lunes, 15 de febrero de 2010

Reseña: Algo más oscuro que la noche

Algo más oscuro que la noche.

Thomas Glavinic.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Siruela. Col. Nuevos Tiempos # 149. Madrid, 2009. Título original: Die Arbeit der Nacht. Traducción: Rosa Pilar Blanco. 354 páginas.

La premisa inicial de esta novela es algo que ya hemos visto y leído en múltiples ocasiones, un hombre que por circunstancias desconocidas se queda como único ser vivo en el mundo, así que lo importante va a ser el tratamiento y el enfoque que el autor imprima en el desarrollo de la trama. Cabe advertir que el autor aparentemente no parece interesado en absoluto en el desarrollo dentro de la ciencia ficción del relato, no busca dar ninguna explicación realista, tecnológica o fantástica al fenómeno, sino que le sirve como simple excusa y punto de partida para su particular exploración de la psique humana, de su desintegración y la bajada a los infiernos que comporta la soledad del protagonista.

La mañana de un 4 de julio que no parece distinta de cualquier otra, Jonas despierta y empieza el día con su rutina habitual. Baja a la parada del autobús, pero el autobús no aparece. No hay personas por las calles, ni animales. Nadie. El silencio se ha adueñado de Viena, la ciudad donde siempre ha vivido. Los periódicos son todos del día anterior. En la radio y la TV tan solo hay ruido, ninguna emisión. ¿Es Jonas el último hombre sobre la Tierra? Su primera reacción será buscar a alguien más, a algún superviviente de lo que imagina una gran catástrofe que ha cambiado radicalmente su mundo; recorrer la ciudad y algunas poblaciones cercanas en busca de signos de vida. Cuando conforme pasa el tiempo no encuentre a nadie y se convenza de que está solo, el lento descenso hacia la paranoia será su único destino.

El protagonista empieza su búsqueda primero con esperanza, tratando de conectar telefónicamente con su pareja de viaje en Gran Bretaña, recorriendo los lugares conocidos de Viena como la casa de su padre o los restaurantes que significaron algo en su vida anterior, pero pronto la soledad empieza a afectarle al punto de que mientras espera encontrar a alguien vivo no puede dejar de portar una escopeta preparada para disparar al mínimo ruido extraño, asustándose de cada sombra que parece moverse, recelando de cada luz que encuentra encendida en sus recorridos por los distintos edificios y casas.

Incidiendo en ese "detalle" que significa que el autor no busca las explicaciones ―y aparentemente tampoco la coherencia―, el lector pronto choca con el hecho de que tiempo después del punto de partida, cuando se supone que no quedan humanos para mantener los servicios, la electricidad sigue fluyendo por sus cables, los teléfonos funcionan, el agua sale normalmente de todos los grifos, nada ha cambiado salvo la ausencia de gente... la vida parece continuar sin problemas sin nadie al cargo. Otro de esos detalles es que no hay muestras de la catástrofe que ha hecho desaparecer a los humanos: los coches se encuentran perfectamente aparcados, con muy pocas excepciones desperdigadas por las carreteras, algunas casas y comercios permanecen cerrados y otros convenientemente abiertos, nadie parecía estar cocinando y las cocinas están perfectamente ordenadas, el gas está cerrado, las vitrocerámicas apagadas, no se han producido choques ni los aviones que estuviesen volando se han caído, no existe ningún signo externo que pueda explicar el suceso... Al igual que Jonas no va a encontrarlas, el lector tampoco va a obtener explicaciones sobre lo ocurrido, ni siquiera la más mínima hipótesis por parte de Glavinic o de su protagonista. No es eso lo que le interesa, sino la progresiva caída del protagonista en la paranoia, en la disociación del ego, la inevitable inmersión en una locura que sin embargo parece lúcida. ¿Cómo puede alguien soportar la absoluta soledad? ¿Puede un hombre resignarse a no encontrarse nunca más con nadie? ¿A no mantener una conversación? ¿A no sentir un contacto humano, un roce, una caricia, un beso? Jonas deberá enfrentarse a su situación y lo hará intentando autoconvencerse, aunque sea a un nivel subconsciente, de que no está tan solo como es evidente que se encuentra.

