martes, 24 de noviembre de 2009

Reseña: El último hombre mortal

El último hombre mortal.

Syne Mitchell.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Solaris ficción # 112. Madrid, 2008. Título original: The Last Mortal Man. Traducción: Álvaro Sánchez-Elvira Carrillo. 346 páginas.

¿Puede una obra eminentemente de acción mover también a la reflexión? A la vista de la lectura de El último hombre mortal parece evidente que sí. La novela es un trepidante thriller de ciencia ficción en el que el lector va a encontrarse con el muy tecnificado mundo del siglo XXIV, un lugar donde la nanotecnología ha poblado la Tierra a todos los niveles, desde el interior de los cuerpos de los seres humanos hasta la construcción de las ciudades que habitan o el crecimiento de los alimentos que comen; se puede decir que la nanotecnología es algo que está en el aire, como lo más natural del mundo, aunque solo los muy ricos pueden permitirse el tratamiento que erradica cualquier enfermedad, evita la degeneración provocada por el paso del tiempo y fortalece los cuerpos concediéndoles prácticamente la inmortalidad.

Alexa Dubois, enferma de un cáncer terminal y que no puede permitirse pagar la nanorregeneración de sus células, siente que Lucius Sterling, el dueño de la patente de la nanotecnología, es el culpable de que la cura de su enfermedad no esté disponible para el público en general, por lo que aceptará participar en una conspiración para acabar con la vida del empresario. Años después, convertida en la inmortal e implacable guardaespaldas de Lucius, recibirá el encargo de formar equipo con el bisnieto de este, Jack, un hombre alérgico a la nanotecnología y que vive apartado del mundo en una comunidad religiosa menonita, para que entre ambos hagan frente a la amenaza de los desensambladores, una nueva generación de nanos que amenazan con acabar con la civilización. Jack, el único ser humano que parece inmune a la amenaza, y Alexa, tendrán que unir fuerzas para encontrar al creador de la nueva tecnología, hacerle frente y ponerle freno.

Empieza así una frenética carrera contrarreloj en la que cada segundo perdido, cada pista falsa seguida puede llevar a la muerte de miles de personas e, incluso, a la aniquilación de la mayor parte de la raza humana. Pronto se verán inmersos en el juego de la política de los poderosos, donde las personas no son sino peones sacrificables y donde el balance económico es más importante que cualquier otra consideración. Y dentro de esta narración que no da respiro, plagada de «cliffhangers» —no en vano fue publicada originalmente en forma serializada—, Syne Mitchell se permite ir introduciendo de forma casi inadvertida un buen número de cuestiones que terminan llenando la mente del lector, empujándole a la reflexión. Empezando por la muy evidente denuncia del control capitalista de los avances científicos —sobre todo médicos—, donde solo los muy ricos tienen acceso a ciertos adelantos que les convierten de facto en los auténticos gobernantes del mundo, con poder de vida y muerte sobre los menos favorecidos por el simple hecho de poseer la capacidad de dar o negar el tratamiento a aquellos sin los debidos recursos económicos.

Pero también plantea los dilemas morales que supondría que el ser humano consiguiese la inmortalidad —gracias a parte de esa nanotecnología el cuerpo se convierte en virtualmente indestructible, al punto de poder sobrevivir incluso a los mayores cataclismos—, y lo que eso significaría para el futuro evolutivo, tanto físico como social, de la humanidad. Cuando se puede transformar los cuerpos, añadiéndoles apéndices, alas, branquias para respirar bajo el agua o cualquier cosa que se imagine, ¿no cambiaría eso incluso la forma de pensar del sujeto transformado?, ¿en qué momento se deja de ser humano? Cuando no es necesaria la descendencia ¿no se está abocado al estancamiento y a la cerrazón mental de aquellos que, precisamente, debían de tirar del carro? Cuando la sociedad se divide entre mortales e inmortales, ¿tardará mucho en producirse la ruptura y la revuelta de los desfavorecidos, de los que sienten que les están robando el futuro?…

Otra cuestión realmente importante es la del autocontrol de los científicos. ¿Es lícito probar cualquier tecnología nueva por el simple hecho de que es posible hacerlo? ¿Dónde se encuentra y, sobre todo, quién marca la línea que no debería ser cruzada bajo ningún concepto? ¿Quién controla todas esas investigaciones privadas llevadas muchas veces en secreto y que solo buscan el beneficio económico de los implicados sin preocuparse en realidad del bienestar común o de las fatídicas consecuencias que también puede producir su uso descontrolado?

