jueves 12 de noviembre de 2009
La Factoría presenta "Los jardines de la luna"
martes 10 de noviembre de 2009
Reseña: La Guardiana
Tanya Huff.
Reseña de: Jamie M.
Nabla Ediciones. Col. Fantastika. Barcelona, 2008. Título original: Summon the Keeper. Traducción: María Pardo Vuelta. 447 páginas.
De Tanya Huff en nuestro país se había publicado previamente la serie de Los libros de la Sangre (La Factoría), donde ofrecía nuevas visiones de los monstruos clásicos (vampiros, hombres lobo, momias, zombies…) desde una óptica más humana, aunque sin llegar a despojarlos de su capacidad aterrorizadora, y que también serían convertidos en serie de TV bajo el título de Hijos de la Noche (Blood Ties). Fueron cinco libros que pasaron —injustamente en mi opinión— muy desapercibidos debido quizá a su desafortunada inclusión dentro de la colección de Vampiro que seguramente hizo que no llegasen a encontrar a su público objetivo: los seguidores del juego de rol no los compraron al no pertenecer al mismo y los lectores que hubieran podido estar interesados los pasaron por alto al pensar que formaban parte de la franquicia. Más recientemente también llegó a las librerías la aportación de la autora al mundo de Ravenloft: La venganza de Aurek.
Ahora, Nabla ediciones nos ofrece una nueva serie —aunque originalmente ya tiene sus añitos—, en este caso trilogía, sobrenatural de Huff, que se abre con este La Guardiana y han continuado ya con La segunda llamada.
Es esta una novela que lo más fácil sería enclavar dentro del género de la Fantasía Urbana, y que sin embargo se escapa de la etiqueta y es algo más difícil de clasificar que eso. Con ciertas pinceladas —algo diluidas, eso sí— de terror, con guiños a las historias de mansiones encantadas, con un toque de romance paranormal… lo cierto es que lo que finalmente domina el libro es el humor y la comedia. Un humor socarrón e irónico muchas veces, pero también muy sutil en ocasiones, que recuerda de alguna manera —salvando las incuestionables distancias— al de Gaiman y Pratchett en Buenos presagios.
Claire Hansen es una guardiana, perteneciente a una rama de la humanidad que desciende de Adán y Lilith, que poseen grandes poderes mágicos y que tienen la tarea de evitar los “desgarrones” en nuestra realidad, sellando las fugas o agujeros en el tejido del universo desde los que el mal trata de escapar hacia nuestro mundo. Al comenzar el libro, Claire, cargada de maletas bajo la lluvia en las calles de Kingston, Canadá, ha sido “convocada” a una pensión de mala muerte llamada «Campos Elíseos». A la mañana siguiente de su llegada descubrirá, para su consternación, que se ha convertido en la nueva propietaria del lugar y que el mismo incluye un agujero al infierno en el sótano, una mujer que lleva dormida desde 1945 en la habitación 6, un fantasma en el ático y un ascensor entremedio que no siempre parece llevar a la planta solicitada. Así que el mundo parece venírsele encima al hacerse consciente de la posibilidad de verse anclada durante mucho, mucho tiempo —incluso de por vida— en la pensión dado el peculiar equilibro de fuerzas.
Para ayudarla en tan singular tarea, Claire cuenta con la “inestimable” asistencia de Austin, un sarcástico y poco políticamente correcto gato parlanchín, de edad avanzada, que parece más preocupado en hacer chistes a costa de la Guardiana y en recibir comida no geriátrica que en los problemas de su compañera; situación que da lugar a algunos de los mejores y más divertidos diálogos de la novela.
La Guardiana se desarrolla casi como una obra de teatro, en la que en apenas un único escenario —son pocas las ocasiones en que los protagonistas se alejan de la pensión— van entrando y saliendo los diferentes actores: por un lado los principales, los residentes permanentes en el lugar, incluida Claire, y por otro los secundarios que dan el contrapunto entre los esporádicos huéspedes y la vecina cotilla y molesta que no para de personarse en el lugar en los momentos más inoportunos.
