lunes, 30 de noviembre de 2009

Reseña: Moon

Moon.

Duncan Jones.


Reseña de: Amandil

Liberty Films UK/Lunar Industries/Xingu Films, 2009. Duración: 97 minutos.

Sam Bell (Sam Rockwell) es el único empleado humano que hay en una base lunar de extracción de Helio 3. Su trabajo consiste en mantener las cosas en marcha, recoger la producción que generan las cosechadoras de mineral y enviarlas a la Tierra periódicamente. Su trabajo, aunque repetitivo y poco agradable, permite que en nuestro planeta haya desaparecido por completo la dependencia de las energías contaminantes. Para ayudarle en sus tareas, y ejerciendo un papel de asistente y cuidador, cuenta con un robot llamado Gerty (cuya voz, en inglés, la presta Kevin Spacey) que no duda en servirle con ahínco y cortesía. El contrato de Sam dura tres años, tras los cuales podrá regresar a su hogar con su bonita esposa (Dominique McElligott) y su hija Eve, y ya sólo tiene que hacer frente a dos semanas más.

Pero el cansancio empieza a hacer mella en él y su fatigada mente empieza a jugarle malas pasadas despertando la preocupación de Gerty. Es en ese momento cuando, realizando una labor rutinaria sufre un accidente... y su mundo se descompone.

Lo cierto es que para ser el primer largometraje de Duncan Jones le ha salido redondo. Quizá, el hecho de que además el argumento sea idea suya, le haya ayudado a saber manejar con soltura los tiempos y los giros y recovecos de la acción. En cierto modo se nota que Moon es una película hecha con mimo, con delicadeza, no un producto de consumo pensado para satisfacer al mayor número posible de palomiteros.

Pese a ser una película que puede encuadrarse en la ciencia ficción (sucede en un entorno espacial, en un futuro cercano, sugiriendo adelantes científicos todavía en desarrollo, en un mundo sutilmente distinto, etc.) no cae en los recursos que actualmente identifican a ese género en el cine. No hay grandes demostraciones de efectos especiales, ni una trama tan lineal como sencilla, ni siquiera grandes explosiones o robots con formas humanas (y sensuales). Y, por supuesto, no hay extraterrestres de colores vistosos ni con sangre ácida. Lo que hay es un escenario sencillo pero efectivo: el interior de algunas estancias de la base lunar, de un blanco prístino muy en la línea de 2001: Una Odisea en el espacio, roto por la presencia de un desvencijado sillón de piel que rompe con la claustrofóbica sensación de estar en una nevera inhumana. También disfrutamos de algunas visitas a la superficie lunar (bien representada, no como se estila ahora de rodar en un desierto metiendo un filtro rojizo para decir "¡eh espectadores, esto es Marte!") y algunas conexiones en vídeo con la Tierra que permiten introducir algunos personajes laterales pero necesarios en la trama.

Y no hay más. El resto (que es mucho) lo ponen Sam Rockwell (actuando) y Kevin Spacey (y su magnífico doblador al español, entonando). Me gustaría destacar con especial atención el estupendo trabajo de Rockwell quien demuestra una calidad muy por encima de lo común, lo que le permite dotar al personaje de Sam Bell de una cantidad de registros, estilos y diferencias abrumadores. En ocasiones el espectador tiene que frotarse los ojos y agudizar la vista para darse cuenta de como un poco de maquillaje y un peinado pueden permitir que se urda una pequeña historia de confusiones en torno a las que gira una parte de la película. Desde luego la actuación es soberbia y me atrevo a decir que es el pilar sobre el que se basa el éxito de Moon. Por otra parte el personaje de Gerty redime, en cierta manera, a otros grandes robots y ordenadores del género de la ciencia ficción, caracterizados por su animadversión hacia sus creadores humanos (Hal 9000 de 2001, Skynet de la saga Terminator, los replicantes de Blade Runner, el robot asesino de Saturno 3, etc.), de hecho en esta película algunos de los momentos más entrañables los protagoniza el robot por medio de su especial interpretación de su papel como "protector" de Sam.

Al buen hacer de los actores se une una realización perfectamente estructurada que permite que la película sea una narración fluida, sin sobresaltos, casi como un cuento, pese a que deja mucho espacio a la sorpresa y a la capacidad del espectador para especular sobre el por qué de lo que sucede con aparente "sin sentido", para encajar todo según se van desvelando las piezas más truculentas y terribles de la verdadera naturaleza de la estación lunar. No hay sensación de perdida de control ni de "a ver si cuelan" escenas o situaciones. No hay relleno. Moon es una película con la duración justa y los tiempos perfectamente medidos para que el incremento de intensidad emocional que busca el director se filtre en el espectador hasta evitar que nadie pueda quedar indiferente.

A esa intensidad emocional ayuda la banda sonora compuesta por Clint Mansell y dominada por un piano acompañado en ocasiones por efectos sintéticos (tan vinculados a la ciencia ficción, por otra parte) y, en el tema más íntimo (Memories. Someone we'll never know), por un violonchelo arrebatador que dota de una fuerza demoledora al declinante Sam Bell que rebusca en sus recuerdos con la desesperación de quien agita los brazos para evitar ahogarse a la caza de la última bocanada de aire.

He disfrutado cada minuto, cada giro del guión, cada imagen, cada reflexión, cada descubrimiento. Y al terminar de verla no he podido evitar volver a ella con el pensamiento, porque a la exquisitez con que se nos cuenta la historia, se le une una factura perfecta y una capacidad sublime para obligar a enfrentarnos a nuestras propias concepciones de la vida, de los límites del desarrollo, de la fraternidad, del sacrificio, de la esperanza, de la mentira. Todo eso se despierta con mayor o menor intensidad al ver Moon y reflexionar sobre la verdad que se revela ante un Sam Bell por el que se siente a partes iguales lástima, admiración y desconsuelo.

¿Qué precio estaríamos dispuestos a pagar como humanidad a cambio de lograr energía barata y limpia? ¿Sería lícito sacrificar la libertad de una persona como tu o como yo? ¿Aceptaríamos ese mal menor a cambio de un bien mayor? Pero, ¿y si esa persona vive en un engaño monstruoso que es una pura pesadilla sin saberlo? ¿Es lícito, es aceptable, convertir la vida de un ser humano en un horizonte de mentiras, si así la Tierra mejora en algo?

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