lunes, 20 de junio de 2011

Reseña: Baile de máscaras

Baile de máscaras.
Los vampiros de Morganville 4.

Rachel Caine.

Reseña de: Jamie M.

Versátil. Col. Juvenil. Barcelona, 2011. Título original: Feast of Fools. Traducción: Daniel Aldea Rossell. 300 páginas.

Antes de pasar a la reseña de la novela en sí, advertir a quienes no hayan leído los libros precedentes y tengan intención de hacerlo que la lectura de las siguientes líneas podría suponerles conocer de antemano detalles que desvelan parte de las tramas anteriores y de las sorpresas que encierra. La acción de Baile de máscaras se inicia prácticamente en el minuto siguiente al que se cerrara El callejón de la Medianoche, con los padres de Claire presentándose en la Mansión Glass con cierto vampiro llamado Bishop, enormemente poderoso y que dice ser el padre de Amelie, y dos inquietantes acompañantes. Los problemas de Claire y sus amigos, y posiblemente de todos los habitantes de Morganville, acaban sin duda de multiplicarse.

Por cierto, segunda advertencia, el baile al que hace referencia el título y los acontecimientos anunciados en la sinopsis de contraportada, tienen lugar allá por la página 240 (de 300), siendo sin duda el punto álgido de la narración, pero es que hasta entonces tampoco es que haya pasado nada especialmente significativo. La acción es bastante más lenta de lo que la autora nos había acostumbrado hasta ahora, sin embargo Caine consigue crear a la perfección la atmósfera necesaria de expectación ante el evento que se va acercando y donde las cosas van a precipitarse de forma emocionante (y algo sorpresiva), resolviendo alguna duda por el camino.

Los jóvenes van a ser perfectamente conscientes del lío en que están metidos al caer en la cuenta de que los propios Oliver y Amelie, los dos vampiros más poderosos de Morganville, temen a Bishop y recelan de sus intenciones. Pronto descubrirán que lo que quiere el antiguo vampiro es hacerse con el poder en la ciudad, dominando a todos sus habitantes y exigiendo pleitesía al resto de vampiros, al tiempo que el destino de los humanos le trae bastante sin cuidado al considerarlos poco más que ganado, una mera fuente de alimento.

Hay en la novela un montón de relaciones, de historia personal, de estrechar lazos, pero, como ya he indicado, mucha menos acción que en los anteriores (al menos hasta alcanzar los capítulos finales). Caine cada vez desvela más detalles del funcionamiento de la ciudad y de la sociedad de los vampiros, como el centro de donaciones (aunque como donante de sangre debo decir que la donación no es en absoluto tan traumática como la plantea la autora, por mucha que sea la presión a la que están sometidos Claire y Shane) o la particular relación con la universidad.

 Claire se siente enormemente presionada por la presencia de sus padres en la ciudad, con la amenaza implícita que pende sobre sus cabezas, al tiempo que tiene que continuar con su vida académica (y enfrentándose al indisimulado odio de Mónica) a la vez que prosigue con su investigación de la fórmula que permita encontrar la droga que “cure” a Myrnin de la enfermedad degenerativa que se cierne sobre el futuro de todos los vampiros. Michael debe rehacer su vida, aceptando con dificultad su nueva naturaleza, sus nuevas ansias y deseos, avergonzado de ellas y tratando de ocultárselas a sus amigos. Eve, al tiempo que busca consolidar su relación con Michael, va a ver como una tragedia familiar entra en su vida, trastocando los parámetros que tenía firmemente establecidos. Y Shane va a ver como su vida se pone patas arriba cuando Ysandre, una de los vampiros acólitos de Bishop, ponga sus ojos en él y lo elija como acompañante al Baile del que todo el mundo habla, pero del que pocos parecen conocer el mótivo.

El punto fuerte, sin duda, es la asombrosa capacidad de la autora para fijarse en los pequeños detalles y sacarlos a la luz haciéndolos interesantes. Mantiene el interés de la trama incluso cuando realmente no está sucediendo nada de enjundia, conforme pasan las páginas va aumentando el nivel de intriga y tensión mediante pequeñas pinceladas que sirven además para caracterizar a los personajes dotándolos de una naturalidad (dentro de lo fantástico de todo el planteamiento) que logra que los lectores se impliquen en sus emociones y sus problemas.

El “pero” del final de esta entrega, en contraposición a los también enormes cliffhangers de las anteriores, es que aquellos tenían algo de trampa al cerrar la trama particular de cada novela y después, en las últimas páginas, presentar una nueva amenaza que quedaba pendiente para más adelante, cosa bien distinta en esta ocasión. Aquí la trama no tiene un desenlace como tal, el Baile de máscaras tiene lugar, sí, pero todo lo planteado sigue planeando en el aire sin un desenlace a la espera del siguiente libro con lo que se produce un nivel de insatisfacción superior al de anteriores entregas. Eso, unido al detalle de las pocas cosas que realmente suceden, deja en el lector la impresión de que se trata de una novela meramente de transición, de presentación de personajes que han de ser muy importantes en el futuro y de una intriga en la que queda mucho por resolver. Y, sin embargo, se lee y se disfruta con el mismo interés e intensidad que las precedentes, algo sin duda achacable al buen hacer narrativo de la autora.