Entre el plantel de protagonistas, además de a Claire —una mujer valiente e ingeniosa, aunque algo insegura en ocasiones, dotada de gran decisión menos cuando las cosas parecen afectar a su vida personal, con un gran corazón que a veces parece querer abarcar demasiado— y del mencionado Austin, el lector va a encontrarse con Dean McIsaac, el joven —20 añitos— cocinero y chico para todo que la Guardiana hereda con la pensión y con el que establecerá una atracción sexual no resuelta al ser “demasiado joven para ella”, y con Jacques Labaet, un libidinoso fantasma franco-canadiense de épocas pasadas que suspira por ser corpóreo de nuevo, más que nada para disfrutar de los placeres carnales una vez más.
Entre la clientela, diversos seres de la noche y un grupo de olímpicos jubilados en viaje de la tercera edad realmente hilarantes. Y no podemos olvidar a la señorita Abrams, la vecina metomentodo e inoportuna siempre acompañada de su agresivo doberman que encontrará un hueso duro de roer en Austin; ni a Diana, la problemática hermana de Claire, estudiante también para convertirse en Guardiana, poseedora de un enorme poder y muy poco sentido común, y a la que los desastres parecen seguir dondequiera que vaya. Mención aparte merecen las conversaciones que un desquiciado Infierno mantiene consigo mismo a través del agujero del sótano y su peculiar interacción con la Guardiana.
Huff, consciente de lo que tiene entre manos, estira sin embargo en ocasiones excesivamente ese lado cómico de los personajes o de las situaciones, adentrándose de lleno en la caricatura y desdibujando el realismo de los mismos —el caso de Jacques sería el más evidente—, lo que hace que se pierda un tanto la tensión necesaria en los momentos más “serios”, donde el terror debiera haber dominado la escena sin llegar a conseguirlo. Tal vez no era su objetivo.
La Guardiana es un libro divertido, difícil de clasificar, frenético en muchas ocasiones, que se aleja sin duda de la actual “fantasía urbana”, un tanto dado a la exageración y con un puntito perverso muy refrescante. Es una comedia de enrredos en medio de una carrera contra el Infierno. Claire, si no quiere verse atada para siempre al «Campos Elíseos», deberá encontrar la manera de sellar la brecha del sótano sin despertar a la huésped de la habitación 6 mientras lidia con la atracción que siente por dos hombres que se le antojan equivocados —uno es demasiado joven y el otro está demasiado muerto— y aún así encuentra tiempo para embarcarse en la reforma de la pensión y dar alojamiento a la más variopinta clientela. Casi nada. ¿Podrá con todo ello Claire? Tendréis que leer el libro para saberlo, pero al menos la diversión —creo yo— está garantizada. Me voy a por el segundo.
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miércoles 4 de noviembre de 2009
Reseña: Lavinia
Ursula K. Le Guin.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Minotauro. Barcelona, 2009. Título original: Lavinia. Traducción: Manuel Mata. 313 páginas.
Un poeta moribundo, que sabe que acabará sus días sin haber podido dar un final adecuado a su obra magna y que habla con su creación tratando de encontrar una efímera redención en el pasado. Una princesa del Lacio, que se sabe viva y personaje del poeta a un tiempo, juguete de lo escrito, y que no dudará en enfrentar el porvenir con una personalidad propia que le había robado el poema.
Al morir en el siglo I d.C. Virgilio dejó inacabado o sin corregir —o al menos eso argumentan los expertos en el tema ante su brusco final— el épico poema por el que más habría de ser recordado: La Eneida. Al recibir el encargo de escribir una epopeya para los romanos al estilo de la Ilíada o la Odisea, el poeta tomó a un apenas importante personaje de la primera de estas obras, Eneas, y lo convirtió en el protagonista de un viaje de proporciones míticas, desde las cenizas de Troya, navegando por buena parte del Mediterráneo hasta arribar a las costas de Italia, donde fundaría una colonia que podría ser el preludio de lo que después sería Roma, desatando antes de esta tarea un cruento enfrentamiento.
