lunes, 5 de septiembre de 2011

Reseña: Noches de suburbio

Noches de suburbio.

Victor Blanco.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo AJEC. Col. Arrakis Ficción # 4. Granada, 2011. 244 páginas.

En un devastado mundo post apocalíptico —sin que se llegue a conocer las causas para que se haya llegado a esa situación—, un pequeño reducto de civilización es gobernado con mano de hierro a través de una feminocracia. Se trata de Dunenburgo, la ciudad donde las mujeres modificadas genéticamente conocidas como las Valquirias imponen su ley con su fuerza genéticamente aunmentada y sus armas de avanzada tecnología. Fuera de sus altos e impenetrables muros se extiende una zona desahuciada, degradada hasta el extrmo, donde habita la escoria de la sociedad: el Suburbio. Entre ambos, manteniendo un difícil equilibrio entre uno y otro, se encuentra Réquiem, un enclave sin excesivas comodidades, pero donde la vida todavía encuentra una razón para medrar.

En lo peor del Suburbio, el vertedero, vive Spade, un solitario obligado por las circunstancias, un perdedor derrotado por la vida, pero que todavía conserva intactos algunos de sus sueños de juventud, por muy difícil que sea realizarlos. Por el momento, se contenta con perder a las cartas y conseguir con cierta regularidad un chute de la droga de turno. No sabe, sin embargo, que un conocimiento que no recuerda poseer lo va a poner en medio de un enfrentamiento que podría cambiar su mundo.

Mientras tanto, Faisán el Fanfarria, el líder de los Artistas Callejeros, una banda de punks del Suburbio, aspira a unir a todos los pandilleros bajo su égida, para lo que no duda, ayudado por ciertos elementos tecnológicos no habituales en su entorno procedentes de Dunenburgo, en enfrentarse al resto de bandas, eliminando a sus jefes, asimilando a sus seguidores y matando a todo aquel que no acepte el nuevo orden de las cosas. Pero la ambición de Fanfarria no se queda ahí, sino que tiene muy altas aspiraciones.

Empieza así un relato un tanto contradictorio, sin mensaje, donde la violencia parece un fin en sí mismo, sin ninguna otra justificación que ofrecer escenas espectaculares, donde la denominación de los pandilleros como punks se muestra totalmente acertada ante la filosofía vital con la que afrontan su día a día: no future. Solo Spade parece querer sobrevivir una noche más, ver de nuevo la luz del amanecer y seguir adelante. Los demás, con beber, fornicar y extender la máxima destrucción posible a su alrededor, incluyendo unos cuantos buenos asesinatos, ya tienen más que suficiente. De hecho, la única diversión de las bandas parece ser salir a enfrentarse con otros como ellos, aterrorizar a los escasos habitantes «neutrales» del Suburbio, y destruir cualquier elemento del mobiliario urbano que increíblemente hubiera permanecido intacto hasta el momento. No future, en efecto.

Se pueden encontrar en el libro multitud de influencias o referencias literarias, cinematográficas, comiqueras y roleras fácilmente rastreables a lo ancho y largo de todo el texto. Hay algunas peleas que parecen provenir directamente de algún videojuego de luchas como Streetfighter o similares. Las valquirias parecen inspiradas en el juego Warhammer 40K o en ciertas secundarias de los comics de Juez Dredd. El escenario, y alguno de los personajes, recuerdan inevitablemente a películas como Mad Max, 1997: rescate en Nueva York, Rebeldes u otras parecidas. Hay secundarios y escenas que rememoran planteamientos de los comics de Conan. Hay situaciones que retrotraen a ciertos westerns crepusculares...