Para plantear estas, y otras muchas, cuestiones, Mitchell crea todo un elenco de personajes curiosos, extremos a veces, demasiado arquetípicos casi siempre, que cubren todos los nichos necesarios: Lucius Sterling, el magnate despiadado, que oculta un pequeño corazón hacia los suyos; Alexa Dubois, la sexy guardaespaldas carente, en apariencia, de sentimientos; Jack Sterling, el hijo prodigo, que después de abandonar el seno familiar renunciará a su paz duramente alcanzada, jugándose incluso su propia vida, por los de sus sangre; Sarah, la hija del patriarca menonita de la comunidad en la que vive Jack, que buscará vencer los prejuicios de la fanática comunidad religiosa (y aquí habría tema para hacer otra reseña completa) para ayudar al hombre del que cree estar enamorada; sin olvidar al prototipo de científico loco, en la figura de Leonardo Fontesca, auténtico descubridor de la biología artificial y que vive prácticamente recluido en Elysium, la isla-estado creada de la nada con nanotecnología desde donde reina su mentor, Lucius, y que se ha dedicado desde entonces a perfeccionar y probar nuevos caminos de sus inventos; ni a Isobel, la niña encantadora e inquietante, llamada a producir empatía y repelús a un tiempo.

La dicotomía entre el mundo, evidentemente injusto, que Jack y Alexa tratan de salvar y la consecuencia peor, con la muerte de millones, que sucedería de no hacerlo, produce una extraña desazón en el lector, impidiéndole en ocasiones tomar partido claro por ninguno de los dos bandos, ya que todos aparentan la misma crueldad y desprecio por la vida del común de los mortales; el egoísmo parece ser el motor de la mayoría de las decisiones —¿es justo que Jack para salvar a una persona sacrifique la vida de otra docena?— y tan malos se muestran finalmente tanto unos como otros. ¿El fin justifica todos los medios? ¿La búsqueda del supuesto bien de muchos redime del fracaso que lleva al genocidio?

Mientras las ciudades se desmoronan en polvo, sus elementos básicos desensamblados, ¿quién puede justificar la invasión nanobiológica incontrolada de todos los seres vivos y de todo aquello que conforma sus vidas? ¿Quién puede justificar todas las muertes solo para castigar a la élite empresarial que se ha beneficiado hasta el momento de la tecnología? ¿Qué pasa con los inocentes que se limitan a vivir sus vidas sin interferir en los designios de los poderosos? No hay héroes cuando todos los implicados parecen igual de desalmados en busca de perpetuar sus beneficiosas prerrogativas.

El último hombre mortal va acelerando cada vez más conforme avanzan las páginas y la investigación de Jack y Alexa, llegando a un punto, en torno al último cuarto de la novela, en que ya el ritmo es imparable. Se suceden las explosiones, las persecuciones, las peleas entre luchadores de habilidades aumentadas y cuerpos mejorados, las ciudades derrumbándose, las escapadas en el último segundo, mucha acción y un final, cerrado, que sin embargo llamaba a una anunciada continuación. Y es que, en efecto, esta novela había de ser el primer volumen de una trilogía ahora cancelada. Existen rumores de que la autora podría continuarla con otra editorial —en el mercado anglosajón, se sobreentiende—, aunque por el momento nada se sabe de cierto. Una lástima.

El libro contiene acción sin límite, a veces demasiado exagerada (al igual que sucede con sus protagonistas), tensando en contadas ocasiones hasta el exceso la elasticidad de la credulidad del lector, con personajes que se hacen humanos en sus contradictorias reacciones bajo presión (¿salvarías a la persona que conoces o a las miles que no?), que invita a la reflexión en multitud de temas y que provoca una cierta desazón en la conciencia.

El último hombre mortal es una narración autoconclusiva, aunque queden varios hilos que habrían merecido ser explorados en el futuro, y tiene un final satisfactorio a tenor de todo lo narrado, quizá no tanto a nivel de lo que cada lector hubiera decidido de encontrarse en esas circunstancias como en el del desarrollo de los propios protagonistas; y es que Mitchell no juega a enviar un mensaje moral —aunque su toma de partido parece clara—, ni a juzgar a nadie cuando lo “menos malo” es igualmente aterrador. Su prosa, sin ser ninguna maravilla, es más que correcta y comunica la debida emoción. Tal vez peque de abusar de explicaciones redundantes, supongo que debido a su primigenia serialización que le hace volver a exponer periódicamente detalles ya conocidos y, por tanto, innecesarios, pero que no se hacen notar tampoco en exceso ni cortan la narración. En definitiva, es este un libro que habría merecido no pasar tan desapercibido como, me da la impresión, ha pasado en nuestro país. Ojalá la autora consiga publicar sus continuaciones y estas estén a la altura.