jueves, 2 de septiembre de 2010

Reseña: El año del Diluvio

El Año del Diluvio.

Margaret Atwood.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Bruguera. Barcelona, 2010. Título original: The Year of the Flood. Traducción: Javier Guerrero. 585 páginas.

Tras el final «abierto» de Oryx y Crake la autora parecía tenerlo fácil para escribir una posible continuación partiendo del punto donde dejara aquella novela; pero Atwood ha decidido internarse por otro camino, ofreciendo una nueva visión ―o visiones― paralela a los sucesos allí narrados. Si en la anterior se centraba en los Complejos de las grandes corporaciones, donde los privilegiados vivían protegidos tras altos muros, y en los pasos que llevarían directamente a la catástrofe, en esta ocasión ha preferido centrarse en dos mujeres supervivientes, Ren y Toby, pertenecientes a los Jardineros de Dios, una secta religioso-ecologista ya citada en el anterior libro, habitantes de las degradadas «plebillas» ―donde vive la plebe, los delincuentes, los desahuciados, los trabajadores del sexo, los que se oponen a las grandes corporaciones, los violentos, los fanáticos religiosos, los pandilleros, los desfavorecidos, los indigentes...― y reflejar desde una nueva óptica femenina los sucesos previos a la plaga que casi extinguiría a la Humanidad, dotando de paso a ese mundo futuro de una humanidad y profundidad que no había desarrollado en Oryx y Crake.

La acción comienza en el año 25 de una cuenta sin especificar, el Año del Diluvio ―como se irá viendo a lo largo del libro, cada año tiene su propio nombre―, y haciéndose eco de una de las características de la novela, no existe ninguna explicación ―hasta mucho más tarde― de las causas o de lo que ese diluvio ha sido, aunque es algo obvio para el que haya leído su obra anterior. A través de largos flash backs el lector irá asistiendo a la vida de las dos mujeres en los años anteriores a la catástrofe, mientras la autora se recrea en ese mundo de un futuro indeterminado de enormes corporaciones, miseria generalizada, dura supervivencia y fanatismo religioso que muchas veces oculta otra realidad bien distinta ―los Jardineros de Dios son una especie de secta cristiano-ecologista-hippy con una filosofía pacifista de la vida que intenta reconciliar el desarrollo científico con la sostenibilidad y la religión arguyendo que no son en absoluto incompatibles, pero que acepta en sus filas a cualquier inadaptado que se digne a fingir que sigue sus principios, independientemente de si tiene fe en sus creencias o no―. Unos cultivos en lo alto de varias azoteas, El Jardín del Edén en el Tejado, y unos precarios alojamientos en edificios «ocupados» se convierten así en una especie de refugio frente al mundo hostil que los rodea, a salvo de las bandas y bandidos de las plebillas, para aquellos que sean capaces de vivir su austera vida de privaciones a cambio de la precaria seguridad y amistad que el conjunto da a sus miembros. Cada uno de las 14 secciones en que está dividido el libro, cada una con diverso número de capítulos, se abre con una sermón de Adán Uno, el «líder» de los Jardineros y con un himno de su particular cancionero ―cuyas canciones, explica la propia Atwood, tienen su música y pueden ser escuchadas en su propio CD o visitando la página www.yearoftheflood.com―, permitiéndole así mostrar al lector de forma directa, y no exenta de cierta ironía, el espíritu de las enseñanzas de la secta.

A pesar del carácter pacifista de los Jardineros lo cierto es que esta es una historia llena de violencia física y psicológica, de esa violencia que va erosionando el alma hasta que parece que la insensibilidad es el único sentimiento que le queda a uno, salvo, quizá, la lealtad entre los desesperanzados. Desde la tercera persona de Toby, encerrada en un lujoso spa llamado AnooYoo, luchando por mantener un paupérrimo huerto frente a la voracidad de los cerdos transgénicos, y de la primera persona de Ren, encerrada en una cámara de descontaminación de un local de alterne, el Scales and Tails, donde ejercía entre otras cosas de bailarina del trapecio, lo importante es conocer las circunstancias que las han llevado allí, tan lejos del mundo de la secta en que se conocieron. Superada la catástrofe, ninguna puede permanecer en el lugar en que se encuentra, así que deberán planear con cuidado sus próximos movimientos. Pero ¿cuáles pueden ser? ¿Qué pueden hacer? ¿Ha sobrevivido alguno de sus amigos? ¿Deberían ir en su búsqueda? ¿O deberían ceder al desánimo y abandonar la lucha por mantenerse con vida un día más?

