martes, 29 de abril de 2008

Reseña: Crónicas del Señor de la Guerra

Crónicas del Señor de la Guerra.

Bernard Cornwell.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Volumen 1. El rey del invierno. Muchnik Editores. Col. Quinteto 17. Barcelona, 2002. Título original: The Winter King. Traducción: Concepción Cardeñoso Sáenz. 621 páginas.

Volumen 2. El enemigo de Dios. Muchnik Editores. Col. Quinteto 26. Barcelona, 2002. Título original: Enemy of God. Traducción: Concepción Cardeñoso Sáenz. 575 páginas.

Volumen 3. Excalibur. El Aleph Editores. Col. Quinteto 34. Barcelona, 2002. Título original: Excalibur. Traducción: Concepción Cardeñoso Sáenz. 589 páginas.

En la Britania del siglo V, el rey supremo Uther Pendragón se erige como la última defensa de los reinos unidos de los britanos contra la amenaza sajona proveniente del continente y cuya presión es cada vez mayor. Pero Uther está a punto de morir y su herededo, su hijo Mordred, es apenas un recién nacido, así que dejará la regencia y el destino de la unidad britana en manos de su hijo ilegítimo: Arturo, caudillo guerrero, que se verá atado a los juramentos prestados, a los que su honor le impedirá faltar o renunciar, a pesar de sus propios sueños y capacidades, mayores de los de muchos otros que se considerarán sus superiores. Y así comienza una épica narración en la que la pervivencia de los enfrentados reinos britanos está en juego, frente al aparentemente imparable avance de los sajones y a las luchas internas que desgarran la unidad alcanzada por Uther Pendragón. La tarea no es en absoluto sencilla y Arturo se enfrenta a una vida de continuas batallas y derramamientos de sangre, en la que los momentos de solaz y esparcimiento serán como rayos de sol entre nubes de tormenta.

Hay que decir que, aunque dividido en estos tres voluminosos tomos, en verdad se trata de una única novela, ya que cada entrega continúa sin pausa con lo narrado en la inmediatamente anterior. Sin embargo, también se debe indicar que podría ser recomendable el dejar un reposo entre libro y libro, un descanso que permite un mejor disfrute sin sobresaturarse.

El relato se nos presenta escrito por un monje en el final de sus días; de origen sajón, pero criado por los britanos, llegaría a convertirse en uno de los mayores valedores y amigos de Arturo. En varios momentos se recalca que lo que se está contando es la historia real, los sucesos como él mismo los viviera y fuera testigo, en contraposición a las visiones de poetas y juglares que pervirtieran la historia para hacerla más hermosa, más acorde a los gustos de sus oyentes, enalteciendo a algunos personajes que en realidad poco o nada tenían que ver con esa visión “caballeresca” extendida con posterioridad.

Cornwell intenta un acercamiento “histórico” a la figura del caudillo britano, Arturo, que nunca quiso ser rey, pero sin renunciar por ello a la visión más “mítica” que nos han trasmitido los bardos, poetas y escritores de siglos posteriores. Así el autor se embarca en una fiel reconstrucción, ampliamente documentada, de lo que podría ser la vida en la Edad Media, en una tierra como Britania; de los usos y costumbres; los tipos de construcciones; los ropajes de nobles, soldados y plebeyos; de los utensilios, bélicos y cotidianos, que los mismos utilizaban; en una búsqueda de realismo que da una gran profundidad al relato sin restarle un ápice de emoción. Se nota en todo momento, licencias aparte, una búsqueda de veracidad que acerca mucho más lo narrado al lector. Mención aparte merecen las cruentas descripciones de las numerosas batallas en las que se ven envueltos los protagonistas, lejos de la poética de los juglares, pero no exentas de un cierto lirismo salvaje y épico. Un realismo que se muestra en los ejércitos de leva, con pocos soldados “profesionales”, con cada guerrero portando todo lo que necesita para el enfrentamiento, tanto armas, como aperos y provisiones; en las descripciones de las luchas, en el sufrimiento, en las tripas que se derraman, en los olores que casi se intuyen, en los diálogos entrecortados, auténticos, en el miedo que se palpa y en el sobreponerse al mismo que hace de los guerreros auténticos locos o héroes…

Realismo, sin embargo, que choca a veces con el uso de personajes, circunstancias o nombres claramente anacrónicos con la época en que está situada la acción; hecho que el mismo autor se ocupa de remarcar y justificar en unos pequeños apéndices al final de cada volumen, como un guiño o concesión al lector moderno que espera ciertas cosas de la leyenda artúrica que no podrían faltar.

