miércoles, 28 de julio de 2010

Reseña: El agente de las estrellas

El agente de las estrellas.

John Scalzi.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Barcelona, 2010. Título original: Agent to the Stars. Traducción: Rafael Marín. 319 páginas.

Bien, la vieja cuestión planteada por tantos astrónomos, científicos y escritores de ciencia ficción por fin tiene respuesta y es afirmativa. Sí, ahí fuera existe vida inteligente y ha decidido contactar con la Humanidad. Después de cruzar el espacio interestelar en un asteroide ahuecado, los Yherajk, unos extraterrestres pacíficos y amigables, buscan la mejor manera de darse a conocer a los habitantes de la Tierra. Pero hay un doble problema. Por un lado, tras años de recibir las señales de TV que emanan del planeta han llegado a la conclusión de que presentarse delante de la Casa Blanca diciendo aquello de “venimos en son de paz; llevadnos ante vuestro líder” no es la mejor manera de ganarse la confianza de los dirigentes humanos y del público en general visto los precedentes de las películas de Hollywood. Y eso es algo que entronca con el segundo problema: los alienígenas tienen el aspecto de un montón de gelatina viscosa y se comunican mediante una serie de olores que van de lo fétido a lo nauseabundo. Así que, ¿cómo darse a conocer sin causar el pánico ni el rechazo? Ya que están bien familiarizados con la «cultura popular», han decidido que el mejor camino es contratar a una agencia de representación de actores para que consigan hacerlos atractivos ante la gente. Dicho y hecho, y de esta manera la vida de Thomas Stein dará un vuelco inesperado cuando tenga que encargarse de la representación de los Yherajk, en concreto de uno de ellos llamado Joshua. Los visitantes necesitan un urgente cambio de imagen, un total lavado de cara que los haga «aceptables» para los humanos, y sobre todo necesitan que todo el asunto sea llevado en estricto secreto hasta que llegue el momento ideal para darse a conocer; algo que podría no ser sencillo en absoluto.

En la propia introducción a la novela, el autor reconoce que se tomó la gestación de El agente de las estrellas como una especie de ejercicio literario que colgaba por capítulos en su blog para ir practicando, un primer intento de escribir un texto largo y completo, pero que el experimento pronto tomó fuerza hasta el punto de que la obra resultante recibiría varias ediciones en papel, con alguna corrección por el camino para adecuarla al paso del tiempo ―referencias a películas, actores y marcas sobre todo― y que no se quedase rápidamente desfasada. Hay en ella, sin embargo, una ambivalencia realmente extraña, al mezclar una historia claramente divertida, pero intrascendente, del primer contacto con una especie extraterrestre desde un punto de vista bastante humorístico, con temas de mayor calado y seriedad, como es el del Holocausto, que dan al conjunto una sensación de difícil equilibrio, de cierta indefinición entre lo insustancial y lo trascendente.

El tono general es el de una comedia de enredo, en la que Thomas deberá lidiar a un tiempo con su nueva tarea y con algunos de sus antiguos representados, en especial de Michelle Beck, una rubia explosiva de estrella ascendente que debe su fama más a su impresionante belleza que a sus dotes interpretativas, protagonista de una película de serie B de inesperado éxito de la que se está preparando una segunda parte destinada a ser el mega blockbuster del año y por la que cobrará una millonada. El problema es que ella desea interpretar «papeles serios», y más en concreto protagonizar Malos recuerdos, un guión sobre la vida de Rachel Spiegelman, una judia superviviente del gueto de Varsovia y de los campos de concentración nazis, fugada de Treblinka y activista por los derechos de los negros en su nueva vida en los EE.UU. después de la guerra. Un papel para el que no está en absoluto preparada, totalmente fuera de su «registro», y un personaje además con el que no guarda ningún parecido físico. Sus reiteradas exigencias y sus negativas a renunciar a su deseo darán lugar a algunas de las situaciones más estrámboticas y divertidas de la novela, al tiempo que ofrecerá posteriormente el necesario toque conmovedor y algo lacrimógeno frente al humor disparatado de muchas de las situaciones.

