lunes, 1 de febrero de 2010

Reseña: A diez mil años luz

A diez mil años luz.

James Tiptree Jr.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo Ajec. Col. Albemuth Internacional # 27. Granada, 2009. Título original: Ten Thousand Light Years From Home. Traducción: María Pilar San Román / Fernando March. 255 páginas.

Grupo Ajec publica en español la que fuera primera antología de James Tiptree Jr (seudónimo de la escritora Alice B. Sheldon) que permanecía prácticamente inédita en nuestro idioma (algunos cuentos habían sido ya publicados en diversas revistas o antologías, pero la mayoría no; y nunca en su conjunto). El volumen recopila lo «mejor» de la producción primeriza de la autora, desde los inicios de su carrera hacia 1967 hasta la fecha de publicación de la recopilación en 1973. En concreto, quince cuentos en los que se nota bastante que Tiptree todavía no ha terminado de encontrar del todo su “voz”, les falta todavía cierta chispa, pero en los que ya se demuestra el riesgo temático en el que gustaba embarcarse y los derroteros por los que habría de caminar su no demasiada dilatada, en el tiempo, carrera (falleció en 1987, con gran cantidad de cuentos publicados, recopilados en una decena de antologías, pero con tan solo cinco novelas editadas ―dos de ellas, curiosamente, a título póstumo―). Son cuentos primerizos, sí, faltos en ocasiones de pulso narrativo, pero en los que ya se deja ver el trazo y la imaginación de un gran autor. También son, ciertamente, hijos de su tiempo y de una forma de ver y entender la ciencia ficción bastante diferente de la actual.

A falta de una unidad temática, el factor común denominador a todos ellos (o al menos a una gran mayoría) sería el pesimismo vital y la tristeza que destilan. Son relatos que invitan a la reflexión, a pensar sobre ellos y sobre lo que la autora quería expresar, que muestran una fuerte carga de maniqueísmo en ocasiones, pero sin dejarse arrastrar por su melancolía y su, en cierta forma, desesperanza. Interesada en una ciencia ficción más social que la imperante en ese momento, muchas veces la viste con el ropaje de una space opera casi pulp, dando rienda suelta a una imaginería sexual presente en gran parte de los relatos, sorprendente en muchos casos y más avanzada en ocasiones que muchos de sus contemporáneos.

La visión de los extraterrestres que contactan y en ocasiones conviven con los humanos es francamente negativa, siendo la desconfianza ―justificada según da a entender la autora en la mayoría de las ocasiones― el sentimiento que debiera imperar en cualquier relación que se estableciera con ellos. Cuentos como «Y desperté aquí...», donde se muestran las nefastas consecuencias que trae el que los aliens resulten sexualmente atractivos para los humanos y cómo se establecen las relaciones de dependencia; o como «Mamá vuelve a casa», una curiosa extrapolación de la colonización de Sudamérica y la actividad evangelizadora de los occidentales, y su “secuela” «Socorro», en los que la autora advierte de las intenciones ocultas de los visitantes y demuestra que las apariencias no siempre ―o más bien casi nunca― son lo que parecen, son clara muestra de ello.

«Las nieves se han fundido» muestra un desolado mundo futuro en el que un grupo de humanos con terribles malformaciones tratan de asegurar su supervivencia en medio de las ruinas. Con un estilo limpio y directo, consigue en cuatro pinceladas pintar un paisaje descarnado y amenazador, donde la esperanza parece un bien escaso. Una falta de esperanza que también destila «La apacibilidad de Vivyan», donde se entreve la poca confianza que la autora tenía en el común de los mortales y que rezuma una tristeza impresionante cuando el lector comprende que la inocencia muchas veces tiene un precio terrible que pagar y que todo el mundo tiene sombras a las que quizá sería mejor no iluminar.

Dentro de esa desesperanza imperante, la autora ofrece también historias sobre aquellos que trascienden su condición para convertirse en “algo más” y las consecuencias, casi siempre negativas, que ese hecho acarrea. Así, en «Sabio en el dolor» introduce al lector en la mente de un humano que ha sido modificado para no sentir dolor de cara a una interminable misión de exploración espacial en planetas muy lejanos; y como siempre se echa en falta lo que ya no se tiene, el protagonista deseará recuperar la capacidad de sentir, inconscientemente de que a veces obtener lo que deseamos no siempre resulta como querríamos. En «Soy demasiado grande, pero me encanta jugar» es una enorme entidad alienígena gaseosa la que deseará saber lo que se siente al convertirse en ser humano y saborear las mieles de los sentidos; sus diversos intentos, como ya vemos que es la tónica en Tiptree, terminarán generalmente de forma desastrosa y con resultados desesperanzadores.

