lunes, 16 de noviembre de 2009

Reseña: Anatema

Anatema.

Neal Stephenson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2009. Título original: Anathem. Traducción: Pedro Jorge Romero. 724 páginas.

Echando la mirada hacia atrás no puedo recordar de entre todas mis lecturas una novela en que me haya parecido tan interesante lo que me contaba y que me haya aburrido tanto mientras me lo contaba. Y es que para tres momentos álgidos semejante volumen de páginas dedicadas de alguna manera a reconstruir la ciencia y filosofía de nuestro mundo occidental con un exceso de pretendido didactismo se antoja demasiado exagerado. Hago mía una crítica anglosajona que leí hace un tiempo en internet —lamento no recordar ni la web ni el autor— y que venía a decir, más o menos, que la ficción siempre es más efectiva cuando las ideas son sugeridas por la acción y no mediante interminables discursos y conversaciones. Y es que Anatema es el intento de Stephenson de construir un nuevo mundo con todo su bagaje cultural, similar y alejado del nuestro a un tiempo, y con el que justificar su innegable erudición y sus propias teorías. Y todo ello estaría muy bien si el lector se encontrase ante un ensayo; pero no, Anatema es una novela —o lo pretende—, con todo lo que ello implica, detalle que el autor parece haber olvidado en muchos momentos, inmerso en su burbuja. O tal vez, y parece mentira decir algo así, es que el autor hubiera necesitado un par de volúmenes más, como hiciera con el Ciclo Barroco, para plasmar de forma satisfactoria todo lo que llevaba en la cabeza, intercalando entre teoría y teoría algo más de su reconocido sentido para la acción.

Y es que resulta algo increíble que Stephenson sea el mismo autor de la imaginativa y frenética Snowcrash. Novela a novela el autor ha ido dejando cada vez más de lado el “entretenimiento” para sumergirse más y más en la “divulgación”. Y la emoción, desde luego, sale perdiendo, ante un mayor nivel de lectura y de capas de profundidad. Anatema es una novela compleja, profunda filosófica e intelectualmente, donde el lector debe poner mucho de su parte, ir aprendiendo al mismo tiempo que los protagonistas y cuestionarse muchas veces las explicaciones para desentrañar unas respuestas no siempre evidentes.

Anatema es, además, una novela lenta, muy lenta. Comienza con la presentación del principal protagonista, Fra Erasmas, narrador en primera persona de la trama, y del grupo de compañeros que habrán de compartir a ratos su “aventura”. Erasmas, o Raz, es un joven de 19 años que vive en un «concento», dedicado al estudio y a la conservación del saber de su mundo. En el planeta Arbre la sociedad se encuentra rígidamente separada en dos grupos, casi dos sociedades totalmente diferenciadas: los seculares, los habitantes de ciudades y campos, y los avotos, aquellos que viven dedicados a la ciencia y las matemáticas, encerrados en sus cenobios que solo abren sus puertas para “Apert” cada uno, diez, cien o mil años, dependiendo de la opción de estudio elegida, en la única ocasión en que pueden relacionarse con el mundo exterior y unirse al o abandonar el concento antes del nuevo cierre de las puertas. En ese mundo casi contemplativo, donde la tecnología está prácticamente prohibida —existe incluso una casta especial de especialistas que se encargan del mantenimiento de los pocos aparatos permitidos sin mezclarse ni mantener contacto con los avotos— la rutina es prácticamente la regla y lo más emocionante del día es dar cuerda a un inmenso y complicado reloj hasta que, por supuesto, algo extraordinario sucede y lanza a nuestro protagonista al exterior a realizar un largo viaje, tanto en el plano físico como en el intelectual. Y ya que hay pocas sorpresas y acción, permitidme que no las revele para mantener el interés del misterio que es de lo poco que da algo de emoción al texto —eso sí, aquellos que se hayan leído la sinopsis de contraportada ya se han perdido la mitad de la gracia—.

Stephenson ha construido un mundo nuevo siguiendo unas líneas científicas y filosóficas muy similares a las de nuestra tradición occidental, y así el lector puede reconocer fácilmente bajo otros nombres la caverna de Platón, la jaula de Faraday, la navaja de Occam, la relatividad de Einstein, la teoría de la física cuántica y otras tantas que hacen prácticamente imposible al no docto aprehenderlas todas, al tiempo que en su sociedad secular también se hacen evidentes las semejanzas en los coches y camiones —llamados “mobes”—, los teléfonos móviles, los refrescos, las ropas de los pandilleros, los realities de TV, los ordenadores e internet —denominados “dispositivos sintácticos” y “retícula” respectivamente—, los centros comerciales o la inmigración ilegal, junto a detalles absolutamente diferenciadores como las “marañas” —unas plantas que generan el sustento alimenticio íntegro de un avoto al tiempo que regeneran el suelo y otras muchas maravillas—, los árboles genéticamente modificados en que crecen hojas de papel o ropa, o la “neomateria”, que posee especiales características físicas de las que carecen los elementos naturales y con la que se puede fabricar sorprendentes objetos. Stephenson ha realizado un muy elaborado trabajo de creación de un nuevo vocabulario y una nueva nomenclatura representada en el glosario final —y aquí no puedo sino quitarme el sombrero ante la magnífica labor traductora de Pedro Jorge Romero, enfrentado a una tarea que se antoja cuando menos complicada con la creación por parte del autor de todo un léxico a medida de los personajes—. Sin embargo, la catástrofe tecnológica que antaño fracturase tan radicalmente la sociedad de Arbre le permite al autor precisamente refinar y extractar nuestro propio saber y avances para simplificar y hacer accesibles sus teorías para llevar la narración sin excesivas distracciones hacia el punto que deseaba. Ha refinado su mundo para sentar las bases necesarias y perfectas para plantear el debate que le interesa.

