martes, 16 de diciembre de 2008

Reseña: La ciudad de las llamas

La ciudad de las llamas.

Larry Niven y Jerry Pournelle.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Solaris ficción # 110. Madrid, 2008. Título original: The Burning City. Traducción: Inmaculada Pérez Burgos. 478 páginas.

Lo menos malo que puedo decir de La ciudad de las llamas es que me ha producido una decepción total. Y como aviso para aquellos seguidores de la ciencia ficción que no gustan de la fantasía, decir que esta novela pertenece efectivamente a este último género a pesar de la colección en que ha sido publicada, quizá para aprovechar el tirón del “nombre” de sus autores y su habitual cultivo de la SF. De la pareja Niven / Pournelle el lector espera ideas atractivas, cierta especulación científica, algo de conservadurismo político y mucha aventura. ¿Pero qué se encuentra aquí?: una aventurilla con una forma de narrar deslavazada, inconexa y atropellada, absurda por momentos y muy poco consistente. Una forma de narrar, por otra parte, que deja muchas dudas sobre la calidad de la traducción, toda vez que otros libros de este tándem no caen en semejantes despropósitos (aunque también puede ser cosa de la edad, quién sabe).

La cosa no empieza mal, situando la acción en un tiempo indeterminado en una ciudad aislada del resto del mundo por tierra, con cierto comercio marítimo lastrado por las especiales peculiaridades del lugar y donde la magia existe, pero se encuentra en franco retroceso al borde de la desaparición. Cual intento de ucronía o de dotar no se sabe muy bien por qué de un trasfondo histórico – geográfico a la historia se llega a citar el hundimiento de la Atlántida o el contacto con civilizaciones precolombinas; detalle que más que crear credibilidad en la mente del lector tan solo consigue, como explicaré más tarde, aumentar la sensación de absurdo de todo lo que se está narrando.

La ciudad de las llamas es, básicamente, la historia del crecimiento de niño a hombre de Whandall Placehold y su rebelión contra el destino inmutable que la vida le ha deparado. En Tep, un lugar donde no se puede hacer fuego en el interior de las casas salvo cuando Yangin-Atep deja caer sobre la ciudad su maldición destructiva, todo está escrito y nada cambia. Todo es cíclico. Todo el mundo conoce su lugar en la sociedad y sabe que nada puede hacerse para modificarlo. Y los periodos en que las llamas se apoderan de algunos de los habitantes del lugar, dejando un reguero de frenética destrucción a su paso, no sirven como un proceso de “limpieza” y resurgimiento, sino de paulatina caída en la decadencia a la que nadie parece dispuesto a poner remedio.

En esa sociedad rígidamente estructurada (casi fracturada) entre los Señores (que viven apartados), los kinlesanos (los trabajadores) y los lordkianos (los zánganos que se aprovechan de los anteriores) no hay espacio para cambios de estatus. Y cada vez que alguien intenta salirse de su papel, evadirse de la ciudad, los avatares de la vida terminan por devolverlo derrotado a Tep para ocupar una vez más su lugar. Whandall, creciendo indolentemente en su condición de lordkiano, viviendo de la caridad de los Señores (aunque para los mantenidos tan solo se trate de sus derechos), abusando de los kinlesanos y enfrentándose en absurdos combates territoriales con otros lordkianos, se sentirá profundamente insatisfecho e intentará por todos los medios ser más de lo que el destino le depara (más que nada porque no le queda otro remedio).

El problema es que todo en el libro es algo absurdo. La sociedad que Niven y Pournelle nos presentan es inviable en la forma en que se describe. Los personajes están mal dibujados (desdibujados sería lo correcto), cuando no son directamente incoherentes, con unas acciones y reacciones incomprensibles (o mal explicadas) y unos diálogos entrecortados, confusos y poco desarrollados.

El libro estructura esta lucha contra el destino cual de si un viaje iniciático, tanto exterior como interior, del protagonista se tratara, teniendo que cambiar sus ideas preconcebidas al tiempo que cambia la localización de lo narrado, primero en la propia ciudad, después fuera de ella en las rutas de las caravanas que muestran un mundo mucho más grande, y finalmente de vuelta a Tep para ofrecer un poco de moralina. Y por el camino una trama excesivamente engordada, con situaciones que producen cierto sonrojo por lo mal resueltas y otras que hay que releer para intentar interpretar lo sucedido por lo mal narradas que están (volvemos al tema de la traducción). El crecimiento y llegada a la madurez de Whandall, como metáfora quizá de la liberación de los prejuicios que atan a la humanidad y le impiden trascender unos límites autoimpuestos, se ve lastrada continuamente por una narración torpe y atropellada, con demasiados saltos, aceleraciones y ralentizaciones de la acción, con excesivos trucos sacados de la manga y con personajes secundarios mal resueltos que en ningún momento dan sensación de profundidad alguna, con unos comportamientos acartonados y poco naturales que lastran demasiado las escenas.

Y como decía más arriba, el intento de los autores de imprimir una impronta de realidad histórica a la trama choca frontalmente con la utilización anacrónica de demasiados elementos que difícilmente casarían con el periodo de hace muchos milenios en que se quiere hacer creer al lector se sitúa la acción, como la existencia de esos barcos mercantes de vela, las herramientas fruto de una metalurgia altamente desarrollada, los historiadores itinerantes, esas tribus amerindias que parecen sacadas de una peli del oeste o las rutas comerciales con tierras muy lejanas con las que sin embargo se mantiene un estrecho contacto. Quizá el intento de situar geográficamente la localización de Tep en lugares conocidos por el lector estadounidense (California, La Brea, el Parque Nacional de los Pináculos) profusamente descritos aunque no por sus nombre actuales, sea de interés para éstos, pero no hace sino volver a instalar la incredulidad en el lector ajeno a su conocimiento, antojándose tan solo una excesiva y colorista ambientación sobre lo que era un buen punto de inicio.

No, lo reconozco, no me ha gustado La ciudad de las llamas. Y lo peor no es que no me haya gustado, no; lo peor es que en muchos momentos me ha parecido una novela absurda, aburrida y mal escrita (o traducida). Los autores, capaces de lo mejor y de lo peor, se decantan esta vez por esto último, y el libro defrauda sobre todo porque es inevitable compararlo con obras anteriores de Niven y Pournelle al alimón y sale perdiendo por goleada. Eso sí, decir que ya existe una continuación, The Burning Tower, pero conmigo que no cuenten para leerla.



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