miércoles, 13 de octubre de 2010

Reseña: Acacia

Acacia.

David Anthony Durham.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Barcelona, 2010. Título original: Acacia. Traducción: Albert Solé y Mª Antonia Menini. 787 páginas.

Durham previamente a este libro había escrito varias novelas de género histórico y ha aplicado a la creación de su mundo fantástico todas las herramientas y resortes habituales en ese tipo de obras, lo que por un lado lo dota de un importante realismo, pero que también le trasmite cierta lentitud y un distanciamiento de lo narrado.

Acacia es la historia de un próspero reino milenario en que todo parece funcionar de manera idílica, con un bondadoso rey, Leodan Akaran, donde todos sus súbditos son felices y las cosas funcionan de maravilla. Pero, claro está, por debajo de esta corriente de bienestar fluyen las condiciones negativas necesario para mantener el estatus. Y no todos los pueblos bajo su dominio son tan felices como podría pensarse. Los Mein, subyugados muchas generaciones atrás y exiliados al helado norte, sueñan con liberarse del dominio de los acacios, para lo que no dudarán en organizar una complicada conspiración que les lleve a hacerse con el poder por medio del asesinato y la guerra.

Los cuatro hijos del rey, dos chicos y dos chicas, que han crecido como si viviesen en medio de un cuento de hadas, protegidos de la realidad por el amor de su padre, se verán dispersados para permanecer con vida, adquiriendo la novela una estructura en tres partes bien diferenciadas con distintas direcciones ―incluso con un buen lapso de tiempo entre la primera y la segunda― que casi son tres novelas cortas en sí mismas sino fuera porque se continúan las unas a las otras formando una evidente unidad narrativa.

A la novela le cuesta un tanto arrancar y no es que le falten precisamente sucesos interesantes, todo lo contrario, ahí están la conspiración, la traición, el auge de los Mein, la diáspora de los hijos del rey..., sino que están contados con una falta de emoción realmente curiosa. El autor parece dedicar buena parte del tercio inicial en presentar, pausadamente, personajes, localizaciones, pueblos, tribus, razas y situaciones con excesivo distanciamiento, al tiempo que va introduciendo retazos de historia antigua de los hechos y datos importantes que llevaron al reino a ser tal y como es en el principio de la narración. Se suceden los momentos destacables, pero con tal desapego que el lector no termina de verse implicado en la suerte de ninguno de los protagonistas. La prosa es un tanto plana, muy descriptiva, pero dotada de una alarmante falta de ritmo y un exceso de páginas. El lector recibe una gran cantidad de información, incluso más de la necesaria, referida a la construcción del mundo y a la preparación de la auténtica aventura. Como introducción se antoja demasiado larga.

En la segunda parte la narración, años después de los hechos acaecidos en la primera, va mejorando cualitativamente y Durham consigue que el lector se vaya sintiendo más a gusto con el mundo de Acacia, empatizando más con alguno de los hijos del rey y sus privaciones y padecimientos, al tiempo que la suerte del Imperio se va haciendo más y más intrigante. Cada uno de los jóvenes, inmersos en diferentes culturas, irá adquiriendo una serie de habilidades que les acercan rápidamente a sus destinos, al tiempo que modifican su forma de ver el mundo. Durham ha creado para la ocasión unos escenarios muy variados, con localizaciones dotadas de gran veracidad y coherencia ―aunque a veces se exceda en su afán de sentar las bases de cada pueblo, raza, historia y circunstancias, con todas sus tradiciones y mitos, sus religiones y creencias, sus ritos y costumbres―. El duro proceso de aprendizaje no será fácil para todos, tendrán que renunciar a mucho, despojarse de antiguos prejuicios y abandonar la vida de comodidad que habían conocido. Todos crecerán, en diferentes direcciones, influidos por el ambiente y las costumbres de sus lugares de acogida. De hecho, llegados aquí, si antes era la construcción del mundo, el relato ahora parece más interesado en el desarrollo de los caracteres que en la acción propiamente dicha, que parece reservada para el último tramo de la novela, donde cada uno de los cuatro hijos del rey deberá asumir el papel que el destino parece haberles tenido reservado.