Ursula Le Guin, utilizando un truco similar, toma a un personaje muy secundario de la Eneida —quien siquiera tiene un diálogo— Lavinia, hija del rey Latino del Lacio, profetizada esposa del héroe, y la convierte en la protagonista de la historia entrañable y a la vez monumental que nos ocupa. Para Virgilio, Lavinia —como la Helena de Homero— es un mero motivo, una excusa, para desatar el conflicto, más como simple e involuntaria portadora de presagios que como pieza importante de los sucesos que ella misma desata. La princesa es una mera sombra, causa de la guerra sin tener arte ni parte en ella, manteniéndose en un segundo plano casi anónimo.
La autora le otorga el protagonismo que el poeta le había negado, le da voz y existencia propia, la trae al frente de la escena dándole el papel que se merecía pero que nadie parecía sospechar que escondía hasta que Le Guin la saca de entre las bambalinas. Su Lavinia, sin duda, ya no es la de Virgilio, aunque la historia de la Eneida sea el trasfondo que acota toda la narración. Su destino parece inexorable e ineludible, escrito mucho después de su existencia e imposible de modificar. Pues en esta historia el lector va a encontrar la voz de Lavinia, en primera persona, narrando la realidad de su vida cotidiana y los aciagos hechos que llevarán, a la larga, a la guerra y a la muerte.
Lavinia es aquí un personaje fuerte, con personalidad propia, segura de si misma, amable, valiente, consciente de quién es, de cuáles son sus objetivos y anhelos, y de lo que debe hacer para alcanzarlos. Perfectamente integrada en la sociedad agrícola del mundo prerromano, la autora le da un papel activo en el devenir del día a día, ayudando en el acarreo de la sal desde las salinas del río Tiber, trabajando en el telar o en los bordados, ocupándose del altar de los dioses y espíritus del hogar como es su deber de princesa y realizando otras tantas labores de la casa. Le Guin encara un enfoque más histórico que mitológico —o fantástico— de la narración; los dioses no tienen una presencia física entre los mortales, sino que tienen su lugar en los rituales y profecías, de gran importancia e influencia para los humanos, pero sin intervenir directamente en sus vidas.
La novela se enclava en cierta manera dentro de la línea más intimista de la producción de la autora. A pesar del tema evidentemente épico de las fuentes de las que bebe —y que late en todo el trasfondo—, el lector se encuentra aquí con una prosa donde el lirismo y el sentimiento se apoderan muchas veces de la narración. Hay unas cuentas batallas y mucha tragedia, sí, pero Le Guin no las muestra directamente, puesto que Lavinia, quien está narrando su historia, no es testigo directo de los hechos, sino que es algún otro personaje quien se las cuenta. Así, la novela se va a centrar más sobre el destino que se abate sobre la protagonista y cómo esta lo enfrenta con valentía, temor y algo de resignación.
Cuando la joven acude al oráculo del bosque de Albunea esperando encontrar un mensaje de sus dioses, lo que halla es el espíritu del poeta que mucho tiempo después habría de escribir la historia que ella misma tan solo está empezando a vivir. Paradójicamente Lavinia parece ser en cierta forma consciente de su “realidad” como personaje de ficción, y de su inmortalidad —literaria— por un lado y de la fatalidad a la que está abocada por otro. Le Guin juega una vez más —y van…— con los límites de la propia ficción, diluyendo sutilmente la línea entre realidad y fantasía, entre hechos históricos y mitológicos, entre creación literaria y homenaje poético. Virgilio se convierte en creador y en personaje, reimaginado el final de su vida tras su muerte; cuando se presenta ante Lavinia sabe que se está muriendo, que solo es su espíritu errabundo el que habla con la mujer, y es consciente de que su gran poema quedará seguramente inacabado y sin revisar ya que no le quedan fuerzas para darle el fin adecuado. No quiere que la Eneida vea la luz, pero sabe que es imposible impedir su publicación. Así, la autora le ofrece la oportunidad de alcanzar cierta redención a través de Lavinia, de llevar la historia a una conclusión más satisfactoria, de darle una voz a la princesa y cerrar el viaje de Eneas. Y lo hace con la propia voz de la autora, quien deja su maravillosa firma en cada página y, sobre todo, en su protagonista.