Un debate muy atractivo y sugestivo, pero que presentado bajo la forma de largas e interminables —y muchas veces repetitivas— conversaciones, ya lo muestre como discusiones de claustro, como clases magistrales, como diálogos socráticos en torno a la mesa o como seminarios de expertos, se hace terriblemente pesado y, para tratarse de una novela, aburrido. Entre tanta información, sin embargo, algunos pequeños misterios se van acumulando en torno al protagonista y sus compañeros, como la llegada al concento de dos inquisidores —encargados de que se mantenga el orden y la separación entre los avotos y los seculares— que parecen interesados en Raz, o como el extraño comportamiento de su maestro y mentor, Fra Orolo, y su brusca expulsión que deja en el aire la duda sobre lo que se encontraba estudiando en los cielos nocturnos, o como la extraña e inexplicable elección de destinos de estudio de sus amigos… que encaminan la narración hacia esos escasos picos de emoción que pronto vuelven a descender al valle de la “teorética”.

La salida al mundo exterior de Raz le permite a Stephenson confrontar la visión enclaustrada del mundo cenobítico con el desarrollo práctico del secular, estudiando así temas como la influencia real de las teorías en la sociedad, como se relacionan ciencia y religión y como se inmiscuye en ellas la política llegando incluso a cambiar sus objetivos, o si en verdad se puede llegar a nuevas revelaciones científicas o filosóficas después de siglos de estudio —incluso existe una rama de los avotos dedicada a refutar todas las ideas nuevas demostrando que ya habían sido pensadas con anterioridad—, o si los grandes avances podrían llegar a producir una escisión entre el mundo “común” y el científico que pueda abocarnos a potenciales desastres, o si la ciencia puede hacerse tan complicada, solo al alcance del entendimiento de unos pocos, que se convierta de facto en una nueva religión. Al reconstruir de alguna manera Arbre con una visión platónica de nuestro planeta le permite a Stephenson el plantear multitud de temas de nuestra propia tradición de una forma mucho más refinada, libre de los caminos erróneos ya explorados en nuestra Historia. De alguna manera y con todos sus defectos —y ha habido grandes conflictos en su pasado— Arbre es una imagen perfeccionada de la Tierra, ya que la existencia de los concentos le da una base de estabilidad y continuidad histórica, científica y filosófica a una sociedad secular por otro lado tan inestable en lo político como la nuestra, donde los grandes cambios se ven compensados por el sentido de permanencia de los avotos. De esta manera, el autor se dota de un magnífico instrumento para estudiarnos a nosotros mismos, para juzgarnos y para situar bajo el microscopio nuestros logros y fracasos.

Es una pena que el ritmo mayoritariamente lento lastre la magnífica tarea de construcción de Arbre y de la trama con ese ¿sorprendente? final. El planeta y sus habitantes se convierten en un mero lienzo para plasmar la argumentación de Stephenson tratando de demostrar la relevancia e importancia de la aplicación práctica de las teorías, sin la cual, viene a decir, estas no tendrían sentido; el saber por el saber no vale de nada. La lástima es que este sentido didáctico se adueña en exceso de la narración haciendo que incluso las escenas supuestamente más emocionantes y dramáticas (y hacia el final, cuando la novela cambia de referente espacial, hay unas cuantas de ellas) se conviertan en una suerte de lección, muy interesante, sí, pero que consigue despojarlas precisamente de su emoción.

Stephenson triunfa de forma apabullante en la construcción del mundo, tan cercano y tan lejano al nuestro, y ofrece al lector una nueva ración de personajes curiosos y atractivos. Sin embargo, fracasa en transmitir al lector de una forma más amena sus brillantes disquisiciones teóricas. Libro a libro, Stephenson se va convirtiendo en un escritor más farragoso, llegando incluso en esta ocasión a renunciar prácticamente a su peculiar y característico humor, a esos diálogos cómicos marca de la casa que aquí casi brillan por su ausencia —y lo que se agradecen cuando por fin hacen breves actos de presencia—. Anatema es un libro muy interesante con un ritmo plomizo, plagado sin duda de grandes descubrimientos, pero para el que hay que armarse de enorme paciencia para poder avanzar a lo largo de su exceso de explicaciones. Es un libro enorme, monumental, que peca quizá de querer abarcar demasiado olvidándose de que lo que tiene entre manos es una novela y no un ensayo.

A pesar de todas mis palabras negativas, considero Anatema una lectura hasta cierto punto recomendable por sus ideas, siempre que el lector sepa dónde se está embarcando; pues ya solo la construcción y descripción de la sociedad de Arbre y la enorme tarea léxica desarrollada por el autor merecen la pena, la trama es interesante, el misterio es atractivo, y el pecado del ritmo puede obviarse con la debida reserva de tiempo y la citada paciencia. Además siempre se puede ir jugando a descubrir todas las semejanzas y equivalencias entre Arbre y la Tierra, a qué corresponde cada teoría o cada tecnología o a quién cada personaje histórico… Que cada lector entre en las páginas de Anatema bajo su propia responsabilidad; al final el resultado no dejará de ser algo satisfactorio y, eso no se le puede negar, se habrá aprendido algo por el camino, y es que Anatema es, cuando menos, didáctico.