martes, 29 de mayo de 2007

Reseña: Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Harry Potter y el prisionero de Azkaban.

J.K. Rowling.

Reseña de: Jamie M.

Salamandra. 2005 (33ª edición). Título original: Harry Potter and the Prisioner of Azkaban. Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín Azofra. 359 páginas.

Vuelve Harry Potter a Hogwarts para realizar su tercer curso, después de haber pasado el habitual horrible verano en casa de sus tíos, de la que incluso llega a tener que fugarse dado el mal ambiente y opresión en el que le hacen vivir, y rescatado por el gatobus (perdón, por el autobús mágico), pasará el resto de las vacaciones en el callejón Diagon con mucha más placidez que antes. Empieza el libro, sin embargo, con una sensación de amenaza, algo malo vibra en el ambiente, algo, una especie de perro enorme (o su sombra que es lo que intuye Harry) parece perseguirle; pero él intentará no hacer mucho caso a los presagios, mientras amenazas reales se ciernen sobre él. Un peligroso recluso, seguidor de Voldemort, se ha fugado de la prisión de Azkaban y también parece estar detrás del joven mago. Deberá enfrentarse, además, a los nazgules (perdón, a los dementores), los guardianes tenebrosos de Azkaban, que también parecen haberla tomado con él y están dispuestos a robarle toda la felicidad y los recuerdos agradables de su vida.

Empieza el curso y Rowling aprovecha para ampliar un tanto los límites del mundo de Harry Potter, incluyendo nuevos personajes (como el habitual nuevo profesor de Defensa contra las artes oscuras), pero también nuevas localizaciones (como el pueblo de Hogsmeade, la única aldea sin muggles de toda Inglaterra). Sirve todo ello para ir dando una mayor profundidad a las aventuras que Potter y sus compañeros parecen empeñados en vivir y sufrir casi contra su voluntad. El trasfondo crece y da de esa manera la sensación de que queda mucho mundo mágico por descubrir allá fuera, que no todo se limita a Hogwarts y a lo que allí sucede, que hay muchas cosas que se cuecen lejos del Colegio de magia (como en el Ministerio de Magia o en la propia Azkaban), pero que tienen enormes repercusiones en el mismo.

Asistimos a nuevas clases, permitiéndose Rowling unas dosis de humor como en el caso de Adivinación o en la de Cuidados de Criaturas Mágicas (que también tiene nuevo profesor y dará mucho juego; casi se puede decir que es vital para la trama), y se mantiene algunas de las antiguas, como la de Pociones con el odioso Snapes manteniéndose en su papel de atormentador de Harry. Y como no podía ser de otra manera también se nos ofrecen nuevos partidos de quidditch, matizando de alguna manera en el sistema de clasificación las poco realistas reglas de puntuación.

Conforme avancen las páginas, se irán añadiendo pistas y revelaciones al misterio que oculta la figura del Prisionero de Azkaban, siempre amenazante en las sombras; y se desvelarán nuevos fragmentos de la historia de los padres del protagonista, tanto en su faceta de matrimonio como en la de estudiantes (sobre todo de él, James, que guarda muchas sorpresas inesperadas y que irán conformando algunos de los pasajes más emotivos del libro).

Permanece fiel Rowling a los giros, regiros y sorpresas a las que ha acostumbrado al lector en las dos anteriores entregas, jugando al despiste, al quiebro inesperado y a confundir al personal para que piense que las cosas son diferentes de cómo luego resultarán ser. Siendo, quizá, el más elaborado de estos tres primeros libros, ha perdido, sin embargo, algo de la frescura de los anteriores; los personajes, inevitablemente, ya están encasillados en su papel, y es más difícil sacarlos de un guión que a veces parece ineludible. Al fin y al cabo, no pueden actuar contra su naturaleza y muchas veces ya se ve venir con mucho antemano las reacciones de Ron o Hermione a algún suceso importante. No es algo malo, desde luego, pero limita los cauces por los que puede discurrir la acción, aunque por supuesto siempre pueda haber sorpresas (¿quién hubiera pensado que Hermione guardara “ese” secreto a sus compañeros?).

El libro, además, se acomoda a la edad del protagonista y eleva un grado el nivel de complejidad y de, por qué no decirlo, oscuridad. Harry tiene ahora trece años y la autora parece dirigirse a un público de esa edad (o superior, por supuesto), dado que son los que han crecido con el propio mago. Harry va madurando y eso se ve reflejado en su historia en el tono y en la trama. Hay un crecimiento y eso es algo importante para que los libros no se estanquen como sucede en otras series juveniles en que los protagonistas parecen tener siempre la misma edad.

Reseñas del resto de la serie:

Harry Potter y la piedra filosofal.

Harry Potter y la cámara secreta.

Harry Potter y el cáliz de fuego.

Harry Potter y la Orden del Fénix.

Harry Potter y el misterio del príncipe.

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.