domingo, 20 de noviembre de 2011

Reseña: El Guardián de los Sueños

El guardian de los sueños.

Orson Scott Card.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2011. Título original: Keeper of Dreams. Traducción: Francisco Pérez Navarro. 588 páginas.

Mucho y muy variado material es el que contiene este volumen, 22 relatos publicados desde la aparición de la anterior mega recopilación del autor, Mapas en el espejo, en 1990 hasta la actualidad, lo que permite hacerse una muy buena idea de la producción más «reciente» del autor y de los temas en los que mejor se mueve. La antología está dividida en varios apartados que responden al género o a la temática de los relatos: Ciencia ficción, Fantasía, Literatura, Río Hatrack e Historias mormonas —aunque la preeminencia se la lleven las dos primeras con 14 relatos en total—. De alguna manera, sin embargo, al terminar la lectura queda cierta impresión de que al tratarse de la producción de un escritor ya consolidado los cuentos son menos arriesgados, que no por ello peores, que los recogidos en la citada antología anterior. Se trata de historias que muestran la excelente plenitud de Card, su gran maestría narrativa, pero en los que aquello que sin duda han ganado en perfección estilística quizá lo hayan perdido en riesgo y ruptura. Son buenos relatos, incluso alguno muy bueno, pero al final queda la sensación de cierta falta de la refrescante frescura de aquel autor que luchaba por hacerse un nombre, como él mismo reconoce implícitamente en el prefacio que abre el volumen. Son cuentos de madurez, de un autor asentado plenamente consciente de qué quiere contar y cómo quiere contarlo, pero que ya no necesita cumplir ningún reto especial para agradar al lector, ningún más difícil todavía, porque ya lo ha logrado.

Cada relato viene acompañado de unas notas posteriores que sirven como explicación de algún dato curioso sobre lo que se acaba de leer, sobre el momento en que fue escrito, lo que desencadenó su escritura, si fue por «inspiración» propia o por encargo, el objetivo que buscaba al escribirlo o cualquier anécdota que Card recuerde sobre su génesis literaria... Realmente se agradece que esa explicación sea a posteriori, pues sirve para complementar las historias al tiempo que no se desvela anticipadamente nada de ellas. La excepción son los cuentos «mormones» que cierran el volumen, donde el autor sí que ofrece una introducción previa mostrando algunas de las claves de la sociedad mormona para iluminar a los «ajenos» a ella y hacerlos más comprensibles y cercanos. Siendo estos relatos, quizá, los menos interesantes de todos los aquí reunidos, salvo tal vez como una curiosidad antropológica, no dejan de resultar ciertamente curiosos y reveladores de la idiosincrasia del autor.

Tanto los cuentos de ciencia ficción como los de fantasía se mueven dentro de la visión más humanista de ambos géneros, lejos de parafernalias tecnológicas y espaciales —y de alguna manera de la serie que más fama ha dado al autor, la de Ender— o ambientes medievales de espada y brujería. De hecho entre los de fantasía el único cuento que puede considerarse cercano a esa corriente más tradicional, Polvo, se encuentra más hermanado con Alicia a través del espejo o los libros de Narnia que a cualquier otra fantasía típica de corte más épico medievalizante; el resto juegan con las casas encantadas —como en el «canónico» Casi a su alcance o (aunque la «ocupación» no sea exactamente de fantasmas y uniéndolo a su amor por las artes escénicas) en el estupendo y emotivo En La Casa del Dragón—, los hechos inexplicables o una magia cercana y actual —de hecho dos de ellos, Niña acuática y El guardián de los sueños perdidos, son elaboraciones de ciertos pasajes que luego aparecerían en la novela Calle de Magia—.