Porque Lavinia, como la mayoría de los personajes femeninos de Le Guin, es una mujer llamada a dominar la escena. Es ella la verdadera heroína ante la imagen idealizada por el público del propio Eneas —hijo de una diosa—; es una mujer que no puede evitar provocar una guerra con los presagios que su mera presencia desencadena —que no son sino las revelaciones del poeta—, pero que se niega a ser una mera comparsa de los designios de los demás. Y su heroísmo nace, precisamente, del conocimiento recibido en Albunea: el de que se casará con un extranjero, lo que la llevará a rechazar a todos sus pretendientes, incluso a Turno, rey de Rutulia y el preferido por su desequilibrada madre, Amata, aún sabiendo que ese rechazo llevará directamente al derramamiento de sangre; el de todos los hombres que morirán, nombre por nombre; o de la tragedia que se abatirá sobre su matrimonio tras los breves años felices de forma inevitable, pues se encuentra escrito, aún a pesar de todas sus esperanzas de apartar de ella el fatídico desenlace de su historia con Eneas.
Es esta una historia que se hace grande en los detalles, en la descripción de ese Lacio que se hace cercano y verídico en la descripción de sus gentes y costumbres, y que demuestran una gran labor de investigación por parte de la autora, que ha conseguido plasmar con su prosa habitual —esa apariencia de simplicidad que esconde una sofisticación impresionante— un pasado totalmente convincente, donde la realidad asoma por cada esquina, en cada acción de los personajes, en los hechos más mundanos y domésticos, en las labores del día a día, en los paisajes… Lavinia, como tantas otras obras de Le Guin, no es sino la historia de unos individuos que buscan su lugar dentro de la sociedad en la que viven, perfectamente retratada y descrita. De esta manera, el estudio sociológico se hace —una vez más— con una parcela fascinante del libro, sumergiendo al lector en unas costumbres extrañas, pero totalmente creíbles y, finalmente, cotidianas.
La historia no es, en contraposición a la historia de Virgilio, un poema épico, a pesar de la épica de sus protagonistas. Es una historia mucho más íntima, que cautivará a los que disfrutaron con la Le Guin de Tehanu o El nombre del mundo es bosque. Lejos de las batallas y las disputas de los hombres, que permanecen como constante telón de fondo, el libro le habla al lector de las preocupaciones y quehaceres de aquellas que se habían deslizado entre los versos de la antigüedad, lejos de los focos, lejos de las emociones violentas, y lo hace con un interés y una profundidad que consigue que el lector quisiera saber mucho más de todo ello. Lavinia es, sin duda, Literatura Fantástica, pero es una fantasía que suena a realidad, que hace casi innecesaria la suspensión de la incredulidad —y eso a pesar de espíritus y profecías y personajes que hablan a través del tiempo que les separa—; que se acerca a un pedazo del Lacio, previo a los reyes de Alba Longa y a la fundación de Roma, y lo reimagina de una forma que lo hace real; que ofrece el relato de una mujer de su tiempo —sin proyecciones ni comportamientos del nuestro— que se enfrentará con decisión a las pruebas que el destino ha puesto en su camino y que se hace poderosa sin llegar a ejercer realmente el poder; que habla de unos hombres que no son sino víctimas de unas pasiones, ambiciones y amores que muchas veces no saben ni expresar; de un poeta en busca de una voz para su postrer criatura alcanzando así su perdón; de un héroe trágico que en momento alguno deja de ser juguete de su propia leyenda escrita muchos años después de su muerte. Es un cuento, en verdad, para paladear con calma y tranquilidad, para degustar muy lentamente, capa tras capa de revelaciones, de significados y de diferentes lecturas, de mensajes y profundidades que van surgiendo conforme se deja reposar y se reflexiona sobre lo leído.
