miércoles, 9 de marzo de 2011

Reseña: Los Tudor

Los Tudor.

Michael Hirst.

Reseña de: Amandil.

Peace Arch Entertainment / Showtime Network / Working Title.
Cuatro temporadas, 2007-2010.

Tras cuatro temporadas en antena y una buena cosecha de premios, la vida seriada de Enrique VIII tocó a su fin dejando a todos los seguidores de la serie "Los Tudor" con ganas de más, mucho más. ¿Qué elementos se han combinado en esta serie histórica para que haya marcado un hito al que ya se están apuntando nuevos proyectos televisados (por ejemplo, "Los Borgia", ya en producción)?¿Supone una "novedad" la temática, el estilo y la trama o es, sencillamente, una nueva visita al género que inauguró grandiosamente la célebre "Yo, Claudio"?¿Es una buena serie?

Empezando por el final, sí, es una buena serie. De hecho es una magnífica serie que sabe a poco pese a haber estado cuatro años en antena. Combina con maestría y acierto un buen elenco de actores con unos guiones sobrios y entretenidos y una puesta en escena (vestuario, atrezzo, localizaciones, recreaciones) propia de una gran producción cinematográfica. Y todo ello acompañando un tema tan apasionante como fue la vida del monarca más conocido de Inglaterra y su turbulenta vida sentimental por la que pasaron seis esposas más o menos afortunadas.

La trama:

Los Tudor es un drama ambientado en el reinado de rey Enrique VIII (Jonathan Rhys Meyers) y sus seis matrimonios en los que el único objetivo del monarca fue la búsqueda de un heredero que garantizase a su estirpe, la familia Tudor, continuar a la cabeza del reino.

La primera temporada narra como la reina Catalina de Aragón (Maria Doyle Kennedy) descubre como, poco a poco, pierde el favor y el amor de su marido al ser incapaz de engendrarle un hijo varón. La devoción y el amor que siente por su esposo se ve traicionado cuando irrumpe en escena una joven cortesana, Ana Bolena (Natalie Dormer) que no sólo alejará al rey de su mujer sino que, además, apoyará con firmeza las nuevas ideas reformadoras y anticatólicas que comienzan a infiltrarse en Inglaterra. Enrique, empujado por una juventud desinhibida e impetuosa, y deseando obtener el divorcio o la nulidad de su matrimonio opta por seguir los consejos del Canciller, el cardenal Wolsey (Sam Neill), tratando de lograr que el Papa anule su voto matrimonial con la reina para, de ese modo, no provocar la ira del Emperador Carlos, sobrino de Catalina (y el personaje ausente de la serie por antonomasia, ya que son constantes las referencias a su persona y sus políticas pero apenas se le concede un minuto de metraje en los primeros episodios de la serie aunque el papel de embajador Imperial recae en el personaje del despistado pero honrado embajador Chapuys, interpretado magistralmente por Anthony Brophy). Pero el fracaso a la hora de conseguir el divorcio provoca la caída del cardenal Wolsey y el inicio de la ruptura definitiva con Roma y el catolicismo.

La segunda temporada nos presenta a una Ana Bolena asentada en el trono pero lejos del amor del pueblo y a una Catalina de Aragón apartada y enferma, aferrada a su titulo de reina de Inglaterra, que cuenta con el apoyo de dos figuras clave, el Canciller Tomás Moro (Jeremy Northam) y el obispo Fisher (Bosco Hogan) que no dudarán en anteponer su catolicismo y su lealtad a la reina a la cada vez más despótica voluntad del rey Enrique. Pagarán ambos con su vida, abriéndose las puertas a los "reformadores" que tratarán de destruir la presencia de la Iglesia en el reino aprovechándose de la vanidad y el orgullo del monarca, que ordena y logra ser proclamado Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra. Destacará en ese papel los luteranos Thomas Cromwell (James Frain) y el cardenal Cranmer (Hans Matheson). En contraposición, y conspirando desde Roma, el Papa Pablo III (Peter O'Toole) pone en marcha un intento de asesinato contra Ana Bolena con intención de eliminar a la "prostituta del rey" y devolver a Catalina su legítima posición. Pero la reina muere y queda libre el camino de Ana, pasando a ser su mayor preocupación el lograr concebir un hijo varón a Enrique VIII. Pero todo será en vano ya que el matrimonio sólo concebirá a una hija, Isabel, provocando la ira del rey y la caída en desgracia de Bolena, que se tornará en su perdición (y ejecución) cuando aparezca en escena una virginal y dulce Jane Seymour (Annabelle Wallis) que ganará el corazón del rey de un modo casi platónico, dando inicio a la que parece una nueva primavera en la vida del monarca.

