sábado, 24 de julio de 2010

Reseña: Oryx y Crake

Oryx y Crake.

Margaret Atwood.


Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Barcelona, 2004. Título original: Orix & Crake. Traducción: Juanjo Estrella. 425 paginas.

En esta época dada a poner etiquetas a todo hay muchas para calificar una obra como esta: ficción especulativa, anticipación, literatura prospectiva, distopía... pero, sin duda, todas podrían resumirse en una: ciencia ficción. Lo que sucede es que la SF está todavía mirada con cierta suficiencia y superioridad por la Literatura «seria», con lo que decir que toda una Premio Príncipe de Asturias de las Letras escribe obras de este género es algo que no está bien visto en según qué círculos, teniendo que buscar algo que suene mejor a críticos y expertos «serios».

Desde mi particular perspectiva, una obra que discurre en un futuro indeterminado (aunque no excesivamente lejano), que habla de la evolución del ser humano, de ingeniería genética ―incluida la creación de nuevas especies animales fruto de cruces diversos― y experimentación biológica, de sobrevivir en un mundo post catástrofe, de prolongación de la juventud, de desarrollo social... es ciencia ficción y, además en el caso de Oryx y Crake, de la buena.

De entrada el lector se encuentra con un achacoso ser humano llamada Hombre de las Nieves que despierta en un precario refugio entre las ramas de un árbol y recapitula sobre sus escasas posesiones, vistiendo con una sábana y subsistiendo con lo poco que puede recolectar de las ruinas que le rodean y del pescado semanal que le entregan sus nuevos adoradores. Él es, aparentemente, el último superviviente de la raza humana, elegido para sobrevivir a una catástrofe que ha dejado el mundo abandonado para una nueva raza, los crakers. A través de un buen número de flash backs el lector irá conociendo la historia de Jimmy ―nombre con el que se conociera antaño al extraño protagonista―, de su implicación en el desastre, de su relación con el superdotado Crake y la adorable Oryx, y de cómo y por qué se ha llegado a esa situación.

En un mundo relativamente cercano las grandes firmas de investigación han ido creando complejos ―los Compuestos― donde reunir a su personal y sus familias dotándolas de todo lo necesario y aislándolas de una sociedad que cada vez se ha vuelto más peligrosa y violenta. Así, urbanizaciones ―auténticas ciudades-estado― con todo lo necesario para la vida, desde centros escolares a comerciales, han crecido en torno a los edificios de las empresas, cercados por altos muros fuertemente custodiados que los protegen y separan del exterior, donde viven las masas. En uno de estos compustos, vive Jimmy con sus padres, él un brillante especialista genético y ella una insatisfecha mujer que se rebela contra el sistema establecido y contra el futuro al que parece abocar a la humanidad. Allí conocerá a la gran mente de su generación, Glenn, de quien se hará gran amigo, entrando y saliendo de sus vidas conforme crecen, y participando finalmente en el proyecto estrella que de alguna manera desembocará en el estado actual en que se encuentra Hombre de las Nieves.

Es esta una novela profunda, brillante, inteligente, un tanto cínica y desencantada, que especula sobre las, posibles, consecuencias de la investigación genética y sus aplicaciones sobre el ser humano. Los crakers se muestran bellos, pacíficos, bondadosos y mueren a los treinta años, parecen destinados a crear una nueva sociedad idílica, prescindiendo de todo lo malo de la sociedad humana que les ha precedido, pero a la que de alguna manera se encuentran emulando al casi idolatrar a Hombre de las Nieves, especie de oráculo del pasado que corrompe su inocencia con su simple presencia y sus respuestas casi incomprensibles a sus ingenuas e incómodas preguntas. Los crakers están dotados de una gruesa piel de diferentes colores que les protege de las adversidades climatológicas dado que van a vivir desnudos y en convivencia con la naturaleza, con un complicado sistema de apareamiento sin deseo sexual que impide los celos y los sentimientos de posesión ―aunque también el amor―, con un firme tendencia a la amabilidad y al rechazo de la violencia, con gustos vegetarianos y sin afanes de acaparar propiedades materiales. Están destinados a construir de las ruinas un paraíso sin guerras ni preocupaciones; sin embargo, la serpiente ya se encuentra en el jardín, y Hombre de las Nieves con su función de «intérprete» de las intenciones de Crake, está a un paso de crear un nuevo sistema mítico, casi religioso, que amenaza con corromper las frágiles mentes y la inocencia de las nuevas criaturas. ¿Están los crakers condenados a repetir los errores de la humanidad?

Así el lector conoce desde el principio las consecuencias del desastre, con los crakers viviendo en comunión con la naturaleza y los restos de la sociedad humana, de la que Hombre de las Nieves es el último representante, pero no sabe cómo se ha llegado allí, y Atwood enfoca como una novela de misterio la resolución de la trama, ofreciendo fragmentos del pasado intercalados entre el duro presente del protagonista embarcado en un arduo periplo en busca de comida hacia el lugar de origen del desastre, desvelando poco a poco las pistas, construyendo un interesante rompecabezas en el que pieza a pieza va cobrando forma una estremecedora imagen en la que el amor y las buenas intenciones son el empedrado del camino a la catástrofe. A medida que la narración evoluciona la trama se va desenredando, mostrando fragmentos del pasado de Jimmy, Crake y Oryx, mostrando las extrañas relaciones que se establecen entre los tres ―aunque Oryx, a pesar de que su presencia podría considerarse continua, es la que menos protagonismo recibe, bien podría decirse que tiene un papel imprescindible― y cuál es la vital implicación de cada uno de ellos en este drama.