Con la ayuda de Miranda, su fiel ayudante-secretaria dedicada sobre todo a cubrirle las espaldas y mantenerlo apartado de los problemas, deberá lidiar no solo con Michelle, sino con agentes rivales de la propia agencia que envidian su nueva cercanía al jefe de la misma, Carl Lupo ―con quien contactan los alienígenas en primer lugar― o con otros de esos «representados» que se encuentran molestos con su decisión de «cedérselos» a otros agentes al tener que dedicar casi todo su tiempo al proyecto secreto de Joshua ―como la insoportable Tea Reader, de carrera más que estancada y que, sin embargo, va por la vida como una diva―, o con un reportero de una publicación de chismorreos hollywoodienses, Jim Van Doren, que oliéndose una historia en el peculiar comportamiento del protagonista no dudará en perseguirlo e inventarse declaraciones sobre él cuando no sea capaz de obtenerlas lícitamente, llegando a sacar de quicio a todos los implicados y consiguiendo que alguno de los clientes de Thomas lo abandonen. En toda esta vorágine,es un poco triste descubrir que la única presencia afectiva y familiar en la vida del protagonista es el achacoso perro labrador del vecino, Ralph, que pasa gran parte de su tiempo en su casa y con el que Joshua establecerá una peculiar relación.

El agente de las estrellas es una lectura ágil y rápida, con un estilo sencillo y lineal, llena de continuas e incisivas referencias a la cultura popular, sobre todo del cine y la televisión, con un alto contenido satírico hacia el mundo de Hollywood que desde luego no sale del todo bien parado, y con unos cuantos dardos acerados lanzados contra el estamento político ―que no sale mejor librado que los habitantes de la meca del cine―, con partes realmente divertidas, con pasajes llenos de humor nacido de los malentendidos y de los enredos alocados que propicia la necesidad de mantener en secreto la tarea de Thomas y a sus representados, pero que conforme va avanzando se decanta cada vez más por la seriedad del tema del Holocausto; tema que ―hay que reconocerlo― parece introducido de una forma algo forzada, sin casar del todo con lo que hasta entonces estaba ofreciendo el autor y rompiendo con el tono general de la novela de la que se adueña prácticamente en su totalidad hacia el final.

Es precisamente el tratamiento de un tema de tanta seriedad dentro de la línea de comedia que se imponía al principio lo que hace que la lectura deje en el lector una sensación algo extraña, indefinida, como en tierra de nadie, dudando si ha leído una descerebrada historia del mundillo de Hollywood y un improbable «primer contacto» o si debería encontrarse reflexionando sobre la barbarie humana y su influencia a lo largo de la Historia a pesar del tiempo pasado desde que sucedieran los hechos aciagos. Sin toda la parafernalia temática del Holocausto, sería una recomendable y divertida historia para pasar una desenfadada tarde veraniega sin gastar neuronas ni implicarse emocionalmente en absoluto. Tal y como se planeta el final queda una sensación en el lector de que le han cambiado sin avisar todos los parámetros de la lectura en la que se encontraba inmerso. Muy posiblemente sea debido a esa cualidad de experimento literario, de historia escrita inicialmente para un blog en un periodo dilatado de tiempo, lo que, por muchas correcciones que haya realizado el autor, produzca esta confrontación temática tan marcada.

A pesar de todo ello, el libro, repleto de giros imprevistos, inverosímiles y divertidos que el autor parece tomar como un juego, se lee en un suspiro, produce un buen número de sonrisas a pesar del dudoso gusto de algunos «chistes» sobre los olores expelidos por los alienígenas, invita a una tibia reflexión tanto sobre los «tiburones» que pueblan las aguas en las que nadan agentes, directores, productores y actores de Hollywood como en la barbarie del pasado que lamentablemente se repite una y otra vez a diferentes escalas y en muchos rincones del mundo. Aprovecha a lo largo de la novela Scalzi el barniz del humor para tratar temas candentes como el control de la mente, la eutanasia, los juegos de poder, los prejuicios contra quien es diferente, la religión, el poder de la prensa o el control de la información. La trama de ciencia ficción, de ese primer contacto, se convierte en la mayor parte del libro en la excusa ideal para destripar los entresijos del mundillo de Hollywood, y es justamente la humanidad de los personajes ―autóctonos y alienígenas en cierto modo― con su obcecado absurdo quienes salvan la narración y la hacen interesante.

El final es, no obstante, bastante discutible tanto filosófica como objetivamente, tensando en exceso la credulidad ―¿realmente la Humanidad aceptaría esa solución?―, pero al menos consigue sorprender y pone el broche a la trama de una forma amable que invita a esbozar una última sonrisa. Así, El agente de las estrellas es una novela entretenida, de consumo rápido, divertida y emotiva por momentos, pero algo indefinida en cuanto a su propósito temático. Un ejercicio literario, después de todo, que parece que va a discurrir por una senda y luego se va por otro camino; y que seguramente no terminará de convencer del todo a los seguidores de la ciencia ficción, pero sí a lectores de comedias más ligeras dado la inexistencia de contenidos técnicos o científicos que «entorpezcan» su lectura. Ligera, simpática e intrascendente.