viernes, 17 de diciembre de 2010

Reseña: El corredor del laberinto

El corredor del laberinto.

James Dashner.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nocturna ediciones. Col. Literatura Mágica. Madrid, 2010. Título original: The Maze Runner. Traducción: Noemí Risco Mateo. 524 páginas.

Un adolescente de unos dieciséis años, Thomas, se encuentra sin saber cómo en una habitación sin puertas ni ventanas, apenas una caja metálica que parece moverse, como el ascensor de una mina. No sabe cómo ha llegado allí ni recuerda gran cosa de su vida pasada. Cuando el movimiento se deteniene y el techo se abre, descubre que se encuentra en una especie de ascensor y que ha llegado al Claro , un lugar rodeado por inmensos muros de piedra habitado por otros jóvenes como él, con bastante malas pulgas o mucha indiferencia ―salvo escasas excepciones― y aparentemente muy reticentes a darle alguna información de su nueva situación. Sin embargo, sí le explicarán que el lugar tiene cuatro puertas que se abren de día a un laberinto cerrándose por la noche, que no es posible abandonar el lugar, que una vez al mes el ascensor llega con un chico amnésico como él, y que todo se encuentra organizado y que cada cual tiene su función para la supervivencia de todos. Por su parte también descubrirá otras cosas más tenebrosas, como el «Cambio», y la existencia de los amenazadores laceradores que acechan fuera de su refugio. Cuando al día siguiente, de forma inesperada, el ascensor se presente con un nuevo residente, las cosas se precipitarán, ya que la joven ―pues, algo inédito allí, se trata de una chica― dice haber traído el fin de todo.

En medio de una situación que le supera, Thomas, de forma inexplicable, siente algo familiar y conocido en el lugar, frustrantes reminiscencias del pasado que no le aclaran nada, al tiempo que se siente impelido a formar parte de los corredores, los muchachos que cada día salen al exterior del Claro para intentar cartografiar el laberinto y resolver su misterio en busca de la salida. Pero no es una labor en absoluto fácil, pues todas las noches, mientras ellos se encuentran encerrados tras los inmensos muros, las paredes del laberinto cambian de configuración, convirtiendo su tarea en una misión imposible. Sin embargo, los jóvenes no cejan en su empeño, mucho menos ahora, cuando de encontrar esa hipotética salida puede muy bien depender su propia supervivencia.

El protagonista intentará por todos los medios recuperar unos recuerdos que parecen indicarle que se encuentra de alguna forma íntimamente ligado al lugar, mientras junto con el resto de jóvenes busca dar respuesta a las inevitables preguntas que les suscita su situación: ¿Qué es en realidad el laberinto? ¿Quién los puso a ellos allí y con qué misión? ¿Quiénes son los misteriosos «creadores» que parecen estar vigilándolos sin intervenir en ningún momento, observando cómo sufren e, incluso, son cruelmente asesinados por los laceradores? ¿Quién les robó sus recuerdos a todos ellos? ¿De dónde proceden? ¿Hay un mundo más allá de los muros del Laberinto y en caso afirmativo qué está sucediendo en él? ¿Tienen familias con las que volver, personas que les echan de menos?

El autor ofrece una sorprendente visión distópica de lo que en un primer momento el lector no puede saber si es el futuro o el presente, si se trata de un extraño experimento o de una cruel cárcel, o el por qué se encuentran encerrados allí todos aquellos adolescentes sin una supervisión «adulta». Dashner va dosificando con habilidad y acierto la información, haciendo que el lector vaya conociendo el mundo y los hechos relevantes al mismo tiempo que lo va haciendo Thomas ―y teniendo en cuenta la reticencia de sus compañeros de contarle demasiado, los datos van llegando con cuentagotas, creando una tensión y una necesidad de «saber» que acentúa el interés por continuar la lectura y descubrir lo qué está sucediendo―. El misterio se mantiene en todo momento, cada respuesta conlleva una nueva pregunta. El autor, además, para dar una mayor realidad a la narración, ha creado una jerga especial, sobre todo en cuanto a los insultos y exabruptos, de abundante uso entre los jóvenes que, sin embargo, se siente de alguna manera algo impostada y demasiado artificial, sin alcanzar totalmente su intención.

