lunes, 19 de noviembre de 2012

Reseña: Las eternas

Las eternas.

Victoria Álvarez.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Versátil. Barcelona, 2012. 347 páginas.

Para su segunda novela, tras Hojas de dedalera, Victoria Álvarez ha elegido el sugerente escenario de la Venecia de 1908, retratando con vívida imaginación una ciudad de los canales bastante diferente de la masificada urbe que conocemos hoy en día, sobre todo porque la acción se sitúa principalmente en el distrito de Santa Croce, uno de los barrios menos turístico y más depauperados de la misma. Un lugar en cierta forma sombrío, decadente, que va a contagiar su oscuridad al propio relato. Un relato cargado de misterio y suspense, con una trágica historia de amor como hilo conductor, y un horror inimaginable por descubrir. Una novela que contiene un reconocido y obvio tributo a Mary Shelley y su Frankestein, y su búsqueda de perpetuar la vida más allá de la muerte, pero también al resto de los poetas románticos o a las grandes obras de Shakespeare. Una interesante mezcla de gótico-fantástico, misterio, romanticismo, intriga y proto ciencia ficción en la que hay que dejarse llevar cadenciosamente, aceptando, como en el caso del moderno Prometeo, que el «monstruo» puede revivir desde una perspectiva cientifista que deja la magia como explicación aparcada a un lado.

Narrado en una tercera persona omnisciente, el libro se caracteriza por una prosa que llena de realismo el relato, reflejando a la perfección la época y a ciudad, con personajes muy humanos —dentro del ámbito en que se están moviendo—, perfectamente retratados e individualizados, bien definidos, que evolucionan a lo largo de la historia, que maduran y se transforman debido a lo que van viviendo.

Mario Corsini a sus veintisiete años regenta, junto a su un tanto díscolo hermano menor Andrea, una sencilla juguetería que sale adelante con mucho trabajo y dedicación por su parte. El mundo parece mostrarle su peor cara cuando recibe la demoledora noticia de que un juguetero recién llegado a Venecia va a abrir un nuevo establecimiento justo en la orilla de enfrente del suyo, al otro lado del canal. El talentoso e imaginativo Gian Carlo Montalbano y su hija, diestra con las herramientas aunque un tanto fría y distante con las personas, Silvana, inaugurarán La Grotta della Fenice ofreciendo una serie de productos sorprendentes: juguetes y muñecas mecánicas de extraordinaria perfección, autómatas tan realistas que parecen de carne y hueso, que pronto fascinarán tanto a los turistas de paso como a la sociedad más pudiente de la ciudad.

Conforme Mario va descubriendo alguno de los secretos de sus nuevos vecinos, empieza también a crecer una compleja historia de amor, mientras el misterio que se va desvelando con parsimonia llena de palpable tensión todo el relato. Las eternas es una novela de misterio, donde el romanticismo tiene gran importancia pero no es el centro de la narración, sino uno de sus motores. Es vital la relación que se establece entre Mario y los Montalbano, padre e hija, sobre todo por la sospecha de que sus muñecas autómatas son más de lo que parecen —y lo que parecen es demasiado perfecto— y la curiosidad del joven juguetero le va a llevar a descubrir algunos secretos que apenas podrá creer. Unos secretos que pondrán, sino lo habían hecho ya, en peligro un buen número de vidas.


Álvarez tiene el acierto, después de haberlo anticipado demasiado claramente en el prólogo, de no estirar el secreto de la identidad de la niña que allí aparece, al tiempo que va dejando caer con acierto, sin prisas ni dilaciones, las pistas que van a conducir a la dramática conclusión del misterio. Por un instante parece que el relato va a perder fuerza y estancarse en un plano meramente romántico justo coincidiendo con la aparición del personaje de Gina, pero no hay peligro pues se trata de un temor infundado. Sentadas las bases para la nueva trama, el buen hacer de la autora sabe darle un nuevo enfoque al drama, introduciendo nuevos e interesantes giros, acelerando las revelaciones y cerrando el círculo con precisión de relojero. No hay que engañarse, esta no es una novela de acción —ni falta que hace—, algo de lo que adolece prácticamente hasta sus páginas finales, ni siquiera de terror a pesar de ciertas situaciones aterradoras, pero lo cierto es que la trabajada historia de un amor floreciente e imposible y todas las misteriosas e intrigantes circunstancias que lo rodean y moldean se encuentran llenas de tenebrosa tensión.

La autora construye la trama ladrillo a ladrillo, detalle a detalle, gesto a gesto, con pequeñas pinceladas cargadas de emotividad, tomándose su tiempo y dilatándose cuando es necesario. Es esta una historia «triste», melancólica y llena de situaciones trágicas, de pérdidas reflejadas con descarnada aunque muy humana crudeza, de reacciones perfectamente comprensibles en personajes que viven situaciones que se les antojan imposibles de asimilar. Una trágica historia de amistad y de entrega, de pérdida y sacrificio, llena de resonancias shakesperianas, rodeada de misterio e intriga, de engranajes, ruedas y tornillos, de cientifismo casi alquímico... y que incluye una  franca y doble declaración de admiración por la Literatura y por esa Venecia tan literaria en la que se integran sus protagonistas: por sus artesanos, por sus rincones sorprendentes y sorpresivos, sus recovecos e iglesias, sus canales y gondoleros, por los vecinos comadres tan bien retratados y la belleza de su carnaval, por el arte que aparece en cualquier esquina, por el cristal de Murano, la isla-cementerio de San Michele, por sus palacios y viejas casonas decrépitas..., que Álvarez consigue transmitir de forma muy emotiva y vívida a sus lectores a través de la propia historia.


La palpable fascinación por los engranajes de los artefactos de relojería o de las muñecas mecánicas, no llega a convertir la narración en steampunk, porque en ningún momento aparecen máquinas de vapor, pero es un género que bordea muy de cerca en la ambientación y descripciones de los especiales juguetes de La Grotta della Fenice, en el preciso uso de las herramientas y en la cuestión sugerida de si los autómatas, perfectas copias de un ser humano, de existir podrían tener alma. Como en Frankenstein, flota aquí la pregunta de la verdadera naturaleza del monstruo y de aquellos que, siendo humanos, llevan dentro de sí profundos abismos de maldad —y lo peor, o lo mejor, es que Álvarez tiene la habilidad de hacer perfectamente comprensibles, en su locura, los motivos que les llevan a hacer lo que hacen, por muy repudiable que sea—.

Una lectura delicada y emotiva, tensa y nostálgica, narrada con buena factura y voz firme, con dominio de los recursos y del pausado tempo narrativo, dosificando las sorpresas y sin forzar los giros para que la historia fluya de forma natural. Cabe decir que Las eternas es una novela autoconclusiva, aunque con un final que deja en manos de sus lectores decidir lo que viene después; un final no exactamente abierto, porque en realidad todo ha terminado, pero que sí deja tras un velo ciertas cuestiones al albur de la imaginación de cada uno.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estupendo reseña, ciertamente. Enhorabuena. Victoria Álvarez escribe un texto en mi blog ¡A los libros! sobre por qué leer 'Las eternas'. Os paso el enlace por si os interesa leerlo.
http://danielheredia.com/por-que-leer-la-novela-las-eternas/
Saludos.
Daniel Heredia

Yago dijo...

Muchas gracias por los elogios a la reseña y por el enlace a las certeras e interesantes palabras de Victoria sobre su novela; creo que hay ahí unas cuantas claves sobre cómo afrontar la lectura de "Las eternas".

Saludos