No podían faltar en esta autora los relatos sobre viajes en el tiempo, como son «El hombre que volvió», sobre como un experimento fallido lanza a un hombre al futuro y su dilatado regreso termina convirtiéndose en una especie de atracción turística; o «Una eternidad en la bahía de Hudson», una historia de amor a través de los años que en su propia paradoja lleva asociada la maldición de los finales desgraciados ―o como la búsqueda de la felicidad arrastra consigo su propio final―.

Dentro de esa búsqueda imposible del amor también se situaría «Madre en el cielo con diamantes», una space opera sobre la minería de asteroides y en la que un Inspector de Seguridad intentará mantener en secreto contra viento y marea su descubrimiento de una antigua nave espacial y de su contenido. La desesperada lucha, la carrera contrarreloj para mantenerse por delante de los que podrían arrebatárselo todo, imbuye al relato de una sensación de catástrofe cercana e inevitable.

Hay en el volumen otros cuentos más intrascendentes y amables, más ligeros, como el amable y simpático «Las puertas del hombre dicen hola» o «Te estaré esperando cuando la piscina esté vacía» ―o de cómo la intervención algo atolondrada pero bienintencionada de un humano avanzado puede modificar a una sociedad extraterrestre primitiva―.

Y entre tanta oscuridad y desesperanza, resplandecen dos relatos en particular, quizá los mejores de la recopilación, con el común denominador de un sentido humorístico cercano a una frenética comedia de situación:

«Os somos fieles, Terra, a nuestra manera» se sitúa en un planeta, Mundocarrera, dedicado íntegramente a las competiciones entre los más diversos seres venidos desde las más lejanas galaxias. En una jornada sin descanso, el lector asistirá a la tarea de Peter Christmas para mantener todo en funcionamiento, evitar los intentos de fraude, desactivar un ataque alienígena y contentar a una delegación de extraterrestres absolutamente extraños con la triste historia de la humanidad; divertido y nostálgico a un tiempo, es sin duda una de las perlas del libro.

«Nacimiento de un viajante» es otra muestra de este humor descabellado sobre las dificultades comerciales que presentan las enormes diferencias sociales y culturales de las distintas razas alienígenas en el intercambio de mercancías entre los planetas o siquiera el simple tránsito entre ellos. De alguna manera eleva el comercio actual entre las naciones de la Tierra a la enésima potencia, poniendo de manifiesto por un lado las absurdas condiciones que hay que acatar para exportar un producto y por otro el nivel de fraude y riesgo al que los comerciantes están dispuestos a llegar para minimizar los costes.

Cierra este A diez mil años luz el cuento «Súbenos a casa», un amable homenaje a una de las series más conocidas de la SF televisiva del siglo XX y que sin duda refleja los sueños sobre el futuro de la propia autora ―el deseo de que lo que nos rodea no sea todo lo que hay―, vestido con un claro mensaje antibelicista.

El volumen, entre que se nota que se trata de cuentos “primerizos” y que la traducción le juega unas cuantas malas pasadas en más de una ocasión ―lo de «Mamá vuelve a casa», por poner un ejemplo, es especialmente sonrojante― , deja una sensación agridulce en el lector. Si bien es cierto que Tiptree no ha encontrado aquí todavía su estilo (lo que no desmerece los relatos), también lo es que la lectura da una buena idea, sobre todo temática, de lo que habría de venir después y no deja insatisfecho. Siempre es interesante asistir a los inicios de quien habría de ser una gran autora.

P.S. Había terminado de escribir esta reseña cuando me he encontrado con la que han publicado en la página Literatura Prospectiva, en la que el editor de Ajec comenta lo siguiente:

Solo una aclaración:

En principio solo iba a haber un traductor, lógicamente; pero a mitad de traducción la dejó colgada con varios de los relatos por traducir, y tuvimos que buscar a otro traductor (traductora) para rematar la traducción, tan sencillo como eso.

Lo lógico hubiera sido que la nueva traductora tradujera todos los relatos de nuevo, para mantener la uniformidad, pero significaba pagar dos veces por el mismo trabajo, y por desgracia no podíamos permitirnos el dispendio.

Lo cierto es que se sale ganando con el cambio, pues la traducción de ella es francamente mejor que la de él. La pena es que aparentemente no haya habido una corrección que “homogeneizase” ambas traducciones y corrigiese ciertas expresiones y fallos que duelen al leerlos.

La buena noticia es que avisa de que publicarán más obras de Tiptree a medio plazo; y eso siempre es algo grato de escuchar.