jueves, 23 de noviembre de 2006

Reseña: Placeres prohibidos

Placeres prohibidos.

Anita Blake, cazavampiros /1.

Laurell K. Hamilton.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh ficción nº 36. Barcelona, 2006. Título original: Guilty pleasures. Traducción: Carolina Broker y Natalia Cervera. 276 páginas.

Puro entretenimiento. Hay libros que buscan hacer pensar al lector y libros que intentan hacer pasar un buen rato sin tener que forzar las neuronas. Placeres prohibidos pertenece, desde luego, a este último grupo. Pero, incluso dentro de la categoría de aquellas novelas que sólo buscan el entretenimiento sin demasiadas complicaciones, existen grados: desde aquellas que toman al lector por inculto y piensan que con algo de acción sobra, hasta aquellas otras que se toman la molestia de querer agradar al público con una escritura fluida, cuidada, con un cierto estilo propio y con unas tramas cuando menos coherentes. Placeres prohibidos, de nuevo, pertenece a este último peldaño. Puro entretenimiento, pero entretenimiento inteligente.

Es una pena que esta serie nazca en España lastrada por la inevitable comparación con Buffy Cazavampiros. Comparación que esta obra no se merece y de la que, en todo caso, sale triunfante y victoriosa. Nada podría ser más diferente que las protagonistas y la ambientación de ambas series. Anita, trabajadora reanima-muertos, pequeña, morena, malcarada y de bastante mal genio, poco o nada tiene que ver con la estudiante siempre a la moda Buffy. Incluso el mundo en que se mueven ambas es radicalmente diferente.

El mundo de Anita es un mundo que nos resulta extraño o cuando menos chocante, donde lo sobrenatural convive con toda paz con lo “normal”, donde seres como los vampiros regentan abiertamente night-clubs de moda (por ejemplo, el Placeres Prohibidos que da título a esta novela), donde los zombies, los cambiaformas y toda otra clase de criaturas extrañas comparten sin ocultarse de ningún modo las vidas de la gente corriente, y donde la protagonista, conocida como la Ejecutora, tan pronto se dedica a su profesión de levantar muertos como a asesorar a la policía, ejecutar a muertos vivientes o, muy a su pesar, a ayudar a unos odiados vampiros a resolver una serie de asesinatos de otros vampiros.

No existe una línea clara y definida que pueda decir éstos son los buenos y éstos los malos. Durante toda la novela la ambigüedad es la tónica y precisamente es una característica que dará mucho juego a lo largo de la trama, sin que Anita sepa nunca demasiado bien de quién puede fiarse y de quién no, deparando la acción varias sorpresas que, aunque puede que sospechadas, dan interesantes giros a la trama. Quien te da la puñalada por la espalda bien puede ser el humano en quien confías y quien te saca del atolladero aquel vampiro al que odias. Es un mundo donde la confianza es algo que debe ganarse con mucho esfuerzo y no debe dilapidarse. Y donde la muerte acecha de muchas formas inesperadas.

A pesar de ser literatura de esa a la que algunos despectivamente califican de “usar y tirar” a mí me ha gustado y, desde luego, me ha dejado con las ganas de leer sus continuaciones (esperemos que Gigamesh no tarde tanto en publicar la segunda como ha tardado con esta primera). Pero de todas maneras, viendo la entidad y nivel del oponente de Anita en esta entrega, me queda el temor de que en los próximos libros de la serie (y ya van unos 14) asistamos a una dragonbalización de sus enemigos, necesitando sorprender al lector cada vez con un contrincante de mayor envergadura, rizando el rizo para superar lo ofrecido anteriormente y convirtiendo la serie en un crescendo de seres a cada cual más poderoso (incluida Anita, que aquí no demostraba, en principio, una superioridad física o síquica sobre el resto de los mortales; pero que mucho me temo, visto lo visto, que irá acercándose cada vez más al poder de sus rivales) para que no decaiga la acción.

En todo caso, tan sólo la lectura de los libros posteriores podrá decírnoslo, así que yo ya estoy esperando que El cadáver alegre llegue a las librerías. Seguro que cae en la cesta.

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