sábado, 15 de octubre de 2016

Reseña: Apocalipsis suave

Apocalipsis suave.

Will McIntosh.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh ficción #58. Barcelona, 2016. Título original: Soft Apocalypse. Traducción: Lluís Delgado. 271 páginas.

Si en la ciencia ficción post apocalíptica más clásica, y mucha de la actual como La carretera o Estación Once, una hecatombe barre de golpe la Tierra —una guerra nuclear, un meteorito que choca contra el planeta, un virus que arrasa con la mayor parte de la vida…— y la trama versa mayormente sobre lo que viene después, sobre los intentos de supervivencia e incluso reconstrucción de los restos de la humanidad, en tiempos más recientes hay autores que renuncian al «post» y avisan de que ese apocalipsis podría ser más lento de lo que antaño imaginaban, que, de hecho, ya estamos metidos de lleno en el mismo, con una sociedad que se desmorona por motivos de origen económico, tecnológico o ecológico —o un conjunto de todo ello— casi sin que no estemos dando cuenta. Bacigalupi y sus novelas en clave de catástrofe ecológica podría ser un muy buen ejemplo. Y esta novela que nos ocupa sería otro de ellos, resultando en una lectura mucho más aterradora que aquellas de antaño dada su cercanía y su reflejo de tendencias que ya podemos observar a nuestro alrededor en mayor o menor medida.

Es el año 2023 y Jasper, un licenciado en Sociología incapaz de encontrar trabajo en una sociedad con una tasa de paro galopante, se dedica a malvivir en el entorno de la ciudad de Metter, Georgia, con unos cuantos compañeros de infortunio, su «tribu», vendiendo energía que cargan en baterías a cambio de dinero, comida u otros productos de primera necesidad. La sociedad da evidentes muestras de deterioro, pero la apariencia de normalidad se mantiene, aunque sea escondiendo los síntomas bajo la «alfombra», como en el caso de Jasper y sus compañeros que son obligados por la policía a abandonar la cercanía de la ciudad para no molestar a quienes todavía se mantienen dentro del sistema productivo.

Con la narración estructurada en torno a varios saltos temporales, algunos de apenas meses, algunos de un par de años, que van de 2023 a 2033, el lector encontrará a continuación a Jasper instalado en Savannah, su ciudad natal, intentando sobrevivir de la mejor manera a tiempos cada vez más oscuros. Y conforme avance el relato el protagonista cambiará de residencia varias veces, mantendrá diferentes relaciones sentimentales —a muy diferentes niveles, como con la casi platónica Sophia, la salvaje y destructiva Dreirde, la pragmática y poco dada al romanticismo Ange...—, obtendrá y perderá diversos trabajos, se implicará en un movimiento ecoterrorista, se enfrentará a la muerte y al cambio de los paradigmas morales llegando a franquear líneas que siempre habría jurado que no podía traspasar, y, sobre todo, intentará sobrevivir junto a los suyos.

A pesar de todo, de lo mal que lo están pasando, una suerte de ceguera voluntaria hace que se niegue a ver la situación en toda su aterradora dimensión. «No somos vagabundos. Somos nómadas», le dice a un compañero justo al inicio del relato, maquillando de alguna irónica manera lo que están viviendo. La mayoría parecen pensar que tan sólo están pasando un bache, un mal momento pasajero; que la economía mejorará, que sus vidas retomarán un cauce positivo y que todo quedará en un mal recuerdo. Quizá no hoy, pero al año que viene, o al otro, todo volverá a ser lo que era. Pero, en el largo declive del relato, de una forma tan paulatina que los protagonistas apenas son conscientes en realidad, todos deben irse quitando la venda de los ojos, aceptando que las cosas aún pueden ir a peor, y que la humanidad aparentemente ha emprendido un camino sin retorno. Y cuando la civilización se resquebraja salen a pasear los peores instintos. ¿Dónde queda el límite? ¿Hasta dónde se está dispuesto a llegar, a qué principios básicos está dispuesto uno a renunciar, para sobrevivir y mantener a salvo a los «suyos»? McIntosh no enfrenta a su protagonista a decisiones precisamente sencillas, sino a unas tomas de postura que van a modelar de forma inevitable su carácter, y que de ese modo le obligan a crecer, a cambiar, a aceptarse en sus debilidades y fortalezas por mucho que le cueste.

El autor limita el conocimiento de los acontecimientos a los sucesos en que se ve envuelto Jasper, y los que le rodean, a través de su propio relato en primera persona. Los acontecimientos a nivel mundial quedan velados más allá de ciertas referencias ofrecidas por unos medios de comunicación que van cayendo en el silencio, pero resulta fácil imaginar todo un mundo marchándose lenta pero inevitablemente por el desagüe. Los eventos principales son los que afectan la vida del protagonista: la lucha por un trabajo, el asalto a un colmado, el derrumbe de un edificio, la carestía de electricidad y de agua corriente, la falta de recursos, el comportamiento dictatorial de la policía, las soluciones que son en realidad parte del problema, la silenciosa desesperación de quien ya no encuentra salida…

Hay una terrible cercanía en ver en qué se convierte su día a día, el tobogán por el que su vida está deslizándose mientras se esfuerza en mantener una apariencia de normalidad que, trauma tras trauma, la misma vida se encarga de borrar cuando las decisiones se van haciendo cada vez más difíciles y sólo queda la huida hacia adelante como último recurso. Cada segmento es más desolador que el anterior, pero es un declive tan lento, tan suave, que es difícil ponerle soluciones. El lector se convierte en espectador privilegiado de siniestros acontecimientos que parten de algo que hoy ya ha comenzado.