Para hacerlo, poblará su casa y diversas calles de Viena de cámaras de video para intentar captar cualquier movimiento que se le pudiera escapar, deja mensajes en todas las pizarras de los bares, en los espejos de las casas en las que entra, notas en cada sitio que se le ocurra, se envía postales a sí mismo para ver si las recibe, mantiene el móvil siempre cerca a la espera de una llamada que no llega... Pronto un buen número de situaciones extrañas, de pequeños hechos inexplicables empiezan a llamarle la atención, al punto de que siente que ciertamente a alguien cerca de él, que un personaje invisible le acompaña, un alter ego al que llamará «el durmiente» y que parece actuar cuando su conciencia no está presente. Busca entonces refugiarse en las cosas conocidas, en la casa familiar en la que creció, en los muebles y recuerdos de sus padres, en viejas fotos, en los lugares que significaron algo para él, en etapas de su vida que le marcaron al punto de iniciar viajes que repitan otros que hiciera antaño y que le hagan de alguna manera recuperar lo perdido. Y en todo momento no puede quitarse de encima la sensación de encontrarse vigilado y perseguido; la esquizofrenia, impulsada por la falta de sueño y el dolor autoprovocado, se irá adueñando de sus actos, cargando de una tensión insólita al relato, perdiendo sin embargo el pulso en ciertos momentos en que el autor insiste demasiado en ciertos detalles ―como las grabaciones nocturnas del protagonista durmiendo y desapareciendo de encuadre o el visionado de las grabaciones de las calles vacías de Viena, que supongo que al lector austriaco le dirán algo especial, pero al que desconoce la ciudad se le antojan excesivas, o las recurrentes visitas a otros pisos o cafeterías que se muestran iguales a todas las anteriores...― que tan solo demoran la narración, haciéndola muy monótona en ocasiones.

Poco a poco, convencido de su soledad, necesitará una prueba más, para lo que emprenderá un largo viaje en el que deberá luchar a cada paso consigo mismo, contra una parte de su alterada personalidad que no quiere saber la verdad, que se niega a cerrar la puerta y comenzar de nuevo. Sin embargo, el viaje se convertirá en una nuvea lucha, cada quilómetro recorrido significa un triunfo, cada avance se acompaña de un retroceso. En todo momento parece estar luchando con un enemigo que no es sino él mismo, su subconsciente escondido que deshace mientras duerme lo que había conseguido despierto.

El lector asiste a una paulatina desintegración de su personalidad, de la que surge una nueva psique bastante desequilibrada. Glavinic consigue dotar al relato de una atmósfera opresiva en la que el protagonista, a pesar de saberse solo, se asusta hasta de su propia sombra. El desasosiego se instala en su vida y en la mente del lector, acompañando a Jonas en un camino que solo puede terminar con desencanto. Hábilmente, el autor introduce en la narración pequeños objetos que retrotraen la memoria de Jonas a su pasado, intercalando algunos flash-backs que rompen el dramatismo y permiten obtener una imagen más amable del protagonista, de sus pesares y anhelos: fotos que le recuerdan a compañeros de estudios de su infancia o de momentos compartidos con su novia, muebles que le traen a la memoria a su padre, viviendas en las que se siente más a gusto, viajes que le permiten recuperar sensaciones pasadas aunque no pueda repetirlas.

No es esta, pues, una épica historia de ciencia ficción sobre el último hombre vivo sobre la Tierra, luchando para sobrevivir y reconstruir la civilización, no; lo que el lector va a encontrar en Algo más oscuro que la noche es un intimista retrato de la mente de un hombre enfrentado a una situación extrema para la que no se encuentra preparado, de sus desvaríos, de las decisiones que toma precisamente para evitar la locura, bordeándola todo el rato, de cómo busca contra toda esperanza una esperanza por la que seguir viviendo, una historia de amor en la que los protagonistas no se encuentran más que en el recuerdo.

