miércoles, 3 de junio de 2009

Reseña: La nave de un millón de años

La nave de un millón de años.

Poul Anderson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns

Zeta Bolsillo. Col. Nova. Barcelona, 2009. Título original: The Boat of a Million Years. Traducción: Carlos Gardini. 727 páginas.

Recupera está renacida colección Nova “ciencia ficción” un libro en el que tan sólo unas 150 de sus más de 700 páginas pueden ser consideradas propiamente de ciencia ficción. En realidad, La nave de un millón de años ofrece un viaje a través de la Historia sobre la Tierra en un estudio más sociológico que propiamente histórico y solamente en su último “capítulo” se abre hacia el futuro en una travesía interestelar que habrá de deparar abundantes sorpresas. La premisa es sencilla, partiendo de la existencia de unas (pocas) personas a las que no les afecta el envejecimiento, que no enferman y que se curan extraordinariamente rápido de sus heridas (aunque puedan morir por las mismas), personas que en nada más destacan sobre el resto de sus congéneres, Anderson va haciendo un fragmentario retrato de la Historia de la humanidad, de sus grandezas y miserias. Comienza la narración aproximadamente sobre el año 310 a.C. y avanza a saltos entre todos los rincones del planeta en busca de estos seres extraordinarios y sus complicadas vivencias hasta un muy, muy lejano futuro.

La narración, debido al enorme periodo temporal que abarca, es obligatoriamente fragmentaria y en torno a ello se estructura el libro, saltando entre distintos episodios y distintos inmortales, cruzándolos de vez en cuando, avanzando en el tiempo, pero sin caer en la tentación de remarcar hechos históricos de gran importancia, sino mostrando la vida en otras épocas tal y como debía ser, y cómo se manejan en ellas los protagonistas para ocultar su secreto, acusados de brujería y otros crímenes peores cuando son descubiertos, al tiempo que buscan desentrañar si acaso existen más humanos como ellos y ellas.

Con estos mimbres, el libro se divide en dos partes claramente diferenciadas. Hasta la página 546 el lector se encuentra con una fantasía-histórica, aunque el único toque fantástico sea la existencia de los propios inmortales y sus relaciones con otros personajes históricamente reales. A partir de la citada página, se abre el último capítulo del libro, el más largo de ellos, donde el autor se sumerge plenamente en la ciencia ficción y el futuro, ofreciendo al lector el relato de un largo (en tiempo y en espacio) viaje a las estrellas donde los longevos protagonistas tendrán que enfrentar nuevos retos, desafíos y desavenencias.

Es quizá uno de los mejores aciertos de Anderson la elección de esos protagonistas como gente de lo más corriente, obviando el don de la inmortalidad relativa, con las mismas filias y fobias, los errores y aciertos, la inteligencia o falta de la misma, con las mismas mezquindades y bondades que cualquier otro ser humano; personas normales, provenientes de todas las esquinas del planeta, que muchas veces se ven superadas por su situación y por las circunstancias en las que se ven envueltas, y que luchan por sobrevivir y comprender el mundo en que les ha tocado vivir a través de los tiempos. Es por eso que el libro se convierte de alguna manera en un estudio sociológico de los protagonistas, de sus reacciones, de sus sentimientos, de los cambios psicológicos que el paso de los años produce en ellos, ya que exteriormente permanecen inmutables. Todo ello se ve reflejado especialmente en el sentimiento de soledad que antes o después embarga a cada uno de los protagonistas, a la constatación de que el mundo a su alrededor va a ir cambiando inevitablemente, que sus seres queridos van a ir desapareciendo, que no pueden aferrarse a nada mientras ellos permanecen anclados en sus existencia. Se produce un estremecedor miedo a relacionarse, a enamorarse de alguien al que saben que verán morir tarde o temprano; hay una angustia vital en todos ellos, una resignación forzada, un anhelo imposible. Es curioso que en muchos pasajes me viniese continuamente a la mente la maravillosa canción que Queen escribiese para la película de Los Inmortales, “Who wants to live forever”, en especial los versos en que se pregunta ¿Quién quiere vivir para siempre? ¿Quién se atrevería a amar para siempre? Cuando el amor debe morir. [Who wants to live forever? Who dares to love forever? When love must die.]; ese es el estado en que el autor consigue imbuir a los protagonistas y a través de ellos al lector.

Es La nave de un millón de años una lectura víctima de su estructura, necesariamente fragmentaria, carente de una línea narrativa continua, con grandes saltos, con continuos cambios de protagonistas y de puntos de vista, que puede hacer que algún momento el lector pierda algo el interés al ser algunos de ellos ciertamente más interesantes y conseguidos que otros, o tener más simpatías por unos personajes que igual tienen una menor aportación que otros a priori no tan interesantes. Es por tanto en ese sentido, una novela algo difícil, áspera incluso, pero al final muy grata y con las suficientes sorpresas y vueltas de tuerca como para resultar satisfactoria e interesante. No puede evitar ciertos altibajos y muy posiblemente le sobren algunas páginas, pero también es verdad que yo no sabría muy bien de dónde cortar, pues al final todas las escenas a través de los siglos son necesarias para confluir y dar lugar a la auténtica aventura: el viaje a las estrellas. Y para tratar de contestar a la pregunta más importante que viene a ser planteada de alguna forma por el autor: ¿Daría la felicidad a los seres humanos el ser inmortales?