martes, 29 de diciembre de 2015

Reseña: Estrellas del meteoro

Estrellas del meteoro.

Víctor Sánchez González.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Esdrújula ediciones. Col. Meteórica # 2. Granada, 2015. 443 páginas.

Dentro de las movedizas clasificaciones de los géneros fantásticos el space opera, caracterizado por la aventura y el entretenimiento a niveles galácticos, se ha equilibrado siempre entre dos corrientes bien diferenciadas: aquella que, dentro de toda la parafernalia exótica de naves y planetas de culturas extrañas y fascinantes, busca una cierta base de coherencia tecnológica y científica perteneciendo así de facto a la ciencia ficción más canónica; y esa otra que, dentro de esos mismos parámetros y tirando de la habitual tecnojerga, ofrece un enfoque más libre sin aventurar un respaldo o explicación plausible al cómo funcionan todos esos avances y maravillas, acercándose de esta manera más a una fantasía del futuro, cuyo máximo exponente tan de moda ahora en libros y, sobre todo, en películas, a cualquiera le viene a la mente. Estrellas del meteoro pertenece decididamente a esta última opción. Una obra —tres novelas cortas encadenadas, en realidad— que bebe con fruición de los clásicos del género, homenajeándolos sin rubor en multitud de detalles, y que hace gala de una ingenuidad ciertamente sorprendente, recordando con mucho a los populares —en todos los sentidos— bolsilibros del siglo pasado, con ese toque de inmediatez, aventura desatada, intriga, pulp indisimulado, peligros, villanos inclasificables, acción sin freno, escenarios espaciales, erotismo sugerente…, y continuas referencias a libros, comics y películas clásicas del género que aún potencian más el sabor de antaño. La mejor manera de disfrutar de esta lectura es desconectar a tope el sentido de la incredulidad y dejarse llevar por la acción sin cuestionarla, ni analizarla, demasiado.

Meteoro. El juego más popular de las rutas comerciales que recorren planetas, colonias y estaciones espaciales por todo el universo conocido.
Se desarrolla en una jaula cerrada con forma de rectángulo largo con paneles transparentes en la zona superior. En el fondo hay un pequeño orificio en el que los jugadores deben introducir una bola de tungsteno del tamaño del puño de un hombre grande que, con la velocidad, adquiere calor, refulge y despide una estela luminosa. Para lanzar el meteoro cada jugador tiene adosado a una de las manos un guante liso de forma semicircular ligeramente imantado, lo que le permite retener el proyectil durante un breve lapso de tiempo.
Normalmente se juega a cinco puntos o ventaja de tres, y no se permite tocar al adversario que tiene en su poder el meteoro, pero sí el contacto producto del juego.

La estructura en tres partes, que corresponde cada una a una aventura diferente, potencia esa impresión de encontrarse ante una emulación del contenido de aquellos bolsilibros que tanto éxito popular tuvieron en el pasado, reuniendo tres en un solo tomo a modo de fix-up. Historias que se van encadenando de forma sucesiva protagonizadas por la joven piloto Elsa Layns, capitana de la pequeña y rápida nave de transporte de carga Vega, quien se verá envuelta en las más variopintas misiones, viajes y actividades, incluido el juego del meteoro de moda en las estaciones espaciales, para el que demostrará una habilidad que llamará la atención de público y jugadores. El autor plantea un futuro muy lejano, donde una humanidad muy reducida en número ha colonizado buena parte de la galaxia, terraformando todos aquellos planetas que pudieran hacerse compatibles con la vida humana que se han encontrado, habiendo llegado a olvidar su origen en la Tierra, convertida así en un lugar mítico que tan solo unos pocos, tildados de locos soñadores por la mayoría escéptica, se empeñan en mantener en el recuerdo. Las guerras, las luchas, la violencia, el crimen y rapiñas han sido hasta cierto punto erradicadas, de forma que la piratería es algo impensable para la mayoría de la población, pero siempre hay quien desea buscar el camino fácil hacia la riqueza y la «buena» vida.

Así, en la primera parte o novela corta, Piratas de las rutas comerciales, Elsa, pese a sus reticencias a llevar pasajeros en su nave, se compromete a trasladar a un excéntrico profesor y a su hija adolescente a un planeta donde se va a producir una subasta de objetos singulares. Lo que ninguno sabe es que entre las mercancías que van a subir a bordo se esconde algo inesperado y que alguien más desea poseerlo. Empieza de esta manera un relato de persecuciones y enfrentamientos inesperados que tendrá continuidad en las otras dos novelas cortas que conforman el volumen, cada una con un tema particular y un desarrollo bien diferenciado. En la segunda, Protocolo Ripley, una señal de apariencia alienígena, en una galaxia que todavía no ha tenido contacto con otras inteligencias, llevará a la protagonista a investigar su procedencia en un errático asteroide, activando el protocolo del título, con tantas reminiscencias cinematográficas asociadas en la mente del lector. Y en la tercera, Estrellas del meteoro, un entusiasta promotor convencerá a la joven de participar en un novísimo torneo del popular juego de pelota, mientras unos extraños robos se suceden en la estación en que va a desarrollarse la competición. Sin realmente desearlo ni buscarlo, Elsa se verá en medio de acontecimientos que nadie podía imaginar.

