domingo, 27 de marzo de 2011

Reseña: La luz de los Dioses

La luz de los Dioses.

Juan Carlos Pueo.

Reseña de: Amandil.

Grupo Ajec. Col. Albemuth Internacional #32. Granada, 2010. 254 páginas.

Con La luz de los Dioses, Juan Carlos Pueo nos ofrece una novelita ambientada en un mundo muy similar al nuestro pero en el que la magia existe, o existió, hasta que un tirano conocido como el Máximo Teurgo logró imponer una férrea dictadura religiosa que prohibió su uso y persiguió a sus practicantes. Los patricios, las únicas personas con capacidad para manipular la creación según los usos y principios del don de los dioses (pues la magia es eso: un regalo que los dioses entregaron a los hombres en un remoto y casi olvidado pasado), se han visto diezmados hasta el punto de que casi han sido extinguidos. Los que sobreviven o se han unido al tirano, formando el tenebroso Consejo de Arúspices, o han optado por someterse a la nueva situación confiando en ser capaces algún día de revertir la situación y volver a ser ellos quienes gobiernen Imbria.

En este contexto Lydia Durante, hija de Arístides Durante uno de los grandes magos que se opuso al advenimiento del Máximo Teurgo y fue ejecutado por ello, recibe la oferta de trabajar como archivera y documentalistas del rico Marqués de Ramalejos. El marqués, un patricio que eludió la horca debido a que renegaba del uso de la magia incluso antes de la llegada del Teurgo, y que fue uno de los grandes amigos de su padre. El ofrecimiento, sin embargo, esconde mucho más que una sustancial mejora en la vida cotidiana de Lydia. Doña Virginia, la persona que ha logrado el empleo para la joven, es una patricia que sí fue represaliada por el Consejo pero que sobrevivió gracias a sus contactos. Ahora, años después, maniobra para que la hija de Arísitides vuelva a la capital ya que su padre, antes de morir, profetizó que era vital para el mundo que al cumplir una determinada edad regresase a aquel lugar para enfrentarse a algo terrible.

Lydia, ajena por completo a su naturaleza patricia, ha vivido de espaldas a la magia junto con su acobardada madre y sus hermanos, temiendo siempre que el Teurgo y sus secuaces decidiesen terminar con su vida. Pero ahora descubre que en su interior reside un poder que sólo necesita ser despertado y que puede llegar a convertirse en una amenaza para el régimen de terror que ha convertido Imbria en una tierra de tristeza y oscuridad. Surgirán en su camino una serie de personajes que la harán descubrir como es realmente el mundo y que serán quienes la acompañen en su tránsito de la inocencia y la ignorancia al conocimiento y la tosca realidad. El marques de Ramalejos, empeñado en vivir encerrado en el pasado que le brindan sus libros; el astuto y atractivo Mariscal, un ladrón de guante blanco que se mueve en la sinuosa frontera entre el cruel egoísmo y la supervivencia; doña Virginia, la patricia que mueve los hilos movida por el deseo de vengarse y de destruir al Teurgo por la traición que llevó a cabo contra el resto de los magos; el altivo Arturo, impulsivo, maleducado y cínico pero con las ideas muy claras en lo referente a como cambiar las cosas y devolver a los patricios el poder perdido; a sabia y poderosa, doña Bárbara, atrapada en los lindes de una edad que ya la acerca a la tumba pero que se resiste a aceptar la realidad del mundo y no duda en apoyar y ayudar a Lydia; y, desde lejos, y apenas dibujado, Lovignac, el mago que pretende utilizar un terrible don de los dioses para provocar un cambio espantoso en el mundo.

Es pues La luz de los dioses una novelita que se lee en un suspiro y que apenas sí traza un contexto en el que suceden los acontecimientos de manera lineal y siempre centrados en el personaje de Lydia. La trama está, por lo tanto, demasiado encorsetada y no deja espacio para sugestión o la duda. En todo momento se prevé lo que va a suceder después, sin excepción (el encuentro con la dríade o la actuación de Lovignac en el momento álgido, por ejemplo), dejando los pocos giros (más que giros habría que decir "breves inclinaciones") al descubierto con demasiada prontitud. Por otra parte la idea de "el protagonista que descubre que es un cojo-mago" ya está lo suficientemente trillada como para no poder ser el eje central de una historia, hay que aportar sobre ese esquema algo novedoso, rompedor, original. Juan Carlos Pueo lo intenta situando la acción en un mundo "muy similar" al nuestro, con referencias a los dioses griegos, con nombres cercanos e identificables, con una tecnología pareja a la de los años cincuenta del siglo XX, pero, sin embargo, incapaz de dotar al conjunto de un brillo propio que lo haga destacar por alguna cuestión no imaginada antes. Lo intenta, sí, pero no lo consigue. O no lo consigue del todo. El mundo que nos muestra, interesante en su concepción, podría haber sido desarrollado con mucho más detalle. Algunos personajes como Leopoldo Seguer son suficientemente sugerentes como para merecer una subtrama. O la explicación de como el Teurgo derrotó a los patricios durante la guerra se queda muy coja (uso la magia negra y ya, ¿ya?), suena a salida rápida y sin desarrollar. Incluso el desarrollo del culto a Mítal, la religión e institución que gobierna el mundo, es muy pobre, apenas un esbozo. O quizá dar una explicación coherente y amplia de porqué si los magos son perseguidos es posible que les resulte tan sencillo eludir la vigilancia (se supone que opresiva) pudiendo organizar conjuras con inusitada facilidad.

La luz de los Dioses es, en definitiva, un buen boceto desarrollado de un modo excesivamente previsible. Hay material para un trabajo mucho más amplio y con un desarrollo más complejo y atractivo. Quizá ser una primera novela pese mucho en este caso. Tal vez, más adelante, o con un proyecto más trabajado y un estilo más depurado (hay párrafos realmente horrorosos, con repeticiones de palabras en apenas linea y media) el producto final sea mucho más valioso.