miércoles, 22 de febrero de 2017

Reseña: Los últimos días de Nueva París

Los últimos días de Nueva París.

China Miéville.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2017. Título original: The Last Days of New Paris. Traducción: Silvia Schettin. 235 páginas.

Primera advertencia: esta es una novela surrealista sobre surrealismo. Una pirueta de un autor que siempre busca el «más difícil todavía». Y, como tal, puede tanto cautivar de forma radiante como producir un virulento rechazo. Es una lectura plagada de imágenes poderosas que navegan en todo momento entre lo absurdo y lo extraño, por lo que aquellos que no comulguen con esta tendencia van a salir trasquilados. Segunda advertencia: por la longitud del libro algún lector podría pensar que esta es una obra «menor» dentro de la producción de Miéville, pero nada más lejos de la realidad. Es una novela corta, sí, pero con mucha entidad, con una historia que da cuenta del enorme despliegue imaginativo que siempre acompaña los escritos del autor, y que sirve además para entender alguna de las inspiraciones para las criaturas fantásticas que pueblan sus páginas desde el principio de su carrera. En esta ocasión se interna por los caminos de la ucronía o la Historia alternativa, en un mundo donde la II Guerra Mundial no terminó en 1945, sino que, debido a cierto suceso acaecido en París en 1941, se ha prolongado en el tiempo como poco hasta 1950. A Miéville le gusta pervertir la arquitectura de sus ciudades, desde Nueva Crobuzon a Beszel / Ul Qoma, y aquí no iba a ser una excepción, haciendo de la capital de Francia un lugar irreconocible, inquietante, fascinante, cautivador y aterrador a partes iguales. Si se gusta del tipo de relatos cuya lectura amenaza con hacer que explote la cabeza este es uno de ellos.

En 1950 una buena parte de Francia permanece ocupada por el ejército nazi. En un París prácticamente irreconocible, soldados alemanes y miembros de la resistencia se enfrentan en un escenario poblado de «manifs», manifestaciones de obras surrealistas —tanto pictóricas como literarias— traídas a la vida y el movimiento como arte andante dispuesto al combate. Pero no están solas, pues las puertas del infierno también parecen haberse abierto para dejar salir a unos cuantos demonios menores deseosos de pelea del lado de los nazis. El campo de batalla y las armas son inciertas, irracionales, y la locura parece enseñorearse de la ciudad. Los alemanes, incapacitados para llevar la iniciativa han sellado esta Nueva París para que nada entre o salga, pero siempre hay caminos para los más intrépidos.

La narración empieza en ese 1950, con un hombre llamado Thibaut, miembro del grupo revolucionario antinazi de los Main à plume, quien se abre paso entre los escombros y los manifs, al parecer intentando abandonar la ciudad, cuando va a tener un encuentro inesperado con Sam, una fotógrafa estadounidense que dice estar documentando los fenómenos extraños, recopilando fotografías y datos para publicar un libro, pero que también parece tener una agenda propia. Después, en el segundo capítulo, la acción va a dar un salto atrás hacia 1941, cuando un grupo de bohemios, artistas surrealistas que se refugian del horror de la guerra en la marsellesa Villa Air-Bel, entran en la órbita de un estadounidense llamado Jack Parsons que dice estar de camino hacia Praga embarcado en una vital misión alentado por su mentor, Aleister Crowley. Una y otra línea se van a ir alternando, con preponderancia de la de 1950, apoyándose la una a la otra para ir desvelando las claves del relato.

Elementos pseudo científicos y ocultismo se dan la mano para generar un artefacto que cambiará el devenir de la Historia tal y como nosotros —y al parecer el narrador— la conocimos. Arte y destrucción se enfrentan con resultados caóticos e impredecibles en Nueva París. Los cadáveres exquisitos caminan con vida propia. Mesas lobo persiguen a los que se internan en la ciudad. Girasoles enormes echan raíces por doquier. Los tiburones se convierten en canoas en el Sena. Una inmensa cabeza de bebé surge del suelo. Las cartas de la baraja del «Juego de Marsella» cobran singular importancia. Los nazis experimentan con sus propias manifestaciones, con éxito incierto, mientras trastean con lo sobrenatural a la búsqueda de un asuperarma que les dé la superioridad en la desigual batalla que se desarrolla en las calles de la remozada urbe, y se sirven para ello de un sacerdote renegado que ha creado su propia iglesia. Los manuales de arte, los grimorios arcanos, los textos religiosos, las revistas de las vanguardias se convierten tanto en fuente de consulta como en instrucciones de desarrollo de armas surrealistas —o, al menos, de forma de interpretación de aquellas que parecen haber aparecido de forma autónoma tras el evento de 1941— para una guerra envuelta en el caos y la anarquía.

La trama en sí, una búsqueda después de todo, una peregrinación por los lugares más destacados de esta Nueva París, no tiene una excesiva complejidad, deteniéndose tan sólo en una serie de encuentros más o menos fortuitos, alianzas reticentes, enfrentamientos desenfrenados, fantasías demenciales y huidas desesperadas, desvelándose todo su trasfondo, incluido un McGuffin con el nombre de Fall Rot, como un intrincado y hermoso juego de referencias artísticas cruzadas con las que se desarrollaron en nuestro propio mundo. Referencias detalladas en unas profusas notas que es recomendable leer, como vienen publicadas, al final —o si acaso intercaladas con una relectura de todo el texto, ya que es breve y se tarda un suspiro— para no entorpecer su natural fluir, pues pueden llegar a causar cierta saturación «didáctica». Miéville da cuenta de las muchas fuentes que ha integrado en el texto convertidas en visiones de pesadilla y maravilla; y son muchas en verdad, intercaladas además entre algunas de creación propia. La cuidada edición y la acertada traducción, complicada precisamente por ese continuo bombardeo de referencias, ayudan con mucho al disfrute de la novela.

Todo el relato se ve envuelto en una sensación onírica, irreal casi tanto como surrealista. Thibaut es en realidad un observador que se deja llevar a la deriva de los acontecimientos, arrastrado en ocasiones por el ímpetu de Sam. Él es la lente que matiza la visión para los lectores; ella es la conductora del vehículo que lleva a la acción. El absurdo se convierte en realidad imprescindible, los monstruos y los fenómenos extraños devienen carne convertidos en souvenirs de un particular comercio ilícito, la guerra se combate en un tablero de dimensiones cambiantes, y Miéville se saca de la manga unas cuantas sorpresas que van a servir para hacer avanzar la trama o para sacar a los protagonistas de más de un complicado entuerto. Todo el libro es una pirueta sin red, pero con arnés, donde el escenario y los seres que lo pueblan son casi más importante que la trama que les da sustento. Hay flores creciendo del fango, hay hermosura en medio del caos y la destrucción, hay arte enfrentándose al horror de la guerra, al fascismo y al mismo Infierno... Un epílogo, justo antes de las notas, sitúa los parámetros en que esta historia se ha escrito en referencia a nuestra propia Historia, desvelando un juego metarreferencial cargado de complicidad. Un juego erudito en el que Miéville implica, para bien y para mal, a sus lectores. Y hay que entrar a jugar sin prejuicios, dispuesto a todo, para dejarse maravillar y sorprender, o no se disfrutará del mismo en absoluto.
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