La tercera temporada comienza con la muerte de la reina Jane como consecuencia del nacimiento de su único hijo, el enfermizo príncipe Eduardo. Enrique queda sumido en un estado parecido a la locura lo que le lleva a replantearse su existencia y la posibilidad de que Dios le esté castigando por su comportamiento. Es en ese momento cuando los súbditos de Lincolnshire, al norte de Inglaterra, se revelan contra las medidas anticatólicas del monarca (la destrucción de los monasterios y las abadías, la supresión del culto latino, los desmanes y abusos de los funcionarios reales, el gobierno del canciller Cromwell), provocando un conato de guerra civil que se ve obligado a aplastar el leal y honrado Charles Brandon, Duque de Suffolk (Henry Cavill). Paralelamente, desde Roma el cardenal Von Waldburg (Max von Sydow) insta a un primo del rey, y garante de unos ciertos derechos al trono, el joven cardenal Reginald Pole (Mark Hildreth) a preparar una insurrección católica en Inglaterra con apoyo de España y de Francia. Por otra parte el intrigante y peligroso canciller Cromwell trata de reforzar la posición de los protestantes en Inglaterra manipulando la voluntad del rey para que se case con una princesa que profese esa religión, la joven Ana de Cleves (Joss Stone). Pero el matrimonio es un fracaso, provocando la anulación del mismo, y la caída y ejecución del Canciller en beneficio de los parientes del joven príncipe Eduardo, la familia Seymour, encarnada en el hermano de la difunta reina Jane, Edward Seymour (Max Brown). Finalmente, el rey encuentra en la joven Catherin Howard (Tamzin Merchant) la alocada, pueril y desenfada reina que le devuelve, en buena parte, un sentimiento de vigor y juventud.

La cuarta y última temporada nos muestra el lento declive físico de Enrique VIII y su descenso paulatino a la locura de la vejez, dónde los fantasmas del pasado se agitan a su alrededor mientras descubre que la corte se ha convertido en un nido de intrigas que pretenden lograr que unos u otros se apoderen del príncipe cuando el rey haya muerto. La reina, debido a su inconfesable pasado se ve involucrada en una serie de escándalos, incluida su relación con el ayudante del rey, Culpepper (Torrance Coombs), que terminan por separarla de su esposo y, a la postre, suponen la causa de su ejecución. Enrique, enfermo y debilitado encuentra a una dama seria, madura y honrada, Catherine Parr (Joely Richardson) que, pese a estar casada será cortejada por él y, tras la muerte de su viejo esposo, se convertirá en la última esposa del monarca. Paralelamente, el obispo Gardiner (Simon Ward), aprovechando la nueva alianza entre el Emperador Carlos y Enrique VIII, se lanza a buscar y ejecutar protestantes en el entorno del rey para debilitar la influencia de esos grupúsculos en el Príncipe, convirtiéndose de ese modo en enemigo de la familia Seymour y liderando una de las facciones en liza en la corte. Mientras tanto, el rey, tratando de pasar a la posteridad como un héroe para su país se lanza a la guerra contra Francia y dilapida los recursos del reino en la toma de la ciudad de Boulogne, de dónde regresará debilitado y cansado. La reina, mientras tanto, trata de aglutinar en torno a sí a los hijos del rey, María (Sara Bolger), Isabel (Laoise Murray) y Eduardo, al tiempo que usa su influencia para proteger a los protestantes que están siendo perseguidos en la corte, ya que ella misma es una seguidora confesa y notoria de Lutero. El conde de Surrey, Henry Howard (David O'Hara), asqueado por la creciente presencia de "abogados" y gente sin título en el entorno del rey, decide que él, un miembro de la más alta nobleza, debería ser quien tutele al príncipe Eduardo cuando sea rey, por lo que trama un complot para secuestrarlo en el momento en que el Enrique VIII muera. Pero el plan es descubierto y el conde ejecutado, mostrando al rey que, cuando fallezca, su hijo se verá manejado por alguna de las facciones que pugnan en la corte: los católicos, en torno al obispo Gardiner y los protestantes, en torno a Edward Seymour. Al final de su vida, Enrique, débil y viejo, parece inclinarse por los Seymour y nombra Lord Regente a Edward, echando de la corte a Gardiner y poniendo el futuro de Inglaterra en manos de los protestantes. Sin embargo, María, su hija mayor, se declara abiertamente católica y devota a la memoria de su madre, la reina Catalina de Aragón, asegurando que si accede a la corona, restaurará la lealtad a Roma y perseguirá con todas sus fuerzas a los enemigos de su fe.