El corredor del laberinto es una novela que no da descanso, salvo quizá en ese primer capítulo que se antoja un tanto lento como introducción, pero que pronto deja paso a la acción y a la pura lucha por la supervivencia. El autor imprime en la narración continuos giros y cliffhangers que garantizan la emoción y el interés, sin dar reposo apenas a sus protagonistas, quienes cuando no están inmersos en la vorágine de la aventura se encuentran sumidos en los intentos intelectuales de resolver el misterio que les rodea con las pocas pistas de las que disponen. No hay un momento para el aburrimiento gracias a una prosa enormemente visual que retrata a la perfección tanto a los muchachos implicados como el claustrofóbico escenario en que se desenvuelven. Dashner sube a sus protagonistas, sobre todo a Thomas, a una montaña rusa de sentimientos, donde tan pronto pueden sentirse eufóricos por un pequeño logro como pasar a una terrible depresión al ser conscientes de lo titánico de su tarea o a lo desesperado de su supervivencia. Casi no hay transiciones y las emociones se encuentran a flor de piel, y la amistad y el odio se encuentran tan solo a un paso.

Con una sociedad integrada exclusivamente por adolescentes que se sitúa a medio camino entre el bucolismo de Dos años de vacaciones y la brutalidad de El señor de las moscas, el autor consigue retratar un mundo sin duda adverso pero que podría funcionar, donde cada muchacho tiene un lugar acorde a sus capacidades, y donde mientras nadie se meta en la vida de los demás todos cuidan de todos. Durante casi dos años, los muchachos han establecido su propio gobierno, han integrado a los recién llegados, han cultivado algunos de sus alimentos ―otros les llegan por el ascensor―, cocinado sus comidas, cuidado de sus enfermos, enterrado a sus muertos, mantenido establos con algunos animales de granja, explorado el laberinto, creado una serie de inquebrantables reglas para asegurar sus supervivencia... La llegada de los dos nuevos habitantes provocará un cambio radical en todo ello, desencadenando una serie de hechos irrevocables que hará imposible volver a la situación anterior, pero quizá les acerque más que nunca a su anhelo casi imposible de abandonar el lugar. Lo único que parece cierto es que seguramente no todos lo conseguirán. Así, la novela se encuentra salpicada de una violencia explicita, tanto física como psicológica, no muy habitual en una obra en principio destinada a un publico juvenil ―una distinción por otra parte a la que no se le encuentra mayor explicación que las expectativas de ventas, puesto que el libro puede ser enormemente disfrutado por cualquiera al que le guste un tanto la ciencia ficción, incluso descubriendo muchas más claves que el lector joven y neófito―.

El corredor del laberinto habla principalmente de encontrar la esperanza incluso en el peor de los momentos, de rebelarse contra la inevitable, de hacer frente a las adversidades aún pensando que no se puede ganar, de hallar la respuesta al peor de los problemas y prepararse para cualquier cosa, por negativa que sea, que puede deparar el destino, de superar los miedos y romper las reglas cuando se hace patente que son injustas. Y lo hace de una forma amena y emocionante, a través de unos personajes bien perfilados, claramente diferenciados, cada uno con su propia personalidad, con sus particularidades, defectos y bondades; unos personajes que a pesar de todas las amenazas que les rodean, de todos los duros golpes que reciben ―y el autor no les ahorra padecimientos en absoluto― no pierden del todo el optimismo que les impulsa a seguir buscando una salida. El mayor «defecto» de la novela es que se trata del primer volumen de una anunciada trilogía cuyas siguientes entregas todavía no se han publicado en inglés, con lo que nos toca esperar para saber cómo evolucionará la aventura después del abrupto final, si es que puede llamársele final, de esta primera entrega.


2 comentarios:

Noemí Risco Mateo dijo...

Hola,
Gracias por la reseña.
Saludos de la traductora,
Noemí.

Yago dijo...

De nada, ha sido un placer ;-)

Gracias a ti por pasarte por nuestra página.

Saludos