La autora muestra una especial habilidad literaria al conseguir hacer de Jimmy ―un personaje que no es especialmente simpático, sino más bien todo lo contrario― alguien con el que sin embargo sentirse identificado en muchos de los aspectos de su vida. Su obsesión por el cyber sexo y por Oryx, de la que se enamora sin conocerla al verla ―o creer verla― en una página que se podría considerar pedófila, su evidente desapasionamiento sobre todo lo que le rodea, su postura existencial sin sentido, su desequilibrio y hedonismo, no lo convierte precisamente en alguien a quien imitar; su amor por las letras en un mundo que ya solo parece apreciar los logros científicos, donde los artistas no tienen apenas cabida, le convierte en un ser algo amargado y resentido con el que pocos lectores podrán empatizar ―salvo quizá en su afán de rescatar palabras fuera de uso para hacerlas sobrevivir a la desidia del mundo que le rodea, deseando que no caigan en el olvido―. Sin embargo su ilimitada capacidad para amar y apoyar a sus amigos, con una pizca de egoismo es cierto, por los que sobrevive en ese futuro sin esperanza ligado a una promesa, transforma la manera de verlo, ofreciendo una imagen de él tierna e irónica a un tiempo; su forma de encarar su misión y de aceptar lo sufrido como una especie de sacrificio lo humanizan de alguna manera, absolviéndole de su pasado.

Atwood parte de la actual investigación y manipulación del código genético de plantas y animales, de la clonación de especies, de los transgénicos y otros productos derivados que de alguna manera están definiendo una importante parte de la economía mundial para cuestionar la moral y benevolencia de todo el proceso. ¿Está acaso todo permitido? ¿Es lícito enriquecerse mientras se niega a tantos la posibilidad de acceder a ciertos productos o medicinas que podrían salvar sus vidas? ¿Se puede jugar con la cadena del adn sin temor a represalias de la naturaleza, sin miedo a los errores que producen seres inesperados? ¿Se puede jugar a ser dioses con la única idea en mente del beneficio de la empresa? ¿Podemos seguir creciendo a este ritmo mientras el medio ambiente se desintegra? ¿Es posible una vida más natural y más acorde con los recursos, menos consumista y más tranquila? ¿Y, sobre todo, es justo buscar la utopía a cualquier precio? Muchas cuestiones van surgiendo del texto, mientras el puzzle toma forma, mostrando poco a poco su desoladora imagen. Sin embargo, al final no parece que Atwood se encuentre tan enfrentada a la investigación médica o genética en general, sino a su posible escaparse de las manos de los investigadores, a la codicia y arrogancia de hacer las cosas tan solo porque pueden hacerse, a la desigualdad social y de oportunidades, a un desarrollo insostenible de aquellos fármacos y técnicas que al final no son imprescindibles, sino simple capricho, como puedan ser los productos destinados a permanecer más tiempo joven o a aumentar la satisfacción sexual sin ningún componente medicinal asociado.

Es una lástima, en una novela de anticipación como esta, en la que tan brillantemente se habla de la manipulación genética, mostrando los posibles frutos del cruce de especies animales ―ya sea con fines médicos o tan solo en busca de la creación de mascotas para los más pequeños― o de la búsqueda de productos químicos que prolonguen la juventud, que en el apartado informático la autora no haya sido capaz de vislumbrar, aparentemente, ningún avance ni adelanto relevante, mostrando una red que perfectamente podría ser la Internet de hoy mismo, e incluso la de hace algún año, sin ningún reflejo de las redes sociales actuales o posibles y sorprendentes cambios que a buen seguro habrían de producirse en los años precedentes a la catástrofe. Seguramente, tampoco es algo de lo que la autora quería reflejar, ni tiene mayor importancia en la narración; pero es curioso lo difícil que resulta especular sobre los posibles caminos futuros de Internet.

En definitiva, Oryx y Crake es una novela con un profundo mensaje que, aunque seguramente no se comparta en su totalidad dado su relativo extremismo, no puede dejar del todo indiferente a ningún lector. Con una prosa sorprendentemente sobria, Atwood ofrece una mordaz sátira de lo que bien podría ser nuestro futuro de seguir avanzando por ciertos derroteros. La novela termina con un final abierto, aunque satisfactorio, planteando una encrucijada vital que puede marcar el destino, para bien o para mal, de ese nuevo mundo todavía por descubrir. ¿Hay esperanza en el corazón de la distopía?

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Reseña de otras obras de Margaret Atwood:


El año del Diluvio.



5 comentarios:

Asier G. dijo...

Ya me habían hablado de esta obra de arte, y después de leer la reseña, lo he encargado, así que ya estoy con ganas de leerlo.

Yago dijo...

Pues espero que te guste. En caso contrario me sentiré bastante culpable de tu decepción ;-)

Yo era una asignatura que tenía pendiente desde hace un tiempo, pues también me lo habían recomendado pero nunca encontraba el momento para leerlo hasta este verano. Y lo cierto es que lo disfruté.

Espero que tú también lo disfrutes.

Pepe Valero dijo...

He terminado de leerla y creo que es una obra maestra.
Parece increíble que una escritora tan buena (y además premio Príncipe de Asturias) pase tan desapercibida en nuestro país.
Gracias por la reseña, muy completa y elaborada.

Ramiro Sombra dijo...

Excelente libro! Podríais decirme el título de la pintura o el autor de la portada? El de la primera de las tres que se ven en la reseña.
Tengo el libro y no lo pone. Muchas gracias, desde ya por todo!

Yago dijo...

Coincido con ambos en que es una novela excelente ;-)

Y, Ramiro, la portada de la edición española (al menos la utilizada para esta reseña) corresponde a un pequeño fragmento de "El Jardín de las Delicias" de El Bosco (un cuadro impresionante que merece la pena de poder contemplar al completo).

Saludos