Mientras la civilización se desmorona cada persona responde de forma diferente, ciertas personas se empecinan en aferrarse a cualquier atisbo de la misma, luchando infructuosamente por mantener unos niveles imposibles, una apariencia de normalidad o, al menos, unas formas civilizadas; mientras otras se entregan al salvajismo, a la violencia, a  la desesperación o al hedonismo, convirtiéndose en un problema mayor para la supervivencia, como los llamados Saltimbanquis, individuos que encuentran su diversión en el sufrimiento ajeno, en el absurdo vital, en la nada más absoluta.

Así, las relaciones cercanas y los lazos afectivos se muestran enormemente importantes para poder sobrellevar con algo de cordura la situación. El apoyo entre los amigos y compañeros es vital, aunque siempre sean inevitables ciertos roces y desapegos. La supervivencia muchas veces depende de la persona que se encuentra a tu lado. Mientras la sociedad se desmorona, la tribu adquiere la mayor importancia. Cada persona debe aprender a conocerse a sí mismo. y en el examen íntimo uno no siempre sale tan bien parado como siempre había esperado. ¿Cómo reaccionar cuando la vida de tus amigos se encuentra en peligro? ¿Cómo reaccionar cuándo es la tuya la que se encuentra en riesgo? ¿Dejarás de amar, dejarás de sentir, dejarás de confiar…? ¿Serás capaz de hacer lo debido, por terrible que sea, o te darás la espalda sientiéndote un cobarde pero permaneciendo vivo?

McIntosh no ahorra escenas del horror, no esconde la caída y sus consecuencias, ni escatima violencia. Hay escenas terribles, cargados de dolor y crueldad gratuita. Porque cuando parece que nada podría ser peor algunos seres humanos se empeñan en conseguirlo. A veces por pura maldad, a veces con la mejor voluntad —ya se sabe que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones—, a veces por pura anarquía o dejadez. El bioterrorismo parece ofrecer una vía de futuro, la supervivencia del más fuerte otra, pero, en realidad, nadie sabe dónde están las respuestas ni cuánto más horribles pueden ser los días venideros.

Es una pena, para la debida suspensión de la incredulidad, en un relato que cultiva la especulación realista sobre el futuro cercano basándose en tendencias actuales tanto económicas como sociológicas o ecológicas, la inclusión, muy posiblemente innecesaria, de un elemento que barniza de algún modo la historia con una capa de fantasía, como es el del bambú de «crecimiento rápido». Un elemento, por exagerado, que rompe con el pacto de verosimilitud con el lector, por mucha ingeniería genética o biológica con que se quiera justificar y aunque gracias al mismo se consigan algunas de las escenas más impactantes e inolvidables de la novela.

Apocalipsis suave no es un libro amable ni complaciente, ni sería muy recomendable leerlo en periodos de decaimiento o depresión, pues podría terminar de hundir el ánimo de cualquiera. Es un libro fácil de leer, pero duro de «digerir». Fluido y ágil, entretenido, con un protagonista lleno de matices, y una trama intensa e interesante que invita a la reflexión —y a la acción—. Retrata un mundo que se hace pedazos para el que ya están sentadas las bases en nuestro mismo entorno. Y presenta gran cantidad de dilemas que se resumen en una sola pregunta: ¿Hasta dónde está dispuesto cada uno a renunciar por su supervivencia?

4 comentarios:

Javi R dijo...

Las opiniones que había leído sobre este libro eran que su planteamiento era muy bueno, pero el desarrollo no tanto.

Después de leerte y sabiendo que lo tenía ya apartado como opción, no sé si planteármelo de nuevo de cara al futuro.

Saludos

Santiago dijo...

A mí, como insinúo al final de la reseña, ha habido un par de cosas que no me han terminado de convencer, pero en general me ha parecido una novel a tener en cuenta. Quizá hubiera sido mejor que el autor no se hubiera adentrado en ciertos derroteros, pero una vez que lo hace lo cierto es que sabe llevarlos a su desenlace más lógico.

Además de tener una carga reflexiva y de advertencia bastante potente.

Saludos.

Mangrii dijo...

Hola :) Este libro lleva llamando mi atención desde que vi que se iba a publicar este año en castellano, le tengo muchas ganas. La reseña me ha dejado con ganas de comprarmelo ya (puede que caiga en la EuroCon) pese a esos derroteros que toma no te hayan convencido del todo, eso del bambu que crece rápido puede ser un tanto extraño que rompe esa realidad que podemos imaginar perfectamente. Un abrazo^^

Santiago dijo...

A mi, más que nada, es que me parece que con la historia que tenía entre manos introducir ciertos elementos un tanto exagerados y discordantes era algo totalmente innecesario. Quizá quería darle más espectacularidad al relato, más emoción, pero es que (en mi humilde opinión) no le hacía falta.

Por lo demás, un buen libro en términos generales.