sábado, 25 de octubre de 2014

Reseña: Los forajidos del Aire

Los forajidos del Aire.

George Griffith.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Cápside editorial. Valencia, 2014. Título original: The Outlaws of the Air. Traducción: Sergio Mars. 418 páginas.

La —por el momento— pequeña editorial Cápside aumenta su fondo con la edición de su primer autor extranjero, todo un clásico apenas conocido en nuestro país, pero muy popular en su época en el mundo anglosajón. Coetáneo de H.G. Wells —de hecho, La máquina del tiempo y la obra que nos ocupa fueron publicadas en libro el mismo año—, sus obras podrían ser calificadas como proto ciencia ficción, emparentadas con las fantasías científicas de Julio Verne, con quien Griffith comparte más de un rasgo literario y temático. Los forajidos del Aire fue publicada originalmente en forma de serial entre los años 1894 y 1895, siendo recopilada y editada en formato de libro ese mismo año. Con un tono decididamente aventurero, la acción no es excesivamente frenética, pero no pierde en momento alguno el interés, cargando el relato con muchas más disquisiciones y profundidad de lo que pudiera suponerse. Género bélico, crónica social, crítica política, anticipación histórica, especulación tecnológica… Gran labor la de Cápside «rescatando» para sus lectores a un autor largamente olvidado.

Un convulso fin de siglo XIX, con muchos cambios sociales y tecnológicos —sobre todo en torno a los medios de producción— conduce a la aparición del fenómeno del terrorismo anarquista. En el seno de una de sus células, el Grupo Autónomo nº 7, y bajo el auspicio del implacable y sanguinario Max Renault, surge el malicioso plan de apoderarse de los novedosos y extraordinarios vehículos salidos de la mente de los más visionarios ingenieros: el buque más rápido que haya surcado nunca los océanos y la primera nave de guerra voladora llamada a dejar boquiabierto al mundo; y con ellos aterrorizar a las naciones a un lado y otro del Atlántico, indefensas ante el terror aéreo, hasta conseguir el desmantelamiento absoluto del orden social. En frente de ellos surgirá una extraña alianza estructurada en torno a una sociedad de igualitarios utopistas y a unos acomodados y bien pudientes aristócratas e industriales quienes, sobre el papel, debieran ser grupos antagónicos. Unidos, sin embargo, en el Sindicato de Navegación Aérea, no dudarán en utilizar sus fortunas e ingenios para fabricar otras máquinas similares, e incluso superiores, a las que se les han hurtado, para terminar con la oscura amenaza.

Desde luego, uno de los alicientes de la novela, como bien ilustra la portada del libro, es la presencia de fascinantes y destructivos transportes, marítimos y voladores, con la que el ingenio del autor puebla el texto. Unos vehículos y naves diseñados con gran imaginación y verismo, aunque sin profundizar realmente en su funcionamiento o diseño, utilizando las bases de la tecnología victoriana de la época. El barco más rápido jamás diseñado ante el que los demás navíos se encuentran prácticamente indefensos y con el que los anarquistas se dedicarán a la piratería mientras siembran el terror. Un buque semisumergible ideal para misiones marítimas que requieren cierto sigilo o secretismo, y que, además, recibirá el nombre de Nautilus. Y unas naves voladoras de sorprendente y novedoso diseño, propulsadas por secretos combustibles, que otorgan a sus tripulantes el dominio del aire y, por tanto, de todo lo que se encuentra entre el cielo y la tierra. Unas máquinas y detalles mecánicos que perfectamente podrían añadirle al libro la etiqueta de proto steampunk, un género tan en auge actualmente.
A lo largo del relato, poblado de buenos muy buenos y malos «mejores», sobresalen los personajes anarquistas por encima de sus contrincantes; su inteligente y despiadado líder Max Renault, dado a megalomaniacos monólogos; la femme fatale Lea Cassilis, artera y calculadora, siempre mirando lo que la situación puede reportarle a cada momento; el ingeniero genial pero algo desequilibrado Franz Hartog, de cuya mente nace el diseño de muchas de las naves aquí descritas; amparados en sus maquiavélicos planes por una serie de sicarios entregados al placer de la destrucción y el caos gratuitos. Una alianza anarquista que en todo momento pende de un hilo, con cada individuo queriendo hacer la guerra por su cuenta, pero unidos en definitiva por un objetivo común: la destrucción y el caos globales. Reunidos bajo la fuerte personalidad de su líder, las aspiraciones de sus más cercanos colaboradores hacen que su alianza se muestre tan endeble como sus motivaciones finales, degustadores todos ellos de la «buena vida».