Tras este breve repaso de las cuatro temporadas que componen la serie, cabe señalar que el extenso número de personajes presentes ha obligado a los guionistas a entretejer tramas y subtramas que, en algunos casos, no han sido bien cerradas. Por ejemplo, durante la segunda temporada, un enfervorecido rey Francis jura que atacará Inglaterra al propio Papa pero, pese a ello, esa amenaza tan ominosa sobre Enrique VIII se desvanece sin más explicaciones al concluir la temporada. O, en la tercera, parece abrirse una trama muy interesante con la figura del Cardenal Pole y su plan para regresar a Inglaterra que, sencillamente, se queda inconclusa y sin más explicaciones.

Algo parecido sucede con los dos personajes interpretados por maduras estrellas del cine,como son Peter O'Toole y Max von Sydow, que parecen incrustadas en cierto modo (siempre están en Roma y apenas interactúan con algunos personajes secundarios) y que desaparecen como por arte de magia al final de sus respectivas temporadas. ¿No ha habido tiempo en las cuatro temporadas para cerrar bien estos flecos? Supongo que este es uno de los problemas de programar la duración de la serie en función de los resultados económicos de cada temporada. Ya se sabe: si la primera temporada cuaja, contratamos la segunda, si esta funciona, entonces la tercera y eso, aunque garantiza la solvencia económica de la producción impide que los guionistas puedan trabajar con cierta proyección de futuro sobre estas subtramas que van abriendo y que, sencillamente, no saben si terminarán. Es una lástima porque, vista en conjunto, Los Tudor muestra una solidez argumental que sólo se tambalea un poco con estos cierres en falso.

Otra cosa reseñable es el alto contenido erótico que han volcado en la mayoría de los personajes en edad de merecer. Quizá movidos por el contexto que provoca la hiperactividad sexual del rey Enrique y por el añadido comercial que supone ese toque picante (que no explícito aunque sí muy sugerido), no hay episodio en el que no se nos muestre una mujer desnuda y uno o dos fornicios mejor o peor llevados. Tal vez todo sea una alegoría de la contumacia desinhibida del monarca pero lo cierto es que hay momentos en que la serie parece pivotar sobre el próximo encuentros sexual de este o aquél. Realmente, ¿es tan necesario mostrar la promiscuidad de tirios y troyanos o es una licencia moderna, un atractivo para el espectador, un gancho comercial sin más?

