viernes, 27 de enero de 2017

Reseña: Calamity

Calamity.
The Reckoners, libro tres.

Brandon Sanderson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2017. Título original: Calamity. Traducción: Pedro Jorge Romero. 413 páginas.

Tras Steelheart y Firefight —y la novela corta Mitosis que se intercala entre ambas— la trilogía de los Reckoners llega a su conclusión. Una serie juvenil de temática superheroica, de ritmo frenético y mucha acción, con la «aparente» intención de mero entretenimiento y disfrute para el lector —lo cual no quita que haya mucho por escarbar también aquí—. La reseña que viene a continuación puede contener —y contiene— trazas de detalles de las novelas anteriores, así que para evitar una mala reacción se aconseja que cada cual se adentre en su lectura con la debida precaución si no quiere destriparse a sí mismo algunas cositas precedentes. La trilogía en sí ha sido, una vez más, una revisión moderna de la historia de David y Goliath, bajo la óptica de simples humanos enfrentados a superhombres de inmensos poderes. La historia de aquellos que no se rinden por mal que les vengan dadas las cosas y se enfrentan a la injusticia del destino que le ha tocado en suerte a su mundo porque no son capaces de hacer otra cosa, porque no pueden aceptar resignadamente que los malvados triunfen y los inocentes sufran. Tal vez sus motivaciones iniciales no sean todo lo honorables que les hubiera gustado luego, pero eso también es algo con lo que luchan. Y así, Sanderson, además de con una buena cantidad de humor y mucha acción, lo envuelve todo en la emocionante épica que representa el desigual combate del débil frente al fuerte; en ese afán de superación que no siempre conlleva la victoria. Porque las buenas intenciones no siempre triunfan, ¿o sí?

Sanderson, después de los sucesos de Fireflight, no se anda con rodeos y presenta a los miembros supervivientes del grupo —David, Megan, Abraham, Cody y Mizzy— metidos de nuevo de lleno en faena. Sin el apoyo y la dirección de Jonathan Phaedrus, deben buscarse la vida para conseguir nuevos suministros y, sobre todo, armas. Así que qué mejor que acudir a la fuente y, ya que no atiende sus peticiones de venderles el material, asaltar la sede, altamente fortificada, de la Fundición Knighthawk, el gran desarrollador de tecnología y armas que replican los poderes de algunos épicos. David, ahora al mando a pesar de su juventud, está convencido de haber descubierto el secreto para controlar la tendencia oscura de aquellos tocados por los superpoderes y, más importante, de devolver al Profesor a su estado anterior. El fregado está servido.

Con una estructura muy similar y como en los libros anteriores, en que la acción se desarrollaba en una ciudad real de los EE.UU., Chicago y Nueva York, radicalmente cambiadas por la acción de un Épico como parte de los ahora Estados Fragmentados, los Exploradores van a visitar, en su seguimiento de los pasos del Gran Épico Limelight, van a visitar la actual ubicación de Atlanta, ahora conocida como Ildithia y transformada en una urbe que se remodela semana tras semana. Y es que la ciudad no para de moverse, en permanente flujo de destrucción y renacimiento, forzando a la población a mudarse constantemente. Allí reina Larcener, un épico que es un auténtico niño mimado y caprichoso con el poder de quitar y asimilar el de otros épicos, devolviéndolos, temporal o definitivamente según el grado de su toque, a su ser anterior de «meros» humanos. Hasta allí llega el grupo intentando detener cualquiera sean los planes que esté gestando Limelight. Además de ofrecer una nueva aventura completa, Calamity viene también a desvelar el secreto tras la creación de los épicos, de la motivación de su tendencia a la oscuridad y de su posible recuperación para la bondad. Algo para lo que el grupo necesitará ponerse al  borde mismo del precipicio, sin nada que garantice que no se despeñen todos por él. Pero optimismo es algo que nunca les ha faltado a los protagonistas.

Y es que el grupo sigue actuando en condiciones precarias, en unas circunstancias en las que es muy difícil preparar un plan en condiciones. Siguen dependiendo de los impulsos y de la suerte, además de un buen factor de improvisación y adaptación a las herramientas que van encontrando. Dependen de su ingenio más que de una rigurosa planificación que suele saltar por los aires a la mínima de cambio enfrentados a toda suerte de épicos con los más variopintos poderes. Están en territorio desconocido, rodeados de enemigos que les superan ampliamente y sin ningún viso de encontrar posibles aliados entre la  población del lugar, resignada a la mera supervivencia, si no decididamente entregada al servicio del épico que se encuentre a cada momento al mando. Cada miembro del grupo deberá enfrentarse de alguna manera a su propio pasado, a sus propios miedos, y decidir si por la misión merece la pena arriesgar sus vidas de forma casi suicida.

Los personajes, sobre todo David y Megan, han evolucionado a fuerza de cuestionarse sus objetivos. Han cambiado desde que el lector los conociera en Steelheart, son más maduros, aunque David no deje de ser un post adolescente sin demasiada experiencia real fuera de lo vivido en Chicago Nova y Babilar. Además del tema general de la lucha contra la oscuridad interna y sobre la necesidad de cada persona de sobreponerse a sus miedos, hay aquí una importante reflexión, ejemplificado en la interacción entre Megan y Mizzy, del significado profundo de la venganza y del posible, o no, perdón. Si la serie nació para seguir a un grupo dedicado a «cazar» épicos, a matarlos sin misericordia como única manera de erradicar el problema que suponen para el resto de humanos, poco a poco la misión ha ido evolucionando para destacar aquí el grupo como «redentores» de los seres poderosos, como gente que intenta devolverlos al buen camino, a lo que eran antes —aunque resulta obvio que no todo el mundo es bueno de origen y que algunos disfrutan con el mal que causan, así que a esos no se les puede tratar con benevolencia—. ¿Puede convertirse en realidad el viejo sueño del padre de David de alcanzar un mundo donde los épicos ayuden a la humanidad y no se limiten a sojuzgarla? Esa es la pregunta que deben conseguir responder si además desean sobrevivir a la ordalía.

Todo lo que Sanderson había ido planteando en las dos entregas anteriores tiene su respuesta y cumplimiento aquí. Sin embargo, el cierre quizá no se antoje a la altura de lo anterior. La aventura está muy bien, el estilo del autor es como siempre desbordante, la acción no decae, las revelaciones son coherentes y satisfactorias, pero el conjunto no resuena con la fuerza de las entregas precedentes —para mí, y sé que no es opinión mayoritaria, el libro central es lo mejor de la trilogía—, aunque quizá influya el sentimiento de no querer que la cosa termine. Además, para ser tan importante, el tema central de la figura y motivaciones de Calamity se despacha de forma algo anticlimática en unas páginas finales comprimidas en exceso, cerrando a la perfección la trilogía, pero dejando un regustillo a algo demasiado acelerado —para lo que les ha costado llegar hasta allí—. Aún así, es un libro de lo más disfrutable, sobre todo dejándose llevar por la velocidad que Sanderson imprime al relato y dando buena cuenta de las sorpresas y giros. Calamity es puro entretenimiento, humor —los símiles y metáforas de David no han mejorado precisamente con el paso del tiempo— y tragedia —sacrificio— inextricablemente unidos, mostrando, como parte de una serie «juvenil», una sorprendente carga reflexiva a través de un interesante uso del universo superheroico, invitando a profundizar en temas de calado. Y además, el guiño final es maravilloso.
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