miércoles, 8 de septiembre de 2010

Reseña: La mujer del viajero en el tiempo

La mujer del viajero en el tiempo.

Audrey Niffenegger.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

DeBOLS!LLO. Col. Best Seller. Barcelona, 2010 (6ª edición). Título original: The Time Traveller's Wife. Traducción: Silvia Alemany. 605 páginas.

Hace mucho tiempo que tenía en mente leerme esta novela, pero lo cierto es que nunca encontraba el momento hasta que el estreno de la película basada en el mismo ―película que, confieso, tampoco he visto― me decidió, por fin, a emprender la tarea. Este es uno de esos libros «de lectura obligatoria» de los que el boca a boca hace maravillas y consigue convertir en todo un éxito con todo lo que ello conlleva.

Henry DeTamble es un bibliotecario de Chicago que sufre un desorden genético de «crono desplazamiento», es un viajero en el tiempo, pero no de forma voluntaria, sino que sufre una mutación que le lanza al azar y de forma espontánea ―e inesperada―, sobre todo en momentos de tensión emocional, a otro momento de su vida, casi siempre a su pasado, pero en ocasiones también al futuro ―rebasando en ocasiones los límites de su propia vida, nacimiento y muerte, pero nunca demasiado―, dejando atrás sus ropas y todo lo que llevase encima, lo que implica un importante problema en el lugar al que llega, desnudo y sin referencias espacio-temporales, teniendo que recurrir muchas veces al robo para poder vestirse o alimentarse ―el dinero tampoco viaje con él, obviamente―. Pasado un periodo indeterminado vuelve al presente del que había partido, portando consigo nuevamente tan solo las lesiones que se haya producido en su periplo. Y uno de lo lugares que visita recurrentemente es un prado tras la casa donde vive cion su familia Clare Abshire, a quien conocerá cuando ella tiene seis años y él treinta y seis; una muchacha que no dudará en ayudarle primero, ocultando ropa y comida para él o dándole refugio en el sótano de la mansión cuando lo precise, enamorándose después, viaje a viaje ―unos viajes de los que tiene constancia porque un yo futuro de Henry le dictará una lista de sus posteriores visitas―, mientras espera encontrarse con él en el «tiempo real», donde él la conocerá por primera vez cuando ha cumplido los 28 y ella los 20.

¿Complicado? En absoluto. No estamos aquí ante una novela de ciencia ficción que se dedique a la especulación sobre el continuo espacio-temporal ―aunque paradojas hay unas cuantas― o sobre la genética implicada en el viaje, más allá del «estudio» de la «enfermedad» como mera excusa impulsora de la trama. No. Esta es una historia de amor ―o varias, según se mire― con unas buenas dosis de suspense y un toque de fantasía, y todo lo demás es un cuidado e inteligente escenario que añade dramatismo a una narración que hubiese sido terriblemente tópica de otra manera. Una historia de amor diferente, sin duda, pero como otras tantas plena de dolor, romanticismo, felicidad, risas, patetismo, tragedia, emoción, sexo y lágrimas.

La mujer del viajero en el tiempo alterna el punto de vista de los dos protagonistas, ambos en primera persona, con una labor de encaje de bolillos llena de artesanía para ir acoplando en su lugar cada escena en el momento justo para hacer que la historia, a pesar de los saltos adelante y atrás en el tiempo, avance constantemente hacia su desenlace «natural». La autora utiliza una estructura de capítulos bastante breves motivada por el recursivo uso del salto en el tiempo, ya que cuando la narración amenaza con alargarse Henry desaparece y se pasa a la siguiente escena; para situar al lector sin perderlo en el intento, cada uno de ellos indica primero la fecha y la edad que los dos protagonistas tienen en ese determinado momento. Una brevedad que por un lado dotan a la lectura de una agilidad encomiable, pero por otro debilitan su continuidad ―si tal cosa es posible en un libro en que por su propia trama la continuidad no existe― al producirse demasiadas pausas. La historia va saltando de Henry a Clare y viceversa, haciendo que el lector asista a los acontecimientos de una forma desordenada, pero no caótica, volviendo sobre ciertos hechos mucho más adelante de la novela para verlos desde la óptica de uno u otro ―según la cronología del tiempo real o del viaje hacia el pasado o el futuro―, variando la perspectiva o interpretación que se tenía de los mismos. Lo cierto es que la autora hace una muy satisfactoria labor a la hora de ir rellenando los huecos que van produciéndose en la narración, según sea Henry o Clare quien ofrezca su visión de la escena.

Sin embargo, una vez superada la novedad de la estructura narrativa, lo cierto es que la novela se centra de una forma demasiado monótona en lo cotidiano de la vida en común de ambos, sus citas, sus desayunos, comidas y cenas, sus relaciones sexuales, sus salidas con las amistades, su asistencia a conciertos, sus visitas a la familia, sus consultas médicas..., desdeñando situaciones que podrían haber sido de mucho más interés dada la peculiaridad del viaje en el tiempo: muchas de las «aventuras» de Henry llegando desnudo a su desconocido lugar de destino y metiéndose en líos por ello, se muestran esbozadas, pero sin llegar nunca a profundizar en alguna de ellas realmente. Toda la posible diversión ―y hay que reconocer que la situación es, cuando menos, embarazosa―, la emoción, la aventura... quedan eclipsados por la vida en pareja y su difícil relación. Está claro que lo que la autora quería ofrecer era una desgarradora historia de amor y es lo que el lector va a obtener, ni más ni menos. Desdeñando así las posibilidades más aventureras del tema, la autora se centra en estudiar las relaciones que se establecen entre los protagonistas, primero entre ellos dos como pareja, pero también de ambos con sus familias, sus padres, sus amigos, sus antiguos amantes ―los de Henry en todo caso―, sus trabajos y la lucha para sacar adelante su relación como cualquier pareja enamorada ―aunque con alguna dificultad añadida, sin duda―.