Por cierto, observen la singularidad temporal que tiene lugar en el quinto episodio de la quinta temporada, cuando, de repente, Enrique VIII pasa a tener de golpe y porrazo sesenta años, mientras que en las tres temporadas anteriores la única diferencia apreciable en su aspecto físico es la longitud del pelo de su cabeza. Lo cierto es que este detalle, desentona notablemente o, mejor dicho, llama mucho la atención ya que hasta ese momento parece que nadie se percató de que no era coherente mantener a todos los personajes en una especie de inmortalidad estética. Es el dilema de la "eterna juventud" de los protagonistas que impera en las producciones actuales de cualquier género: todos y todas tienen que ser jóvenes, guapos y atléticos siempre. Y Los Tudor, lamentablemente, no han sido una excepción.

Pero todo esto es, a la postre, accesorio. Los guionistas han logrado introducir en una serie de televisión un repaso histórico muy acertado (con sus excepciones, sus licencias y todo lo que se que quiera) de una época muy convulsa para Europa. Abordan algo tan complejo como la Reforma protestante, el surgimiento del Anglicanismo, el inicio de la reacción Católica, las tensiones políticas entre Inglaterra, Francia y España (el Imperio), las intrigas de la corte, la convulsión política sin caer en maniqueísmos de buenos y malos. Logran que el espectador asista al drama histórico sin perderse, con las ideas claras de qué está sucediendo y por qué, al mismo tiempo que se disfruta de una excelente historia y una magnífica ambientación.

¡Ah, la ambientación! Los Tudor marcan, por el momento, el límite por lo alto de la calidad en cuanto a vestuarios, localizaciones y atrezzo. Ya quisieran muchas series de televisión siquiera rozar el nivel que podemos observar aquí desde el primer minuto del primer episodio hasta el último. Se nota el mimo y el interés que los encargados del equipo de recreación y documentación han volcado en el proyecto, hasta el punto de que la mismísima heráldica exhibida concuerda prácticamente con la real, por nombrar un detalle muy concreto. Esos vestidos, la reconstrucción aérea del Londres del siglo XVI, la Torre, el palacio de White Chapel (hoy destruido, salvo el salón del trono), los jardines exteriores, las salas de palacio, los palacetes campestres, los vestidos, las armaduras, las joyas, los ornamentos, los banquetes... consiguen completamente que el espectador se sumerja visualmente en la narración. No chirría la ambientación y eso, es un drama histórico, es esencial.

Lo mismo se puede decir de los diálogos (en la versión traducida al español muy logrados y perfectamente adaptados a la época dentro de lo que cabe) y de las motivaciones de los personajes (la religión, la ambición, el oportunismo, la convicción, la supervivencia), consiguiendo dar el salto a la credibilidad. No asistimos a un transposición de nuestro presente hacia el pasado, como sí que ocurre en otras series pretendidamente "históricas" (y de las que en España, lamentablemente, tenemos muchas ahora mismo en proyección), sino que los personajes se mueven dentro de los parámetros morales y sociales de su época, lo cual es, a mi juicio, un mérito enorme de los guionistas. Enrique VIII se nos muestra como un rey tardomedieval y levemente renacentista, mujeriego, ambicioso y que, en ocasiones, se equivoca, no se le aplican ningún tipo de barniz actual, ni se le ahorran diálogos y actitudes que hoy escandalizarían a mucha gente atrapada en lo políticamente correcto. Y junto con el rey, el resto de personajes también trazan unas lineas de actuación que reflejan su época y no la nuestra, lo que consigue, igualmente, reforzar la sensación de que estamos viendo algo genuino, atractivo, potente.

En definitiva, y a modo de conclusión, Los Tudor es una serie que debe verse si te gusta la ambientación histórica hecha con cariño, esfuerzo y medios. Y aunque ya sabes como va a terminar y lo que les va a pasar a muchos de los personajes, han conseguido un producto original y fresco, sorprendente en algunos giros y, sobre todo, muy entretenido. Ahora habrá que esperar al siguiente proyecto de similares características que ya ha comenzado a rodarse: Los Borgia.