La Tierra se ha convertido en un mero mito como lugar de origen de la Humanidad. Y, sin embargo, son infinitud de detalles cotidianos los que hacen referencia a ella, sobre todo en la nomenclatura de objetos de uso habitual como los Clarke, componentes vitales de las naves, el protocolo Ripley para supuestos contactos alienígenas, referencias a Asimov en el comportamiento de los robots o en la forma en que todas las naves son bautizadas con nombres en griego. La presencia de objetos físicos provenientes de nuestro planeta, como libros de papel o instrumentos musicales de madera como violines u otros, se hace un tanto chocante, tanto por su persistencia y perfecta conservación tantos miles de años después como por el desconocimiento de y la resistencia a aceptar su proveniencia original por parte de sus poseedores. Las diferentes tramas desbordan ingenuidad.

Llama la atención el clasicismo elegido por el autor para ambientar su universo, casi más propio de las «novelitas» de la década de los 70 del siglo pasado, dejando de lado la evolución que el space opera ha ido manifestando en los últimos tiempos. De alguna manera resulta algo desconcertante, y encantador de una manera «retro», que en ese futuro muy lejano la humanidad, tanto los terranos —naturales de los planetas— como, sobre todo, los habitantes de las estaciones espaciales no se diferencian en absoluto de un ser humano de hoy en día, sin ninguna evolución fisiológica debidas a las diferentes condiciones de crecimiento, incluida la gravedad cero en diversos momentos de la vida de los pilotos del espacio. La tecnología presente parece haber quedado en un punto muerto, algo que muy bien podría explicarse por el mermado número de humanos que se extienden por un espacio inmenso. Las naves se manejan de forma casi primitiva mediante palancas con las manos y pedales con los pies que requieren muchas veces del uso de la pura fuerza bruta y que dan cuenta de maniobras imposibles, comportándose en el espacio como aviones dentro de una atmósfera planetaria o embistiendo a otras casco contra casco sin aparente miedo a la descompresión. Y aunque la Singularidad o el posthumanismo ni se plantean, la medicina sí que parece haber alcanzado un nivel mucho mayor del actual, con remedios terapéuticos casi milagrosos, sobre todo para las heridas y contusiones.

Como en los bolsilibros de antaño, toda la acción se ve salpicada de un insinuante, nunca explícito, erotismo light realmente enternecedor y, de nuevo, un tanto ingenuo. La protagonista, independiente, decidida y dueña de sí misma, con un cuerpo de voluptuosas y encandiladoras formas, viste todo el rato ceñidos trajes o monos, y no pierde ocasión de quedarse en ropa interior en situaciones delicadas —y muchas veces sudorosas—, a la par que posee una mente libre y abierta a las «posibilidades» y, en busca tan sólo de diversión, una férrea resistencia a encadenarse a una pareja estable o a dejarse llevar por el romance. Su efervescente personalidad contrasta con el firme machismo que parece instalado entre el común de sus compañeros «transportistas», quienes, dentro de cierta camaradería, no ven precisamente con buenos ojos que una mujer, apenas una chiquilla, ejerza una profesión «reservada» a los hombres; actitud que encierra una denuncia de ciertos comportamientos a la orden del día.

Como «pero» a la edición, hubiera sido de agradecer una corrección tipográfica, dado un elevado número de pequeñas erratas que distraen de la lectura e, incluso, cambian en alguna ocasión el sentido de lo narrado. En cuanto a la escritura, sencilla, directa y efectiva, llama la atención el reiterado uso, aunque totalmente correcto, del arcaizante vocablo «obscuro», y sus derivados, muchas veces a lo largo de todo el texto.

Estrellas del meteoro, emparentada de alguna manera con la serie b, el pulp y las «novelas de a duro», no busca sino ofrecer unas aventuras a la vieja y popular usanza, de entretenimiento puro y desinhibido y de consumo rápido, aunque con una base actualizada y en cierta manera renovadora que a la vez juega con la nostalgia de ciertos lectores maduros. Una ciencia ficción de esas en las que, si fuera una película, las naves harían ruido en el espacio. Se cierra, además, con la promesa de nuevas entregas, con al menos una continuación para la saga titulada Elsa Layns. Destino: la Tierra.
Publicar un comentario