miércoles, 18 de agosto de 2010

Reseña: El sueño de Galileo

El sueño de Galileo.

Kim Stanley Robinson.

Reseña de: Santiago Gª Sólans.

Minotauro. Barcelona, 2010. Título original: Galileo's Dream. Traducción: Manuel Mata. 539 páginas.

Dos historias muy entrelazadas y con Galileo como protagonista. Dos terceras partes del libro versan sobre la biografía novelada de Galileo Galilei, a partir de 1609 desde sus años docentes en Venecia cuando vivía en Padua, pasando por su traslado a Florencia bajo el mecenazgo de los Medici, recreando todo el proceso al que le sometió el Santo Oficio y terminando con su muerte. El otro tercio, el relato de ciencia ficción propiamente dicha dentro de la narración, es donde el lector debe poner más de su parte, pues tras ser contactado por un misterioso visitante que le pone tras la pista del descubrimiento de su telescopio, la acción trascurre en el año 3020 en las lunas de Júpiter colonizadas por la humanidad y a las que Galileo es transportado por medios «prolépticos» y «analépticos» ―aquí es donde hay que aceptarlo todo, suspender la incredulidad o dejar la novela― en calidad de «primer científico de la Historia» para tomar parte como supuesto experto en una discusión que se está desarrollando en torno a ciertas facciones de las distintas lunas: los europeanos quieren explorar las profundidades de los océanos cubiertos de hielo de Europa, mientras un grupo de ganimedieanos se opone aludiendo a ciertas amenazas indeterminadas que podrían causar una gran catástrofe. Está claro que algo se oculta en aquellas profundidades, y Galileo, arrastrado por las circunstancias, por los conocimientos que van proporcionándole una y otra facción ―muy adelantados, obviamente, respecto a su propio tiempo― y por los comportamientos de los diversos implicados deberá elegir bando, tomando partido por una de las posturas, aunque casi siempre sin poder real de decisión, mero peón de los intereses de los implicados.

Robinson va enlazando una historia con la otra de forma impecable, haciendo que los hechos de una trama vaya modificando la otra, aunque al dar a entender que la influencia del viajero del futuro inspira y dirige la línea de investigación de Galileo, sugiriendo que sin esa intervención los caminos del científico hubieran ido por otros derroteros, parece rebajar su mérito. De alguna manera le roba a Galileo parte de su genio, sugiriendo que sin esos atisbos del futuro sus estudios podrían haber sido bien distintos e incluso no haberse centrado en el telescopio y las lunas de Júpiter y por tanto no haber apoyado la versión del sistema coperniquiano del mundo.

La parte histórica es sin duda muy interesante, lidiando con la idea de evitar la muerte de Galileo en la hoguera tal como le han vaticinado sus «amigos» del futuro, quienes le han comunicado que está destinado a convertirse en el «mártir de la ciencia», es muy interesante observar como todos los esfuerzos del sabio para defender sus hallazgos al tiempo que trata de evitar un destino funesto parecen sin embargo acercarle cada vez más al mismo. Como las profecías autocumplidas, que en el intento de evitarlas llevan implícito su propio desarrollo, cada viaje de Galileo a Roma, cada carta de exculpación, cada defensa del sistema coperniquiano del universo, cada intento de publicar sus libros parecen acercarle más y más a su juicio por herejía y a su predestinado aciago final. Para todo aquel que conozca mínimamente la biografía del Galileo de nuestro mundo ―y es que esta es una historia de realidades cuánticas― encuentra el interés en ver cómo la realidad de la novela va confluyendo hacia la nuestra ―coincidente en todo, salvo en esos destellos futuros― y si al final terminan por superponerse o no.

La caracterización que Robinson hace de Galileo, apoyándose en muchas de las cartas escritas y recibidas por él, es ciertamente brillante y muy realista. Expone su conflictiva y explosiva personalidad en un momento de plenitud de su vida que empieza ya a avanzar hacia su final. Lleno de achaques, pero poseedor todavía de una privilegiada mente, Galileo es mostrado como un hombre lleno de contradicciones, mujeriego, bebedor, atado a sus pasiones, enfermizo, iracundo, con propensión a fuertes estallidos de violencia sobre todo cuando la frustración le agobia, cabezota y odioso en ocasiones, generoso reticente al mantener a un buen número de parientes improductivos bajo su ala ―contradictorio al extremo de hacer ingresar a sus dos hijas en un convento de clarisas pobres donde pasarán enormes penurias que él intentará mitigar ayudando a todo el convento al tiempo que mantiene a la familia de su hermano músico ausente siempre de su hogar―, lleno de curiosidad, impulsivo, terriblemente falto de tacto, vanidoso... Imperfecto, en definitiva, con muchos defectos como cada hijo de vecino, pero con una mente preclara que le hacía destacar sobre el resto de sus contemporáneos ―con un par de excepciones, tal vez―.

