jueves, 6 de octubre de 2016

Reseña: El Héroe de las Eras

El Héroe de las Eras.
Nacidos de la Bruma 3 (Mistborn) - III.

Brandon Sanderson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2016. Título original: Mistborn 3. The Hero of Ages. Traducción: Rafael Marín Trechera [con revisión de Manuel de los Reyes]. 760 páginas.

Es muy posible que ―a pesar de que intentaré no hacerlo― esta reseña desvele detalles fundamentales de los dos libros precedentes, así que quien no los haya leído y no quiera que se le chafe ninguna «sorpresa» advertido queda. Que cada cual lea la reseña bajo su propio riesgo y responsabilidad. Originalmente esta reseña fue publicada en Sagacomic el 24 de agosto de 2010, al ser publicada la novela por primera vez en España, y como en el caso de las dos entregas anteriores, la traemos de nuevo a colación aprovechando la recuperación de la trilogía por parte de Ediciones B en su colección Nova, con un renovada aspecto —en cartoné con nuevas ilustraciones de portada— y la traducción original revisada por Manuel de los Reyes bajo la coordinación de Marina Vidal y Dídac de Prades para unificar todos los términos comunes al Cosmere.

El Héroe de las Eras cierra de forma brillante la trilogía Nacidos de la bruma, situando la acción un año después de los acontecimientos de El pozo de la ascensión con una visión donde el mundo del Imperio Final parece estar avanzando a marchas forzadas hacia su fin: las brumas son más persistentes, no desaparecen con la luz del día y han empezado a matar a algunas de las personas que se internan en ellas; las cenizas han aumentado su intensidad empezando a cubrir la tierra e impidiendo cualquier tipo de cosecha; terremotos y otros desastres «naturales» sacuden las ciudades y pueblos; bandas de koloss atacan indiscriminadamente las poblaciones skaa causando gran destrucción... La fuerza liberada del pozo, Ruina, maniobra en las sombras para acelerar el proceso utilizando a los inquisidores del Lord Legislador como mano ejecutora, mientras Vin y Elend centran todas sus esperanzas en recuperar el contenido de los depósitos que el antiguo «tirano» dejara escondidos bajo diversas localizaciones secretas, con la esperanza de que en alguno de ellos encuentren la clave para derrotar a la terrible entidad que busca acabar con todo lo que conocen.

Conforme se adentra uno en sus páginas se hace evidente que ésta ―al igual que las anteriores― es una novela donde los personajes marcan la auténtica diferencia, donde su desarrollo, psicología y acciones personales son lo que sustenta realmente el interés de la narración, encontrándose perfectamente integrados en las diversas tramas. Personajes que cargan con el peso de todo lo sucedido hasta el momento, que arrastran un poso considerable de experiencias, que han evolucionado libro a libro, cambiado y crecido, aunque haya sido a golpes. Personajes atormentados, rotos, contradictorios, llenos de pasiones, desesperanzados, que luchan contra el destino inexorable, que sacan fuerzas de flaqueza a pesar de todo lo que se les enfrenta y del tiempo que llevan luchando sin descanso. Personajes que han ido adquiriendo carácter desde que el lector los conociera, preparándose de alguna manera para el acto final, para el último sacrificio, para el postrer intento de salvar su mundo y a sus gentes.

Elend es, sin duda,el que ha tenido un giro más radical, desde su ingenuidad política, desde su inocente visión de cómo debiera ser la sociedad, ha madurado y se ha asentado en su papel de emperador inflexible en sus decisiones, aunque todavía con ciertas dudas y reservas, y lucha para unir bajo su mandato los diversos pequeños reinos y ciudades que han declarado su independencia de la Dominación Central y se oponen de alguna forma a su liderazgo, quieran ellos unirse o no. La justificación de un bien mayor le ayuda a conciliar sus principios morales con lo que «debe» hacer, pero sigue teniendo un interior tierno que hace que le duelan las duras decisiones que debe tomar. Con la ayuda de Vin, el joven erudito ha asumido su liderazgo con los pies más en el suelo, alejándose un tanto del idealismo que mostraba en la novela anterior, enfrentado a los problemas reales del mundo que le ha tocado en suerte. El papel del líder es algo que Sanderson presenta desde muy variadas visiones a través del joven emperador. Elend no quiere ser una nuevo Lord Legislador y, sin embargo, debe asumir que tal vez no le quede otro remedio que actuar con medidas de lo más impopulares y aparentemente despiadadas por un bien superior. En un mundo cubierto de cenizas, no hay blanco o negro, sino una enorme variedad de grises.