Cuando las líneas que habían estado separadas finalmente confluyen ―al menos unas cuantas de ellas― en la tercera , con todo el rico trasfondo finalmente presentado, con cada protagonista con su personalidad formada, aceptada y asentada, es cuando realmente la cosa toma fuerza y el relato se llena de pasión e interés, aunque quizá ya sea tarde para quien no haya sido capaz de llegar hasta aquí. Alcanzado el momento decisivo, el autor se libera de la necesidad de establecer un escenario lleno de detalles y de dotar de vida a sus personajes y se desata en la parte bélica en dos frentes bien diferenciados y emocionantes, irrumpiendo con fuerza, además, el componente mágico ancestral con gran acierto y cierta irónica originalidad. Ciertas sorpresas inesperadas para las que el lector quizá no estuviera en absoluto preparado consiguen dejar un buen recuerdo de la lectura y con ganas de que no se retrase demasiado la publicación del segundo libro de la trilogía ―a la espera de la edición original del tercero―. Al final, los protagonistas han «crecido», han madurado y cambiado, evolucionado según sus circunstancias, alejándose bastante de los arquetipos que amenazaban ser, la sangre ha sido derramada, muchos hombres y mujeres ―que combaten juntos en el ejército― han muerto y muchas cosas han cambiado. La novela tiene un cierre perfectamente atado que, sin embargo, sienta las bases para su continuación que promete una nueva escala aunque solo sea en su dimensión geográfica.

Es curioso constatar cómo conforme va avanzando la novela la prosa se nota cada vez más suelta, mucho más fluida ―y sin conocer el original no me atreveré a decir mucho sobre la existencia de dos traductores distintos― y agradable. Además la historia aumenta significativamente su componente épico en este último tercio, alcanzando unas cotas de emoción inexistentes en las partes anteriores. Es por ello por lo que se puede asegurar sin temor que la novela termina mucho mejor de lo que empieza.

Al provenir de la novela histórica, Durham se recrea mucho en el ambiente palaciego y cortesano de las tramas, desarrollando en profundidad las intrigas y conspiraciones, los juegos de poder, las inquebrantables lealtades y las mezquinas traiciones de los que ostentan o se encuentran cerca del poder. El autor sabe y da a entender que muchas veces las guerras se vencen lejos de los campos de batalla y que detalles aparentemente irrelevantes, que parecen no tener nada que ver con los grandes hechos ―como un soldado cobrándose una pequeña y privada venganza― pueden modificar el discurrir de la Historia, cambiando el destino. El relato tiene un buen número de capas y lecturas, y mientras parece que la acción se centra en determinado tema por debajo del mismo existe una corriente sutilmente diferente que llevará la resolución por derroteros totalmente contrarios a lo que parecía. Durham utiliza todos los recursos de la novela histórica para dotar de realismo a su mundo fantástico, rodeando las decisiones de los poderosos de una red de complejidades, de influencias externas, de consecuencias múltiples que consiguen la verosimilitud de saber que el resultado de un hecho nunca puede ser del todo lineal, sino que tiene muchas y variadas repercusiones, incluso en personas y regiones lejanas que parecería que no debían ser afectadas. Todo está conectado, y un acto de bondad o maldad puede causar mucho tiempo después el vuelco de una batalla o el resultado inesperado en el ascenso de un rey. En primera instancia, son los pequeños y grandes actos humanos, y no de «seres superiores», los que finalmente impulsan la Historia. Además, el autor parece consciente de que precisamente la Historia siempre la escriben, en un primer momento al menos, los vencedores y a veces lo que ha llegado hasta el presente no es siempre lo que realmente sucedió, pudiendo existir diferentes versiones según quién cuente lo sucedido.

