, pues, además del entretenimeinto, ciertas dosis de reflexión, que nunca vienen mal en el público hacia el que está dirigido el libro.

En El cáliz de fuego, Harry deberá enfrentarse de cerca a un enemigo con el que ya se había encontrado anteriormente, pero que quizá nunca antes le había rozado tan de cerca: la Muerte. Y es que, aunque ya antes esta le había rondado con insistencia, quizá nunca había sido tan consciente de su propia fragilidad y de la de los que lo rodean. Como decía, el tono de la serie se va haciendo paulatinamente un poco más oscuro, más tenebroso, conforme la mano de Lord Voldemort se va haciendo cada vez más visible en los actos que conforman la vida de Harry. Es como una sombra siniestra de la que no puede despegarse, y eso bastaría para amargar la vida de cualquiera. Es por tanto un libro menos “alegre” que los anteriores, más serio tal vez por los temas que toca o por el enfoque que Rowling ha decidido darles.

La autora tiene el acierto, además, de limitar los partidos de qidditch a los de los Mundiales, evitando el escollo de hacerse repetitiva y de añadir páginas innecesarias a un libro ya de por sí largo.

Es a su vez el libro de la serie que termina con un final más abierto. Si en los tres anteriores había una conclusión clara y un cierre de todas las tramas, a pesar de que la figura de su archi enemigo siguiese gravitando sobre su persona, no sucede lo mismo en esta entrega. En efecto, toda la línea del Torneo de los Tres Magos (y por tanto de El cáliz de fuego) queda perfectamente cerrada, pero sus consecuencias quedan amenazadoramente en el aire, dejando un montón de cabos a continuar en el próximo volumen; algo que no es malo per se, pero que deja con una enorme sensación de desasosiego y curiosidad en le lector. La amenaza es mayor que nunca y queda pendiente de resolución para más adelante, lo que a más de uno hará ir corriendo a por Harry Potter y la Orden del Fénix, quinta entrega de la saga y donde esperemos se desvelen unos cuantos misterios que se han quedado en el tintero.

Harry Potter y el cáliz de fuego deja buen sabor de boca y con ganas de más, a mí por lo menos.

Reseñas del resto de la serie:

Harry Potter y la piedra filosofal.

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martes, 29 de mayo de 2007

Reseña: Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Harry Potter y el prisionero de Azkaban.

J.K. Rowling.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salamandra. 2005 (33ª edición). Título original: Harry Potter and the Prisioner of Azkaban. Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín Azofra. 359 páginas.

Vuelve Harry Potter a Hogwarts para realizar su tercer curso, después de haber pasado el habitual horrible verano en casa de sus tíos, de la que incluso llega a tener que fugarse dado el mal ambiente y opresión en el que le hacen vivir, y rescatado por el gatobus (perdón, por el autobús mágico), pasará el resto de las vacaciones en el callejón Diagon con mucha más placidez que antes. Empieza el libro, sin embargo, con una sensación de amenaza, algo malo vibra en el ambiente, algo, una especie de perro enorme (o su sombra que es lo que intuye Harry) parece perseguirle; pero él intentará no hacer mucho caso a los presagios, mientras amenazas reales se ciernen sobre él. Un peligroso recluso, seguidor de Voldemort, se ha fugado de la prisión de Azkaban y también parece estar detrás del joven mago. Deberá enfrentarse, además, a los nazgules (perdón, a los dementores), los guardianes tenebrosos de Azkaban, que también parecen haberla tomado con él y están dispuestos a robarle toda la felicidad y los recuerdos agradables de su vida.

Empieza el curso y Rowling aprovecha para ampliar un tanto los límites del mundo de Harry Potter, incluyendo nuevos personajes (como el habitual nuevo profesor de Defensa contra las artes oscuras), pero también nuevas localizaciones (como el pueblo de Hogsmeade, la única aldea sin muggles de toda Inglaterra). Sirve todo ello para ir dando una mayor profundidad a las aventuras que Potter y sus compañeros parecen empeñados en vivir y sufrir casi contra su voluntad. El trasfondo crece y da de esa manera la sensación de que queda mucho mundo mágico por descubrir allá fuera, que no todo se limita a Hogwarts y a lo que allí sucede, que hay muchas cosas que se cuecen lejos del Colegio de magia (como en el Ministerio de Magia o en la propia Azkaban), pero que tienen enormes repercusiones en el mismo.

Asistimos a nuevas clases, permitiéndose Rowling unas dosis de humor como en el caso de Adivinación o en la de Cuidados de Criaturas Mágicas (que también tiene nuevo profesor y dará mucho juego; casi se puede decir que es vital para la trama), y se mantiene algunas de las antiguas, como la de Pociones con el odioso Snapes manteniéndose en su papel de atormentador de Harry. Y como no podía ser de otra manera también se nos ofrecen nuevos partidos de quidditch, matizando de alguna manera en el sistema de clasificación las poco realistas reglas de puntuación.