Lavinia, la novela, es el diario de una mujer de su tiempo y un juego metaliterario en el que se mezclan las épocas con extraordinarios resultados. Quizá no sea lectura para todo tipo de lectores, sino de un público concreto —aquel que disfruta de la Le Guin más íntima, alejada de su vena cienciaficcionera—, pero yo confieso haber disfrutado de principio a fin. Una vez más, Ursula K. Le Guin me ha rendido a sus pies.
domingo 1 de noviembre de 2009
Reseña: Leonor de Aquitania
Régine Pernoud.
Reseña de: Amandil.
Acantilado. Barcelona, 2009. Título original: Aliénor d'Aquitanie. Traducción: Isabel de Riquer. 332 páginas.
La editorial Ac
Lo cierto es que esta biografía, en su momento, fue rompedora con todo lo estipulado hasta ese momento por la historiografía tradicional ya que combatía por igual los prejuicios dominantes que definían la Edad Media como una etapa oscura y decadente, y los que recaían sobre Leonor y la tachaban de frívola, libertina y extremadamente sujeta a bajas pasiones. De hecho, Pernoud, en el prólogo, nos confiesa que hasta que no accedió a las fuentes primarias, siempre había basado sus valoraciones sobre esta reina en función de lo que "decían los demás de ella". En cambio, al investigar y documentarse para esta biografía descubrió (con evidente y placentera sorpresa) que, en realidad, tras la máscara construida sobre Leonor, se ocultaba una mujer de calidad humana excepcional, con la grandeza de una reina sensata y que siempre supo enfrentarse a sus enemigos con tal defender sus derechos y los de sus hijos, además de para preservar el reino levantado junto con Enrique II Plantagenet frente a la codicia de los reyes de Francia.
Como en cualquier biografía de un personaje medieval una parte sustancial de la vida de Leonor quedó reflejada en documentos laterales que, si bien no aportan datos concretos sobre la protagonista, si que permiten conocer sus aparentes motivaciones, sus gustos y costumbres e incluso, en muchos casos, sus sentimientos. Cartas, inventarios, tratados, donaciones, poemas, canciones, anales... en todos ellos ha buscado la autora, y de ellos ha extraído la información con la que elaborar la reconstrucción de una vida. De este modo, la labor de la historiadora es la de verdadera intérprete de los "huecos" que quedan allí dónde por medio de otras fuentes no alcanza el conocimiento objetivo. Pernoud, sin embargo, evita en todo momento convertirse en hagiógrafa (o crítica) de la reina, dejando claro que ella no irá más allá de lo que la documentación exponga (por ejemplo en temas tan pintorescos como la pretendida homosexualidad de Luis VII, primer marido de Leonor, o la relación del mismo género entre su hijo Ricardo y Felipe Augusto, se limita a citar textualmente lo que decían las fuentes coetáneas, sin elucubrar sobre esto aquello).