La ciencia ficción de estos relatos de Card explora más los posibles caminos de la evolución de la Humanidad, el futuro como especie por el que se podría deambular, más que los adelantos científicos que harían posible ese devenir. Hay en el autor una ciencia ficción que casi se podría considerar «post humanista», como en Los elefantes de Poznan o Cúrate a tí mismo, junto a otra que navega entre géneros presentando una ruptura en nuestro mundo presente con realidades alternativas como en El niño del espacio. Es curioso la forma en que puede cambiar el sentido de los relatos cuando la manera de viajar entre mundos es a través de una puerta o un túnel que se abre a un paisaje fantástico o cuando se hace traspasando un agujero de gusano que lleva a un lugar con diferentes leyes físicas.

En otro orden de cosas, el mismo Card reconoce que unas cuantas de estas historias —como Ángulos o la ya citada En La Casa del Dragón— no son sino las bases de lo que tenía intención de que hubieran sido —o todavía pudieran ser— futuras novelas, pero por suerte su más que correcto acabado hace que se sientan satisfactoriamente completas; aunque es imposible no jugar con la idea de cómo podrían ampliarse y por que caminos llevaría sus argumentos el autor. Cabe también advertir que las dos historias del Río Hatrack —pertenecientes al corpus de la serie de Alvin Maker—, El hombre sonriente y El Reina Yazoo, fueron publicadas originalmente de forma sucesiva en las antologías LegendsI y II—, siendo el segundo de ellos realmente una suerte de introducción a La Ciudad de Cristal, y tuvieron su correspondiente edición en nuestro país, así que es de suponer que ya sean conocidas por el público al que van destinadas. En un sentido similar, La Atlántida  se encuentra emparentada con Vigilantes del pasado: La redención de Cristobal Colón y muestra una interesante teoría sobre la creación de los grandes mitos —en esta caso una mega inundación que hace desaparecer todo vestigio de una pujante civilización— buscando su base histórica entre toda la paja añadida por los diferentes cronistas a lo largo de los siglos.

Como en sus novelas, los dilemas éticos y morales, la forma más honesta de enfrentar los problemas, la evolución de la especie, la importancia de los lazos familiares y los protagonistas jóvenes, siguen siendo algunas de las constantes de los relatos del autor. A pesar de ello, incluso en los que más se terciaban a ello, se puede afirmar sin temor que no se trata de relatos «religiosos» o adoctrinadores —antes bien el retrato que hace de la sociedad mormona no deja precisamente muy bien parado a un buen sector de la misma—, sino que tienen más bien un alto componente «costumbrista»; hay muchos que tienen moraleja, sí, pero se encuentra lejos de una actitud dogmática que busca imponer su punto de vista, sino que ofrece posibilidades y deja en manos del lector su aceptación o rechazo. Se nota que se encuentra a gusto escribiendo sobre protagonistas, o secundarios «principales», adolescentes, ofreciendo al lector caminos de crecimiento, respuestas a los retos que el proceso de maduración supone o simplemente retratos de una época idílica en que el mundo no debería interferir con los sueños, cuando el futuro no está escrito y todo es todavía posible.

Si en general se ha disfrutado de anteriores obras de Orson Scott Card los cuentos recogidos en El Guardián de los Sueños no decepcionarán —al fin y al cabo sus temas más queridos se encuentran aquí representados—; si no se ha leído nada del autor, este podría ser un buen punto de partida —con ciertas reservas— para acercarse a su obra y ver si podría llegar a gustar; pero si su producción anterior ha defraudado, este seguramente no será el libro más indicado. Mucho y muy variado es lo que contiene el volumen, en efecto, y en conjunto, una mayoría de relatos interesantes y entretenidos. El buen hacer literario del autor —y seguramente de su traductor— hace valer sus tablas y experiencia, consiguiendo que incluso aquellos cuentos que pudieran considerarse más «insulsos» se sigan de forma agradable, impulsando a leerlos todos ellos, hasta aquellos que temáticamente igual son menos atractivos para el lector español. Ni cansa ni aburre, y eso que son un buen número de páginas que se leen de forma fluida y rápida.