Conforme avancen las páginas, se irán añadiendo pistas y revelaciones al misterio que oculta la figura del Prisionero de Azkaban, siempre amenazante en las sombras; y se desvelarán nuevos fragmentos de la historia de los padres del protagonista, tanto en su faceta de matrimonio como en la de estudiantes (sobre todo de él, James, que guarda muchas sorpresas inesperadas y que irán conformando algunos de los pasajes más emotivos del libro).

Permanece fiel Rowling a los giros, regiros y sorpresas a las que ha acostumbrado al lector en las dos anteriores entregas, jugando al despiste, al quiebro inesperado y a confundir al personal para que piense que las cosas son diferentes de cómo luego resultarán ser. Siendo, quizá, el más elaborado de estos tres primeros libros, ha perdido, sin embargo, algo de la frescura de los anteriores; los personajes, inevitablemente, ya están encasillados en su papel, y es más difícil sacarlos de un guión que a veces parece ineludible. Al fin y al cabo, no pueden actuar contra su naturaleza y muchas veces ya se ve venir con mucho antemano las reacciones de Ron o Hermione a algún suceso importante. No es algo malo, desde luego, pero limita los cauces por los que puede discurrir la acción, aunque por supuesto siempre pueda haber sorpresas (¿quién hubiera pensado que Hermione guardara “ese” secreto a sus compañeros?).

El libro, además, se acomoda a la edad del protagonista y eleva un grado el nivel de complejidad y de, por qué no decirlo, oscuridad. Harry tiene ahora trece años y la autora parece dirigirse a un público de esa edad (o superior, por supuesto), dado que son los que han crecido con el propio mago. Harry va madurando y eso se ve reflejado en su historia en el tono y en la trama. Hay un crecimiento y eso es algo importante para que los libros no se estanquen como sucede en otras series juveniles en que los protagonistas parecen tener siempre la misma edad.

Reseñas del resto de la serie:

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jueves, 26 de abril de 2007

Reseña: Harry Potter y la cámara secreta

Harry Potter y la cámara secreta.

J.K. Rowling.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salamandra. 2006 (38ª edición). Título original: Harry Potter and the Chamber of Secrets Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín Azofra. 286 páginas.

Harry Potter, después de pasar un horrible verano con sus tíos y ser rescatado de su infortunio por Ron y sus hermanos, se dispone a asistir a su segundo curso en Hogwarts a pesar de las advertencias en contra que ha recibido. Durante el curso se producirán importantes hechos que llenarán de temor a los estudiantes, pondrán a Harry en el disparadero de los rumores y las sospechas de sus compañeros, y le forzarán a embarcarse junto a sus amigos en un intento de desbaratar los malévolos planes de quienes (o de quien) desean perjudicar a la escuela de magia.

Como ya sucediera en la primera entrega poco hay de original en lo que nos ofrece este Harry Potter y la cámara secreta, pero es en la forma en que se cuenta, el cómo se cuenta lo que importa. ¿Un coche volador, un árbol consciente, arañas gigantes, un libro que se escribe a sí mismo, personas que se transforman en otras, serpientes parlanchinas…? No, me parece que poco hay de original; pero los elementos están espléndidamente presentados para que su público natural, los niños y adolescentes, mucho menos “resabiados” (o leídos) que sus mayores, disfruten a rabiar con las aventuras del trío protagonista. La coctelera vuelve a funcionar y, aunque el resultado no está a la altura de su predecesor, quizá porque ya no llama tanto a la sorpresa, lo cierto es que se lee con mucho agrado.

Rowling va poco a poco dando mayor consistencia al mundo en que se mueve Harry, dotándolo de nuevos y reveladores detalles, de nuevos recodos, de nuevos personajes que van dando más entidad al conjunto, al tiempo que va caracterizando con una mayor profundidad (no demasiada eso es cierto, pero algo más al menos) a los que ya conocíamos.

Se intuyen, además, ciertos temas o ideas que podríamos considerar más de adultos y que nunca sobran en un libro juvenil. Sigue adelante, como en el primer libro, con su particular exaltación de la amistad, del compañerismo, del trabajo en equipo como la mejor forma para solventar los problemas; pero además, se puede entresacar en la narración una lectura muy interesante contra el racismo en esa división que se intenta fomentar por parte de los “malos” dentro de la escuela entre los alumnos “puros” (aquellos cuyos padres son ambos magos, al igual que el resto de su antepasados) y los de “sangre sucia” (los que tienen algún muggle entre sus progenitores y ancestros). División a la que Harry, por supuesto, se opondrá (al fin y al cabo, su mejor amiga Hermione es una sangre sucia), aunque él mismo se verá envuelto en problemas por ese tema. Siempre es bueno que los jóvenes vayan de alguna forma reflexionando sobre unas problemáticas que afectan de manera importante a la sociedad que les rodea y que por tanto de alguna manera les afecta a ellos mismos.