El mundo despoblado tiene una cualidad de pesadilla, saca a relucir todos los miedos ancestrales del ser humano, de modo que la oscuridad ―en el viaje de Jonas al campo no se atreve a salir por la noche o en el trastero de su padre necesita tener la luz encendida por lo que pudieran ocultar las sombras― se convierte en un enemigo temible, fuente de desconocidos terrores, donde, a pesar de que la razón le dice que no hay nada en ella la mente no puede evitar poblarla de infinitas amenazas.

El hombre no está hecho para vivir en soledad. Glavinic construye la historia de un nuevo Robinson Crusoe, abandonado en una “isla” enorme ―el mundo entero― en el que debe aprender de nuevo a sobrevivir, pero con la menguante esperanza de ser “rescatado” en algún momento, pues no existe quién pueda rescatarle. El gradual descenso a la desintegración mental, con pequeños detalles que se van sumando poco a poco, casi inadvertidamente, y con actuaciones que al principio parecen muy coherentes y luego se desvelan profundamente enfermas, ofrece un poderoso, y doloroso, retrato de lo que la soledad puede hacerle a un ser humano. Visto desde una óptica de un narrador omnisciente, de un observador invisible que controla todas las acciones del protagonista ―salvo cuando es el Durmiente, a quien nunca se ve, aunque se perciben los efectos de sus acciones―, Jonas se desliza por una poco pronunciada pero continuada pendiente cuyo final está cantado, pero no por ello deja de ser menos impactante y dejará a cada lector preguntándose por su propia decisión si se encontrase en una situación similar. Una pregunta, sin duda, con una difícil respuesta.

Con un estilo narrativo muy contenido, sobrio, poco o nada dado al artificio, es una lástima que la narración, después de un arranque francamente prometedor e interesante, se vuelva algo monótona embarcada ya en el segundo tercio de la novela. El viaje por las deshabitadas tierras de Europa se hace largo y algo repetitivo, demorándose demasiado en repeticiones innecesarias que rebajan la tensión que se había creado, y hace avanzar el relato con ciertos altibajos hacia un final que deja un sabor incierto. Algo más oscuro que la noche es una novela que merece la pena de ser leída, pero que nadie busque más allá de un atinado retrato psicológico de la desintegración paulatina de la psique humana enfrentada a algo que la supera. Hay acción, sí, pero poquita. Hay tensión, bastante, pero nacida de los temores de la mente. Hay un poquito de humor negro. Hay una reflexión sobre la sociedad actual. Hay sentimientos y hay amor, familiar y romántico. Lo que no hay son respuestas. El lector nunca sabrá que es lo que ha sucedido para que Jonas se encuentre solo en el mundo; y sin duda eso no es lo que le interesaba contar a Glavinic. La narración no trata de lo que rodea al protagonista, no busca hablar del exterior, aunque lo use para sus fines, sino de su interior, de la introspección, de los cambios en su personalidad, en su mentalidad, en su forma de pensar y de actuar en consecuencia. El vacío del mundo se traslada al vacío dentro del protagonista y el lector será testigo de excepción de sus intentos de llenarlo. ¿Se puede vivir siendo el único hombre sobre la Tierra? ¿Tiene siquiera sentido? ¿Cómo cambia nuestra forma de vernos cuando no podemos reflejarnos en la mirada de nadie? De una forma inquietante, a veces algo plana, pero no exenta de interés, el autor trata de responder a estas y otras muchas cuestiones derivadas de la peculiar situación del protagonista. Una lectura que invita a la reflexión. ¿Ciencia ficción? No lo sé; supongo que dependerá de la amplitud que cada cual otorgue a la definición del género.


7 comentarios:

Ferdinand R. Motts dijo...

Buena reseña.

