domingo, 26 de diciembre de 2010

Reseña. El Trono de Jade

El Trono de Jade.
Tem
erario II.

Naomi Novik.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2010. Título original: Throne of Jade. Traducción: José Miguel Pallarés. 478 páginas.

Segundo libro de la primera trilogía de Temerario, la acción comienza muy poco después de que terminará el anterior, El dragón de su majestad. Como se revelara allí, Temerario ha resultado ser un Celestial, una especie de dragón extraordinariamente rara, que el Emperador de China habría regalado a Napoleón cuando todavía era tan solo un huevo y que el Capitán Laurence interceptó en una batalla naval sellando así su propio destino (todo ello relatado en la primera novela). Ahora, los chinos han enviado una delegación del máximo nivel, dirigida por Yongxing, el mismísimo hermano del Emperador, para exigir la devolución del dragón. Como se explicó anteriormente, el vínculo entre jinete y montura es prácticamente indisoluble, así que Laurence se encuentra legitimamente indignado de que los burócratas de su gobierno le ordenen separarse de Temerario. En juego se encuentra la posible y muy negativa alianza de los franceses con China, tanto en el plano bélico como en el comercial, abriéndoles sus puertos y sus rutas al intercambio de materias exóticas, algo que Gran Bretaña no puede permitirse.

Tras el inicial encontronazo, finalmente se acordará que Temerario y el propio Laurence emprendan junto a la delegación china el largo viaje al Lejano Oriente en busca de una solución diplomática que, no obstante, no parece sencilla en absoluto. Se embarcan así en un extenso periplo marítimo (quizá demasiado extenso) que se inicia con un trepidante combate naval al tener que repeler una emboscada francesa cuando apenas se han alejado de las costas británicas, y que les llevará a adentrarse en procelosas aguas costeando África y navegando mucho más allá.

Es de agradecer el cambio del telón de fondo de la acción, ampliando con mucho el escenario de la serie, llevándolo a exóticos parajes y mostrando nuevas visiones de un mundo donde los dragones existen y son tratados de muy diferentes maneras. Sin embargo, hay que reconocer que el viaje marítimo se siente excesivamente dilatado, algo falto de ritmo en la parte central del libro, cuando se demora con detalles nimios de la travesía y se deja un tanto de lado la aventura. No obstante, es esa una necesaria exploración del mundo que sirve para profundizar en el aprendizaje de Temerario, quien va empapándose de todo lo que ve y de lo que le enseñan, ampliando su forma de entender las cosas y enfrentándose con nuevas concepciones que harán a Laurence temer por su vínculo.

En esta ocasión el capitán se muestra como un personaje inseguro, que duda en ocasiones de si lo mejor para Temerario es seguir manteniendo el vínculo entre ambos al tiempo que, contradictoriamente, se opone vehementemente a cualquiera que trate de interponerse entre ellos. Novik explora los límites de la relación entre los dos protagonistas principales, tensando la situación ante el evidente contraste del tratamiento que europeos y chinos ejercen sobre los dragones. Al fin y al cabo, Laurence ya es un hombre maduro y de opiniones formadas, pero Temerario no deja de ser un dragón joven con pocos conocimientos y una visión del mundo obligatoriamente limitada. Su interés por su herencia china y por el distinto trato que allí se dispensa a sus congéneres tensará la relación de ambos hasta un punto donde podría peligrar incluso su compañerismo.

La novela abandona paulatinamente el ambiente bélico de la anterior, en medio de las guerras napoleónicas, para adentrarse en las peligrosas aguas de lo diplomático, en el choque cultural entre dos formas muy diferentes de entender el mundo: la milenaria, cerrada y arrogante cultura china; y la pujante, colonizadora y arrogante cultura británica. Convencidos de su superioridad los primeros tan solo desean que les dejen en paz con el menor contacto posible; y, sintiéndose dueños del mundo, los segundos buscan prerrogativas mercantiles y nuevos territorios sin importar los deseos de los asimilados o el precio que acarree para terceros. Es cierto que en ocasiones, tanto fasto y boato se hace algo pesado con las ceremonias, con las cenas, con la insistencia en los trajes y modales; pero también lo es que la autora refleja a la perfección la época, transmitiéndosela al lector con vívida realidad.