La narración se desarrolla a través de múltiples narradores en varias terceras personas no omniscientes, siguiendo a cada uno de los personajes sin que sepa lo que le está sucediendo a los demás, con un buen número de focos y voces distintos ―el rey de Acacia, sus cuatro hijos, su canciller Thaddeus Clegg, el general acacio Leeka Alain, el caudillo Mein y sus dos hermanos...―. El distante narrador particular es en cada momento uno de los protagonistas, que desconoce el destino del resto hasta que se vuelvan, si es que lo hacen, a reunir

Hay grandes temas, algunos muy actuales, subyaciendo bajo la superficie de Acacia, la novela y el mundo: la esclavitud, el racismo, la guerra, las drogas como elemento embrutecedor y de control de las masas, la justicia social, la prepotencia de ciertas naciones que se arrogan el derecho a gobernar a otras, el precio que se ha de pagar por mantener el poder, el que muchas veces las buenas intenciones tengan que verse respaldadas por malas acciones, el de la «justicia» de que el bienestar y la prosperidad de unos cuantos, incluso de una mayoría, esté apoyado sobre el sufrimiento de muchos, la predestinación como algo contra lo que luchar, la constatación de que en la eterna lucha del Bien y el Mal lo más normal es el gris ―es fácil ver que en la novela todos los bandos luchan con el convencimiento de estar haciendo lo correcto, mostrando argumentos válidos para justificar sus razones para realizar cada acción por cruel que sea, partiendo quizá de los errores ajenos del pasado―... Durham ha escrito una novela histórica de un mundo inexistente, pero con unas firmes bases y cantidad de detalles que lo dotan de verosimilitud.

Como reflexión final, está claro que la editorial puede, y debe, utilizar todas las herramientas a su alcance para llamar la atención de los lectores, pero por mucho que lo pregonée en portada, también se hace evidente que el autor juega, por el momento, en una liga diferente que la que Martin ―allí citado― comparte con Sapkowski, Sanderson o Erikson, por citar alguno escritores de Literatura Fantástica de los que están ahora en boca de todos; y no pasa nada por ello, salvo que alguien se lleve a engaño. Le falta un pelín para alcanzar el escalafón, pero libre de la construcción de su mundo muy bien podría conseguirlo en la siguiente novela de la serie: The Other Lands.


4 comentarios:

Elwen dijo...

Un poco pretenciosas me parecían las comparaciones pero aún así se me antojó este libro hasta que vi su volumen. Madre mía menudo tocho y yo con esta falta de tiempo. Me alegra saber que el final realmente merece la pena porque seguro sería una de las que se quedasen en el lento camino de la primera parte.

Apuntado queda pues Acacia para mis futuras dosis de épica :D

Yago dijo...

sí, es el problema que suelen tener este tipo de frases publicitarias (antes era con Tolkien), que levantan una expectativas que luego no siempre se ven cumplidas; con el agravante que el lector cada vez se las cree menos, con lo cual la táctica resulta contraria a su propósito, ahuyentando en vez de atrayendo.

Como digo, Acacia es denso al principio y va mejorando conforme avanza hasta alcanzar un punto álgido en la tercera parte, donde se desarrollan las batallas (hasta entonces las acciones bélicas se habían resuelto de una forma excesivamente rápida, en dos brochazos), aunque, insisto, no alcanza la altura de una Canción de Hielo y Fuego, un Nacidos de la Bruma o un Malaz (aunque, desde luego, es mucho más "claro" que éste), pero tiene muchas ideas interesantes y un nivel bastante apañado.

Yo al menos le doy un voto de confianza al siguiente, pues la cosa queda en un punto que promete bastante.

Lorena dijo...

Hola, Yago:
La trama es realmente muy interesante, y no me asustan los libros grandes peeeero... ¿en verdad se puede leer por sí solo?
No quiero que me suceda lo mismo que con "El nombre del viento" :(.

Yago dijo...

Hola,Lorena:

Yo,sinceramente, creo que sí, que el libro se puede leer perfectamente en solitario sin que se queden demasiadas cosas "colgadas" para el siguiente (y yo soy de los que suelo esperar a que una "trilogía" esté completa para leérmela toda seguida).

Por el momento el autor ha escrito un largo episodio de la Historia del imperio Acacio, pero la Historia continúa con nuevos hechos relevantes de su futuro.

De todas maneras, yo espero que Minotauro nos ofrezca pronto la segunda y que el autor publique pronto la tercera, para no tener tampoco que esperar demasiado.

Saludos