sábado, 14 de octubre de 2017

Reseña: Materia oscura

Materia oscura.

Blake Crouch.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nocturna ediciones. Col. Noches Negras # 3. Madrid, 2017. Título original: Dark Matter. Traducción: Noemí Risco Mateo. 419 páginas.

La vida está llena de decisiones, algunas tan sencillas que apenas se piensa en ellas, otras tan complicadas que marcan el devenir futuro de una persona de manera palpable de forma que al echar la vista atrás es inevitable preguntarse qué hubiera cambiado si en vez de elegir aquel camino en su momento se hubiera elegido otro. Y existe una teoría que dice que cada decisión tomada y la no tomada se escinden en diferentes realidades dando lugar a todo un multiverso. Y eso es lo que Crouch, a través de su protagonista Jason Dessen, va a explorar en esta novela, un auténtico thriller de misterio, suspense y especulación cuántica, aterrador por momentos, dolorosamente conmovedor en otros, repleto de continuos peligros. Una puerta a otras realidades donde los pequeños detalles marcan la diferencia, haciendo hincapié en la naturaleza de la identidad de las personas y de todo aquello que lleva a construirla, todo lo que lleva a un ser humano a ser él mismo, insustituible en su esencia… ¿o quizá no? Una aventura rápida y frenética, desesperada, en la que el protagonista tan sólo desea recuperar lo que ya tuvo.

Por circunstancias de la vida el profesor Jason Dessen dejó a un lado su investigación para alcanzar la superposición cuántica de un objeto de modo que sea visible al ojo humano para «conformarse» con una tranquila y feliz existencia, con una plácida vida doméstica junto a su esposa Daniela, dando clase en la universidad. Parece imposible no preguntarse hasta dónde habrían llegado sus carreras, la propia y la de Daniela, una talentosa joven aspirante a artista de renombre que abandonó también esa posibilidad en pos de otras tareas, como el cuidado conjunto de su hijo Charlie, pero ninguno se cuestiona su existencia. Hasta que una noche Jason sale a felicitar a su amigo Ryan Holder por un premio que le han otorgado, un premio que bien hubiera podido ser de Jason de haber seguido con su carrera científica, y cuando, tras comprar algo de helado para la cena familiar, se encuentra de vuelta un desconocido embozado le sigue, le secuestra y le inyecta algo, y cuando despierta no sabe dónde ha ido a parar, pero aquel no parece su Chicago, así que debe emprender el arduo camino que le permita volver junto a su familia, junto a la mujer a la que ama de forma incondicional y al hijo al que adora con todo su corazón. Y no va a resultarle precisamente tarea sencilla.

Este es un libro, obviamente, sobre decisiones, sobre la toma de consciencia de lo que pudo haber sido, de aceptación de los caminos emprendidos y de los que nunca se recorrieron, de asunción de lo que uno mismo ha hecho con su vida. No sólo hay que hacer frente a los aciertos, sino también a las equivocaciones y al arrepentimiento. Pero también es una carrera contra el reloj, contra un límite infranqueable que no se puede superar si se quiere que todo vuelva a su cauce, una historia de amor familiar con amplias ramificaciones, de envidias y egoísmos —y autojustificaciones para acallar la conciencia— por lo que pudo haber sido, de física teórica y cuántica que abre puertas a muchas posibilidades, una especulación social sobre la forja de la identidad personal y una frenética aventura que crea muchas preguntas en la mente del lector sobre su propia existencia. Jason desea volver a su existencia previa, a su familia, al lugar en el que encaja, aunque quizá tal cosa no sea ya posible ante el reto de encontrar un mundo entre infinitas posibilidades y ante los muchos peligros que van a surgir a su paso. Y, antes que nada, debe reconciliarse consigo mismo, con todas aquellas decisiones que le han llevado a ser quien es, mientras intenta conseguir no ser arrollado por el vértigo de la situación.

La novela, aunque no se encuentren significativamente delimitadas, se puede decir que se compone de tres partes que abarcan mucho más que el simple esquema de presentación, nudo y desenlace. Una primera de descubrimiento de las existencias paralelas; una segunda, a partir de la presencia de cierta caja, de revelación y autoexamen mediante el medio en que se desarrolla la acción, de aventura desatada; y una tercera, con la sorprendente resolución del drama personal del protagonista. Siendo muy posiblemente estas dos últimas, sobre todo la tercera, lo mejor del libro, se puede afirmar sin demasiado temor que la novela mantiene un crescendo de interés e intensidad. En esta parte final, Crouch llega a ofrecer un giro, que de alguna manera ya había anticipado pero que pone en cuestión todo lo narrado hasta el momento, que rompe todos los esquemas un truco cargado de horror y de un maquiavélico sentido de la oportunidad que retuerce el relato elevando la tensión  y la carga sentimental a niveles insospechados.

La prosa de Crouch es veloz, concisa, condensada, suave, sucinta y ágil, con muchos párrafos de apenas una o dos líneas y una narración muy cinematográfica que a veces le pasa factura en la falta de profundidad y exploración de ciertas escenas, expuestas con demasiada simpleza, en las que quizá hubiera sido deseable que se explayara mucho más. La información se encuentra muy dosificada, de modo que Jason y el lector van descubriéndola prácticamente a la vez, cultivando la sorpresa inesperada tras cada nuevo descubrimiento —algo especialmente remarcable en la tercera parte citada con anterioridad—, aunque algunas explicaciones científicas estén expuestas con excesiva simplificación.

El ritmo va tan rápido que no da tiempo siquiera en fijarse en alguna pequeña pérdida de coherencia en el salto entre realidades o en alguna inconsistencia en la actuación de los personajes, con momentos que rozan el surrealismo pero no logran desconectar la atención, pues no es lo importante. La acción no disminuye de velocidad y no hay descanso para Jason en ningún momento, sin darle tiempo a una auténtica reflexión sobre lo que le está sucediendo o de aclimatarse a los lugares a los que llega sin que el peligro le salte a la cara, de modo que la trama avanza de forma imparable entre secuestros, miserias, confusión de identidades, algún que otro asesinato, persecuciones, elecciones desesperadas, puertas que deben abrirse y un hábil uso de la teoría de universos múltiples para dar al lector una lección sobre la toma de decisiones.

Dark Matter —con una edición y traducción de 10, como ya nos tiene acostumbrados Nocturna por otra partees entretenimiento puro con carga reflexiva, una lectura tan veloz, satisfactoria, y en cierto modo adictiva, que no da respiro ni tiempo a cuestionarla. Es evidente que la teoría cuántica de los múltiples universos no es nada nuevo dentro de la ciencia ficción, así que es algo bueno que Crouch presente un camino tan activo e inmersivo en el desarrollo de la acción, presentando incluso algunas salidas que pueden considerarse bastante originales e ingeniosas en un tema ciertamente trillado —a la tercera parte me remito—. Esta es la historia de un hombre de familia intentando volver a su hogar, luchando contra los imponderables y sin cejar ante las adversidades. Lo tiene difícil, pero no dejará de intentarlo por muy mal que se le pongan las cosas. Y sus decisiones seguirán moldeando su identidad, como ya lo hicieran con anterioridad, y crearán bifurcaciones en el mundo, o en los mundos, dando lugar a nuevas existencias. Ahora la decisión de cada lector, de su lectura o no, dará también paso a diferentes realidades. En sus manos está.
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