Visto desde la óptica de nuestro resabiado —y desencantado— principio de siglo, las ideas y postulados de finales del XIX pueden parecer ciertamente algo ingenuos e, incluso, desfasados. Nada más lejos de la realidad. Griffith maneja temas políticos como los tratados por Wells o Chesterton —el socialismo, la anarquía…—, aunque con una visión un tanto sesgada y contradictoria inclinando la balanza, a pesar de las nada veladas críticas a algunas de sus políticas, siempre a favor del Imperio Británico; temas que, con diferentes postulados y redacción, siguen vigentes hoy. Auténtica novela especulativa —sobre todo socialmente—, el autor proyecta sobre su futuro las convulsiones que la Revolución Industrial habían causado en el Reino Unido —y en todo el resto del mundo—, con una gran fractura entre una clase dirigente acomodada y una clase trabajadora muy empobrecida. Una fractura que llevaría a la aparición del fenómeno anarquista. Un fenómeno, junto al incipiente socialismo, que el autor utiliza como detonante y conductor del relato, mostrando un mundo lleno de tensiones bélicas internacionales —que ya anticipaban la escalada hacia la I Guerra Mundial—, donde una simple chispa terrorista podría desencadenar un caos infernal. Tensiones bélicas entre las grandes potencias europeas que dotan al relato de un interesante trasfondo de «anticipación» histórica —aunque a posteriori el lector actual sepa que los bloques aliados del conflicto no serían los pronosticados por Griffith— ante el que los dos grupos enfrentados van a dirimir sus diferencias con el destino de todo el orbe en juego.

Con un ritmo vivo, pero no acelerado, y en ocasiones algo forzado por el formato de publicación por entregas, que obligaba a detener la narración en puntos álgidos del relato para enganchar y mantener la atención de los lectores invitándoles a volver por la siguiente ración de aventuras, al tiempo que alargaba y repetía algunas situaciones para «rellenar» cada entrega hasta cierta longitud y refrescar el recuerdo de lo sucedido anteriormente. Pero al mismo tiempo el formato hace que los capítulos se enganchen los unos con los otros, saltando la acción entre los diferentes y antagonistas grupos de protagonistas, y manteniendo en todo momento la emoción e intriga por los acontecimientos venideros. Los «malos» parecen ir siempre un paso por delante de sus opositores, sus maldades parecen no tener fin, ni remedio, ante unos contrincantes que no pueden deshacerse de sus ideales caballerosos, bienpensantes y solidarios al extremo, poniéndose palos a veces en sus propias ruedas. Todo pensando en la emoción del relato, en mantener ese necesario suspense, esa desesperación que se va instalando en unos lectores que no saben nunca cómo puede resolverse la situación y que cuando aparece un resquicio de esperanza ven que enseguida es arrancado de raíz.

El estilo decimonónico de la narración es inherente al relato, a la forma de pensar y de actuar de la sociedad de finales del siglo XIX, con juicios de valor, motivaciones e ideas preconcebidas que de alguna manera han quedado caducas, pero que son fiel reflejo de su época. Griffith hace gala de un estilo directo, que ahora podría considerarse un tanto «arcaico» o «árido», sin grandes recursos narrativos ni florituras estilísticas; un estilo sin embargo que, con la adecuada traslación de Sergio Mars, permite una fluida y agradable lectura a pesar de los cambios en los gustos y estándares de los lectores actuales, separados por más de un centenar de años de su público original —sólo un «pero», y, sin conocer el original, muy posiblemente no se deba a la traducción en sí: ¿de verdad Hartog tenía que hablar con ese tono nasal, forzando las “g” a lo francés en vez de duplicar las “r” más teutónicas?—. Sin duda, Los forajidos del Aire es una gran oportunidad para los amantes de las obras de autores como —salvando las distancias de estilo, aunque no de imaginación— Verne o de degustadores de Steampunk o retrofuturismo en su versión más «original».