Por ello la lectura, aunque muy lejos de dar lecciones morales, sí que sirve para ir concienciando a los jóvenes en aspectos concretos más allá de la lucha algo genérica contra el mal, personificada en Lord Voldemort, en la que está embarcado Harry, presentándoles ejemplos más específicos de donde extraer la lección de que no es inteligente el odiar o descalificar al que es diferente tan sólo por el hecho de serlo. La cooperación siempre es mejor que la confrontación, y Harry y sus amigos son el mejor ejemplo para que los Voldemort y Malfoy del mundo no triunfen sobre los corazones limpios.

Es sólo literatura infantil/juvenil, sin duda, pero con contenido y mensaje, y sin tomar por estúpidos a sus lectores. Y hasta los adultos pueden aprender algo del libro. No está mal en el mundo en que vivimos.

Reseñas del resto de la serie:

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martes, 27 de marzo de 2007

Reseña: harry Potter y la piedra filosofal

Harry Potter y la piedra filosofal.

J.K. Rowling.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salamandra. 2006 (44ª edición). Título original: Harry Potter and the Philosopher’s Stone. Traducción: Ana Dellepiane Rawson. 254 páginas.

Al terminar de leer esta novela no pude evitar descubrir en mí un sentimiento de admiración hacia su autora. Rowling demuestra aquí ser una escritora muy inteligente, consiguiendo mezclar un buen montón de fuentes e influencias, sin inventar ni aportar nada original (bueno sí, el quidditch, y así le ha salido), rozando incluso en ocasiones la copia, y saliendo no sólo airosa sino triunfante en su empeño. Sin aportar realmente nada nuevo, buceando en multitud de referencias previas que se pueden ir rastreando perfectamente a lo largo de todo el texto, consigue sin embargo armar una novela de aventuras fresca, atractiva y subyugante. Rowling agita la coctelera y con unos ingredientes ya de sobra conocidos por cualquier lector avezado sirve a su “clientela” un coctail de extraordinario sabor, lleno de magia, como no podía ser de otra manera en un mundo donde Harry Potter está llamado a convertirse en uno de los más grandes magos de todos los tiempos; siempre que sus enemigos se lo permitan, claro.

Harry Potter es, al empezar el libro, el niño que ningún niño desearía ser. Huérfano sin haber podido conocer a sus padres, esclavizado y maltratado por sus tíos (sus tutores legales), tiranizado por su malcriado primo, condenado a una existencia triste y solitaria… tiene todas las papeletas para haberse convertido en el prototipo de chico amargado y antisocial y, sin embargo, ha conseguido mantener su inocencia a lo largo de todas las penurias y, de alguna manera, sigue mirando la vida con esperanza.

Es entonces cuando en misteriosas circunstancias recibe una carta que cambiará su vida para siempre al comunicarle que ha sido aceptado como alumno en el Colegio Hogwarts de Magia, lo que significará por un lado descubrir una faceta oculta de su existencia muy relacionada con sus padres y por otro, cuestión también muy importante, la liberación del yugo opresor de sus tíos, con lo que su futuro adquiere un tono mucho más radiante.

Rowling utiliza este primer libro para presentar el fascinante mundo en el que se va a ir introduciendo de forma paulatina Harry, presentando a sus compañeros de clase y de aventuras, a sus maestros, a sus contrincantes y a sus enemigos, al tiempo que va pintando un escenario fascinante en la propia existencia de Hogwarts, lugar que cobra entidad casi como un protagonista más de la narración, con sus recovecos, sus secretos, sus fantasmas y sus escaleras móviles.

La autora consigue una prosa muy ágil, amena y entretenida, sin conceder respiro ni a Harry y sus amigos, ni al propio lector que va asistiendo al modo en que se encadenan las peripecias del trío principal, embarcados en la búsqueda de un misterioso objeto y enfrentados a un enemigo ancestral en un crescendo de emoción que desemboca de forma explosiva en el desenlace final, anticipado de alguna forma y con poca fortuna en el malogrado título.

Al ser literatura juvenil los lectores más jóvenes se sumergen con fruición en la narración sin cuestionar demasiado las cosas extraordinarias que van sucediendo e incluso perdonarán a la autora lo absurdo de las reglas del quidditch, juego sin duda emocionante, pero demasiado condicionado en sus reglas por la captura de una elusiva bolita con excesiva puntuación, entre otros fallos menores. El libro, además, tiene la virtud de que los adultos (con un poco de alma de niño) pueden leerlo y disfrutarlo, descubriendo en él otras lecturas subyacentes en el texto y unos valores, como el valor de la amistad, el compañerismo, la superación ante la adversidad o la entrega a los demás, que muy bien pueden, y deberían, ser aplicadas a cualquier momento de la vida, se tenga la edad que se tenga.

Es en definitiva un libro juvenil que puede gustar a “niños” de cualquier edad, incluso a los que ya peinan canas. Y es que, al fin y al cabo, la magia está más cerca de lo que uno pueda imaginarse.

Reseñas del resto de la serie:

Harry Potter y la cámara secreta.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban.

Harry Potter y el cáliz de fuego.

Harry Potter y la Orden del Fénix.

Harry Potter y el misterio del príncipe.

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.