Al mismo tiempo, y con una maestría propia de una historiadora del elevadísimo nivel de la autora, queda perfectamente insertada la vida de Leonor en su tiempo, mostrándose de un modo sencillo todos aquellos aspectos externos que el lector debe conocer, aunque sea someramente, para entender mejor los acontecimientos que la reina vivió así como los objetivos que se marcó. No queda ceñido el relato a un sólo nivel (la vida en sí) sino que se engarza en los movimientos políticos, religiosos y culturales que agitaban la Cristiandad entre mediados del siglo XII y principios del XIII. Así, vemos a Leonor involucrada en las Cruzadas tras la pérdida de Jerusalén, las tensiones con el Sacro Imperio Romano Germánico, las luchas intestinas entre el rey de Francia y sus vasallos, el surgimiento del "imperio Plantagenet", los problemas conyugales entre Leonor y Enrique II, la guerra entre Enrique y sus hijos, las traiciones entre los hijos de la reina, la muerte de Santo Tomás Becket, las alianzas matrimoniales con Sajonia, Flandes, Navarra y Castilla, el auge de los trovadores del langued'oc, el surgir de la caballería, los primeros y más profundos pasos del mito artúrico... y en todos esos sucesos, la omnipresente figura de Leonor, desde su jovial y casi idílica juventud hasta su madurez como madre y, sobre todo, como reina, ejemplificada en su última cabalgada, con ochenta años, hasta Burgos para llevar a su nieta Blanca de Castilla, hija de su hija Leonor y del rey Alfonso VIII, hasta París para desposarla con el heredero del trono francés, el futuro Luis VIII de Francia (recomendada en este punto la lectura de otra de las grandes biografías realizadas por Régine Pernoud, Blanca de Castilla, la gran reina de la Europa medieval). Por lo tanto, además de conocer a la que fuera reina de Francia e Inglaterra asistimos al despliegue de la mayor parte de los grandes momentos históricos que tuvieron lugar entre los años 1120 y 1200 d.C.¿Qué más se puede pedir a un libro no muy extenso y espléndidamente armado? Pues hay algo más: la capacidad que la autora muestra desde el principio para dotar al relato de un ritmo intenso que se une a la evocadora manera de contar las cosas. La lectura, que podría ser aburrida o demasiado espesa, es ligera y cercana al estilo novelesco por momento, haciendo que al interés histórico en sí se venga a unir el deseo generado por los giros y "suspenses" de la biografía de Leonor. Utilizando una mezcla de descripciones casi teatrales en lo visual (los paisajes, los ropajes, las viandas, los combates) y en la presentación de los protagonistas del drama (su aspecto, su personalidad, incluso algunos diálogos), parece que asistimos a un representación en la que la autora, como una voz en off, nos va desgranando el argumento en el que se suceden las escenas.
En definitiva, Leonor de Aquitania cumple perfectamente el objetivo de ser una biografía que rompe con los prejuicios anteriores , con el añadido de que puede ser, perfectamente, tomado como una somera introducción a la historia de la Edad Media en el siglo XII desde una perspectiva mucho más luminosa que la tradicional de oscurantismo y podredumbre.
jueves 29 de octubre de 2009
Lanzamientos: Alamut presenta "Hôtel Transylvania"
martes 27 de octubre de 2009
Noticias: Premios Nocte de Terror
jueves 22 de octubre de 2009
Reseña: Bruja mala nunca muere
Rachel Morgan 1.
Kim Harrison.
Reseña de: Jamie M..
Pandora Romántica. (La Factoría de Ideas). Madrid, 2009. Título original: Dead Witch Walking. Traducción: Elena Castillo Maqueda. 343 páginas.
En una realidad paralela a la nuestra, donde los EE.UU. nunca llegaron a la Luna, Rachel Morgan es una bruja que trabaja en Cincinnati para la Seguridad del Inframundo, una agencia oficial de seguridad que trata con los crímenes cometidos por las criaturas paranormales. Pero últimamente parece que la mala suerte se ceba con ella y, además, todas las misiones que le encargan se le antojan muy por debajo de sus capacidades, cosas que cualquier novato podría realizar. Cuando la envían a capturar a un leprechaum evasor de impuestos siente que ha tocado fondo y que su única salida es pasarse al sector privado. Pero romper su contrato con la SI significa que la agencia va a poner precio a su cabeza y que tendrá que hacer frente a todos los cazarrecompensas que vayan a por ella. Por “suerte” la vampira Ivy decidirá abandonar también Seguridad del Inframundo, irse con Rachel y formar un equipo cuando menos paradójico.