A través del conflicto surgido entre las diferentes ideologías imperantes en Oriente y Occidente, Novik aprovecha para tratar temas como la esclavitud o la igualdad, haciendo primero que se hagan conscientes cuando el barco que transporta a los protagonistas recale en un puerto esclavista de la costa de África y Temerario no pueda asimilar que unos seres humanos traten así a otros hombres, y mostrando luego una sociedad china donde los dragones son tratados como seres libres enfrentándola a la británica donde, a pesar del cariño evidente de los miembros de la Fuerza Áerea hacia ellos, no son sino una pieza en la maquinaria bélica sin libertad para ir donde les plazca ni elegir sus destinos, animales de carga sin ningún derecho efectivo. Laurence se llega a cuestionar, con gran dolor, si Temerario no se encontraría mejor entre sus congéneres chinos, tratado con toda ceremonia, que de vuelta a Gran Bretaña a continuar guerreando contra las tropas napoleónicas.

Por supuesto hay mucho más en El trono de Jade. Detrás de la delegación china se intuye una conspiración, un complot de oscuros intereses, que hará sospechar que algunos son en realidad intentos de asesinato sobre la persona de Laurence, y de si los acercamientos en torno a la educación y los privilegios concedidos a Temerario no se esconden en realidad sutiles intentos de separarlos. A la larga travesía marítima le sucede el retrato de una China milenaria que Novik va desvelando a través de los ojos sorprendidos del capitán británico. La autora tiene la habilidad de no caer en el maniqueismo y los chinos no se convierten por obligación del guión en unos malos de opereta sin escrúpulos, sino que la autora refleja unos personajes con una cultura ajena pero atractiva, y tan humanos como los ingleses con los que antagonizan. Las distintas facciones que luchan por acercarse al trono del Emperador utilizarán a Laurence y al propio Temerario como un arma arrojadiza y pronto se hará evidente que el peligro no ha pasado, en absoluto, al arribar a las costas chinas, sino que, más bien, el mismo se ha incrementado, y que deberán luchar por sus vidas o se verán abocados al desastre y a la muerte al encontrarse en medio de una red de intrigas y maquinaciones políticas que van mucho más allá del simple destino de un dragón por muy especial que este sea. Es una lástima que Novik no profundice algo más en la sociedad feudal china, de sus entresijos y peculiaridades, en la convivencia de igual a igual entre humanos y dragones, pero también es cierto que al estar narrado desde el punto de vista del oficial británico hay muchas parcelas de la misma que le están vetados (y a través de él al lector).

La autora amplia adecuadamente para la ocasión el plantel de personajes, empezando por el príncipe Yongxing como antagonista, y al enviado diplomático, Hammond, no se sabe muy bien si como aliado de Laurence o como depositario de los intereses británicos que muy bien pueden chocar con los del jinete de Temerario. Junto a ellos destacan los embajadores chinos, Sun Kai y Liu Bao, cada cual muy distinto, reflejo del buen hacer de la autora. Y, por supuesto, los miembros de la tripulación del dragón que acompañarán a Laurence en tan largo periplo. Además, al dar un mayor protagonismo a los dragones chinos, el lector conocerá algunas curiosidades de su sociedad en el ámbito de la cultura china y a algunos realmente diferentes de los que ya se habían conocido en El dragón de su majestad, y que incluso tienen sus propios intereses.

El trono de Jade es una entretenida continuación de El dragón de su majestad que, lejos de repetir los esquemas de la primera limitándose a ofrecer más de lo mismo, se dedica a ampliar el contexto anterior, añadiendo gran cantidad de detalles geográficos e históricos, que no difieren en demasía de nuestra propia realidad, aunque eso sí, ofreciendo una nueva forma de relación entre humanos y dragones. Porque la autora tampoco olvida en ningún momento que se trata de una novela juvenil en que debe primar la aventura y ofrece un libro atractivo y emocionante, donde las luchas, los atentados, los enfrentamientos y los combates están servidos (aunque el carácter bélico, de grandes batallas, sea menor que en la anterior y el ritmo general más pausado hay bastante acción) entre momentos más reflexivos consiguiendo un equilibrio muy de agradecer. Sin embargo, el final, al contrario que ocurriera en la primera entrega, no está del todo cerrado, dejando a los protagonistas, solucionado de sorprendente manera el problema chino, con un largo camino por delante todavía por recorrer, cosa que harán en La guerra de la pólvora, novela que cierra esta primera trilogía.

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Reseña de otras obras de la autora:


El dragón de su majestad. Temerario I.


2 comentarios:

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