Vin ha madurado a golpes y debe asumir realmente su papel. Siempre se ha sentido incómoda al tener que abandonar las sombras, pero ahora, con más dudas que nunca tras los sucesos que cerraban el libro anterior, debe confiar en que está haciendo lo correcto, que su lugar es ese, al lado de Elend y que puede que todo lo que había dado por supuesto estuviera equivocado, que ha sido manipulada por un poder superior para cumplir una tarea indeseada que puede significar el fin del mundo y que su intento de enmendar sus errores tal vez no sea nada sencillo ni quizá posible, pero que pondrá en ello todo su empeño.

Sazed alcanza un mayor protagonismo todavía. Ha perdido la fe en su tarea, cuestionándose todas las religiones que ha llevado a cuestas en el recuerdo de sus brazaletes, deprimido y sin esperanza, no puede asimilar la muerte de Tindwyl y busca retirarse a un papel secundario que las circunstancias parecen no desear para él. La certeza de haber sido engañado en muchas de las cosas que creía saber, de haber sido inducido en sus investigaciones para desatar acontecimientos desastrosos y, lo peor de todo, el haber perdido al amor de su vida, le hacen replantearse todas las certidumbres de su vida, sin encontrar alicientes para seguir adelante hasta un momento en que quizá sea demasiado tarde. Su búsqueda de respuestas será imprescindible, no hay duda, para la resolución de unos cuantos dilemas y misterios planteados tanto anteriormente como en el propio libro, pero la insistencia en el tema no aporta nada verdaderamente interesante, pudiéndose haber pasado sobre ello con mucha más rapidez y menos páginas. Su crisis de fe y su investigación religiosa, lejos de aportar profundidad a la trama, se sienten un tanto postizos, ralentizando la acción.

El joven Fantasma, siempre a la sombra del resto de miembros de la banda de Kelsier, de la que no se siente un componente de pleno derecho al haber entrado en ella tan solo por encontrarse bajo la tutela de su tío, y apesadumbrado por la muerte del mismo en la defensa de Luthadel mientras él había dejado la ciudad, siente que debe dar un paso adelante y tomar sobre sus hombros un mayor protagonismo. Así, la situación le forzará ―aunque con buena disposición por su parte― a dar un paso al frente y asumir el manto del Superviviente, luchando contra la injusticia en un nuevo estado skaa donde no todo es tan «trigo limpio» como quiere aparentar. El desarrollo de su personalidad, llegando a convertirse casi en un icono de la nueva religión, es de los más destacables del libro, adquiriendo una profundidad muy de agradecer en una trama aparentemente «secundaria», pero que no lo es en absoluto.

Precisamente entre esos «secundarios», Marsh se resiste con todas sus fuerzas a Ruina sin ningún resultado. Impotente y atormentado por su papel en el drama que se está desarrollando y por su abandono de la rebelión de Kelsier justo en su momento de triunfo que le hace sentir como un traidor, intentará por todos los medios oponerse a los designios del poderoso ente, viéndose sin embargo obligado, una vez más, a enfrentarse a sus antiguos amigos. Ocupando muchas menos páginas que muchos de los otros, su protagonismo será no obstante vital para conseguir los objetivos de Ruina, obteniendo así una importancia enorme en el orden de las cosas. Un papel vital también será el de TenSoon, el kandra que vuelve ante los suyos para ser juzgado por su traición a sus leyes y que, sin embargo, puede dar un vuelco radical a la situación si consigue transmitir sus conocimientos a las personas que podrían interpretarlos; una difícil misión, puesto que será condenado por los suyos y encerrado a la espera de su sentencia.

Y junto a todos ellos, un plantel enorme de figurantes ―nuevos y viejos―, cada uno con su pequeña o gran aportación, pero imprescindibles para la trama. Los tejemanejes políticos, las maniobras militares, las intrigas, las traiciones y misterios, las luchas desesperadas, los descubrimientos inesperados, el tiempo que se acaba…, todo se encuentra presente en la narración como ya sucediera en los volúmenes anteriores. Sorprende la involucración de dos entes demasiado poderosos en la liza en un relato que hasta ahora era de superhéroes y aquí pasa a ser de dioses enfrentados ―claro que también podría argumentarse que tampoco se aparta demasiado del esquema superheróico del cómic estadounidense, con muchos y variados ejemplos de deidades varias tratando de imponer su razón o dominio sobre el mundo―. El cambio de registro y de escala es importante, aunque de alguna manera se puede alegar que sus cimientos ya estaban colocados en las dos novelas anteriores.