Es curioso en ese sentido tener en la mente las diferentes versiones del ciclo como La Muerte de Arturo de Mallory, ya que resulta muy interesante ver los paralelismos y los lugares en que difieren (muchas veces radicalmente) unas y otra. Es interesante ver cómo son tratados los diferentes hechos “históricos”, las batallas, la vida diaria o algunas de las leyendas periféricas del ciclo, incluidas aquí como interesantes añadidos al trasfondo de la historia principal en curiosas versiones del origen del mito.

Ofrece Cornwell el retrato de un mundo en proceso de cambio, con referencias a la ya lejana ocupación romana, que dejó un barniz de civilización y cultura en los dirigentes y reyes britanos, pero que se va perdiendo en la ignorancia de guerreros y campesinos (estremecedora la imagen en la que unos soldados aclaman al rey entrechocando las astas de sus lanzas contra un mosaico mientras las piezas cerámicas van saltando con cada golpe al suelo), y con la llegada del cristianismo que va extendiéndose en una difícil convivencia con las creencias ancestrales de los pueblos allí instalados y que muchas veces llevará a la confrontación.

Es llamativo, dentro de esa búsqueda del realismo por encima de todo y con la que podría entrar en contradicción, el uso que hace Cornwell del recurso mágico. Como personaje omnipresente (aunque muchas veces ausente) no podía faltar el mago Merlín, consejero con agenda propia de Arturo, y con el que el autor juega a no tomar partido sobre la existencia real o no de la magia, decantándose a un lado u otro según el momento en que se encuentra la narración, ofreciendo muchas veces la explicación mundana (trucos, sugestión, engaño…) del acto milagroso, pero dejando en el aire la duda sobre la causa de alguno de ellos, quizá para que sea el propio lector el que elija lo que más le satisfaga.

En la épica historia de este Señor de la Guerra, y ahora que está tan de moda la saga de Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin, se podría decir que ésta es un claro antecedente de la misma. A lo largo de sus muchas páginas aparecen multitud de personajes de los que no se debe encariñar uno demasiado, batallas por doquier, política, traiciones, muertes a granel, interesantes dosis de romance, adulterio e insinuación de incesto, enfrentamientos entre reinos “hermanos”, un continuo cambio de alianzas en el juego de los tronos, amenazas exteriores, y hombres, y mujeres, con una gran profundidad psicológica, ambiguos, llenos de matices… humanos al fin y al cabo.

Se mueven estos personajes en un mundo que termina, el de los dioses paganos, y uno que avanza imparablemente, el del cristianismo, que provoca muchas tensiones y que no es sino reflejo de la agonía de los reinos britanos ante los sajones, a los que tratan de detener. Merlín, paladín de los antiguos dioses, buscará por todos los medios restaurar su poder y ascendencia sobre la antigua Britania para recuperar el antiguo esplendor perdido.

Todo ello, sobre todo esa búsqueda de realismo, conduce al autor a un final algo anticlimático, pero no por ello menos emocionante. En el tercer tomo, tras la gran batalla de mediado el mismo, se produce una larga “despedida” (casi medio libro) mucho más tranquila con un repunte de épica en el último tramo, con una batalla que no llega a alcanzar las cotas de la anterior y que deja paso a un final más poético y triste. Es el fin de una era, de una forma de entender el mundo, y de una magnífica novela (o trilogía) destinada a pervivir en la memoria.

1 comentario:

Luna de Abril dijo...

Buenas tardes.

No he podido evitar la tentación de comentar algo, por más vano, poco cuerdo y extenso que fuera. Antes, decir que no he leído todo el libro, apenas voy a terminar el primero, pero puedo decir, con toda mi certeza y verdad que es uno de los libros más fantásticos y apasionantes que he tenido la oportunidad de leer.


Me fascina la Edad Media y todo lo que trate de ella, por consiguiente era inevitable que me encontrara con este libro. Sencillamente, estoy agradecida por habérmelo hallado. Fue el momento preciso, perfecto para mí.


Saludos.