La desatada historia se compone de varios niveles, que al principio parecen no tener nada que ver unos con otros, pero que finalmente se van a revelar muy relacionados. Y todo gira en torno a Spade, un complejo personaje, que va a convertirse sin quererlo en el objeto de la búsqueda de todos los implicados. El autor va a ir ofreciendo a ramalazos fragmentos de su pasado, de la relación que le une con los demás personajes, de las razones de su amargura y de su odio, de los motivos que le llevan a perseguir una oscura y desesperada venganza. Junto al enigmático Fanfarría, con quien pronto se intuye que comparte un pasado común, son los dos protagonistas sobre los que va a girar la acción de la novela, desvelando poco a poco, a golpe de violencia, los planes que el destino tiene reservados para ellos.

Noches de suburbio fue una de las novelas finalistas del Premio Minotauro 2007; confieso no haber leído la ganadora —no me atraía nada, la verdad—, pero sí alguna de las otras finalistas y debo reconocer que si a nivel de argumentos la cosa no pinta mal, en lo literario, la escritura, el tema deja un tanto que desear. Hay que foguearse, leer y escribir mucho, antes de encontrar una voz y un estilo, y están llegando al mercado muchas novelas que necesitarían de cierto reposo y muchas correcciones para ofrecer un producto más «profesional», con menos de esos fallos que el inevitable deseo del escritor novel de verse publicado cuanto antes parecen propiciar. No es el menor la falta de vocabulario que propicia la «enésima» repetición del calificativo enésimo, por ejemplo.

Ciertamente es difícil encontrar el tono de un relato. Hay ocasiones, como en la presente, en que la búsqueda de un efecto supuestamente épico o de un exceso de grandilocuencia lo que consigue es precisamente todo lo contrario, rozando peligrosamente la parodia e impidiendo que el lector se tome en serio o se «crea» lo que está leyendo. Un defecto en el que cae de principio el autor, ofreciendo una narración que a pesar del barniz de ciencia ficción estaría más cercana a una fantasía heroica o una espada y brujería superficiales, cambiando la hechicería por ciertos accesorios tecnológicos que ciertamente no llegan a marcar la diferencia —hay un deflector de disparos que, al no saber cómo funciona o ha sido diseñado, ciertamente de poco se diferencia con un hechizo protector; hay luchas con hachas y espadas; hay un líquido que da una fuerza sobrehumana y que recuerda a cierta pócima mágica...—, y primando el efectismo, el deseo de «epatar» al lector, sobre el relato. Cuando, según avanza la novela, el autor va encontrando una voz más comedida y una prosa menos desproporcionada, el daño ya está hecho y cuesta bastante tomárselo en serio. La segunda parte gana muchos enteros, y el final es ciertamente emotivo, pero hay que saber llevar al lector hasta el mismo.

Son abundantes los detalles que amenazan con ahogar lo que por otra parte es un buen e intrigante relato. Hay escenas muy bien resueltas, sobre todo ya avanzada la narración —como la del destino de Dudda—, pero en general el intento de imbuir de inicio trascendencia a todas y cada una de las páginas termina consiguiendo el distanciamiento de la narración por saturación. Y ya el colmo se lo llevan los, por suerte escasos, pies de página, que rozan en demasiadas ocasiones el ridículo, aclarando cosas de forma totalmente innecesaria o que muy bien podría haberse intercalado en el propio texto sin necesidad de cortar su lectura. Tener un narrador omnisciente no debería significar que el autor se inmiscuya de esa manera desde fuera de la propia historia, incapaz quizás de explicarse a través de sus personajes y descripciones.

Blanco plantea sin duda una interesante historia, emocionante, imaginativa e intrigante, llena de tensión,  violencia y buenas intenciones, pero la inexperiencia literaria, la falta de rodaje, le ha jugado quizá una pequeña mala pasada, haciéndole ofrecer un producto que queda algo cojo en la parte narrativa. Noches de suburbio es, solo en ese sentido, una novela un tanto fallida, cuyos errores lastran en demasía sus evidentes aciertos. Lo bueno es que con 21 años en el momento de escribir la novela el autor posee mucho margen de tiempo para depurar su prosa y mejorar el estilo. Los mimbres ya los tiene, le falta un poco de oficio y eso es de esperar que le llegue con la experiencia.