jueves, 13 de septiembre de 2012

Reseña: La última sombra

La última sombra.

Agustín Lozano de la Cruz.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo AJEC. Col. Penumbra # 3. Granada, 2012. 237 páginas.

Con ésta, su segunda novela, Lozano fue finalista del Premio Minotauro en su edición de 2011, con una historia que navega hábilmente entre la novela negra, la de espías, la aventura, el romance, la intriga sobrenatural o el realismo mágico, consiguiendo un mestizaje a priori muy atractivo. Una historia sobre vampirismo, que no «de vampiros», que retrotrae incluso a las obras pre Stoker, a Polidori y otros autores «góticos», al origen del mito despojado de toda la parafernalia añadida después, lleno de misterio y amenaza, más hambriento de alimento psíquico que de la recurrente sangre. Con gran habilidad, el elemento fantástico es presentado e introducido dentro del texto con deliberada ambigüedad, manteniéndolo siempre en el límite de la duda, sin permitir que se alcance una certeza definitiva, jugando con el desconcierto de los protagonistas para trasladarlo a los lectores. ¿Se puede fiar uno siempre de sus sentidos o hay ocasiones en que el deseo de ver, de escuchar, de palpar una cosa lleva al autoengaño?

Emm es una fotógrafa free lance que trabaja habitualmente para Vanity Fair y que se encuentra en la ciudad portuguesa de Sintra para realizar un reportaje siguiendo los pasos de Lord Byron. Allí su periplo va a cruzarse con el de Sam, un localizador de exteriores para películas rodeado de un aura de misterio irresistible para la joven. Algo surge entre ellos, sobre todo cuando descubren compartir un profundo interés por los grandes autores románticos como Keats, Byron o Mary y Percy Shelley. Cada uno cree ver en el otro un alma gemela y el idilio se antoja inevitable. Juntos emprenderán un viaje a Roma, donde una serie de extraños e inexplicables acontecimientos, y el convencimiento de que están siendo seguidos por un misterioso hombre al que Emm dará la identidad de Harry Lime, convertirá su romántica excursión en una desenfrenada huida que desembocará, tras numerosas peripecias, en una nuevo viaje, esta vez a Madrid. Lo que empezó como un simple juego, algo creado por ellos mismos para llenar de emoción  su relación, empieza a hacerse palpablemente real, fundiendo lo auténtico y lo ficticio, haciéndoles incluso dudar sobre ellos mismos y aquello que creían inamovible en sus vidas.

Narrado en capítulos alternos por los dos protagonistas, el poder acceder a los pensamientos de uno y otro permite al autor iluminar zonas que habrían quedado en sombras vistas desde una sola óptica. Sin embargo, los secretos que ambos se guardan para el otro y para sí mismos, permite a Lozano hacer «trampas», sobre todo con Sam, pues se guarda en la manga datos sobre su pasado vitalmente importantes para el desarrollo del relato, presentándolos más adelante de manera ciertamente sorpresiva, produciendo un giro que da un nuevo enfoque a toda la historia, aunque sea de una manera un tanto incongruente con lo que nos habían contado de ellos hasta entonces.

Desde luego, la historia de Emm y Sam no va a ser un romance al uso. De hecho difícilmente podría calificarse su relación como de «amor», dejando a un lado la inicial atracción y su ardorosa entrega sexual, y más allá de la proyección de los propios anhelos particulares que cada cual hace en el otro. Ella va a ver en Sam la idealizada figura del prototípico detective de sus lecturas de novela negra, y él va a encontrar en Emm la personificación de los arquetipos de la novela gótica, sobre todo proto vampírica, con la que tanto disfruta, llegando así ambos a difuminar la barrera de la realidad en su intento de convertir al otro en el objeto de sus deseos más allá de lo que en realidad son.

Así, tras la pasión desatada de un primer momento la relación «avanza» entre roces y discusiones que suelen arreglarse en la cama —o donde pille más cerca, incluso el frío suelo de un cementerio—, sin un auténtico futuro  como pareja, sobre todo al estar todo basado en autoengaños, mentiras por omisión y falsedades. Si ya de principio se están guardando en la manga un buen número de detalles sobre sus propias vidas, es de suponer que la relación está condenada de antemano, siendo el misterio lo que les impulsa a permanecer unidos, mientras la amenaza les acecha y una serie de sorprendentes revelaciones hacen crecer las dudas en sus mentes —y en la de los lectores—. Estatuas que cobran vida, ángeles radiantes, vampiros que se alimentan de almas y sentimientos, lamias en busca de víctimas y dos personajes dispuestos a dejarse arrebatar por la aventura hasta que la misma les arranca las riendas de las manos y convierte sus vidas en una historia donde las fronteras entre lo real y lo imaginado se difuminan, arrastrándolos en una espiral autoalimentada de sospechas y descubrimientos fantásticos de la que es inevitable que salgan cambiados, si es que consiguen salir...

La novela se encuentra plagada de numerosos y muy heterogéneos homenajes y referencias, sobre todo literarias, aunque también comiqueras y cinematográficas. Desde Tintin hasta el El tercer hombre en un texto cargado de referencias a La fuerza de su mirada de Tim  Powers. El autor vuelca de forma ciertamente arriesgada todos sus gustos, referentes e influencias: Borges, Rilke, Hergé, Byron, los Shelley, Chandler, Welles, Dylan Thomas... salen al encuentro del lector en los diálogos y reflexiones de las protagonistas, siendo una tarea añadida al disfrute del propio relato el descubrir la gran cantidad de homenajes incluidos en el texto.

Con un buen estilo, a veces se antoja sin embargo que el intento por depurar al máximo cada frase lo que consigue es distanciar el texto del lector, retardando la acción —con un ritmo, salvo en momentos muy puntuales, realmente lento—, sumergiéndolo en párrafos muy largos y algo espersos que habrían necesitado algo más de «respiración»; algo que choca, además, con un intento de diálogos de tono más coloquial.

La última sombra es, en efecto, un juego de claroscuros, un lienzo donde se proyectan imágenes cambiantes de las que nunca se puede estar seguro del todo. Mientras huyen de la persecución a la que son sometidos el lector no puede dejar de preguntarse si realmente existe tal persecución o si no es sino un auto engaño de la mente de los protagonistas, un deseo subconsciente de vivir la peligrosa aventura con la que siempre han soñado. Un final ambiguo, lleno de cierta confusión, acorde a todo lo que Lozano ha ido narrando, termina sin embargo por despejar todas las dudas. Que nadie busque un relato de vampiros al estilo fantasía urbana, la historia de Emm y Sam, con toda su atmósfera onírica y literaria, es, sin duda, algo diferente.