Trilogía Southern Reach 3.
Jeff VanderMeer.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Destino. Col. Áncora y Delfín # 1306. Barcelona, 2014. Titulo original: Acceptance. Traducción: Maia Figueroa Evans. 427 páginas.
Tercera y última entrega de la trilogía, tras Aniquilación y Autoridad, que gira en torno a la secreta, y secretista, organización gubernamental Southern Reach encargada de investigar la misteriosa Área X, Aceptación se encarga de reunir y, en cierta medida, finalizar las líneas seguidas en aquellos. No es este un libro para el tipo de lector que quiere todas las respuestas al final de la lectura, para los que lo quieren todo mascado y explicado. VanderMeer sugiere tanto o más de lo que muestra, dejando que cada cual extraiga sus propias conclusiones de los múltiples senderos que se van abriendo. Y es que conforme más «superficie» se va apreciando del cuadro general más se da cuenta el lector de sus proporciones inabarcables. Es, sin duda, una historia más grande que la extensión de los propios libros, algo que puede resultar tanto fascinante como frustrante, y que es parte ineludible de su propio encanto y atractivo. Profundamente metafórica, hay que bucear mucho, sin oxígeno y sin cuerda de seguridad, para obtener el tesoro que esta narración encierra, pero es un esfuerzo que merece la pena si no se ahoga uno antes.

Con un mensaje, o una cuestión, evidentemente ecológico —¿estaría mejor la Tierra sin la presencia de los seres humanos?—, los protagonistas son testigos de cómo en el Área X todos los desmanes de la humanidad han sido «curados». El aire es puro, la contaminación ha sido erradicada, el agua se muestra límpida… A cambio la naturaleza ha mutado, la vida animal y vegetal se desarrolla de forma desbordante, con ciertas metamorfosis que la hacen extraña. Los animales han sido transformados de las formas más insospechadas —algo perfectamente retratado en las muy idóneas portadas de la edición española, reflejando ciertos pasajes vitales de cada libro—. Tan sólo Pájaro Fantasma, y en un plano secundario Grace, parecen darse cuenta de la realidad del lugar, de los parámetros en que deben moverse dentro de ese nuevo mundo, de los peligros y maravillas que han de enfrentar, ante cuya presencia la única acción «correcta» parece ser la rendición, la pura y simple aceptación, por muy dura que resulte. Una rendición frente a un mundo tras el que subyace una «inteligencia» que simplemente «es», ajena, desinteresada, extraña e inabarcable, que no repara en la presencia humana y cuyas acciones aparentemente agresivas ante los intentos de desentrañarla no responden al odio o la venganza, ni al amor o el deseo, sino a la pura indiferencia, lo que quizá aún resulte más doloroso.

Cada personaje —cada persona— es una isla, intentando tender puentes dentro de un archipiélago, faros aislados lanzando a la oscuridad una luz que permita a los desconocidos navegar en aguas cercanas, temiendo y a la vez buscando la soledad. Se establecen relaciones basadas en la falsedad, en la fachada que se muestra al mundo y que parece diferir enormemente de lo que cada uno es en realidad. Solo se permiten mostrar una muy pequeña parte y, como su propia penitencia, eso les impide llegar a conectar realmente con aquellos que los rodean, que tienden a ellos, o siquiera consigo mismos. A los protagonistas les cuesta horrores abrirse a sus compañeros de aventura y, por ello, se convierten en otra cosa de lo que bien podrían haber sido.
A través de esta exploración de pasado y presente va surgiendo una historia profunda, conectando detalles que VanderMeer había ido dejando caer en las anteriores entregas: la participación de la Brigada de Ciencia y Espiritismo en el origen del fenómeno; la conexión del farero con la torre y con ciertos elementos de Southern Reach; la explicación a la presencia de la planta que crecía en la oscuridad de un cajón del escritorio en el despacho de la directora; la propiedad de cierto teléfono móvil que parecía perseguir a Control pese a sus intentos de deshacerse del mismo; lo sucedido a la bióloga tras embarcarse hacia la isla y la respuesta al aparente desdoblamiento de su personalidad; la relación de la directora con el Área X y con Lowry; el destino de Grace, la subdirectora, y la explicación a su manifiesto antagonismo ante el nuevo director...
El autor mantiene un estudiado equilibrio entre el misterio y las revelaciones, aunque estas últimas quizá no sean precisamente fáciles de desentrañar. Aceptación es casi un estudio naturalista del Área X, de su desbordante naturaleza, de su taxonomía extraña, de las relaciones que establece con aquellos que se atreven a permanecer dentro de sus límites y de los cambios que fuerza en ellos, tanto físicos como mentales. Cuando lo abiertamente fantástico, lo monstruoso, lo ominoso, empiezan a hacerse con el escenario, el lector tiene dos opciones: aceptar como la bióloga, que la duda, el misterio, es parte de cualquier ciclo vital y fundirse con el entorno, dejarse llevar por la extrañeza del relato; o mantener unos esquemas mentales férreos, como Control, incapaz de adaptarse, intentando aferrarse a lo ya conocido y chocando de forma frustrante contra todos los pequeños muros que surgen a su paso, dejándose aplastar por la imposibilidad existencial de los monstruos que va a encontrar en su periplo.
Una narración en la que poco es lo que parece, cargada de imágenes poderosas, de sensaciones evanescentes, de respuestas elusivas; un tanto descompensada, es cierto, según el punto de vista narrativo particular de cada capítulo —y es que los cuatro personajes principales, y su parte de la historia, no tienen el mismo interés ni consiguen la misma implicación emocional—. Sin estridencias, sin acción vertiginosa, la Trilogía de Southern Reach, y Aceptación como parte de la misma, es una de esas historias en que importa más el camino que la meta, la forma de recorrerlo y el cambio mental que implica, que las recompensas en forma de respuestas obtenidas al final. El fracaso de los protagonistas por aprehender toda la enormidad del misterio en que se ven envueltos es el origen de la frustrante imposibilidad del lector de recibir todas las respuestas. En este contexto las palabras, el mismo lenguaje, se vuelven inútiles. No se puede abarcar todo, no se pueden comunicar sino sombras de lo entrevisto en una zona tan inabarcable, tan alienígena, tan sutilmente monstruosa como es el Área X. Pero, al final, no importa tanto el saber como la experiencia. ¿Es suficiente? ¿Es satisfactorio? Solo cada lector podrá responderse a sí mismo.
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