Sanderson se toma su tiempo para recolocar las «piezas» en su sitio de cara al enfrentamiento final, se demora quizá un tanto reiterando los problemas a los que se enfrentan, hasta que con unas cuantas revelaciones inesperadas la acción se lanza hacia delante y ya no hay forma de parar. Le falta quizá algo del impacto, tensión y emoción de los anteriores; los enfrentamientos «mágicos», a pesar de estar tan bien descritos como en ocasiones anteriores, no resultan tan apasionantes al no contar con el «factor novedad», faltándoles un punto de frescura y algo de sorpresa, y sobrándoles, quizá, una pizca de repetición ―ya hemos visto a Vin volar empujando metales, ya hemos visto a los protagonistas combatir, conocemos sus habilidades y sabemos de lo que son capaces―, pero aún así es difícil no dejarse arrastrar por la acción. Algo en loq ue influye la aparición de un tercer tipo de magia, junto a la alomancia y la feruquimia, la hemalurgia, que tendrá una gran importancia y que no está en absoluto sacada de la nada, sino que el autor había ido sentando sus bases, sin que el lector se percatase, en multitud de detalles de los dos libros anteriores. Lo cierto es que Sanderson demuestra que lo tenía todo bien pensado y planeado desde un buen principio —o eso, o una especial maestría para dar explicación satisfactoria a todos los pequeños interrogantes que había ido dejando caer y venía arrastrando desde un buen principio consiguiendo atarlos a la perfección—. Es un cierre perfecto, sin apenas preguntas sin respuesta, pero que deja resquicio suficiente para ofrecer nuevas aventuras en este mismo escenario.

Muchas de las ideas que el lector se había ido creando hasta el momento dan aquí un vuelco total, dando un giro importante a todo lo que se creía saber sobre los acontecimientos que habían llevado a la situación del Imperio Final. Sanderson ha ido intercalando todas las pistas, guardándose unos cuantos ases en la mano ―como la misma hemalurgia― para sorprender al lector con la perfección de un reloj suizo con la que funciona la trilogía al completo, engarzadas finalmente todas las piezas sin el más mínimo resquicio para que el relato funcione con precisión milimétrica, ofreciendo un retrato tal que solo al leer la última página se puede completar al completo. Los protagonistas, y con ellos el lector, empiezan a cuestionarse todo lo que creían saber empezando por la figura del propio Lord Legislador, cuyos actos empiezan a mostrarse bajo una nueva luz. Los fragmentos introductorios de cada capítulo, escritos de forma obvia con posterioridad a los sucesos del propio libro por un narrador anónimo, sirven para encontrar un nuevo significado a mucho de lo que se ha contado hasta el momento, clarificando muchos puntos o dando las claves para entender ciertos actos, motivaciones y comportamientos, conduciendo certeramente al lector hacia la revelación final y dando respuesta a unas cuantos cuestiones pendientes.

Hay que reconocerle a Sanderson la capacidad de sorprender libro tras libro con los giros de la trama, pues cuando el lector intuye, piensa o se espera que la historia continúe de una manera esbozada anteriormente, toma otro camino totalmente diferente y, sin embargo, muy coherente ―a posteriori― con lo que el autor iba dejando caer. Como un buen prestidigitador, se ha guardado cartas en la manga, es cierto, pero cuando finalmente las enseña, el lector descubre satisfecho que ha asistido a un ejercicio de autosugestión, que todas las piezas se habían ido colocando en su sitio desde un buen principio y que solo hacía falta la iluminación adecuada para todo encajase en su lugar a plena vista. Por eso precisamente resulta un tanto chocante una explicación de alguna manera tan «teocentrista» del fondo de la historia, dejando la resolución del «misterio» en manos del enfrentamiento de dos fuerzas mega poderosas, entre un principio constructor y uno destructor que, roto el equilibrio, buscan eliminarse mutuamente; pero, claro, es algo que se ha de enmarcar dentro del contexto mayor del Cosmere.

Dotado de una prosa rápida y ágil, con mucho diálogo y párrafos mayoritariamente cortos, directa, muy «visual», El Héroe de las Eras consigue una experiencia inmersiva de su lectura, erigiéndose como un auténtico pasapáginas que se hace breve a pesar de su longitud. Es, sin duda, a pesar de la «sobre explotación» de la alomancia, una estupenda novela, parte de una de las mejores trilogías de fantasía que se han podido disfrutar en los últimos años; una trilogía que merece un sitio en la estantería al lado de las obras de gente como Martin y su Canción de Hielo y Fuego, Sapkowski y su Geralt de Rivia o Steven Erikson y su Malaz, por citar sólo a alguno de los autores que están destacando actualmente en el género. Entretenida, adictiva, más profunda de lo que pudiera pensarse, a ratos muy sorprendente y altamente recomendable.
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