jueves, 23 de junio de 2011

Reseña: Diástole

Diástole.

Emilio Bueso.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ed. Salto de Página. Col. Púrpura # 29. Madrid, 2011. 239 páginas.

En el pasado, Jérôme fue un talentoso pintor que estuvo a punto de triunfar en el difícil mundo del arte en París y que fracasó por sus adicciones y drogodependencias. Ahora, años después de su bohemia experiencia, vive ―malvive, sería más exacto decir― en un ciudad cercana a los Pirineos franceses donde de forma sorprendente recibe el encargo de realizar un retrato de un excéntrico personaje, Iván, con unas condiciones realmente extrañas: pintará solamente durante cuatro noches, desde la puesta del sol al amanecer, en el aislado caserón medio en ruinas donde reside el cliente y con las pinturas y materiales suministradas por el mismo.

Al volante de un coche tan destrozado por la vida como el propio Jerôme, suspirando a cada paso por un chute de heroína, el pintor acudirá puntualmente a la cita para cumplir el encargo en la que puede ser su última oportunidad de plasmar su talento pictórico en una obra que perdure. Mientras posa, cada noche en una ubicación distinta del caserón, Iván empezará a relatarle su propia historia, un relato que ha de llevarles desde la madre Rusia, partiendo desde las largas noches de San Petersburgo, a lo largo de una caótica huida hasta alcanzar esa casa de los Pirineos, recalando en lugares tan inquietantes como la fantasmagórica ciudad de Prípiat y la cercana y abandonada central de Chernóbyl y su «desierto» nuclear o el Leningrado deshumanizado que soportó el asedio nazi en la II Guerra Mundial. La vida del misterioso Iván, narrada en cuatro capítulos que abarca cada uno una de las noches del posado, deja sitio entre ellos a unos interludios diurnos donde el autor sigue la vida habitual de Jérôme, humanizándolo en sus bajezas, con su curioso trabajo, la «amistad» con su compañero de piso, sus inquietudes, sus miserias y su triste pasado de glorias posibles y perdidas.

En medio del relato principal, o soterrado por debajo del mismo, surge de las sorprendentes rememoranzas de Iván una curiosa, y algo enfermiza, historia de amor que ayuda a situar las causas de la tragedia en su punto justo. Y en todo momento, marcando el ritmo, se siente el latido profundo de un corazón que bombea negra sangre por las venas del relato. Sístole y diástole. Contracción y dilatación. No sé si estrictamente se le puede llamar terror, pero lo que sí es seguro es que la lectura crea en el lector un sentimiento de tensión, desasosiego, estremecimiento, asco, conmiseración, repugnancia, intriga, rechazo... y curiosidad, mucha curiosidad en torno a la historia de Iván que el autor ofrece a pinceladas, desordenada en el tiempo, a veces difuminada por la adicción del pintor que está escuchándola y la tamiza para el lector con su primera persona y su particular mirada de heroinómano, plagada de secretos que surgen entre líneas sin terminar de salir a la luz del todo, llena de degradación y desesperación, de violencia, de huidas desesperadas, de dolor y de algún toque patéticamente humorístico ―ese Talbot Horizon que tan solo se encuentra a la espera del tiro de gracia―. Bueso dosifica hábilmente la información, plantando la duda en la mente del lector para que le sea difícil dejar de leer hasta llegar a la última página ―la novela, en su justa medida, es corta― y alcanzar el inevitable, aunque quizá no esperado, final.

El autor hace gala de una prosa a veces minimalista, de frases concisas, directa, cruda, cargada con abundancia de unas metáforas afiladas como un escalpelo, descarnadas y duras, a veces escatológicas, sexuales, llena de imágenes de la degeneración del ser humano, de las profundidades en las que puede sumergirse un hombre esclavo de las drogas y las pasiones. Ofrece una disección inteligente del monstruo, sin especificar quién es tal, si el sobrenatural o el humano; un relato que parte de un pesimismo vital, de un perdedor que trata de levantarse poniéndose zancadillas a sí mismo, que sabe que debería olvidarse del retrato desde la primera noche y que, sin embargo, no puede evitar volver al caserón atraído tanto por la obra maestra que está creando como por la historia que se le está narrando, inmerso en su misterio y en sus imposibilidades, deseoso de conocer el desenlace a pesar de que el mismo pueda resultarle funesto.

Es Diástole un thriller de suspense o una novela de misterio, una aventura de espías y servicios secretos, de mafias rusas, de corrupciones, de traiciones, de gentes viviendo al límite, de pecados sin redención... Una narración sobre el acto de creación artística en sí mismo, sobre la entrega total a un sueño que bien podría trocarse en pesadilla sin que a los protagonistas parezca importarles, sobre la degradación del alma, sobre la inspiración febril y sobre los artistas malditos, sobre la necesidad de dejar algo atrás para ser recordado cuando uno ya no esté en el mundo. Y, paradójicamente, sobre la amenaza nuclear ahora que se encuentra tan tristemente de moda.
Como pequeño tirón de orejas, cabe decir que la portada es demasiado reveladora de lo que el lector se va a encontrar en las páginas interiores. Aunque intuido desde un buen principio, el misterio de la identidad y el verdadero ser de alguno de los protagonistas ―tampoco hay muchos― es algo con lo que juega el autor de forma muy sugerente; un juego que de alguna forma pierde fuerza al quedar uno de sus incógnitas revelada en el electrocardiograma de la ilustración. Nada importante, pero llama la atención no haber tenido algo más de cuidado con esos detalles.

Es Diástole una lectura perfecta para aquellos que gustan de ser inquietados, de sentir un estremecimiento recorriéndoles la columna, de resolver un misterio inteligente, de que les revuelvan el estómago con los dramas ajenos, de revolcarse en las más bajas pasiones a través de los ojos de sus protagonistas. Jérôme podría muy bien ser cualquiera de esos despojos humanos que a veces se arrastran por las aceras de los suburbios o por los comedores sociales y que miran a los demás transeuntes pasar con sus ojos vidriados por el fracaso y las drogas, pero aún con un rescoldo de fría esperanza ofrecida por un benefactor de ocultas intenciones e historia contradictoria. Dos hombres llenos de sueños pictóricos rotos, dispuestos a cualquier cosa por una última oportunidad... y esta muy bien podría serlo para alguno de ellos.