Hay además un terrible sentimiento de inevitabilidad en todo el relato; Henry no «conoce» a Clare cuando por primera vez ella se lanza a sus brazos en la Biblioteca Newberry, pero de todos modos parece que por decreto tengan que enamorarse. Por mucho que ella tenga referencias del Henry futuro, él muy bien podría haber elegido no creerla o enamorarse de otra ―de hecho, en ese momento mantiene otra relación―, pero en ningún momento parece que esa opción sea siquiera contemplada. En otra línea, Henry viaja numerosas veces a un mismo tiempo y lugar, lo que le permite por ejemplo, observar desde muchos ángulos distintos el accidente en que muriera su madre marcando trágicamente la vida de su padre, destrozado por la ausencia de su esposa. Impotente de cambiar nada, temeroso incluso de hacerlo por si no vuelve a su propio tiempo y lugar sino algún mundo sutilmente diferente, le es imposible resistirse a recrearse en el dolor de la pérdida, al tiempo que otros viajes le compensan con visiones de la vida anterior de sus padres, cuando todavía eran ambos felices. Cobra así especial importancia a lo lkargo de la novela la cuestión del libre albedrío y el determinismo. ¿Está el destino escrito en piedra o se puede escapar del mismo de alguna manera?

El libro, para mí, empieza a hacer agua en el tratamiento de los personajes. Los mejores amigos de la pareja, Gómez y Charisse, están muy desdibujados, con actuaciones en ocasiones contradictorias, e incluso absurdas. El personaje de Henry termina por hacerse absolutamente odioso: egoísta, borracho, pendenciero, violento, utilizando a las personas... Y el de Clare, con toda su ternura, no refleja sino el carácter de una niña malcriada y un tanto caprichosa. Sin duda, ambos se enfrentan a situaciones extremas y duras, pero ello no les justifica para actuar de la forma que lo hacen en muchos momentos de la narración.

Otros detalles que lastran la lectura son, por ejemplo, que el periodo en que la pareja intenta por todos los medios tener un hijo, supuestamente de gran dolor y tragedia, se hace excesivamente repetitivo y finalmente tedioso, rebajando la evidente angustia y tristeza que cualquiera puede imaginar en esas circunstancias hasta convertirla en algo cotidiano, sin fuerza, muy lejos del dramatismo que debería trasmitir. O que el tratamiento del amor como sentimiento sea demasiado extremo y nadie en el libro parezca ser capaz de recuperarse de una relación fallida o truncada; siendo el caso paradigmático el de la ex-novia de Henry, Ingrid, ejemplo perfecto del patetismo en que la autora sumerge muchas veces a sus personajes. Está claro que toda la trama está enfocada hacia lo lacrimógeno, hacia ese final entre dulce y amargo que busca romper los corazones, empezando por todas las penalidades y adversidades que supera la pareja protagonista para lograr que su historia de amor se sostenga.

Desde luego, La mujer del viajero en el tiempo me ha parecido una obra de extraordinaria labor artesanal para una historia de amor que me ha dejado más bien frío. Quizá es que me esperaba, después de tantas recomendaciones, otra cosa, pero lo cierto es que me ha defraudado en buena parte, no por su sorprendente estructura o su tema, sino por el tratamiento de sus personajes y por la simpleza final de su historia. Quizá es que no era el libro para mí; después de todo los elogios han sido casi generalizados y ya lleva un buen montón de ediciones en diferentes formatos, ha sido traducido a cantidad de idiomas diferentes y ha sido trasladado a la gran pantalla; su éxito no puede negarse, pero lo mismo podría decirse de El código DaVinci y no me pillarán con él en las manos. Sin duda, La mujer del viajero en el tiempo es una novela original e inteligente, pero no ha conseguido atraparme, es más, me ha aburrido por momentos.


3 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

Pues me temo que, si bien suelo coincidir con tus reseñas, yo soy de aquellos a los que sí que convenció plenamente la novela. Es más, la suelo recomendar bastante, y aunque entiendo la gran mayoría de tus peros, a mí no me lastraron en ningún momento su lectura.

Coincido contigo en que la labor artesanal en la construcción de la novela es tremenda.

Yago dijo...

Bueno, no siempre se puede estar de acuerdo en todo ;-)

Ya digo que a mí también me la habían recomendado bastante, pero no he conseguido conectar con la historia de amor por mucho que la estructura y el manejo del tiempo me hayan parecido magníficos.

René López Villamar dijo...

Me tengo que sumar a la discordia. Esta novela la sufrí en carne propia como pocas novelas en la vida.