sábado, 29 de noviembre de 2014

Reseña: La música del silencio

La música del silencio.

Patrick Rothfuss.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Plaza & Janés. Barcelona, 2014. Título original: The Slow Regard of Silent Things. Traducción: Gemma Rovira. Ilustraciones: Marc Simonetti.147 páginas.

A la espera de la publicación de la tercera entrega de la Crónica del asesino de reyes, Las puertas de piedra —título provisional—, llega la publicación de este spin off de la serie, con una de sus personajes secundarios como protagonista absoluta, la pequeña Auri. Es difícil escribir una reseña sobre este libro. No es un relato demasiado tradicional, como el propio autor reconoce, aunque tampoco es tan rompedor como lo quiere «vender». Sí, es cierto, es una historia en la que pasa muy poco y a la vez pasan muchas cosas. No hay un inicio ni un final propiamente dichos. No hay ni un diálogo. Apenas hay acción. Solo aparece un personaje «animado», aunque muchos de los objetos retratados tienen más fuerza que muchos humanos. Es una novela corta destinada a los conocedores de la obra previa de Rothfuss que desconcertará a quien no conozca nada de su mundo —y muy posiblemente también a quien sí lo conozca, pero de otra manera—, pero que tampoco avanza nada en la saga, pudiendo «frustar» a quienes esperan el cierre con desesperación, pero que encantará a quien se deje seducir por su lenta y poética cadencia.

Esta es, simplemente, la historia de Auri esperando a lo largo de una semana una deseada visita, mientras se dedica a sus «labores», recogiendo ciertos eclécticos objetos, buscándoles su «sitio» adecuado y recolocando otros hasta alcanzar la armonía entre todos ellos y el lugar que ocupan. La muchacha vive en la Subrealidad, una red de túneles, pasillos, habitaciones, tuberías, escaleras, estancias perdidas y catacumbas semi en ruinas que se extiende por debajo de la Universidad; un lugar donde una puerta puede ser tímida, una manta estar malhumorada, un engranaje estar lleno de amor pero no encontrar su sitio, una habitación mostrar disconformidad con la distribución del mobiliario o el sebo estar cargado de ira y de gritos. Y es que Auri tiene la capacidad de ver el valor oculto y la belleza interior en cualquier objeto, el corazón escondido de las cosas. Posee una cierta cualidad feérica, como un hada juguetona y chispeante, pero muy respetuosa con todo lo que la rodea. Ella busca siempre la esencia correcta de las cosas más allá de sus defectos, su acomodo con el resto del mundo, su auténtico valor; siempre amable, siempre entregada sin esperar recompensa alguna para ella —eso no sería en absoluto correcto—, siempre en pos de esa belleza nada evidente que no perciben los ojos.

En su deambular por la Subrealidad, en su búsqueda continua, Auri tiene días mejores, geniales, brillantes, y días peores, casi aterradores, de esos de acurrucarse a llorar por los rincones. Hay días de hallazgos y días de giros, días de reducir y de quemar, días de arreglos, días de elaboraciones y días de encerar… y ella los conoce todos. Y, por muy malo que sea lo que tenga que enfrentar cada mañana al despertar, Auri posee un espíritu fuerte y una decidida voluntad de ayudar, aunque sólo sea a unos objetos inanimados que no lo son así para ella en absoluto. Durante esa semana la joven dedica cada jornada a preparar su hogar para la visita de su amigo, aquel que le diera su propio nombre, buscando no el obsequio perfecto, sino el «adecuado» para recibirlo, mientras va hallando el lugar y la orientación correctas para ir depositando y acomodando algunos de sus objetos favoritos y otros que se va encontrando en sus exploraciones. A través de sus ojos la Subrealidad se presenta como un lugar vivo, palpitante, tan intrigante como un poquito aterrador. Cada estancia tiene nombre, cada mueble tiene un sitio donde encaja de forma natural, cada objeto tiene personalidad, cada escalera tiene voluntad, cada tubería un objetivo...

Rothfuss sabe que existe magia en torno a las palabras, en la manera de nombrar las cosas, de darles existencia al otorgarles un nombre. Es esta una historia de sensaciones, de imágenes y sentimientos, demostración de la vena poética del autor; un ejercicio de estilismo que se beneficia en esta edición de una cuidada traducción. Una historia llena de anhelos, delicada, onírica, minimalista, poética, metafórica, intimista, evocadora, tranquila, pausada, con un puntito de perversa ingenuidad… para aprehender con el corazón y no con la mente.

Y con mensaje. Hay que tratar a todo aquello que rodea a uno con cariño, con amabilidad,  aunque en ocasiones solo se reciba ingratitud de vuelta. Al final merece la pena tratar bien a las cosas —las personas—, ya que pueden ser mucho más de lo que parecen, esconder un tesoro inesperado, un alma radiante, por mucho que parezcan inútiles o hayan sido desechadas. No por estar roto o ser algo defectuoso un objeto carece de todo valor. Simplemente hay que saber encontrar su sitio adecuado, encajarlo en su lugar, hacerle sentirse valorado y a gusto. Auri es uno de esos objetos rotos, dejados de lado, buscando ella misma su lugar y acomodo, como tanta otra gente desubicada y confusa, mientras ayuda a «otros» a encontrarse. Ella es un ser defectuoso, pero no por eso menos humano. Sufre un evidente trastorno obsesivo compulsivo —sobran veces en las que Auri se lava la cara, las manos y los pies para testimoniarlo—, y el lector no va a saber si todo lo relatado es estrictamente real o tan solo se encuentra en su mente, pero da igual, lo importante es el ejemplo vital que presenta en la forma de encarar su realidad, amable y alegre frente a todos los contratiempos.

¿Me ha gustado La música del silencio? Lo cierto es que sí —de hecho, bastante más de lo que lo hizo en su momento El nombre del viento, del que no soy precisamente un entregado defensor—. ¿Lo recomendaría abiertamente? Ahí me entran las dudas. No es un libro para cualquiera, ni siquiera estrictamente para el seguidor acérrimo de la saga. En realidad, no aporta nada vital a la historia de Kvothe —quien ni siquiera aparece «físicamente»— y su Crónica del asesino de reyes, y quien vaya buscando una historia de fantasía llena de acción, desatada y trepidante, no va a acertar con este libro —una decena de páginas describiendo cómo la protagonista prepara jabón lo dicen todo—. Y, en efecto, no es una historia «convencional», y aunque me sobre la nota final de Rothfuss —ya que toda historia entregada al público debe justificarse por sí misma (esta lo hace), y no por las palabras defensivas de su autor—, no deja de tener un encanto especial, una textura diferente, una melodía sutil y un sabor elusivo que hay que saber encontrar. Y si no se encuentra no será en verdad problema del lector, sino de que esta no era una historia para él. En definitiva, quien busque una fantasía diferente, donde aparentemente «no pasa nada», pero dotada de una gran profundidad y delicadeza, puede acercarse sin temor a este libro. ¿Los demás?... Sólo bajo su propia responsabilidad.

Cabe remarcar la buena presencia de la edición, en cartoné con sobrecubiertas, de Plaza & Janés, que incluye las ilustraciones en blanco y negro realizadas por Marc Simonetti —un par de ellas acompañan esta reseña— para la edición original, y una hermosa portada a cargo de Laura Brett.

P.S. Me apuntan que las ilustraciones de la edición original son de Nate Taylor —no incluidas aquí—, y que las de Simonetti corresponderían a la edición francesa.
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