Al centrarse en esta ocasión en las plebillas, alejándose de los centros de investigación, el contenido de especulación científica es mucho menor que en Oryx y Crake ―aunque siga presente todo el tema de la manipulación genética y la creación de nuevas especies animales―, dedicándose más en esta ocasión en la especulación social y las consecuencias sobre el vulgo de todos los descubrimientos y aplicaciones tecnológicas en un mundo cada vez más violento, desesperanzado, degradado y explotado, y donde el motor de todas las relaciones humanas parece ser el sexo. Como ya sucediera en la anterior, El año del Diluvio es una oscura parábola que ataca a la sociedad de consumo y la sobre-explotación del planeta, al capitalismo, al desigual reparto de la riqueza y de los recursos, a la violencia en todas las relaciones y a la intolerancia..., defendiendo la solidaridad, la entrega desinteresada, la lealtad frente a la adversidad... Con un tono de apariencia más optimista y amable que el de su anterior novela, el golpe que propina a la mente del lector es más demoledor si cabe al imaginar lo que la catástrofe hace a personas que en absoluto han participado en sus causas, espectadores inocentes cuyas vidas se han torcido y a los que el futuro les guarda un último revés como «víctimas colaterales».

Lástima que en esta especie de alegato Atwood se pase un tanto de extremista y la supuesta sátira ―que no ciencia ficción según ella misma― caiga a veces en la parodia ―el santoral de los Jardineros es bastante risible al elevar a los altares a los grandes gurús de la ecología―. Uno se pregunta si el caso de la cadena de hamburgueserías «SecretBurguers», donde nadie sabe exactamente qué tipo de proteína animal o de qué procedencia contienen sus productos y cuyo lema es precisamente “¿A quién no le gustan los secretos?” es un intento intencionado de humor irónico o una sobrada innecesaria y exagerada. O si el fenómeno de los «painballers», un programa donde los criminales condenados a muerte pueden elegir participar en una especie de competición de «paintball» mortal televisado en directo, con dos equipos enfrentados con la pequeña esperanza de sobrevivir a los combates y redimir así su condena, no será una nada velada crítica a tanto reality show y a ciertas políticas de reinserción social. O si el spa AnooYoo, donde las mujeres de los acaudalados van a «renovar» sus cuerpos con gran lujo, no será un desaire a tanto culto a la belleza y al hedonismo imperante hoy en día. En todo caso, la sutileza brilla por su ausencia.

El año del Diluvio tiene, además, el serio hándicap de precisar que el lector se haya leído Oryx y Crake para poder alcanzar toda su dimensión y comprensión. Se puede leer independientemente, no hay duda, y será también una lectura entretenida y con muchas sorpresas que ya no puede esperar el lector de la anterior ―al fin y al cabo ya conoce todo lo que ha sucedido y los motivos por los que ha sucedido―, pero se escaparán muchas, pero que muchas de las referencias y guiños que la novela encierra. Con una narrativa perfecta en su pulcritud, que va dejando caer cada pieza del puzzle en el momento exacto, se antoja sin embargo que la historia no está a la misma altura que la de Oryx y Crake; es menos emocionante, menos intrigante, plantea menos reflexiones, aunque sin duda se trata de un ideal complemento de la misma, una doble visión del mundo que podría estar esperándonos a la vuelta de la esquina si no ponemos freno al despilfarro y al esquilmamiento de las materias primas o si no dejamos de jugar a ser dioses con nosotros mismos y todo lo que nos rodea. Desde la óptica inevitable de quien ha leído ambas obras, se antoja también que la autora abusa de alguna manera de las «casualidades» que llevan a que tantos personajes de mundos al fin y al cabo prácticamente antagónicos como el de los Complejos y las plebillas estén tan relacionados, entrando y saliendo de sus vidas ―e influyendo en ellas― de manera demasiado recurrente, aunque es cierto que pausible por lo bien que los ha hecho encajar. Así, el lector puede descubrir, entre otros, a un tal Glenn en tratos con los Jardineros, a un novio llamado Jimmy, a una artista conceptual llamada Amanda, o a unos extraños humanos de colores variados observados desde lejos por una de las protagonistas.

La novela es, pues, una especulación distópica sobre el lugar donde puede llevarnos el uso abusivo de las tecnologías disponibles hoy mismo ―o a punto de estarlo― sin los debidos controles y cortapisas, y un aviso de lo que el ser humano puede hacerse a sí mismo. Avasalla en algunos momentos con su descripción del sexo, casi siempre como algo sórdido y feo, disfuncional, más un negocio que una entrega de amor ―Toby se une a los Jardineros huyendo de un depredador sexual que busca la sumisión de las mujeres mediante el ejercicio de la violencia y el maltrato, y Ren es una bailarina exótica en lo que no es sino un burdel con todo lo que ello conlleva. Ambas mujeres son fiel reflejo de la sociedad que Atwood pretenda retratar, una sociedad que permite que las mujeres sean vistas más como objetos o mercancias que como auténticas personas―, pero consiguiendo implicar emocionalmente en lo narrado, tan cercano y lejano a un tiempo de nuestra propia realidad.

El final, de nuevo en la encrucijada, avanza un poco más allá de lo que lo hiciera en Oryx y Crake, resolviendo de alguna manera las preguntas que quedaban en el aire justo al terminar aquella, pero planteando nuevas cuestiones que quedan en el aire a la espera, o no, de ser contestadas. Dos novelas que son dos caras de la misma historia, esperemos que no premonitoria precisamente. Si te gustó aquella, bien puedes darle una oportunidad a ésta.


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Reseña de otras obras de Margaret Atwood:

Oryx y Crake.