Es, sin duda, en el retrato de esa época, perfectamente documentada, en un momento en que la ciencia como tal estaba naciendo, donde se encuentra el fuerte de la novela. A pesar de que algunos pasajes se sienten algo acartonados, fallando la novelización ante el didactismo, con una clara falta de ritmo ―al seguir mes a mes la vida de Galileo hay acontecimientos que sin aportar nada a la trama consiguen ralentizarla en exceso―, lo cierto es que se sigue con mucho interés, descubriendo una persona que destaca por su humanidad, con sus enormes fallos que de alguna manera intenta compensar a lo largo de toda su vida, mientras su ego y vanidad ―muchas veces bien justificadas― le alejan de los cercanos. A lo largo de las páginas de la novela se respira la vida de la época renacentista, llena de grandes luces pero también de muchas sombras, de intrigas políticas y religiosas ―con los grandes reinos en conflicto luchando cada cual por imponer su predominio terrenal sobre la Iglesia, con los protestantes asentándose en el Norte de Europa y la amenaza de un mayor cisma flotando en el ambiente, con las diferentes órdenes religiosas tratando de hacerse con el poder vaticano...― Robinson muestra el cómo fueron seguramente los poderes terrenales y no los divinos los que «condenaron» a Galileo, quien en todo momento intentó explicar que la doctrina católica en modo alguno entraba en contradicción con sus nuevos descubrimientos ―«Dios es un matemático», decía al ir descubriendo las maravillas de la Creación― salvo en la mente e interpretación interesada de ciertos personajes poderosos que tan solo buscaban prolongar sus propias prerrogativas, tomando como excusa la lucha entre ptolomeicos y coperniquianos para resolver cuestiones que nada tenían en realidad que ver con el debate científico y filosófico que Galileo planteaba.

En la parte del futuro, que se antoja mucho más descompensada que la histórica, no termina de funcionar la excusa de Galileo como árbitro o asesor de la disputa científica visto que desde un buen principio ninguno de los implicados le escucha realmente y que sus conocimientos científicos de ese futuro y la comprensión de la situación geopolítica del lugar son, obviamente, muy limitados. La auténtica razón, pues ―más allá del deseo del autor de contar con Galileo como testigo e hilo conductor hacia el lector al que explicar esa sociedad futura, planteando ante él el debate sobre lo que debiera hacerse ante la posibilidad de contactar con una inteligencia superior a la humana―, queda en las sombras. El rápido paso a segundo plano de Ganímedes ―el desconocido que aborda a Galileo para «darle» la idea del telescopio y le «traslada» en sus primeros viajes a las lunas de Júpiter― para entregar el protagonismo de esta parte del relato a Hera, una especie de «policía» que intenta evitar los desmanes de los ganimedeanos en un papel que no llega nunca a estar demasiado claro, o a Aurora, una mujer con la inteligencia aumentada artificialmente que le guiará a través de los conocimientos científicos e históricos que han tenido lugar desde el lejano siglo XVII, no hace sino añadir confusión a las motivaciones para llevar a Galileo a tan lejana época.

Finalmente, y como no podía ser de otra manera al haber elegido a este personaje como protagonista, El sueño de Galileo se centra fundamentalmente ―sobre todo en su parte más biográfica― en la relación entre ciencia y religión. ¿Son en verdad tan incompatibles? ¿Necesita la ciencia tener sus mártires para conseguir respetabilidad? ¿Lleva camino la ciencia de convertirse en la nueva religión? Como segundo tema importante aparece el debate sobre cómo debería reaccionar la Humanidad ante un posible contacto con otras inteligencias; debate que motiva buena parte de la acción de la novela. Y tras estos, multitud de otros pequeños temas: la colonización humana del Sistema Solar, el precio a pagar ―en la vida personal― por dedicarse a la investigación, las relaciones familiares y cómo el hijo repite los pecados del padre, la intolerancia en cualquier parcela de la vida, cómo el paso del tiempo cambia la manera de ver de las cosas, la teoría cuántica de múltiples realidades, las múltiples formas como funciona la memoria, el propio viaje espacio temporal...

Como sucede con alguno de los últimos libros del autor, la novela se hace algo larga y pesada por momentos, poco ágil en las descripciones y sin excesiva tensión en los momentos de más acción, prolijo en las explicaciones científicas ―sobre todo cuando entra en la parte que más parece interesarle de las teorías del espacio-tiempo de diez dimensiones donde desata su vena más hard― y terriblemente atractivo en el retrato de la vida de Galileo y la época tan convulsa que le tocó vivir. Muy superior, sin duda, en la parte histórica sobre la de ciencia ficción, peca de los excesos habituales de Robinson, pero consigue atrapar la atención a pesar de todo. Interesante y reflexivo, quizá excesivamente ambicioso, El sueño de Galileo es un libro que propone multitud de temas y teorías de interés diverso que tal vez hubieran debido ser podadas debidamente para no dispersar demasiado la atención del lector. Muy posiblemente si solo hubiera novelado la vida de Galileo, Robinson hubiera conseguido una novela tan o más interesante que la que nos ocupa; una novela, sin embargo que se deja leer con agrado, con más aciertos que fallos y que ayuda a conocer como persona más que como personaje a uno de los padres de la ciencia. Desde luego, darle una oportunidad y leerlo, aunque en determinados momentos se haga demasiado «largo», no es ninguna pérdida de tiempo.

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Reseñas de otras obras del autor:


Tiempos de arroz y sal.



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