domingo, 5 de diciembre de 2010

Reseña: El dragón de su majestad

El dragón de su majestad.
Temerario I.

Naomi Novik.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2010. Título original: His Majesty's Dragon. Traducción: José Miguel Pallarés. 412 páginas.

En los inicios del siglo XIX, Francia e Inglaterra se disputan el dominio de los mares mientras en el continente europeo las tropas de Napoleón se enseñorea sobre gran cantidad de naciones. Tras una victoriosa batalla naval, el capitán británico Will Laurence del Reliant y su tripulación se hacen con un insólito botín de valor incalculable: un extraordinario huevo de dragón que viajaba a bordo de la fragata capturada. Sin tiempo para llevarlo a tierra, el huevo eclosiona y el dragón, que recibirá el nombre de Temerario, elige a su jinete estableciendo con él un vínculo que durará mientras ambos vivan. El rechazo inicial a este vínculo es evidente ya que el mismo supone para el oficial abandonar la Armada para entrar en la denostada Fuerza Aérea, dejando atrás cualquier esperanza de una vida normal: los jinetes no pueden aspirar a casarse, crear una familia o pensar en establecerse en la vida civil una vez terminado el servicio, ya que no se puede romper el lazo con un dragón, sino que deben resignarse a una vida castrense con la única compañía de los que son como ellos y sus «monturas». Sin embargo, si el vínculo no se crea, el dragón permanecerá salvaje y una Gran Bretaña en inferioridad de fuerzas frente al enemigo francés no puede permitirse perder tan valioso recurso.

Desde ese inicial rechazo, mientras dura su periodo de adaptación y entrenamiento en las fuerzas aéreas, jinete y dragón irán estableciendo una relación de creciente amistad al tiempo que la autora muestra al lector la forma en que se desarrolla la inteligencia de semejantes seres, íntimamente ligados en una relación que espero sea mejor explorada más adelante a la Humanidad a la que parecen servir ―al menos a sus jinetes― con desinteresada obediencia. La sociedad británica ve con hipócrita rechazo la vida que se ven obligados a llevar los miembros de la Fuerza Aérea, con lo que el choque que se produce entre la vida anterior como oficial de la Armada del protagonista, a la que debe renunciar con todo lo que eso conlleva, y su nueva situación le creará unos cuantos quebraderos de cabeza. Unos quebraderos que se incrementarán con la impulsividad del joven dragón, luchando por hacerse un hueco entre sus congéneres y refrenado apenas por los consejos de su jinete, unos consejos que a veces resultan de difícil entendimiento para una mente para la que conceptos como el Honor, el Deber, la Obediencia a un superior o a los reglamentos no son algo inculcado, sino tan solo algo a lo que atender por respeto a su jinete. Se produce así un interesante equilibrio entre el humano «experimentado» y el dragón que descubre el mundo que dota de gran atractivo a la narración.

Novik consigue fundir con acierto en El dragón de su majestad la novela histórica con la fantasía en una especie de ucronía extraña, donde no se parte de cambiar un determinado hecho histórico sino a alguno de los «participantes», planteando el convulso periodo de las guerras napoleónicas en Europa con la existencia de unos seres considerados mitológicos como los dragones, unas «bestias» inteligentes, que razonan y hablan, con sus propias emociones, con enorme curiosidad ―al menos en el caso de Temerario, porque como bien se verá a lo largo de la novela, cada dragón es un mundo en si mismo― y que se implican en los asuntos de los humanos ―aunque este sea un detalle que no termina de explicarse―. Ese será el único elemento fantástico de la trama, sin añadir magia, hechiceros ni otros elementos o seres sobrenaturales. Tampoco es necesario ser un experto en ese periodo histórico para poder sumergirse a fondo en la narración y disfrutar en su totalidad del relato; aunque siempre es de agradecer un trasfondo tan bien trabajado, integrando los movimientos de Nelson o de las tropas de Napoleón en la acción sin estridencias y con acierto, añadiéndoles una buena dosis de inventiva y de sucesos que nunca tuvieron lugar perfectamente armonizados con los que sí ocurrieron.

La autora adjudica a cada dragón, con la excusa de su enorme tamaño, toda una dotación de «marineros», artilleros, fusileros, vigías, mensajeros, maestranzas... que mediante arneses y otros soportes se reparten por el inmenso cuerpo draconicano y los hace volar en formaciones de combate como si de barcos aéreos se tratasen. Al tiempo que la idea le permite añadir a la narración un buen puñado de protagonistas interesantes, que hacen la historia algo más coral, también introduce en el lector dudas sobre la forma de utilizar a semejante seres en el combate. Choca, por ejemplo, en la batalla final las escenas de abordajes entre dragones, muy emocionantes, sin duda, pero más prácticas para tácticas navales que para aéreas en absoluto.

En este sentido, la autora ha renegado un tanto de la verosimilitud para ofrecer escenas de gran intensidad y emoción. Tendría, quizá, que haber explicado mejor algunas de las limitaciones de los dragones ―o directamente haberlas creado―, pues no se entienden demasiado las defensas «antiaéreas» de la costa o ciertas fortalezas, cuando los dragones pueden limitarse a volar más alto. En una novela profundamente «realista» como esta ―que al fin y al cabo es nuestro mundo con dragones, no un lugar imaginario― estos fallos quizá destacan más que en un universo nuevo totalmente creado de cero.

Consigue por otra parte integrar de forma inteligente, natural y coherente la presencia femenina, con cierto protagonismo, en un mundo eminentemente de hombres como es el militar de aquella época. La sociedad británica del siglo XIX se encuentra perfectamente retratada, sobre todo en su parte más «aristocrática», la parte de la sociedad a la que, a pesar de su estatus de hijo pequeño y por tanto con pocas esperanzas de heredar la posición sino más bien destinado a tener una carrera eclesiástica, pertenecía Laurence y de la que se verá expulsado por sus nuevas circunstancias. El papel absolutamente secundario de la mujer es fielmente retratado por Novik, a la vez que consigue introducir un resquicio en la discriminación, no exento de luchas diarias y recelos.

La novela avanza en un cierto crescendo, como es de esperar de una historia que es a la vez una presentación y una aventura completa en sí misma, desde el descubrimiento del huevo, el reticente vínculo ―al menos desde la parte humana―, el entrenamiento ―la parte que se antoja quizá más floja, pero que sin duda resulta imprescindible para forjar la relación entre ambos; además de que no se encuentra exenta de conflicto con el «problema» del dragón Levitas con su capitán― y los primeros combates decisivos en los que se verán envueltos frente a las tropas napoleónicas.

El dragón de su majestad es una historia de amistad entre dos seres aparentemente irreconciliables, tan diferentes que parecerían destinados a no entenderse y que, sin embargo, consiguen formar una unidad indisoluble. Es una historia de descubrimiento, de crecimiento, de entrega y de heroísmo, de honor, de valor, tragedia y triunfo. No es estrictamente una novela de «batallitas» y combates ―aunque también los hay, y muy bien narrados―, sino de la propia vida, de relaciones, de sacrificios y de compañerismo. Tiene personajes que atrapan la atención y el interés, con los que se puede empatizar, retratados con una prosa fluida y concisa, muy emotiva y emocionante. Es un libro absolutamente autoconclusivo, pero que deja con ganas de más; menos mal que quedan otras dos entregas ―y otra trilogía en el horizonte―. Una excelente introducción a este mundo que esperemos se consolide.

==

Reseña de otras obras de la autora:


El Trono de Jade. Temerario II.



Publicar un comentario