Por lo que cuentas es muy similar a La Carretera en lo referente a falta de explicación del suceso que da pie a la historia y la introspección sobre el protagonista.

¿Se pueden equiparar ambos libros en esete sentido?

Yago dijo...

Yo creo que no.
Es cierto que en "La carretera" tampoco se explica el suceso detonante de la catástrofe, pero se puede intuir perfectamente por las pistas que va dando (la lluvia ácida, la ceniza, una referencia a una luz intensa cuando sucedió...).
Y aunque no profundice en ello, se sabe de cierto que la catástrofe se produjo.

Aquí no hay ningún tipo de explicación en absoluto, ninguna pequeña pista. Tan solo sucedió y ya está. No se sabe si hubo una catástrofe destructiva o si toda la humanidad salvo el protagonista trascendieron a otra realidad superior o si fueron abducidos por extraterrestres... El autor plantea unas condiciones y si el lector las acepta muy bien, sino a Glavinic parece no importarle, no es lo que le interesa.

Anónimo dijo...

Si de antemano sabes que no hay explicación, pues lo más probable es que no lo leas. Yo lo he leído sin saberlo y aunque la idea pueda ser interesante, lo cierto es que resulta un libro muy pesado, no pasa absolutamente nada, el hombre que se enfrenta a su soledad. A mi modesto entender se queda en eso, no me gusta como novela, hubiera sido mucho mejor con un relato mucho más corto. Los capítulos pasan y pasan sin contar nada, llegas al final y..., no esperes que se resuelva nada. Ahí lo dejo pues no quiero fastidiar el libro a nadie. Ánimo y valor.

Santiago dijo...

Supongo que todo dependerá de lo que cada lector vaya buscando en sus lecturas, pero lo cierto es que si no se va advertido el libro puede hacerse un tanto cuesta arriba ;-)

Saludos

Keren Verna dijo...

Hola
espero no hacer doble entrada, no sé que me falló lo que escribí antes.
Me gustó la entrada porque terminé el libro y me dio otra interpretación. Saludos! Abajo dejo mi spoiler aparte no apto para quien no leyó el libro.


SPOILER
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Al leer yo creí que él estaba en coma. Había dicho que quería morir pensando en el amor y lo logró. El "durmiente" y su obsesión con él es que él está durmiendo. Los sonidos que escucha como murmullos son de la vida real y los incorpora a ese mundo imaginario, onírico, un paso entre la vida y la muerte. Igual, seguro habrá tantas interpretaciones como lectores por la cantidad de blancos que deja el autor.

Anónimo dijo...

Es cierto que en ocasiones se hace algo tedioso de leer por la monotonía, a mi personalmente me mantenía en vilo en muchas ocasiones esperando a que pasara algo, pero te decepcionaba que no terminara de ocurrir nada. Mi interpretación del libro, que para muchos será poco original, es la siguiente: SPOILER



Yo creo que el protagonista está muerto, pero no lo sabe/no lo acepta, de ahí las continuas alusiones a la muerte, a visiones de su madre y de su abuela, de su vecina espiritista, etc. Los murmullos, gente que cree percibir a su alrededor, voces, sensación de que hay gente a la que nunca ve, son la gente viva a la que no ve pero percibe, parecido a la película de Los Otros. Por ejemplo, cuando entra en una casa y cree ver a un perro y notar gente, pero un segundo después ya no están y entonces dice que ahora sí nota la casa como vacía, o cuando en lugar de siete cuadros hay ocho... son modificaciones de la vida real que él percibe y no comprende. De hecho pensaba que cuando va al cementerio al final iba a encontrar su tumba al lado de las de sus abuelos y su madre. Me decepcionó un poco el final, sinceramente.

Santiago dijo...

Es muy interesante ver que cada lector tiene su propia interpretación del libro y todas ellas, de alguna manera u otra, podrían ser la correcta rellenando, en efecto, los muchos huecos que deja el autor.

Saludos