Kim Harrison sitúa a sus personajes en una realidad que diverge de la nuestra en la década de los ’50 del siglo pasado. Tras el descubrimiento del ADN humano, la experimentación genética llevará a la creación de un devastador virus biológico transmitido por los tomates que arrasará con gran parte de la población, aunque pronto se descubrirá que los inframundanos —los seres paranormales: brujas, hechiceros, vampiros, hombres bestia, pixies, hadas…—, que habían estado viviendo de incógnito entre nosotros desde tiempos inmemoriales, son inmunes al mismo, propiciando un equilibrio en el número de individuos de ambos grupos que llevará a estos últimos a salir a la luz, produciéndose desde entonces una tensa convivencia, una tregua inestable entre humanos e inframundanos.
En este escenario, Rachel Morgan apostará su propia vida en la empresa de capturar al concejal y exitoso hombre de negocios, Trent Kalamack, bajo sospecha de diversas actividades delictivas que nunca se han podido demostrar, con la esperanza de que si lo lleva ante la justicia y demuestra su culpabilidad, la SI anulará la recompensa ofrecida por su cabeza. La trama se mueve rápidamente —casi demasiado— a lo largo de todo el libro, alternando no sin habilidad las escenas más domésticas donde se concentra la información —la mayoría del desarrollo del mundo y de las personalidades de los protagonistas se produce en conversaciones de cocina o comedor, o en tareas de la casa— y las explosiones de acción y magia que impiden soltar el libro. Se agradece el buen hacer de la autora con los diálogos, ágiles e informativos a un tiempo, sin sonar falsos o plomizos en momento alguno. Quizá haya precisamente un exceso de información al principio de la novela al presentar el mundo, aunque parece algo connatural a la primera entrega de una nueva serie, donde la autora desea poner en antecedentes al lector cuanto antes y pasar lo más rápidamente posible a la trama en sí misma.
Si algo destaca en Bruja mala nunca muere es el humor algo socarrón que salpica gran parte del texto, la buena exposición del uso de la magia y el desarrollo de los dos compañeros de Rachel, que en muchos momentos se imponen por encima de la propia protagonista. Despojada de su apartamento y con él de todas sus pertenencias, la bruja inicia una nueva andadura junto a la vampira Ivy y el pixie Jenks. Ivy es un personaje ambiguo, que guarda para sí sus secretos, como el auténtico motivo para acompañar a Rachel en su nueva andadura laboral, y que ha renunciado recientemente al consumo de sangre. En el mundo descrito por la autora existen tres tipos o niveles de vampirismo: por un lado estarían los vampiros no-muertos en su versión más “tradicional”, con su imposibilidad de salir al sol, su fobia a los símbolos religiosos y una inclinación inmoral y malvada; por otro están los humanos que han sido transformados por uno de los anteriores, aunque siguen vivos; y en tercer lugar están los que, como Ivy, han nacido de una vampira afectados ya por el “virus” del vampirismo desde el vientre materno. En estos dos últimos casos el individuo afectado puede hacer una vida relativamente normal a pesar de su querencia por la sangre, saliendo de día y profesando cualquier fe religiosa —o incluso residiendo en una antigua iglesia—, gozando de ciertas ventajas de los inframundanos, y algunos inconvenientes, hasta el momento de su muerte humana en que pasan a formar parte del primer grupo.
La convivencia de Rachel e Ivy bajo un mismo techo llevará a un buen número de situaciones incómodas y a malentendidos bastante divertidos —como la lectura de la guía sobre el vampirismo ¡con ilustraciones! de Rachel en el autobús—. Ivy es el típico personaje misterioso, fuerte y contradictorio que puede llegar a dar mucho juego en posteriores entregas.
El otro compañero de Rachel es Jenks, un diminuto pixie que suele acompañarla colgado de uno de sus pendientes, y que comienza como el contrapunto gruñón y fanfarrón, el espía y ayudante perfecto sino fuera por su retorcido sentido de humor, pero que poco a poco va revelando tener su corazoncito, amando y defendiendo a su enorme familia y su territorio —su jardín— a cualquier riesgo, y demostrando una fidelidad fuera de serie.
A pesar de que la novela se encuentra narrada en primera persona por la bruja, la arrolladora personalidad de sus compañeros y la sensación de que las cosas están sucediendo alrededor de Rachel y no a la propia Rachel —que parece estar allí para que los demás le saquen las castañas del fuego—, hacen que Ivy y Jenks se apoderen en muchas ocasiones de la escena, robándole sin rubor el protagonismo y el interés.
El libro tiene además otros secundarios de interés como Nick, un humano “normal” destinatario del interés amoroso de Rachel y que no parece ser tan inocente como quiere aparentar; o el intrigante Trent Kalamack, antagonista necesario e instigador de algunas de las peores perrerías que va a sufrir la protagonista.
Un fallo del libro es precisamente que, comparada con todos ellos, Rachel curiosamente parece algo falta de profundidad, demasiado común y menos trabajada que el resto. Tiene cicatrices, sí, y la tragedia ha golpeado su vida; pero parece que el único poso que le ha dejado es una búsqueda desesperada de emociones y unas malas elecciones de objetivo en su vida amorosa. Siendo la protagonista principal se antoja que debería tener mucho más fondo.
Uno de los mayores aciertos, sin embargo, de Bruja mala nunca muere es el detallado y bien desarrollado sistema de magia usando las líneas de poder o líneas luminosas de la Tierra. Una magia dividida como es tradicional en blanca y negra, pero con un buen número de tonalidades grises —como el hecho de que todos los hechizos por muy benignos que sean necesiten un sacrificio, que los amuletos requieran de un pequeño derramamiento de sangre para activarse o que cada vez que se usen las líneas de poder se ponga la propia alma en riesgo—. En este contexto Rachel es una bruja blanca que no dudará en mancharse de gris cuando piense que la situación lo requiere.
En el lado de los fallos, uno de los puntos más flojos —a pesar de las situaciones humorísticas en las que se ven involucrados los tomates— de la novela es la premisa un tanto traída por los pelos del virus genético que arrasa con la humanidad y la reacción exageradamente extrema que se plantea como “solución”. ¿Alguien se cree que incluso con una gran mortandad, o precisamente a pesar de ella, se iba a prohibir la investigación médica para curar un gran número de enfermedades? Es ese uno de los temas que la autora hubiera debido trabajar un poco más, pues tal y como está suena a mera excusa para situar el escenario y pasar a la trama que le interesa más.
Como aviso decir también que las comparaciones que circulan por ahí —en la propia portada sin ir más lejos— con la Anita Blake de Laurell K. Hamilton no creo que sean en absoluto acertadas. Rachel Morgan —y este primer libro en general— no podría ser más diferente de Anita, a pesar de que ambas se dediquen a perseguir seres sobrenaturales. No hay aquí ni tanto sexo —de hecho la tensión sexual Rachel-Ivy o Rachel-Nick está tratada más en plan comedia de equívocos que en una vertiente erótica o sentimental— ni tanta sangre o gore como en aquellas, y la personalidad de ambas mujeres no podría ser más distinta. De alguna forma, Rachel con su manera de ser torpe, algo ingenua, impulsiva, vulnerable y que se deja llevar por las circunstancias demuestra ser más humana y realista que Anita.
Bruja mala nunca muere, como primera entrega de una serie, me ha creado la suficiente incertidumbre e interés como para dejarme con ganas de leer la siguiente novela. Kim Harrison ha escrito un libro de entretenimiento sobrenatural —del cada vez más extendido género de la «fantasía urbana»— con una trama detectivesca con sus buenas dosis de acción y magia, con unas —hay que reconocer que pocas— gotas de romance, y mucho humor, incluso políticamente incorrecto, que hacen que la lectura se pase en un momento. Veremos si la autora es capaz de mantener el tipo en las siguientes entregas; lo cierto es que el personaje, o el trío más bien, protagonista puede dar para mucho. Ojalá lo haya conseguido.



